Antes de leer nada sobre su cultivo conviene saber una cosa: en España, plantar una mora turca en el jardín no está permitido. Broussonetia papyrifera figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que implica la prohibición de su posesión, transporte, comercio y plantación en el medio natural y en jardinería. Cualquier información sobre cómo cultivarla tiene aquí valor descriptivo o histórico: sirve para entender los ejemplares que ya existen en calles y parques, para reconocerlos y para saber qué hacer con ellos, no para poner uno nuevo.
Dicho eso, el árbol merece un artículo. Durante buena parte del siglo XX se plantó a manos llenas en alineaciones urbanas españolas, produce un fruto comestible que se confunde con facilidad con el de la morera y tiene detrás una de las historias culturales más interesantes de la botánica: de su corteza sale el papel japonés y la tela de corteza polinesia.
Qué es y de dónde procede
La mora turca, también llamada morera de papel o moral del papel, es Broussonetia papyrifera, un árbol caducifolio de la familia de las moráceas, la misma de las moreras (Morus), las higueras (Ficus) y el árbol del pan. Es originaria del este de Asia (China continental, Taiwán, Japón, Corea), desde donde se extendió muy pronto por el sudeste asiático y el Pacífico llevada por el hombre, y desde el siglo XVIII por Europa y América.
El nombre popular es engañoso por partida doble. Ni es turca —el apelativo viene del comercio, no del origen— ni da moras en el sentido en que las da la morera o la zarza. Su parentesco con Morus es de familia, no de género, y el fruto es de otra naturaleza.
Cómo reconocerla
Porte y crecimiento. Alcanza normalmente entre 10 y 15 metros, con copa ancha, irregular y ramas quebradizas. Crece muy rápido, sobre todo de joven, y a cambio vive poco para lo que es un árbol: rara vez pasa de los cincuenta o sesenta años en buenas condiciones.
Corteza. Grisácea, lisa en los ejemplares jóvenes y algo fisurada con los años, muy fibrosa por dentro. Esa fibra del líber es exactamente lo que se aprovecha para hacer papel. Al cortar cualquier parte verde suelta látex lechoso, rasgo típico de las moráceas.
Hojas. Aquí está la clave de identificación y también la causa de muchas confusiones. Son alternas, grandes (de 7 a 20 cm), de borde aserrado y, sobre todo, marcadamente polimorfas: en un mismo árbol conviven hojas enteras y acorazonadas con otras profundamente lobuladas, a veces con dos o tres lóbulos asimétricos que recuerdan a una manopla. Los rebrotes vigorosos y los ejemplares jóvenes producen las formas más divididas. El envés es densamente tomentoso, de tacto aterciopelado y color más claro, y el haz es áspero, como papel de lija fino. Ese contraste entre haz rasposo y envés afelpado, unido al polimorfismo foliar, es lo que permite separarla con seguridad de una morera.
Flores. La especie es dioica: hay pies masculinos y pies femeninos. Los masculinos producen amentos colgantes y cilíndricos, de 4 a 8 cm, de color crema, que liberan cantidades enormes de polen. Los femeninos forman cabezuelas globosas de un par de centímetros de las que sobresalen numerosos estilos filiformes de color rojizo o púrpura, con un aspecto característico de bolita erizada. Florece entre abril y mayo.
Fruto. Solo lo dan los pies femeninos, y es lo que más llama la atención. Se trata de una infrutescencia globosa de 2 a 3 cm, primero verdosa y luego naranja o rojo anaranjado intenso, formada por multitud de drupitas carnosas que sobresalen sobre pedicelos, dándole un aspecto de pequeña esfera con pelos gruesos o de erizo de mar en miniatura. Madura en pleno verano, entre julio y agosto según la zona.
¿El fruto se come?
Sí, es comestible, y ese es probablemente el motivo de que la especie aparezca clasificada entre los frutales. Pero conviene bajar las expectativas. Las drupitas maduras son dulces, de sabor suave y bastante insulso, con una textura mucilaginosa y extraordinariamente frágil: se desprenden y se deshacen al tocarlas, no aguantan la recolección ni el transporte y se fermentan en horas. En Asia se han consumido tradicionalmente al pie del árbol, y también en conserva o secas.
