En enero, con las ramas completamente desnudas, el avellano cuelga sus amentos amarillos y suelta polen al viento. Ese detalle, que parece anecdótico, condiciona casi todo lo que hay que decidir antes de plantarlo: dónde ponerlo, cuántos ejemplares hacen falta y por qué uno solo no dará avellanas por mucho que crezca sano.
El avellano común (Corylus avellana) es un arbusto grande o arbolillo caducifolio de la familia de las betuláceas, natural de los bosques frescos de media Europa y de buena parte de la cornisa cantábrica y el Pirineo. Rara vez pasa de 5 o 6 metros, tiende a formar mata con varios pies y vive de manera productiva entre 40 y 50 años. En España se cultiva sobre todo en el Camp de Tarragona y el Priorat —de ahí la avellana de Reus—, en Girona, en el norte de Navarra y en Asturias, donde la variedad tradicional es la 'Casina'.
Un árbol con flores macho y hembra que aun así no se poliniza solo
Es la confusión más repetida y la que arruina más plantaciones de jardín. El avellano es monoico: en el mismo pie lleva las flores masculinas, que son esos amentos colgantes de 5 a 10 centímetros, y las femeninas, que pasan desapercibidas porque son unas yemas diminutas de las que asoma un penacho de estigmas rojos de apenas dos o tres milímetros. Tener los dos sexos en el mismo árbol no significa que se fecunde a sí mismo.
Ocurren dos cosas a la vez. La primera es la dicogamia: en la mayoría de variedades la emisión de polen y la receptividad de los estigmas no coinciden en el tiempo dentro del mismo pie, así que cuando uno está listo el otro ya pasó o todavía no llegó. La segunda, y más determinante, es la autoincompatibilidad esporofítica: aunque el polen propio llegue al estigma en el momento adecuado, el árbol lo reconoce y bloquea su germinación. 'Negret', la variedad dominante en Tarragona, es un caso de manual: sin polinizadores da cosechas ridículas.
La consecuencia práctica es simple. Hay que plantar al menos dos variedades distintas y compatibles entre sí, y conviene que sean tres si el espacio lo permite, porque la floración masculina de una sola polinizadora puede fallar un año concreto por frío o por sequía del invierno anterior. Combinaciones que funcionan en España: 'Negret' con 'Gironell', 'Pauetet' o 'Culplà'; 'Casina' con 'Gironell'; 'Ennis' con 'Butler'; 'Tonda di Giffoni' con 'Barcelona' o 'Daviana'. Si compras en un vivero y solo te ofrecen un ejemplar sin nombre de variedad, estás comprando la mitad de un cultivo.
La polinización es anemófila, por viento, no por abejas. El polinizador debe estar a menos de 15 o 20 metros y, si hay un viento dominante claro en invierno, mejor situado a barlovento del árbol principal. Un dato que sorprende: el polen llega al estigma en pleno invierno, pero el tubo polínico se detiene en el estilo y la fecundación real no se produce hasta mayo o junio. Entre la polinización y la formación del fruto pasan cuatro o cinco meses en los que el óvulo ni siquiera existe todavía.
Clima y suelo: dónde tiene sentido plantarlo
El avellano quiere inviernos fríos y veranos frescos y húmedos. Necesita entre 800 y 1.200 horas de frío por debajo de 7 °C para romper el reposo, según variedad, así que en el litoral sur y en zonas de invierno suave brotará mal y de forma desigual. En el extremo contrario, tolera sin daño hasta unos -15 °C en reposo profundo, pero las flores femeninas ya abiertas en enero o febrero sufren por debajo de -8 o -10 °C, y los amentos son todavía más sensibles.
El verano es el filtro que descarta la mitad de España. Con raíces superficiales, hojas grandes y un periodo de llenado del fruto que cae justo en julio y agosto, el avellano no soporta la sequía estival del interior. Por debajo de 600-700 mm de lluvia anual bien repartida hay que regar sí o sí, y en la meseta o en el valle del Ebro sin riego el árbol vive pero produce avellanas vanas o no produce. La humedad ambiental cuenta tanto como el agua del suelo: los vientos secos y cálidos de junio queman las hojas y provocan caída de frutos.
En cuanto al suelo, pide tierra profunda, fresca, suelta y bien drenada, con pH entre 5,5 y 7,5. Dos límites que conviene respetar: no aguanta el encharcamiento ni unas horas —es una de las causas más habituales de muerte del plantón en el primer invierno— y sufre clorosis férrica seria en suelos con caliza activa alta. Si tu tierra es muy caliza, haz una analítica antes de gastar dinero: por encima de un 6-8 % de caliza activa el avellano vive amarillo y raquítico. Un suelo de huerta con materia orgánica y algo de arena es el ideal.
Cuándo y cómo plantarlo
La época es el reposo invernal, de noviembre a febrero, y cuanto antes dentro de esa ventana mejor, porque el avellano emite raíces nuevas en cuanto el suelo se templa y la floración llega muy pronto. Los plantones a raíz desnuda solo pueden plantarse en ese periodo. Los de contenedor admiten más margen, pero plantar en mayo o junio obliga a regar todo el verano para nada.
