Una satsuma bien asentada aguanta heladas cortas de hasta seis o siete grados bajo cero sin perder la copa. Un naranjo, a la misma temperatura, se queda sin hojas. Esa diferencia explica por qué el mandarino es el cítrico que mejor funciona tierra adentro, en zonas donde el limonero o el pomelo pasan apuros cada invierno, y por qué merece la pena conocerlo con algo más de detalle que "riego, sol y abono".

Bajo el nombre de mandarino conviven varias especies e híbridos. El tronco original es Citrus reticulata, pero lo que se cultiva y se vende en España suele ser satsuma (Citrus unshiu), clementina (Citrus × clementina) o alguno de los híbridos tardíos modernos. No son intercambiables: cambian la fecha de recolección, la resistencia al frío, el vigor y hasta la presencia de semillas.

Árbol de mandarinas en plena producción

Qué mandarino estás plantando

Antes de comprar conviene saber en qué grupo cae la variedad, porque de ahí sale el calendario de todo lo demás.

Las satsumas (Owari, Okitsu, Clausellina, Iwasaki) son las más rústicas y las más tempranas: se recogen entre septiembre y noviembre, no tienen semillas y se pelan solas. A cambio, el fruto se ahueca si se retrasa la recolección y la calidad gustativa es discreta comparada con una clementina.

Las clementinas (Clemenules o Nules, Oronules, Marisol, Hernandina, Clemenvilla) cubren de octubre a enero y son el grueso de la producción valenciana y castellonense. Aquí aparece un detalle que sorprende a quien planta un huerto variado: la clementina es sin semillas solo si no se poliniza cruzada. Si al lado hay un híbrido con polen fértil y abejas trabajando, la misma variedad que en un campo aislado sale limpia te dará frutos con ocho o diez pepitas. No es un fallo del árbol ni una variedad "mala".

Los híbridos tardíos (Nadorcott, Orri, Tango, Ortanique, Fortune) alargan la temporada de enero a abril. Dan fruta excelente, pero son más exigentes, más propensos a la alternancia de cosecha y algunos, como Fortune, muy sensibles a la alternaria. Para un árbol de jardín sin tratamientos, una satsuma o una clementina dan menos disgustos.

Y un punto que ahorra años de espera: planta siempre injertado. Un mandarino nacido de semilla tarda entre ocho y quince años en fructificar, sale lleno de espinas mientras dura la fase juvenil y no reproduce fielmente la variedad del fruto que te comiste. Sembrar pepitas es un experimento divertido, no una forma de tener mandarinas.

El patrón importa más que la variedad

El pie sobre el que va injertado el árbol decide la resistencia al frío, la tolerancia a la caliza, la sensibilidad a la sal y el tamaño final. En España el patrón dominante es el citrange Carrizo, vigoroso y productivo, pero mal adaptado a suelos muy calizos, donde induce clorosis férrica crónica. En terrenos calizos o con agua salina se recurre al mandarino Cleopatra o a los patrones Forner-Alcaide (FA 5, FA 13), más tolerantes.

Merece la pena recordar por qué ya no se usa el naranjo amargo, que fue el patrón histórico del Levante: el virus de la tristeza, entrado en los años cincuenta, obligó a replantar cientos de miles de hectáreas porque la combinación injerto-patrón colapsaba. Si alguien te ofrece un cítrico sobre naranjo amargo, es un patrón desaconsejado salvo casos muy concretos.

Para maceta o jardín pequeño existe Flying Dragon (Poncirus trifoliata var. monstrosa), enanizante, que deja el árbol en dos metros y adelanta la entrada en producción. No es el patrón adecuado en suelos calizos.

Dónde plantarlo y cómo

Sol directo, cuanto más mejor: menos de seis horas y la cosecha se resiente en cantidad y en azúcares. Busca además abrigo del viento, sobre todo del norte y del poniente seco, porque el mandarino sufre con el aire caliente y desecante tanto como con el frío.

La época de plantación en la Península es la primavera, de marzo a mayo, cuando ya no hay riesgo de helada y el suelo se ha templado. Plantar en otoño solo es razonable en el litoral mediterráneo y sur atlántico, donde el invierno es suave. Un árbol recién plantado es mucho más sensible al frío que uno adulto: los dos o tres primeros inviernos conviene protegerlo con malla o con un envoltorio del tronco si se esperan heladas.