En la práctica no tiene interés gastronómico ni comercial. Lo que sí tiene es interés como problema urbano: esos frutos caen en masa sobre aceras y coches y manchan de naranja todo lo que tocan, atraen avispas y dejan un olor dulzón al pudrirse. Es una de las razones por las que muchas ciudades eligieron plantar clones exclusivamente masculinos, con la consecuencia que se ve más adelante.
Solo se debe comer un fruto plenamente maduro, blando y de color naranja subido. Los verdes son astringentes y contienen látex.
Cultivo y comportamiento
Toda esta sección explica por qué ha acabado siendo un problema: la mora turca no tiene prácticamente ninguna exigencia.
Clima. Resiste el frío hasta el entorno de los -15 °C una vez adulta, lo que le permite vivir en casi toda la península salvo las zonas de montaña más severas. Aguanta muy bien el calor estival y la contaminación atmosférica.
Suelo. Vale casi cualquiera: arenoso, arcilloso, pobre, compactado, calizo, con escombros. Tolera pH muy variables y prospera en taludes de carretera, solares y bordes de vía donde otros árboles ni arraigan.
Agua. Prefiere suelos frescos y ahí crece a velocidad de vértigo, pero soporta sequía estival una vez establecida. Un ejemplar joven agradece riegos el primer par de veranos; después se olvida.
Luz. Pleno sol, aunque los rebrotes salen adelante en semisombra.
Multiplicación. Y este es el núcleo del asunto. Se reproduce por semilla —dispersada por aves, que comen el fruto y la esparcen a distancia— pero sobre todo por rebrotes de raíz. Emite raíces someras y trazadoras que producen chupones a varios metros del tronco, de modo que un solo pie acaba generando un bosquete clonal. También arraiga con facilidad de estaca y rebrota con fuerza desde el tocón. Es exactamente el paquete de un colonizador.
Poda. Tolera podas severas y el desmochado, pero responde con brotaciones desordenadas y madera muy débil. Sus ramas se rompen con viento y con nieve, un riesgo real cuando el árbol está sobre una acera.
Por qué es un problema en España
La combinación de crecimiento rápido, rebrote radicular, dispersión por aves e indiferencia al suelo la convierte en una especie que desplaza a la vegetación autóctona en riberas, sotos, cunetas y terrenos alterados, formando masas monoespecíficas difíciles de revertir. A eso se suman tres inconvenientes concretos:
Alergia. El polen de los pies masculinos es muy abundante y fuertemente alergénico. En ciudades donde se plantó masivamente en forma de clones machos, se ha convertido en una de las principales causas de polinosis primaveral, con Islamabad como caso más documentado del mundo. Es un ejemplo de manual de cómo la solución al problema del fruto (plantar solo machos) generó otro peor.
Daños en infraestructuras. Sus raíces superficiales levantan aceras, bordillos y firmes, y los chupones brotan en juntas de pavimento, alcorques ajenos y jardines vecinos.
Fragilidad. Madera blanda y ramas quebradizas en un árbol grande y de vida corta se traducen en desgajes y en costes de mantenimiento.
Cómo eliminarla si ya la tienes
Aquí es donde falla casi todo el mundo: talar el árbol y dejarlo ahí no lo elimina, lo multiplica. Al cortar el tronco se libera la dominancia apical y el sistema radicular responde emitiendo decenas de chupones repartidos por toda su extensión, de modo que se pasa de un árbol a un matorral clonal.
Lo que sí funciona:
Arrancar los ejemplares pequeños de raíz, en cuanto se detectan y con el suelo húmedo, retirando el máximo de sistema radicular. Un plantón de un año sale entero de un tirón; uno de tres, ya no.
