Lo que más frutales jóvenes mata durante el primer año no es el frío ni la falta de riego: es haberlos plantado demasiado hondos. Un cuello de raíz enterrado cinco centímetros de más se asfixia, acumula humedad y acaba siendo la puerta de entrada de Phytophthora, y el árbol se apaga poco a poco sin que se entienda por qué. Trasplantar bien un frutal es sobre todo una cuestión de profundidad, época y agua; lo demás son matices.

Con qué formato llega el árbol

De cómo venga el frutal dependen la época y la técnica, así que conviene identificarlo antes de nada.

Raíz desnuda. Sin nada de tierra, con las raíces al aire o metidas en serrín húmedo. Es el formato clásico del vivero de frutales de hoja caduca y el más barato. Solo se manipula con el árbol en parada vegetativa.

Cepellón en bolsa o en malla de yute. El árbol se arrancó del suelo con su bola de tierra y se envolvió. Es habitual en olivos, cítricos y ejemplares de cierto porte. Conserva parte de la raíz fina, así que arraiga mucho mejor que la raíz desnuda.

Contenedor. Cultivado toda su vida en maceta. Es el que menos estrés sufre, pero tiene un vicio propio: las raíces dan vueltas dentro del tiesto y siguen girando después de plantadas.

Árbol ya plantado que hay que mover. El caso más delicado, con reglas propias. Va al final del artículo.

Cuándo hacerlo

La regla general en clima peninsular es plantar con el árbol dormido y el suelo aún templado, para que emita raíz antes de que llegue la demanda de agua de la primavera.

Frutales de hoja caduca a raíz desnuda (manzano, peral, melocotonero, ciruelo, cerezo, almendro, higuera, granado, membrillero): de noviembre a febrero. En Andalucía, Levante y el interior cálido, cuanto antes mejor, incluso finales de octubre o noviembre, porque el suelo conserva calor y la raíz trabaja todo el invierno. En la meseta norte y zonas de heladas fuertes conviene esperar a finales de invierno, de febrero a principios de marzo, y evitar plantar con el suelo helado o embarrado.

Cítricos (naranjo, limonero, mandarino): son de hoja perenne y de raíz sensible al frío. Su momento es la primavera, de marzo a mayo, cuando el suelo ya ha superado los 13-14 ºC. Plantarlos en noviembre en zona de heladas es una de las causas más frecuentes de fracaso. Nunca se manipulan a raíz desnuda: siempre con cepellón intacto.

Subtropicales (aguacate, chirimoyo, mango, papaya): abril y mayo, ya sin riesgo de helada.

Contenedor. Técnicamente se puede plantar todo el año, pero el otoño da resultados muy superiores al verano. Plantar un frutal en maceta en julio implica un año entero de riegos de rescate.

Dos condiciones mandan sobre el calendario: no se planta con helada ni con el suelo encharcado. Con el terreno saturado se destruye la estructura al pisarlo y se compacta la pared del hoyo.

Trasplante de un árbol frutal

Herramientas y material

Poca cosa, pero la que hay tiene que estar bien: azada o laya, pala estrecha, tijera de podar limpia y afilada (desinfectada con alcohol entre árbol y árbol, sobre todo si hay riesgo de bacteriosis en Prunus), tutor de madera tratada o bambú grueso, cinta ancha de goma o de tela para el atado, regadera o manguera, y sustrato o compost maduro solo para mezclar, no para rellenar.

Para el trasplante a maceta se añaden el contenedor definitivo y una capa de drenaje si el sustrato es muy retentivo. Y un consejo práctico: las tijeras que se usan para cortar raíces se llevan mucho filo, así que mejor reservar unas viejas para eso.

Preparar el hoyo, con dos correcciones importantes

El hoyo debe ser ancho, no profundo. Dos o tres veces el diámetro del cepellón o del sistema radicular, y de profundidad exactamente la altura de ese cepellón. Las raíces de un frutal se expanden en horizontal, en los primeros 40-60 cm de suelo, y no necesitan que se les excave un pozo.

Si se cava más hondo de lo necesario y se rellena de tierra suelta, esa tierra se asienta con los riegos y el árbol baja varios centímetros. Resultado: un frutal enterrado de más sin haberlo pretendido. Por eso el fondo del hoyo debe quedar en tierra firme, sin mullir.

La segunda corrección afecta a los suelos arcillosos, que son mayoría en buena parte del interior peninsular. Un hoyo cavado con azada en arcilla deja las paredes bruñidas y actúa como una maceta enterrada: el agua entra y no sale, y las raíces giran dentro sin atravesar el límite. Hay que picar las paredes y el fondo con un pico o una barra para romper esa superficie lisa.

Antes de plantar merece la pena una prueba de drenaje: se llena el hoyo de agua y se mira cuánto tarda en vaciarse. Si a las 12-24 horas sigue con agua, hay un problema de drenaje que ningún frutal va a tolerar, y la solución pasa por plantar sobre caballón elevado de 30-40 cm o por buscar otro sitio.

