Cada tonelada de aceituna que sale del olivar se lleva del suelo del orden de 20 kilos de nitrógeno, 5 de fósforo (expresado como P2O5) y entre 25 y 30 de potasio. Ese es el punto de partida de cualquier plan de abonado sensato: saber cuánto se ha extraído para decidir cuánto hay que reponer. Abonar «lo de siempre» porque toca, en la misma fecha y con el mismo saco de 15-15-15 haya habido cosecha o no, es la forma más rápida de gastar dinero sin ver resultado.

Olivos en un olivar

Antes de nada: el olivo no es un frutal exigente

El Olea europaea vive de forma natural en suelos pobres, pedregosos y calizos. Es un árbol frugal, y buena parte de lo que absorbe vuelve al suelo si se dejan los restos de poda triturados y la hoja caída. Un olivo de secano tradicional en un suelo con algo de fondo puede pasar años sin abono y seguir dando aceituna.

Eso no significa que abonar no sirva. Significa que el abonado solo compensa cuando hay agua suficiente y el resto del manejo está bien hecho. Si un olivar produce poco porque le falta agua, porque no se ha podado en diez años, porque tiene repilo o porque está en año de descarga, echar más nitrógeno no lo arregla: lo empeora. En el olivar español se pagan cada año toneladas de abono que el árbol no está en condiciones de aprovechar.

Cuándo abonar: el calendario real

El olivo no absorbe nutrientes cuando nosotros los echamos, sino cuando la raíz está activa y el suelo tiene humedad. En la península eso ocurre básicamente de finales de invierno a comienzos de verano, y otra vez, con menos intensidad, en el otoño lluvioso.

Las fases que marcan el calendario son estas:

Brotación (marzo). Arranca el crecimiento y la demanda de nitrógeno. Es el momento principal del abonado de fondo.

Prefloración y floración (abril-mayo). Aquí no toca meter nitrógeno al suelo: el árbol tira de reservas. Lo que sí se juega en esta ventana es el boro, que interviene en la germinación del polen y el cuajado, y que se aplica por vía foliar unas dos o tres semanas antes de abrir flor.

Cuajado y endurecimiento del hueso (junio-julio). Momento de máxima competencia entre fruto y brote. En regadío se sigue aportando por fertirrigación; en secano ya no hay humedad útil y cualquier abono queda en superficie sin llegar a la raíz.

Lipogénesis y envero (septiembre-octubre). El fruto acumula aceite y la demanda de potasio se dispara. En regadío es el momento de reforzarlo.

Postcosecha (diciembre-enero). El árbol recompone reservas en madera y raíz. Es buena época para materia orgánica y para el fósforo y el potasio de fondo, que son lentos y necesitan tiempo y lluvia para llegar abajo.

En secano, la regla práctica es concentrar el abonado mineral entre enero y marzo, aprovechando las lluvias de final de invierno para que el fertilizante se disuelva y baje. Abonar en mayo o junio en un secano es tirar el saco: el granulado se queda seco sobre el terreno hasta las lluvias de octubre, y para entonces buena parte del nitrógeno se ha perdido por volatilización.

En regadío con fertirrigación, se reparte a lo largo de la campaña: aproximadamente la mitad del nitrógeno entre brotación y cuajado, y el potasio cargado hacia el verano y el envero. Con el nitrógeno hay una fecha de corte: a partir de septiembre no se aporta. Un nitrógeno tardío retrasa el agostado de los brotes, deja madera tierna ante las heladas, favorece la mosca y perjudica la estabilidad del aceite.

Cuánto: cifras para orientarse

Con las extracciones del principio y una eficiencia razonable, las referencias habituales son:

Olivar tradicional de secano, marcos amplios y producciones de 2.000 a 4.000 kg/ha: entre 0,5 y 1,5 kg por árbol y año de un complejo equilibrado, aplicado a final de invierno. En años de descarga clara, se reduce a la mitad o se salta directamente.

Olivar en regadío intensivo, con producciones de 6.000 a 10.000 kg/ha: del orden de 60 a 120 kg de N por hectárea y año, con potasio en cantidad similar o algo superior y fósforo mucho menor, entre 20 y 40 kg de P2O5.

Plantación joven, primeros cuatro o cinco años: dosis pequeñas y frecuentes, dominadas por el nitrógeno, porque lo que interesa es construir estructura. Nada de abono mineral en el hoyo de plantación: quema la raíz nueva. Materia orgánica bien hecha mezclada con la tierra, y el primer abonado a los dos o tres meses de la plantación, cuando el árbol ya ha enraizado.

Y una precisión sobre el fósforo: en los suelos calizos de Jaén, Córdoba, Extremadura o Aragón, el fósforo se bloquea rápidamente como fosfato cálcico y su respuesta es baja. Se aporta poco y de fondo, en invierno, y rara vez es el factor limitante. Poner un 15-15-15 año tras año significa aportar tres veces más fósforo del que el olivo va a usar.

Los micronutrientes: boro por delante de todos

La carencia de boro es la deficiencia de microelemento más frecuente en el olivar español, sobre todo en suelos arenosos, calizos y lavados por la lluvia. Se manifiesta con hojas terminales de punta amarillenta o achatada, brotes con entrenudos cortos y aspecto de escoba, frutos deformes y, sobre todo, mal cuajado con una floración que parecía buena.

Se corrige con una aplicación foliar en prefloración de un producto boratado soluble, a razón de 1 a 2 gramos por litro de caldo. Cuidado con la dosis: el margen entre carencia y toxicidad en el boro es estrecho, y pasarse quema hojas y frutos. No se aplica «por si acaso» todos los años sin haber comprobado el nivel.