Anillado del tronco en ejemplares medianos: retirar un cinturón completo de corteza y cámbium de unos 15-20 cm de ancho, en primavera-verano, y dejar el árbol en pie mientras agota reservas. Provoca menos rebrote que la tala directa, aunque no lo evita del todo.
Desbroce repetido y sostenido. Cortar todos los rebrotes cada pocas semanas durante dos o tres temporadas completas agota las reservas de la raíz. Es tedioso, pero es el método que está al alcance de un particular y funciona si no se abandona a mitad.
En superficies grandes se recurre a tratamientos del tocón inmediatamente después del corte, pero el uso de herbicidas está regulado y muchos productos son de uso profesional; conviene consultar con el ayuntamiento o con el servicio de agricultura autonómico, sobre todo porque, al tratarse de una especie catalogada como invasora, los restos vegetales deben gestionarse de forma que no propaguen ni semillas ni estacas.
Usos: el papel y la tela de corteza
El epíteto papyrifera no es decorativo. La fibra del líber de este árbol, larga, resistente y flexible, es una de las mejores materias primas papeleras que existen.
En Japón se conoce como kozo y es la fibra principal del washi, el papel artesanal tradicional. Se cosechan varas de un año, se cuecen al vapor para separar la corteza, se hierve el líber con ceniza o sosa, se lava, se golpea y se forma la hoja hoja a hoja. El resultado es un papel de una resistencia asombrosa para su espesor, que se usa desde hace siglos en caligrafía, grabado, biombos y puertas correderas, y que hoy es un material de referencia internacional en restauración y conservación de documentos y obra gráfica, precisamente por su durabilidad y su estabilidad química.
En el Pacífico, la misma especie es la fuente del tapa, la tela de corteza que en Hawái se llama kapa y en Tonga ngatu. No se hila ni se teje: se bate la corteza interior húmeda con mazos acanalados hasta que se expande en una lámina fina, y después se decora. Su distribución por Polinesia es tan estrictamente humana que los estudios genéticos de Broussonetia papyrifera se han utilizado como marcador para reconstruir las rutas de colonización austronesias del Pacífico, un uso de la botánica en arqueología que da idea de hasta qué punto este árbol viajó con la gente.
A esto se suman aprovechamientos menores: la corteza se ha empleado en cordelería, la hoja como forraje —tiene buen contenido proteico— y varias partes del árbol figuran en la medicina tradicional china, donde el fruto seco recibe el nombre de chu shi zi. La madera, blanda y poco durable, apenas sirve para nada más que leña o pulpa.
Qué plantar en su lugar
Si lo que se buscaba era un árbol de sombra rápido, rústico y resistente a la sequía y a la ciudad, hay alternativas legales y mejores. El almez (Celtis australis) es autóctono, longevo, de sombra excelente y muy urbano. El fresno de flor (Fraxinus ornus) resiste sequía y florece con aroma. El arce menor (Acer campestre) va bien en tamaños medios. Y si lo que interesaba era el fruto, la morera negra (Morus nigra) da lo que la mora turca promete y no cumple, aunque su fruto mancha y no conviene sobre acera; su pariente Morus alba 'Fruitless' resuelve la sombra sin fruta.
En resumen
Broussonetia papyrifera es un árbol asiático de la familia de las moráceas, dioico, de hoja muy polimorfa con haz áspero y envés aterciopelado, con frutos globosos anaranjados y erizados que maduran en verano. Su fruto es comestible pero insípido, mucilaginoso y sin ningún valor práctico. Su verdadera importancia está en la fibra de la corteza, base del papel japonés kozo y de la tela de corteza del Pacífico. En España está catalogada como especie exótica invasora y no puede plantarse ni comercializarse, por su capacidad de rebrote radicular, su dispersión por aves, su polen fuertemente alergénico y los daños que causa en pavimentos. Ante un ejemplar existente, la peor opción es talarlo sin más: el rebrote convierte un árbol en una mancha clonal. Arranque en estado juvenil, anillado o desbroce sostenido durante varias temporadas son las vías que realmente acaban con él.