El fallo más caro al plantar es enterrar el punto de injerto. Ese abultamiento del tronco debe quedar diez o quince centímetros por encima de la tierra. Si lo tapas, la variedad emite raíces propias, se pierde el efecto del patrón y se abre la puerta a la gomosis por Phytophthora, que pudre el cuello y termina matando el árbol. Planta incluso ligeramente elevado, sobre un pequeño caballón, si el terreno es pesado.

Los cítricos no toleran el encharcamiento. Si el suelo es arcilloso y compacto, mejor un caballón o un bancal elevado que un hoyo profundo relleno de sustrato, que funciona como una bañera sin desagüe. El pH ideal está entre 6 y 6,5; por encima de 7,5 la clorosis será una compañera permanente.

Riego: constante, sin charco

El mandarino tiene raíces superficiales, sin pelos absorbentes abundantes, y eso lo hace poco eficiente extrayendo agua de un suelo seco. Necesita humedad regular, nunca saturación. En riego localizado, lo habitual en un árbol adulto del Levante es del orden de 4.000 a 6.000 metros cúbicos por hectárea y año, concentrados de junio a septiembre; para un árbol de jardín se traduce en riegos frecuentes y cortos en verano y muy espaciados de noviembre a febrero.

Dos momentos son críticos y no admiten sequía: la floración (abril) y el cuajado y la caída fisiológica de junio. Un estrés hídrico en esas semanas se traduce en que el árbol suelta la mitad de los frutitos. En cambio, un ligero déficit controlado en verano concentra azúcares, y el exceso de agua en el mes anterior a la recolección revienta la piel y da mandarinas insípidas.

Riega en la proyección de la copa, nunca contra el tronco. Mojar el cuello de forma continua es la vía directa a la gomosis.

Abonado y la clorosis que se confunde con sed

Los cítricos son muy exigentes en nitrógeno y en potasio, moderados en fósforo. Un mandarino adulto en producción se mueve en torno a 200-300 gramos de nitrógeno al año, repartidos en varias aplicaciones de febrero a septiembre, y nunca en pleno invierno: abonar en noviembre solo consigue provocar brotaciones tiernas que la primera helada quema.

El problema nutricional más frecuente en España no es la falta de abono, sino la clorosis férrica. Se reconoce enseguida: hojas nuevas amarillas con los nervios marcados en verde, mientras las hojas viejas siguen verdes. No es falta de hierro en el suelo, que suele haberlo de sobra, sino hierro bloqueado por la caliza. Echar sulfato de hierro al pie no sirve de casi nada en suelo calizo: se oxida y se bloquea en días. Lo que funciona es el quelato de hierro EDDHA, aplicado en riego a la salida del invierno, de 20 a 60 gramos por árbol adulto según tamaño, y repetido en verano si hace falta.

Si el amarilleo aparece en las hojas viejas y avanza de abajo arriba, la lectura es distinta: ahí sí suele ser nitrógeno, o raíces asfixiadas por exceso de riego. Y unas manchas amarillas entre nervios en hojas pequeñas y estrechas apuntan a carencia de zinc, que se corrige con un foliar de zinc y manganeso en la brotación de primavera.

Poda: menos de lo que crees

El mandarino fructifica sobre brotes del año anterior y sobre brotaciones de primavera, y no necesita una poda de renovación como un melocotonero. Podarlo mucho retrasa la producción y estimula chupones verticales improductivos.

La poda correcta es de aclareo: quitar ramas secas, cruzadas o que rozan el suelo, eliminar los chupones y abrir algo el centro para que entren luz y aire. El momento es al final del invierno, entre febrero y marzo, una vez recogida la fruta y pasado el grueso del frío. Podar en otoño o en pleno invierno deja heridas abiertas justo cuando llegan las heladas.

Los brotes que salen por debajo del injerto hay que arrancarlos siempre, en cuanto asoman. Son del patrón, no de la variedad, crecen con enorme vigor y si los dejas acaban dominando el árbol; te quedas con un Poncirus espinoso y sin mandarinas comestibles.

En variedades con tendencia a la alternancia, como Nadorcott o Fortune, el aclareo de frutos en junio, dejando uno cada quince o veinte centímetros de rama, mejora el calibre y evita el año siguiente en blanco.

