La naranja parece tan española como el aceite de oliva o el jamón, pero llegó tarde y de muy lejos. Su historia atraviesa el Himalaya, China, el mundo islámico, el comercio portugués y dos catástrofes fitosanitarias que estuvieron a punto de acabar con la citricultura valenciana. Vale la pena reconstruirla, porque explica cosas del naranjo que hoy damos por hechas.
Empecemos por lo más contraintuitivo: la naranja no es una especie silvestre. No existe ni ha existido nunca un naranjo salvaje del que descienda la naranja de mesa. Es un híbrido, y la genética moderna ha permitido reconstruir con precisión su árbol genealógico.
Todo empezó en las estribaciones del Himalaya
Los estudios de genomas completos de cítricos publicados en la última década sitúan el origen del género Citrus en las laderas del sureste del Himalaya, en una región que abarca el noreste de la India, el norte de Myanmar y el oeste de Yunnan, en China. Desde allí, hace varios millones de años, se produjo una radiación que dio lugar a las especies ancestrales.
Prácticamente todos los cítricos que comemos hoy descienden de la combinación de tres de ellas:
El cidro (Citrus medica), la primera que llegó al Mediterráneo, ya conocida en la Antigüedad griega y romana como manzana de Media o de Persia.
El pomelo asiático o pummelo (Citrus maxima), de frutos enormes, corteza gruesa y sabor amargo.
El mandarino (Citrus reticulata), la especie que aporta el dulzor, el tamaño moderado y la corteza fácil de pelar.
La naranja dulce (Citrus × sinensis) es un híbrido entre mandarino y pummelo, pero no a partes iguales: los análisis genómicos indican una composición desequilibrada, con una proporción claramente mayoritaria de mandarino, resultado de retrocruzamientos sucesivos. La naranja amarga (Citrus × aurantium), en cambio, es una combinación mucho más equilibrada de esos dos mismos progenitores, lo que explica su sabor áspero y su corteza aromática y amarga.
El proceso ocurrió en China hace muchos siglos, en el valle del Yangtsé y el sur del país, donde la naranja aparece ya documentada en textos antiguos y donde se cultivaba de forma organizada mucho antes de que Europa la conociera.
Cómo llegó la naranja a España: dos viajes distintos
Aquí está el punto que más confusión genera. A la península llegaron dos naranjas distintas y con siglos de diferencia.
Primero, la naranja amarga (siglos IX-X)
Fue el mundo islámico el que trasladó la naranja amarga desde Asia hacia el Mediterráneo occidental a través de Persia y el norte de África, y la introdujo en al-Ándalus en torno a los siglos IX y X. Se plantó en huertos, patios y jardines, aprovechando su porte compacto, su follaje perenne y el perfume del azahar.
De aquella introducción quedan testimonios vivos: el Patio de los Naranjos de la Mezquita de Córdoba y el homónimo de la Catedral de Sevilla, o los naranjos amargos que siguen alineando las calles de Sevilla, Córdoba y Murcia. Esos árboles no son un capricho ornamental moderno, sino la continuación directa de una tradición andalusí.
La naranja amarga no se come cruda, pero de ella se obtienen la mermelada —los ingleses siguen llamando a la variedad Seville orange y compran esa naranja específicamente para ese fin—, el agua de azahar y el aceite esencial de neroli, base de perfumería.
Después, la naranja dulce (siglos XV-XVI)
La naranja dulce llegó mucho más tarde y por vía marítima. Los comerciantes portugueses la trajeron desde China por la ruta del cabo de Buena Esperanza a finales del siglo XV y, sobre todo, durante el XVI, cuando se generalizó su cultivo en el Mediterráneo.
La huella lingüística de aquel viaje sigue ahí y es una de las mejores pruebas históricas que existen. En griego moderno, la naranja se dice portokáli; en árabe dialectal, burtuqāl; en rumano, portocală; en turco, portakal; en varios dialectos italianos, portogallo. Todos esos pueblos bautizaron la fruta con el nombre del país que se la trajo.
El despegue comercial valenciano
Durante siglos el naranjo fue en España un árbol de huerto y de patio, no un cultivo comercial. El cambio se produjo a finales del siglo XVIII en la comarca valenciana de la Ribera Alta, donde la tradición atribuye al sacerdote Vicente Monzó, de Carcaixent, la primera plantación en régimen comercial de naranjo dulce, hacia 1781.
El salto verdadero llegó en el siglo XIX, cuando la combinación de ferrocarril y navegación a vapor permitió llevar naranja fresca a Londres, París o Hamburgo antes de que se estropeara. La huerta valenciana se reconvirtió masivamente, aparecieron los almacenes de confección y España se convirtió en la potencia exportadora de cítricos que sigue siendo hoy.
Las crisis que casi acaban con el naranjo
La historia de la citricultura española incluye dos episodios encadenados que forman uno de los relatos más instructivos de la agronomía, porque la solución de la primera crisis fue la causa de la segunda.
La gomosis y el ascenso del naranjo amargo como patrón
En el siglo XIX se extendió por el Mediterráneo la gomosis o podredumbre del cuello, causada por hongos del género Phytophthora. Los naranjos plantados de pie franco, es decir, sobre sus propias raíces, morían en masa: el patógeno atacaba el cuello del árbol y lo anillaba.
La respuesta fue injertar la naranja dulce sobre patrón de naranjo amargo (Citrus × aurantium), que es resistente a Phytophthora, se adapta bien a los suelos calizos del Levante y tolera cierta salinidad. Funcionó a la perfección, y durante un siglo prácticamente toda la citricultura española se construyó sobre ese único patrón.
