El cipote es uno de esos frutales subtropicales que llevan décadas en jardines del sur de España sin que casi nadie sepa cómo se llaman. Su nombre científico es Casimiroa edulis, y en su México natal se le conoce como zapote blanco o matasano. Da un árbol grande, de sombra densa y hoja perenne, y unos frutos redondos de piel verde amarillenta con una pulpa cremosa que recuerda a una mezcla de pera, plátano y flan.

Es, además, uno de los frutales tropicales más fáciles de cultivar en el litoral mediterráneo, bastante más rústico que el mango o el lichi. Merece la pena conocerlo, y merece la pena conocer también sus dos o tres advertencias, que no son menores.

Ejemplar de Casimiroa edulis o cipote

Qué es exactamente el cipote

Casimiroa edulis pertenece a la familia Rutaceae, la misma que los cítricos. Esto explica algunas cosas: el olor resinoso de las hojas al estrujarlas, el comportamiento del árbol frente a la clorosis férrica y su afinidad con las mismas cochinillas que atacan a naranjos y limoneros.

Es originario de las zonas montañosas de México y Guatemala, entre 1.000 y 2.500 m de altitud. Ese detalle es la clave de todo su cultivo: no es un árbol de selva tropical húmeda y calurosa, sino de altiplano templado, con noches frescas y estación seca. Por eso encaja tan bien en el clima mediterráneo y por eso soporta heladas que matarían a un mango.

Es un árbol perennifolio que alcanza entre 8 y 15 metros, con copa amplia y redondeada, tronco de corteza grisácea y ramificación algo desordenada. Las hojas son palmaticompuestas, con tres a cinco folíolos que salen de un mismo punto, verde brillante por el haz y más pálidas por el envés. Es una hoja muy reconocible, que no se parece a la de ningún otro frutal cultivado en España.

Las flores son pequeñas, verde amarillentas, sin ningún atractivo ornamental, agrupadas en panículas axilares. Aparecen entre finales de invierno y primavera. El fruto es una baya globosa de 5 a 10 cm, con la piel muy fina, verde que vira a amarillo pálido al madurar, y una pulpa blanca o crema, muy tierna y muy dulce, con entre uno y cinco huesos grandes de color blanco.

Una advertencia importante sobre las semillas

El nombre matasano no es casual. Las semillas, la corteza y las hojas de Casimiroa edulis contienen alcaloides y otros compuestos con actividad hipotensora, sedante y depresora del sistema nervioso central. En medicina tradicional mexicana se han usado precisamente para eso, en infusión de hojas.

La pulpa madura es perfectamente comestible y no tiene ningún problema. Lo que no debe consumirse son las semillas, ni triturarlas junto con la pulpa al preparar batidos o helados. Es exactamente el mismo criterio que con el hueso de otras frutas, pero aquí conviene subrayarlo porque el hueso del cipote es grande, blando y fácil de romper accidentalmente al batir.

Si hay niños en casa y el árbol está en el jardín, vale la pena explicarlo. Como frutal de sombra es magnífico; como fruta para comer directamente del árbol sin saber lo que se hace, requiere un mínimo de información.

Clima y resistencia al frío

Es la ventaja principal del cipote frente a otros frutales subtropicales. Un ejemplar adulto y bien establecido resiste heladas de hasta -4 °C, y hay registros de individuos que han aguantado -5 °C puntuales con daño en las hojas pero sin perder el árbol. Un ejemplar joven, en cambio, sufre ya en torno a los -1 o -2 °C, y en sus dos primeros inviernos hay que protegerlo con malla o velo térmico si se esperan heladas.

Eso lo hace cultivable sin problemas en toda la costa mediterránea, desde Cataluña hasta Cádiz, en el valle del Guadalquivir, en la costa atlántica andaluza, en Canarias y en zonas resguardadas del interior de Andalucía y Murcia. En el interior de la meseta, con heladas de -6 o -8 °C, no prospera salvo en microclimas muy protegidos o en maceta grande que se resguarde en invierno.

Le gusta el sol directo y necesita todo el que pueda darle: a media sombra crece, pero fructifica mal. Tolera bien el calor seco del verano peninsular, aunque agradece que no le dé viento seco constante. Cerca del mar aguanta la brisa salina moderada, no la exposición directa a la primera línea.