Y una idea muy extendida que conviene desmontar: llenar el hoyo de estiércol o de sustrato comprado no ayuda. Si el árbol tiene alrededor un bolsillo de tierra mucho más rica y esponjosa que el terreno de alrededor, las raíces se quedan dentro dando vueltas y nunca colonizan el suelo natural. Además, el estiércol fresco en contacto con raíz recién cortada quema y fermenta. Lo correcto es rellenar con la propia tierra de la excavación, mezclada como mucho con un 20-25 % de compost bien hecho, y dejar la materia orgánica para el acolchado de superficie.

Preparar el árbol

Raíz desnuda. Se sumergen las raíces en agua entre 6 y 24 horas antes de plantar. Se recortan con tijera limpia las raíces rotas, machacadas o secas, siempre con corte limpio, y se acortan un poco las excesivamente largas para que quepan sin doblarse. En viveros y plantaciones profesionales se practica además el pralinaje: un baño en una papilla de arcilla, tierra y agua que cubre la raíz de una película que evita la desecación mientras se planta.

Contenedor. Se saca el árbol tumbando la maceta y tirando del cepellón, nunca del tronco. Si las raíces han formado una espiral apretada o hay una raíz gruesa que rodea el cuello, hay que intervenir: se dan tres o cuatro cortes verticales de un centímetro de profundidad a lo largo del cepellón y se desenreda la base. Parece agresivo, pero una raíz estrangulante que no se corta acaba ahogando el árbol años después, cuando ya es grande y no tiene arreglo.

Cepellón en bolsa o malla. Se coloca el árbol dentro del hoyo antes de retirar el envoltorio, y una vez colocado y a la altura correcta se corta la bolsa y se retira, con especial cuidado en el alambre o la cuerda del cuello, que si se deja termina estrangulando el tronco. La malla de yute natural puede dejarse en el fondo pero siempre hay que quitarla del cuello hacia arriba. Las de plástico o rafia, fuera enteras. Y aquí, al contrario que en contenedor, el cepellón no se desmenuza: perder la bola de tierra en un olivo o un cítrico significa perder la raíz fina.

Plantar: la altura lo decide todo

Se coloca el árbol en el centro y se comprueba la altura con un listón apoyado en los bordes del hoyo. Dos referencias que hay que respetar sí o sí:

El cuello de la raíz, donde el tronco ensancha y empiezan las primeras raíces, tiene que quedar al nivel del suelo o dos o tres centímetros por encima, contando con el asentamiento posterior.

El punto de injerto, ese abultamiento o codo visible en la base del tronco, debe quedar como mínimo a 10-15 cm sobre el nivel del suelo. Si se entierra, la variedad injertada emite sus propias raíces, se salta el portainjerto y con él se pierden el control de vigor, la resistencia a caliza o a nematodos y todo lo que justificaba elegir ese pie. En cítricos, además, un injerto enterrado es una invitación directa a la gomosis.

Se rellena por tandas, asentando la tierra con la mano alrededor de las raíces y, en raíz desnuda, sacudiendo suavemente el árbol para que la tierra se cuele entre ellas. Nada de pisotear con fuerza: se compacta el suelo y se rompen raíces. Los huecos de aire se cierran con agua, no con el pie.

Alrededor se forma un alcorque, un caballete circular de tierra de unos 10-15 cm de alto y un diámetro algo mayor que el hoyo, que retiene el riego. En zonas de lluvia abundante y suelo pesado, mejor prescindir de él o abrirlo en invierno para que no acumule agua sobre el cuello.

Riego de asiento, tutor y acolchado

El riego de plantación es obligatorio, incluso si acaba de llover y aunque sea diciembre. No es para dar de beber al árbol: es para que el agua arrastre la tierra fina y elimine las bolsas de aire que quedan entre las raíces. Una raíz en contacto con aire se seca y muere. Se aplican entre 30 y 60 litros según el tamaño, despacio, y se comprueba después si el árbol ha bajado; si lo ha hecho, se corrige la altura antes de que enraíce.

El tutor solo hace falta si el árbol es alto, la zona es ventosa o el cepellón no sujeta. Se clava a favor del viento dominante, fuera del cepellón, y se ata con material ancho y flexible en forma de ocho, a un tercio de la altura del árbol, no arriba del todo. Un tronco que puede oscilar engorda y se refuerza; uno rígidamente atado se queda fino y se parte el día que se retire el tutor. Y el tutor se retira: uno o dos años después, no se deja de por vida. Revisar las ataduras cada primavera evita el clásico tronco estrangulado por una brida olvidada.

El acolchado de paja, restos de poda triturados o corteza, en capa de 5-8 cm, reduce la evaporación, amortigua la temperatura del suelo y frena las hierbas que competirían por el agua. Se deja siempre un cerco libre de 10 cm alrededor del tronco: mulch pegado a la corteza equivale a humedad permanente y pudrición del cuello.

