Un kaki despuntado deja de dar fruto exactamente donde se le ha cortado. Esa es la primera cosa que conviene entender antes de acercarse con la tijera a un Diospyros kaki, porque el reflejo habitual de recortar las puntas para que el árbol "ramifique más" es justo lo contrario de lo que este frutal necesita. El kaki fructifica en el extremo de las ramas del año anterior, y ahí es donde se acumulan las yemas que darán la cosecha siguiente.
La poda del kaki no es difícil, pero sí tiene reglas propias que no se parecen a las del manzano ni a las del melocotonero. Repasamos cuándo hacerla, con qué criterio y qué errores le cuestan a este árbol una campaña entera.
Dónde nace el fruto: la clave de todo
El kaki produce sobre brotes del año que salen de yemas mixtas situadas en la parte apical de las ramas del año anterior. Es decir: en otoño el árbol lleva ramitas de unos 20 a 50 centímetros formadas esa misma primavera; las yemas fértiles están en los últimos 10 o 15 centímetros de esas ramitas, no en su base. Si en invierno se recortan todas las puntas, se eliminan las yemas fructíferas y en primavera el árbol brotará con fuerza, pero con brotes vegetativos ciegos.
De aquí sale la regla práctica que ordena toda la poda: en el kaki se suprimen ramas enteras, no se despuntan. Lo que sobra se corta desde su punto de inserción; lo que se quiere que produzca se deja íntegro, con su punta intacta.
La consecuencia menos evidente es que un kaki sin poda se va vaciando por dentro. Como la fructificación se desplaza cada año un tramo más hacia fuera, la madera interior se agota y queda desnuda, y la cosecha acaba concentrada en una corteza de vegetación en la periferia de la copa. Por eso hace falta podar: no para "abrir" el árbol por manía, sino para forzar cada temporada la aparición de brotes nuevos en zonas más cercanas al centro.
Cuándo podar
La poda principal es de invierno, en reposo vegetativo, con el árbol completamente sin hojas. El kaki es de los frutales que más tarde tira la hoja: en buena parte de la Península no queda desnudo hasta finales de noviembre o incluso diciembre. Antes de esa caída no se toca, porque el árbol todavía está retirando reservas de las hojas hacia la madera.
La ventana buena va de enero a principios de marzo, con dos matices:
No podar en plena ola de frío. Los cortes recientes se deshidratan y se hielan en el borde, y el kaki tiene madera blanda que cicatriza mal. En zonas de interior con heladas de -6 o -8 °C conviene esperar a la segunda mitad del invierno. En el litoral mediterráneo, donde se cultiva la mayor parte del kaki español, se puede empezar antes sin problema.
No apurar hasta el desborre. Cuando la yema empieza a hincharse el árbol ya ha movido savia y la herida sangra más y tarda más en cerrar. Terminado marzo, se deja para el año siguiente.
Hay una segunda intervención, la poda en verde de finales de mayo y junio, que no es obligatoria pero ahorra mucho trabajo en invierno. Consiste solo en arrancar a mano los chupones verticales y los brotes que salen del tronco o de la cara superior de las ramas madre, cuando todavía son tiernos y se desprenden con el pulgar. Eliminados en junio no gastan reservas, no dan sombra al interior y no habrá que serrarlos en enero.
Poda de formación de un kaki joven
Los tres o cuatro primeros años se dedican a construir la estructura, no a buscar fruta. El sistema más usado es el vaso de tres o cuatro brazos, con la cruz a 60-80 cm del suelo. Un vaso bajo tiene ventaja doble en este frutal: se recolecta desde el suelo o con escalera corta, y el peso de los kakis queda más cerca del tronco.
El procedimiento, año a año:
Plantación. Si el plantón viene como una varilla sin ramificar, se rebaja a la altura elegida para la cruz. Es el único despunte drástico que se le hace a un kaki en su vida, y su función es forzar la brotación de las futuras ramas principales.
Primer invierno. Se eligen tres o cuatro brotes bien repartidos alrededor del tronco, separados en altura unos centímetros entre sí y con ángulos abiertos respecto a la vertical. Se suprime todo lo demás. Un brazo que sale con ángulo demasiado cerrado acaba desgajándose años después con la carga de fruta, así que es mejor descartarlo ahora aunque sea el más vigoroso.
Segundo y tercer invierno. Sobre cada brazo se seleccionan dos ramas secundarias, orientadas hacia fuera y hacia los lados, y se eliminan las que crecen hacia el interior o se cruzan. A partir de aquí el árbol ya empieza a dar algo de fruta y se pasa progresivamente a la poda de producción.
Un error frecuente en esta fase es cargar de fruto un kaki de dos o tres años. Las ramas jóvenes son elásticas y se quedan combadas de forma permanente bajo el peso; la estructura queda deformada para siempre. En árboles jóvenes conviene aclarar sin piedad y dejar unas pocas piezas.
Poda de producción: renovar madera cada año
Con el árbol formado, la poda anual persigue tres cosas: entrar luz, retirar la madera agotada y mantener a raya el volumen. Todo ello suprimiendo ramas enteras.
Quitar lo que sobra por definición. Ramas secas, rotas o con chancros; chupones verticales que no vayan a servir de relevo; brotes que salen del patrón por debajo del injerto (el kaki suele injertarse sobre Diospyros lotus, y sus rebrotes son inconfundibles por la hoja más pequeña); ramas que se cruzan y se rozan; y todo lo que crece hacia dentro del vaso.