Plagas y problemas habituales

El minador de los cítricos (Phyllocnistis citrella) dibuja galerías plateadas y serpenteantes en las hojas tiernas de las brotaciones de verano. En árbol adulto es un daño estético que no justifica tratar; en plantones jóvenes sí conviene controlarlo porque frena el crecimiento.

El pulgón ataca la brotación de primavera y enrolla las hojas; suele bastar jabón potásico y no abonar en exceso con nitrógeno, que es lo que crea brotes blandos y apetecibles. Las cochinillas (piojo rojo de California, Aonidiella aurantii, y el cotonet Delottococcus aberiae) y la mosca blanca segregan melaza sobre la que crece la negrilla, ese hollín negro en hojas y frutos. La negrilla no es una enfermedad del árbol: es un hongo que vive sobre el azúcar del insecto, así que se combate eliminando la plaga, no lavando las hojas.

La mosca de la fruta (Ceratitis capitata) pica los frutos en maduración, sobre todo en variedades tempranas; los mosqueros con atrayente alimenticio colocados en agosto y septiembre reducen bastante el daño en un árbol aislado. La araña roja aparece en veranos secos y con polvo, y se frena con humedad ambiental.

Conviene mencionar la psila africana (Trioza erytreae), presente en Galicia, la cornisa cantábrica y Canarias. Su importancia no está en el daño directo, sino en que transmite el huanglongbing, la enfermedad más grave de los cítricos en el mundo. Si vives en esas zonas, no muevas plantones de cítricos de una comarca a otra y comunica cualquier deformación con abultamientos en el borde de las hojas jóvenes.

La recolección y el mito del verde

Aquí está la creencia que más frutas estropea: las mandarinas no maduran después de cortarlas. Los cítricos no son climatéricos; una vez separadas del árbol no ganan azúcar, solo pierden agua y firmeza. Cortar "para que acabe de madurar en casa" es cortar demasiado pronto para siempre.

Y el corolario, que sorprende aún más: el color de la piel no indica madurez. En otoños cálidos, con noches suaves, la clorofila de la corteza no se degrada y la mandarina sigue verde con la pulpa perfectamente dulce. La industria lo resuelve con desverdización en cámara con etileno, que cambia el color sin tocar el sabor. En casa, la prueba real es probar una. Si está dulce, está lista, aunque parezca verde.

Corta siempre con tijera, a ras del fruto. Al tirar del árbol se arranca un trozo de piel alrededor del pedúnculo, y esa herida es la entrada por la que la mandarina se pudre en tres días. La ventaja del mandarino frente a otros frutales es que el árbol es su propia cámara de conservación: la fruta aguanta semanas puesta, y se va recogiendo según se consume.

Frutos de mandarino maduros en la rama

Mandarino en maceta

Funciona bien si se acepta que un cítrico en contenedor es un árbol dependiente: hay que regar y abonar tú, porque no tiene suelo del que tirar. Parte de un recipiente de 50 a 80 litros para un árbol adulto, con agujeros amplios y sin ninguna capa de grava en el fondo, que lejos de drenar mejor eleva la zona encharcada del sustrato. Usa una mezcla aireada, con perlita o arena silícea, y renueva los primeros centímetros cada primavera.

El abonado en maceta debe ser frecuente y diluido, quincenal de marzo a octubre con un fertilizante para cítricos que incluya microelementos. Y ojo con el frío: el cepellón de una maceta se congela a temperaturas que las raíces enterradas soportarían sin problema, así que en zonas de interior conviene arrimar el tiesto a una pared y envolverlo cuando bajen las mínimas.

En resumen

El mandarino es el cítrico más resistente al frío de los que se cultivan habitualmente aquí, y con un plantón injertado sobre el patrón adecuado da fruta durante décadas con poco trabajo. Lo esencial cabe en pocas líneas: sol y abrigo, plantar en primavera con el injerto bien por encima del suelo, riego regular y ligero sin mojar el tronco, abonado de febrero a septiembre con quelato de hierro si el suelo es calizo, poda ligera de aclareo al final del invierno y eliminación sistemática de los brotes del patrón. Y en la cosecha, paciencia: la mandarina se hace en el árbol, no en el frutero, y una piel verde en noviembre puede esconder una fruta perfectamente dulce.


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