Ni es japonés ni tiene el menor parentesco con el marañón. El nombre, popular sobre todo en Costa Rica y Nicaragua, se le quedó pegado a un árbol que llegó del sudeste asiático y que en botánica se llama Syzygium malaccense, de la familia de las mirtáceas, la misma del eucalipto, el arrayán y el clavo de olor. El marañón de verdad, el que da el anacardo, es Anacardium occidentale y pertenece a otra familia distinta, las anacardiáceas. Aclarado eso, debajo del malentendido hay un frutal tropical de una vistosidad poco común.

De Malasia al Caribe, pasando por el Pacífico

El árbol procede de Malasia e Indonesia, donde crece de forma espontánea en selva húmeda de baja altitud. Los navegantes polinesios lo llevaron por el Pacífico hace siglos —en Hawái se conoce como ʻōhiʻa ʻai y forma parte del paquete de plantas que viajó con ellos— y los europeos lo introdujeron en el Caribe y en Centroamérica en el siglo XIX. De ahí la lista interminable de nombres locales con la que uno se topa: manzana malaya, pomarrosa de Malaca, manzana de agua, pomerac, jambo encarnado y el marañón japonés que nos ocupa.

Conviene no confundirlo con sus parientes cercanos, que se venden bajo nombres parecidos. La pomarrosa (Syzygium jambos) da un fruto amarillento hueco con sabor claramente a agua de rosas y flores blancas o crema. La manzana de cera o jambo (Syzygium samarangense) tiene fruto acampanado, translúcido, de piel rosa muy fina. El marañón japonés se distingue de ambos por dos rasgos inconfundibles: el fruto rojo carmesí en forma de pera y, sobre todo, unas flores que salen directamente del tronco.

Cómo es el árbol

Es un árbol perennifolio de porte columnar o piramidal, bastante estrecho para su altura, que en su clima llega a los 12 o 18 metros. En cultivo se suele mantener por debajo de los 5 o 6 metros para poder recolectar.

Las hojas son opuestas, coriáceas, elípticas y grandes: de 15 a 38 centímetros de largo. Son de un verde oscuro brillante muy denso, y los brotes nuevos salen con tonos rojizos o bronce, lo que le da un valor ornamental que por sí solo justifica plantarlo donde el clima lo permita. La copa proyecta una sombra cerrada y el follaje llega casi hasta el suelo si no se le levanta la falda.

Flores rojas de marañón japonés brotando directamente del tronco

La floración es el espectáculo del árbol. Las flores, de 5 a 7 centímetros, tienen los pétalos reducidos y casi todo lo que se ve es un penacho de más de cien estambres de color rojo carmín o magenta intenso. Y no aparecen en la punta de los brotes, sino en el tronco y en las ramas viejas ya sin hojas: es lo que se llama caulifloria. Cuando terminan, caen y forman una alfombra roja alrededor del pie del árbol. Este detalle tiene una consecuencia práctica que veremos al hablar de la poda.

El fruto madura unos dos meses después de la floración. Es ovoide o piriforme, de 5 a 8 centímetros, con la piel finísima y cerosa, de un rojo carmesí oscuro (hay cultivares blancos y rosados). Por dentro la pulpa es blanca, crujiente como la de una manzana pero mucho más acuosa, poco ácida, moderadamente dulce y con un aroma floral tenue. Lleva una sola semilla parda y grande, aunque no es raro encontrar frutos sin ella. Se come en fresco, en ensalada, encurtido o en almíbar; el problema es que se magulla con solo mirarlo y no aguanta más de tres o cuatro días, razón por la que nunca ha llegado a ser un frutal de exportación.

¿Se puede cultivar en España?

Con franqueza: al aire libre, solo en Canarias, y ni siquiera en toda la isla que sea. Es una especie estrictamente tropical húmeda, sin ninguna tolerancia al frío. Por debajo de 10 ºC se detiene y sufre daño foliar, y una helada, aunque sea débil y breve, se lleva por delante un ejemplar joven. Su rango cómodo está entre 22 y 30 ºC, con humedad ambiental alta y lluvia bien repartida durante todo el año.

En las medianías bajas y zonas costeras abrigadas del sur de Tenerife, Gran Canaria o La Palma puede prosperar si se le da riego constante y protección del viento. En la costa tropical de Granada y Málaga, donde salen adelante el mango y el aguacate, este árbol lo tiene mucho más difícil: no es tanto la temperatura mínima como la sequedad del aire, los terrales y el agua de riego caliza lo que lo arruina. En el resto de la Península es un cultivo de invernadero cálido o de jardín de invierno, con mínimas por encima de 13 o 15 ºC y humedad alta.

Un aviso realista sobre el cultivo en maceta: sobrevive en contenedor grande y hace un follaje magnífico, pero un ejemplar así rara vez llega a florecer. Si lo compras, hazlo asumiendo que lo tienes por la hoja.