Retirar la madera que ya ha producido. Una ramita que ha llevado dos o tres kakis queda arqueada, con las cicatrices del pedúnculo bien visibles y con un crecimiento terminal débil. Esa rama ya no dará nada bueno: se corta en su base, o mejor, se corta justo por encima de un brote joven y vigoroso que nazca cerca del origen y que hará de relevo el año siguiente. Esta sustitución continua es lo que impide que la copa se vacíe.
Aclarar los brotes del año que se dejan. No hacen falta todos. Se conservan los de longitud media, entre 20 y 40 cm, bien iluminados y con la punta sana, y se suprimen los excesivamente largos y gruesos (más de 60-70 cm, que suelen ser vegetativos y darán fruto pequeño de mala calidad) y los raquíticos de menos de 10 cm. Como referencia, en un kaki adulto formado en vaso se dejan del orden de 60 a 100 brotes fructíferos bien repartidos.
El equilibrio se nota al año siguiente: si el árbol responde con un bosque de chupones verticales de más de un metro, la poda fue demasiado severa y hay que suavizarla; si apenas emite brotes nuevos y la fruta es pequeña, se quedó corta.
El aclareo de frutos, la otra mitad del trabajo
Podar bien en invierno sirve de poco si después se deja al árbol cuajar todo lo que quiera. El kaki es marcadamente vecero: una cosecha excesiva agota las reservas y al año siguiente el árbol descansa. Y como buena parte de las variedades comerciales españolas son partenocárpicas —cuajan sin polinización y sin semilla, caso de la 'Rojo Brillante' de la Ribera del Xúquer—, cuajan con una facilidad que juega en contra.
El aclareo se hace en junio, después de la caída fisiológica natural, cuando los frutos tienen el tamaño de una nuez. El criterio: un solo fruto por brote, eliminando además los deformes, los que quedan pegados a una hoja o a otro fruto y los situados en brotes demasiado finos para sostenerlos. Suena drástico, pero un kaki con un fruto por brote da piezas grandes, de calibre comercial, y repite cosecha al año siguiente; uno con tres o cuatro da fruta pequeña, ramas desgajadas y un año en blanco.
Este es también el momento de comprobar que ninguna rama va a partirse. La madera del kaki es frágil y en octubre, con los frutos ya pesados y con lluvias, se desgajan brazos enteros. Si una rama va cargada y larga, o se aclara más, o se apuntala.
Herramientas, cortes y heridas
El kaki cicatriza peor que un frutal de hueso, así que la técnica del corte importa más de lo que parece:
Corte pegado al cuello de la rama, sin muñón y sin rebanar el collar. El rodete de tejido que rodea la base de la rama es el que genera la cicatriz; si se corta a ras arrasándolo, la herida se queda abierta años. Si se deja un tocón de cinco centímetros, ese tocón se seca y se convierte en puerta de entrada para hongos de madera.
Ramas gruesas, en tres tiempos. Un corte inferior a unos centímetros del tronco, un corte superior más alejado que deja caer la rama sin desgarrar la corteza, y el repaso final junto al cuello. En kaki es especialmente importante porque su corteza se desgarra con una facilidad notable.
Evitar heridas de gran diámetro. Por encima de 8-10 cm de sección la cicatrización es muy dudosa y el riesgo de podredumbre alto. Rejuvenecer un kaki abandonado a base de cortar los brazos por la mitad casi siempre sale mal: es preferible repartir la reducción en dos o tres inviernos y apoyarse en ramas de relevo ya existentes.
Herramienta afilada y desinfectada entre árboles, con alcohol de 96° o lejía diluida. Y tijera de dos filos para lo fino, no de yunque, que aplasta la madera.
Sobre los selladores y masillas cicatrizantes: la evidencia de que ayuden es escasa, y aplicados sobre madera húmeda encierran la humedad. Un corte bien hecho, en el sitio correcto y en época seca, se defiende solo. Si aun así se quiere proteger una herida grande, mejor una pasta cicatrizante con fungicida y siempre sobre superficie seca.
Los cuatro errores que más se repiten
Despuntar todos los brotes. Ya está dicho, pero es con diferencia el fallo número uno: elimina la cosecha del año siguiente y provoca una respuesta vegetativa desbocada que obliga a podar más al invierno siguiente. Círculo vicioso.
Podar en otoño, con hoja. Se hace por comodidad, aprovechando que se recolecta, y el árbol lo paga: pierde reservas que aún estaba retirando de las hojas y afronta el invierno con heridas frescas.
Confundir vigor con producción. Los brotes más largos y gruesos son los más llamativos, y son precisamente los que peor fruta dan. La producción está en la madera de vigor medio.
Dejarlo crecer y arreglarlo de golpe cada cinco años. Una poda anual ligera mantiene el árbol; una poda severa cada lustro lo desequilibra, genera chupones a docenas y abre heridas que no cierran. Con el kaki, poco y todos los años.
En resumen
Se poda el kaki en invierno, con el árbol ya sin hojas y antes de que las yemas se hinchen: de enero a primeros de marzo en la mayor parte de España, evitando los días de helada fuerte. Se poda suprimiendo ramas enteras desde su base, nunca recortando puntas, porque las yemas fértiles están en el extremo de los brotes del año anterior. En árboles jóvenes se construye un vaso bajo de tres o cuatro brazos y se sacrifica cosecha; en árboles formados se retira cada año la madera que ya fructificó, se sustituye por brotes de relevo situados más hacia el interior y se dejan los brotes de vigor medio, de 20 a 40 cm. En junio se completa el trabajo aclarando a un fruto por brote y arrancando los chupones a mano. Cortes limpios junto al cuello de la rama, herramienta desinfectada y nada de heridas enormes: la madera del kaki es blanda y no perdona.