La poda de plantación

En un árbol a raíz desnuda se ha perdido buena parte del sistema radicular en el arranque, y la copa que queda no tiene raíz suficiente para abastecerla. Por eso se equilibra: se reduce la parte aérea aproximadamente un tercio, se eliminan las ramas mal insertadas y, si es un plantón de un año sin ramificar, se despunta a 70-90 cm de altura para forzar la brotación de las ramas principales a la altura que interese.

Los árboles en contenedor o con cepellón intacto no necesitan esa poda de equilibrio, porque no han perdido raíz. Ahí basta con retirar lo seco o lo roto.

En Prunus (cerezo, ciruelo, melocotonero, albaricoquero) conviene no ensañarse con cortes gruesos en pleno invierno húmedo por el riesgo de chancros; si hay que hacer poda de formación importante, se retrasa a final de invierno con tiempo seco.

El primer año

El objetivo del primer año es raíz, no fruta.

Riego. Espaciado y abundante en cada aplicación, para que el agua llegue en profundidad y la raíz baje a buscarla. Riegos cortos y diarios crean un sistema radicular superficial que sufre en cuanto aprieta el verano. En verano peninsular, un frutal joven puede necesitar de 20 a 40 litros por semana según suelo y exposición.

Abonado. Nada de fertilizante nitrogenado en la plantación. El nitrógeno empuja la parte aérea antes de que exista raíz que la sostenga. Se espera a la primavera siguiente, con el árbol ya arraigado.

Fruta. Si el árbol florece el primer año, lo prudente es aclarar o eliminar la cosecha. Cuajar fruta consume las reservas que hacen falta para instalarse.

Competencia. Mantener limpio de hierba un círculo de un metro alrededor. El césped compite por el agua mucho más de lo que parece.

Un aviso sobre el sitio. No conviene plantar un frutal exactamente donde había otro de la misma familia botánica. El fenómeno del cansancio del suelo, o enfermedad de replantación, mezcla nematodos, hongos y desequilibrios de la microbiota, y el árbol nuevo se queda parado sin causa aparente. Un rosáceo (manzano, peral, melocotonero, cerezo) no debería sustituir a otro rosáceo en el mismo hoyo: mejor desplazar la posición unos metros o cambiar de especie.

Mover un frutal que ya lleva años plantado

Es otro juego, y las probabilidades bajan rápido con la edad. Hasta los cuatro o cinco años, y con un tronco por debajo de 8-10 cm de diámetro, el trasplante suele salir bien. Por encima de eso, la operación es seria.

Preparación previa. Lo ideal es repicar un año antes: abrir en invierno una zanja circular alrededor del árbol, cortando limpiamente las raíces en el radio que va a tener el futuro cepellón y rellenándola después. Durante esa temporada el árbol emite raíz fina nueva dentro de ese volumen, que es exactamente la que se llevará consigo.

Tamaño del cepellón. Como referencia, un diámetro de bola de unas seis a diez veces el diámetro del tronco. Un frutal con 10 cm de tronco necesita un cepellón de 60-100 cm de ancho, que ya pesa varios cientos de kilos.

Ejecución. En pleno reposo invernal. Se riega abundantemente unos días antes para que la tierra tenga cohesión y no se desmorone, se cava alrededor, se socava por debajo y se envuelve el cepellón con arpillera y malla metálica antes de moverlo. Conviene marcar la orientación norte para replantar el árbol mirando igual que estaba, lo que evita quemaduras de sol en corteza que nunca había estado expuesta.

Después. Poda de copa reduciendo alrededor de un tercio, riego de asiento generoso, tutorado o vientos si tiene porte, acolchado y paciencia: el árbol perderá al menos una temporada de crecimiento y tardará dos o tres años en recuperar el ritmo normal.

Dos especies que conviene no mover una vez establecidas: el caqui (Diospyros kaki), de raíces carnosas y quebradizas que rebrotan mal, y el nogal (Juglans regia), con raíz pivotante profunda. Ambos se plantan jóvenes en su sitio definitivo o no se plantan.

En resumen

Un trasplante de frutal se juega en cuatro decisiones: la época (invierno para caducos a raíz desnuda, primavera para cítricos y subtropicales), la altura (cuello al nivel del suelo y punto de injerto siempre bien alto y visible), el hoyo (ancho, con las paredes picadas y rellenado con la tierra propia, no con estiércol) y el riego de asiento, que no es un riego más sino la operación que elimina el aire alrededor de las raíces.

Después, el primer año va de instalarse: agua espaciada y profunda, nada de nitrógeno, sin fruta, sin hierba compitiendo y con el tutor bien atado pero retirado a tiempo. Un frutal que arranca así llega a producir uno o dos años antes que uno plantado con prisa.


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