Suelo: el punto delicado

El cipote se adapta a muchos suelos, incluidos los pobres y pedregosos, siempre que cumplan una condición innegociable: drenaje. En terreno arcilloso compacto y encharcadizo, la raíz se asfixia y el árbol se pierde por podredumbre en pocas temporadas.

El pH ideal está entre 5,5 y 7,5. Tolera suelos ligeramente calizos, pero como buena rutácea empieza a manifestar clorosis férrica —hojas amarillas con los nervios verdes— cuando el pH pasa de 8 o cuando hay caliza activa alta, algo muy frecuente en Levante y en el interior andaluz. Se corrige con quelatos de hierro de tipo EDDHA aplicados en primavera al riego, y sobre todo previniendo: mucha materia orgánica en el suelo, acolchado y evitar el agua de riego muy dura.

En la plantación conviene hacer un hoyo generoso, de al menos 60x60x60 cm, mezclar la tierra extraída con compost o estiércol muy hecho y, si el terreno es pesado, plantar sobre un pequeño caballón para que el cuello quede por encima del nivel del agua. El cuello enterrado es una causa muy común de muerte lenta en este árbol.

Riego

Es un árbol de estación seca marcada: aguanta la sequía mucho mejor que el encharcamiento. Aun así, para que dé fruta de calidad necesita agua regular durante el crecimiento y el engorde del fruto.

En verano peninsular, un ejemplar joven pide riego cada 2 o 3 días los primeros años; uno adulto, con sistema radicular desarrollado, se maneja bien con un riego semanal abundante, o cada 10-12 días si el suelo es profundo y está acolchado. En invierno se reduce drásticamente: con la lluvia suele bastar, y solo se riega si se encadenan varias semanas secas.

La forma más eficaz de regar es el riego localizado con dos o tres goteros repartidos bajo la proyección de la copa, nunca pegados al tronco. Un acolchado de 8-10 cm de corteza, paja o restos de poda triturados reduce a la mitad las necesidades de agua y mantiene la raíz superficial fresca, que es donde este árbol tiene la mayor parte de su masa radicular.

Señal de exceso de agua: hojas amarillas empezando por las bajas y caída generalizada sin que la tierra esté seca. Señal de falta: hojas mates, marchitas por la tarde y caída de fruto pequeño.

Abonado

No es exigente, pero responde muy bien a la materia orgánica. Un aporte de compost o estiércol maduro en superficie a finales de invierno, extendido bajo la copa y cubierto con el acolchado, cubre buena parte de sus necesidades.

Si se busca producción, se complementa con un abono equilibrado para frutales subtropicales o cítricos, rico en potasio y con micronutrientes, repartido en dos o tres aplicaciones entre marzo y julio. Se deja de abonar a finales de verano: los aportes tardíos de nitrógeno provocan brotaciones de otoño, tiernas y acuosas, que son justo las que se queman con la primera helada.

Poda

El cipote necesita poca poda, y esa es una buena noticia porque su madera no es especialmente resistente.

En los primeros años se hace una poda de formación ligera: despuntar el eje a 1-1,5 m para forzar ramificación baja, seleccionar tres o cuatro ramas principales bien repartidas y eliminar las que salgan con ángulos muy cerrados, que son las que acaban desgajándose con el peso de la fruta o con un golpe de viento. Si se deja a su aire, tiende a crecer alto y estrecho, y la fruta queda a diez metros de altura, fuera de alcance.

En árbol adulto basta con una poda de limpieza anual: ramas secas, cruzadas, chupones interiores y todo lo que cierre el centro de la copa. El mejor momento es después de la cosecha o a finales de invierno, antes de la brotación, evitando siempre los periodos de heladas. Los cortes grandes cicatrizan lentamente, así que es preferible intervenir a menudo y poco.

Un contención de altura razonable, dejando el árbol en 4-5 m, hace la recolección posible y no penaliza la producción.

Multiplicación

Por semilla. Es lo más sencillo. La semilla del cipote es recalcitrante: pierde el poder germinativo en pocas semanas si se seca, así que hay que sembrarla recién extraída del fruto, limpia de pulpa. Se siembra a 2-3 cm de profundidad en un sustrato ligero y bien drenado, con humedad constante y temperatura en torno a 22-28 °C. Germina en tres o cuatro semanas.

El inconveniente es doble: el árbol de semilla tarda entre 6 y 8 años en fructificar, y la calidad del fruto es una lotería. Puede salir excelente o puede salir un fruto pequeño, amargo y con demasiado hueso.