Suelo, agua y luz

Quiere suelo profundo, fértil, rico en materia orgánica y con buen drenaje pero retentivo, con un pH ligeramente ácido, entre 5,5 y 6,5. Los suelos calizos y las aguas duras le provocan clorosis férrica rápida: hojas amarillas con la nervadura verde y brotes que se quedan parados. Tampoco tolera la salinidad, ni del suelo ni del riego.

El riego es el punto que más ejemplares mata, por defecto y por exceso. No admite sequía: una semana sin agua en verano y empieza a soltar hojas y frutos cuajados. Pero tampoco soporta el encharcamiento prolongado, que le abre la puerta a la podredumbre de raíz por Phytophthora. La combinación que funciona es riegos frecuentes, agua no calcárea siempre que se pueda, y una capa gruesa de acolchado orgánico bajo la copa que mantenga el suelo fresco y alimente al árbol al descomponerse.

Los primeros dos o tres años agradece sombra parcial, tal como crece en su hábitat bajo el dosel del bosque; de adulto quiere sol pleno para fructificar. El viento es su otro enemigo: las ramas son quebradizas y las hojas grandes se desgarran y se queman con el aire seco. Plantarlo a resguardo de un muro o de un seto cortavientos no es opcional.

Abonado y poda

Es un árbol exigente en nutrientes. Un aporte generoso de compost o estiércol maduro a la salida del invierno, más un abonado equilibrado durante la fase de crecimiento activo, cubre bien sus necesidades. Si el sustrato o el agua tiran a alcalinos, hará falta quelato de hierro y magnesio de forma periódica; no es un capricho, sin ellos el árbol amarillea y no engorda.

La poda debe ser mínima: basta una limpieza bien intencionada para quedarse sin fruta varias temporadas seguidas. Como florece sobre el tronco y sobre las ramas viejas y desnudas, despejar el tronco y limpiar la madera vieja equivale a eliminar precisamente donde va a nacer la cosecha. Lo que sí procede es una poda de formación en los primeros años para dejar un eje claro y ramas bien repartidas, un despunte de la guía cuando alcance la altura que quieras trabajar, y después de la cosecha la retirada de madera seca, ramas rotas y las que se crucen. Nada más.

Multiplicación

La semilla es recalcitrante: no se puede secar ni almacenar, pierde la viabilidad en cuestión de semanas. Hay que sembrarla recién extraída del fruto, limpia de pulpa, en sustrato suelto y húmedo a 25-30 ºC. Germina en dos o cuatro semanas y con frecuencia salen varias plántulas de una misma semilla, un fenómeno de poliembrionía habitual en el género. El inconveniente es la espera: un pie de semilla tarda entre cinco y ocho años en dar el primer fruto, y el resultado no repite exactamente al árbol madre.

Para conservar un cultivar concreto y adelantar la entrada en producción a tres o cuatro años se recurre al acodo aéreo, que funciona bien en esta especie, o al injerto de aproximación o de púa sobre patrón de la misma especie. Es la vía que usan los viveros tropicales serios.

Frutos rojos de marañón japonés en el árbol

Plagas y problemas frecuentes

La mosca mediterránea de la fruta (Ceratitis capitata) es el enemigo número uno donde el árbol fructifica al aire libre, incluida Canarias: la pulpa blanda y azucarada es un hospedante ideal. El embolsado del fruto y las trampas con atrayente son lo más práctico en jardín particular.

En brotes tiernos aparecen pulgones y, en ambiente seco o bajo plástico, cochinillas y mosca blanca; se controlan con jabón potásico y aceite de verano, insistiendo en el envés. En condiciones de humedad muy alta y aire estancado es habitual la antracnosis (Colletotrichum gloeosporioides), con manchas oscuras hundidas en fruto y hoja, que se combate más con ventilación y retirada de restos que con fungicidas.

Y luego están los problemas que no son plaga: caída masiva de flores o de frutitos recién cuajados por estrés hídrico o por una bajada brusca de temperatura, y hojas con los bordes quemados, que casi siempre apuntan a agua salina, exceso de fertilizante o viento seco.

En resumen

Syzygium malaccense es un frutal tropical de nombre engañoso, espectacular por sus flores carmesí nacidas en el tronco y por un fruto crujiente y refrescante que hay que comer en el sitio porque no viaja. Necesita calor constante sin heladas, humedad ambiental alta, suelo ácido y profundo, riego sin interrupciones y abrigo del viento, lo que en España lo limita en la práctica a las zonas costeras abrigadas de Canarias o al invernadero cálido. Se multiplica por semilla fresca, que no admite almacenaje, o por acodo aéreo si se quiere adelantar la cosecha, y se poda lo justo, porque la madera vieja del tronco es la que da las flores.


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