La tristeza: cuando la solución se volvió el problema
Ese monocultivo de portainjerto resultó ser una bomba de relojería. El virus de la tristeza de los cítricos (CTV), transmitido por pulgones y por material vegetal infectado, llegó a España a finales de los años cincuenta y encontró el escenario perfecto: la combinación de naranjo dulce sobre patrón de naranjo amargo es hipersensible al virus. La infección destruye el floema justo por debajo de la línea de injerto, el árbol deja de recibir azúcares en la raíz y muere.
El resultado fue una catástrofe de escala histórica: decenas de millones de árboles muertos en las décadas siguientes y una reconversión forzosa de todo el sector. Hubo que replantar sobre patrones tolerantes, principalmente citranges 'Troyer' y 'Carrizo' (híbridos de Poncirus trifoliata con naranjo dulce), mandarino Cleopatra y Citrus macrophylla para limonero, cada uno con sus ventajas y sus limitaciones frente a la caliza y la sal.
La moraleja agronómica es evidente y sigue vigente: la uniformidad genética a gran escala es una vulnerabilidad, por muy buenas que sean las razones que llevaron a ella.
Las amenazas actuales
A esos dos episodios se sumaron otros golpes puntuales, como la gran helada de febrero de 1956, que arrasó cítricos en todo el sur de Europa, o las sucesivas crisis de precios y de competencia internacional.
Hoy, la preocupación número uno del sector es el huanglongbing o HLB, también llamado greening, causado por bacterias del género Candidatus Liberibacter. Es la enfermedad más destructiva conocida de los cítricos: no tiene cura, deforma y amarga la fruta y acaba matando el árbol. Ha devastado la citricultura de Florida y ha golpeado con dureza a Brasil y a China.
En España, la situación es de vigilancia estricta. Uno de sus insectos vectores, la psila africana Trioza erytreae, está presente en el noroeste peninsular y en Canarias desde hace años, aunque la bacteria en sí no se ha detectado en la citricultura peninsular. De ahí la insistencia de las autoridades fitosanitarias en no introducir plantones ni material vegetal de cítricos sin certificar, especialmente de otros países: es exactamente la vía por la que entraron la tristeza y por la que entraría el HLB.
Curiosidades del naranjo
La naranja verde está madura. El color naranja de la corteza no es un indicador fiable de madurez. La clorofila se degrada y se revelan los carotenoides subyacentes solo cuando las noches son frescas. En climas tropicales, donde no bajan las temperaturas nocturnas, las naranjas maduran perfectamente y siguen siendo verdes por fuera. Es más: una naranja dejada en el árbol después de madura puede reverdecer en primavera con el calor, un fenómeno llamado reverdecimiento, sin que la pulpa pierda calidad.
Toda navel del mundo es el mismo árbol. La naranja de ombligo apareció como una mutación de yema espontánea en un naranjo de Bahía, en Brasil, hacia 1820. Es partenocárpica, sin semillas, y por tanto incapaz de reproducirse sexualmente: solo puede multiplicarse por injerto. Unos plantones enviados a Estados Unidos en 1870 dieron origen a la 'Washington Navel', y de ahí a todo el mundo. Cada naranjo navel que existe hoy es, literalmente, un fragmento clonado de aquel árbol brasileño.
Las naranjas sanguinas necesitan pasar frío. Su pulpa roja se debe a antocianos, y su síntesis requiere una amplitud térmica marcada con noches frías durante la maduración. Por eso las mejores sanguinas del mundo salen de las laderas del Etna en Sicilia, y en España se cultivan variedades como 'Sanguinelli' en zonas concretas de interior. La misma variedad plantada en clima cálido y uniforme da fruta pálida.
La palabra "naranja" viene del sánscrito. El recorrido es nāraṅga en sánscrito, nārang en persa, nāranj en árabe y de ahí al español naranja y al portugués laranja. En italiano y francés la n inicial se perdió por confusión con el artículo —una narancia pasó a un'arancia—, y de ahí vienen arancia y orange. El color, por cierto, se llama así por la fruta y no al revés: el nombre del color es posterior.
Las flores y los frutos conviven. Como es un árbol perennifolio con ciclo largo, es habitual ver en un mismo naranjo azahar recién abierto y fruta del año anterior todavía colgando, algo que asombra a quien viene de climas de frutales caducifolios.
En resumen
La naranja no es una especie silvestre sino un híbrido de mandarino y pummelo originado en China, a partir de un género Citrus nacido en las estribaciones del sureste del Himalaya.
Llegó a España en dos oleadas: la naranja amarga con el mundo islámico hacia los siglos IX y X, de la que descienden los naranjos de patios y calles andaluzas; y la naranja dulce con el comercio portugués entre los siglos XV y XVI, hecho que dejó su rastro en el nombre que le dan el griego, el rumano o el árabe. El cultivo comercial arrancó en la Ribera valenciana a finales del XVIII y explotó en el XIX con el ferrocarril y el vapor.
Su historia moderna está marcada por dos crisis encadenadas: la gomosis, que impuso el naranjo amargo como patrón universal, y el virus de la tristeza, que precisamente por esa uniformidad mató decenas de millones de árboles y obligó a reconstruir el sector sobre patrones tolerantes. Hoy la amenaza que vigila el sector es el HLB, y por eso importa tanto no mover material vegetal sin certificar.