Por injerto. Es lo recomendable si el objetivo es la fruta. Se injerta una variedad conocida sobre patrón franco de Casimiroa edulis de uno o dos años, por escudete a finales de primavera o por púa lateral a finales de invierno. Un árbol injertado entra en producción a los 3 o 4 años y da fruto de calidad previsible.

El acodo aéreo también es posible, aunque tiene un porcentaje de éxito bastante menor que en otros subtropicales.

Floración, cuajado y cosecha

En el litoral mediterráneo español, la floración se produce entre febrero y abril, a veces con un segundo brote de flor a lo largo del año. El fruto engorda durante la primavera y el verano, y se recoge, según variedad y zona, entre finales de verano y el otoño, con casos de maduración invernal en climas más suaves.

La polinización corre a cargo de insectos. Muchos ejemplares son parcialmente autofértiles, pero plantar dos árboles mejora notablemente el cuajado, sobre todo en ejemplares de semilla. Si un cipote florece abundantemente año tras año y no cuaja fruto, la causa suele ser esa.

La fruta se recoge cuando la piel pasa de verde a verde amarillento y el fruto cede ligeramente a la presión, pero antes de que esté completamente blando. Termina de madurar en casa en tres a cinco días a temperatura ambiente. Recogerla ya madura del árbol es un error práctico: la piel es finísima, se magulla con solo mirarla y el fruto no aguanta ni un día. Precisamente por esa fragilidad, el cipote no se ve en las fruterías: no soporta el transporte comercial. Es una fruta de árbol propio.

Frutos de Casimiroa edulis o zapote blanco

Plagas y problemas

Como rutácea que es, comparte enemigos con los cítricos.

Cochinillas de todo tipo, sobre todo algodonosa y de escudo, en ramas y envés de las hojas. Se combaten con aceite de parafina en invierno o jabón potásico repetido en primavera, y sobre todo evitando el exceso de nitrógeno, que las multiplica.

Pulgones en las brotaciones tiernas de primavera. Suelen resolverse solos con la llegada de los auxiliares; si no, jabón potásico.

Mosca mediterránea de la fruta (Ceratitis capitata). Es el problema serio en el litoral. El fruto del cipote, dulce y de piel fina, es un objetivo perfecto. La solución práctica en jardín es el embolsado individual de los frutos cuando están a medio engordar, junto con trampas de captura y la recogida escrupulosa de la fruta caída al suelo.

Podredumbres de raíz por Phytophthora en suelos mal drenados. No tienen arreglo una vez instaladas: se previenen plantando alto y regando lo justo.

Clorosis férrica en suelos calizos, ya comentada. Es la alteración más frecuente en España y la que más asusta al aficionado, aunque se corrige con relativa facilidad.

No confundirlo con otros zapotes

El nombre "zapote" se aplica en América a frutos de familias completamente distintas, y la confusión es constante a la hora de comprar planta.

El zapote negro es Diospyros nigra, un pariente del caqui con pulpa oscura como el chocolate. El chicozapote o níspero americano es Manilkara zapota, de la familia de las sapotáceas, mucho más sensible al frío. El mamey es Pouteria sapota. Ninguno de ellos tiene relación botánica con el cipote más allá del nombre popular, ni el mismo cultivo ni la misma resistencia. Si compras un árbol, asegúrate de que la etiqueta pone Casimiroa edulis.

En resumen

El cipote o Casimiroa edulis es un frutal subtropical de origen mexicano de altiplano, perenne, de sombra densa y crecimiento rápido, que da frutos dulces y cremosos de piel muy fina. Es el subtropical más rústico al frío de los que se cultivan en España: adulto aguanta hasta -4 °C, lo que lo hace viable en toda la costa mediterránea, el valle del Guadalquivir y Canarias.

Pide sol pleno, suelo bien drenado y cuello sin enterrar, riego regular en verano y muy escaso en invierno, materia orgánica cada primavera, poda ligera de formación para bajar la copa y poco más. Sus dos limitaciones reales en nuestro país son la clorosis férrica en suelos calizos, que se corrige con quelatos, y la mosca de la fruta, que se resuelve embolsando. Conviene plantarlo injertado si se quiere fruta pronto y de calidad, y hay que recordar siempre que las semillas no se comen: la pulpa sí, el hueso nunca.


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