El hierro da clorosis férrica en suelos muy calizos y con riego de agua dura: hojas jóvenes amarillas con los nervios verdes. Se corrige con quelato de hierro EDDHA aplicado al suelo con el riego, que es el único que aguanta pH por encima de 8. El magnesio y el calcio rara vez faltan en suelos calizos, aunque un exceso de potasio puede inducir carencia de magnesio.

El abonado foliar: lo que puede y lo que no

La hoja del olivo, cubierta de cutícula gruesa y de pelos escamosos, absorbe poco. Por eso el foliar es una herramienta de corrección puntual, no de nutrición de base. Por vía foliar se resuelven bien las carencias de microelementos —boro, zinc, manganeso— y se pueden dar aportes ligeros de nitrógeno con urea de bajo contenido en biuret. Lo que no se puede es cubrir por vía foliar las necesidades de nitrógeno o potasio de una cosecha: harían falta decenas de aplicaciones.

Se aplica a primera hora de la mañana o al atardecer, nunca con el sol alto ni con más de 28-30 ºC, y con el árbol sin estrés hídrico. Con calor la gota se evapora antes de que se absorba nada y aumenta el riesgo de quemadura. Se puede combinar con los tratamientos fitosanitarios de primavera y otoño, comprobando antes la compatibilidad.

Materia orgánica: la parte que se olvida

Los suelos de olivar español están, en general, muy bajos de materia orgánica, con frecuencia por debajo del 1 %. Esa es la raíz de buena parte de los problemas de estructura, retención de agua y erosión, y no se arregla con fertilizante mineral.

Funcionan bien el estiércol maduro (unos 20-30 kg por árbol cada dos o tres años, enterrado ligeramente en invierno), el compost de alperujo —que además cierra el ciclo del propio olivar— y los abonos orgánicos concentrados como el guano, muy rico en nitrógeno y fósforo, útil sobre todo en olivos jóvenes y en dosis pequeñas por su concentración.

Guano, abono orgánico rico en nitrógeno y fósforo

Pero lo más rentable no se compra: triturar los restos de poda y dejarlos en el suelo devuelve una cantidad apreciable de potasio y de carbono, y mantener una cubierta vegetal entre calles durante el otoño y el invierno, segada antes de que compita por el agua en primavera, aporta materia orgánica y frena la erosión. Quemar la poda es quemar abono.

El análisis foliar de julio

Es la única forma de saber qué le falta de verdad al olivar, y cuesta menos que un solo saco mal invertido. Se toma en julio, que es cuando los valores están estabilizados: unas cien hojas de la parte media de brotes del año sin fruto, recogidas alrededor de la copa de veinte o veinticinco árboles representativos de la parcela.

Los valores de referencia orientativos para hoja de olivo en julio son:

Nitrógeno: suficiente por encima de 1,4-1,5 % de materia seca.
Fósforo: en torno a 0,1 %.
Potasio: suficiente por encima de 0,8 %.
Boro: adecuado entre 19 y 150 ppm, deficiente por debajo de 14 ppm y con riesgo de toxicidad por encima de 185 ppm.

Un análisis foliar cada dos o tres años, combinado con un análisis de suelo inicial, permite ajustar el plan y, casi siempre, recortar aportaciones que no hacían falta.

La vecería cambia las cuentas

El olivo alterna años de carga y años de descarga, y el abonado tiene que seguir ese ritmo en lugar de ignorarlo. En un año de carga, el fruto compite con el brote y la demanda de nitrógeno y potasio es alta: es el año de abonar bien, sobre todo el potasio, que interviene en el llenado y en la síntesis de aceite. En un año de descarga, el árbol tiene poco fruto que alimentar y un abonado fuerte se traduce en crecimiento vegetativo excesivo, más sombreado interior y más problemas de repilo.

La decisión, por tanto, se toma después de ver el cuajado de junio, no en enero por costumbre.

Errores frecuentes

Echar el abono junto al tronco. Las raíces absorbentes están bajo la periferia de la copa y algo más allá, no pegadas al pie. El abono se distribuye en corona, desde media copa hacia fuera.

Abonar con el suelo seco. Sin agua no hay absorción. En secano, si en marzo el perfil está seco, más vale esperar a que llueva que enterrar el saco.

Abusar del nitrógeno. Da árboles vigorosos y verdes que producen menos aceite por hectárea, son más apetecibles para la mosca del olivo (Bactrocera oleae), enferman más de repilo (Venturia oleaginea) y dan aceites con menos polifenoles y peor conservación. El olivar bonito no es necesariamente el olivar rentable.

Repetir el mismo complejo NPK año tras año. Acaba acumulando fósforo bloqueado y quedándose corto de potasio, que es justo el que más se extrae con la cosecha.

Esperar respuesta inmediata. Buena parte de la cosecha del año depende de las reservas acumuladas el año anterior. Un plan de abonado se juzga por lo que pasa en dos o tres campañas, no en una.

En resumen

Abonar bien un olivo consiste en reponer lo que se llevó la cosecha, en el momento en que la raíz puede tomarlo. En secano, todo el peso del abonado va de enero a marzo, aprovechando las lluvias; en regadío se reparte por fertirrigación a lo largo de la campaña, con el nitrógeno cortado en septiembre y el potasio reforzado hacia el envero. El nitrógeno es el elemento clave, el potasio manda en años de carga y en la formación del aceite, el fósforo pesa poco en suelos calizos y el boro es la carencia a vigilar, corregida por vía foliar en prefloración. Materia orgánica, restos de poda triturados y un análisis foliar en julio hacen más por el olivar que subir la dosis a ciegas.


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