Prepara un hoyo generoso, de unos 60 x 60 x 60 centímetros, y descompacta el fondo y las paredes: en suelos arcillosos un hoyo de paredes lisas se convierte en una maceta de barro donde el agua se estanca. Mezcla la tierra extraída con compost bien hecho o estiércol maduro, nunca fresco y nunca en contacto directo con las raíces.
El punto crítico es la profundidad de plantación: la marca del cuello que traía en el vivero debe quedar al nivel del suelo, o un par de centímetros por encima contando el asiento posterior de la tierra. Enterrar el cuello provoca podredumbre; dejarlo demasiado alto seca las raíces superiores. Rellena en dos o tres tandas apretando con el pie, forma un alcorque y riega con abundancia aunque llueva, porque ese primer riego sirve para que la tierra se ajuste a las raíces y no queden bolsas de aire.
Después, acolcha con paja, corteza o restos de poda triturados en un radio de un metro, dejando libres unos centímetros alrededor del tronco. El avellano tiene raíces someras y el acolchado le ahorra el estrés hídrico de superficie mucho mejor que cualquier riego puntual. Si la zona es ventosa, entutora el plantón el primer año.
Marcos de plantación orientativos: en jardín, entre 4 y 5 metros entre pies; en plantación productiva se trabaja con 5 x 4 o 6 x 4 metros. Si lo quieres como seto o pantalla, con 2,5 o 3 metros basta, pero asume que producirá menos.
Formar el árbol: mata o pie único
El avellano rebrota de la base con ganas. Puedes trabajar con eso o contra eso.
La formación tradicional española es en mata: se dejan de 3 a 5 brotes bien repartidos, se eliminan el resto y se renuevan cada muchos años cortando el ramo más viejo a ras. Es sencilla, aguanta bien y se recolecta a mano del suelo. La formación en pie único, con un tronco limpio de 50-70 centímetros, permite mecanizar y airea mejor la copa, pero exige eliminar los rebrotes de raíz dos o tres veces al año durante toda la vida del árbol. Ese es el mantenimiento oculto que nadie menciona al vender el plantón.
Existe una solución elegante: los avellanos injertados sobre Corylus colurna, el avellano de Bizancio, que no emite rebrotes de raíz. Cuestan más y son algo más lentos al arrancar, pero si vas a tener el árbol en un jardín cuidado ahorran mucho trabajo.
La poda anual es ligera: quitar madera seca, ramas cruzadas y chupones, y aclarar el centro para que entre luz. Se hace en pleno invierno o justo después de la recolección. Ojo con una cosa: las avellanas se forman en brotes del año anterior, así que una poda drástica en invierno se lleva la cosecha por delante.
Riego, abonado y primeros años
Los dos o tres primeros veranos el riego es innegociable, incluso en el norte. Con riego por goteo, dos o tres goteros por planta y aportes frecuentes y moderados funcionan mejor que un encharcamiento semanal, porque las raíces exploran los primeros 40 centímetros de suelo y poco más.
El momento en que el agua vale más es de junio a agosto, cuando la avellana llena la almendra dentro de la cáscara. Un estrés hídrico en esas semanas se traduce directamente en frutos vanos, esos que suenan a hueco y no tienen nada dentro. Muchos huertos que "no cuajan" en realidad cuajan bien y luego se quedan sin agua en julio.
Del abonado, lo esencial: nitrógeno moderado a la salida del invierno y hasta principios de verano, potasio antes del engorde, y materia orgánica en superficie cada otoño. Nada de labrar hondo cerca del árbol; se destruyen las raíces finas que están a diez centímetros.
La entrada en producción llega hacia el tercer o cuarto año con planta injertada o de acodo, y la plena producción entre el octavo y el duodécimo. De semilla es posible, pero tarda seis u ocho años, la planta resultante no se parece a la madre y no tienes control sobre la compatibilidad: como método de multiplicación casero interesa el acodo o el trasplante de un rebrote enraizado de un pie conocido.
Problemas que conviene anticipar
El enemigo número uno de la avellana en España es el balanino o gorgojo (Curculio nucum), un curculiónido que perfora el fruto tierno en junio y deja la larva dentro. Se detecta porque las avellanas caen antes de tiempo con un agujerito perfectamente circular. Recoger y destruir la fruta caída rompe el ciclo.
Las chinches (Palomena prasina, Nezara viridula) pican el fruto en formación y provocan avellanas deformes o de sabor amargo. La bacteriosis (Xanthomonas arboricola pv. corylina) aparece en primaveras lluviosas con manchas oleosas en hoja y chancros en ramillos jóvenes; se combate con cobre y podando madera afectada. En zonas rurales, ratones y ardillas se llevan la cosecha antes que tú.
La recolección
Las avellanas se recogen de finales de agosto a septiembre, cuando caen solas al suelo con el involucro ya seco y pardo. Sacudir el árbol antes de tiempo da fruta inmadura que no se conserva. Una vez recogidas hay que secarlas cuanto antes a la sombra y con ventilación, extendidas en capa fina, hasta que la cáscara suene seca. Con esa humedad baja se guardan un año sin enranciarse; húmedas, cogen moho en semanas.
En resumen
Plantar un avellano sale bien si respetas tres condiciones: como mínimo dos variedades compatibles a menos de veinte metros, porque es monoico pero autoincompatible; clima con frío invernal real y verano no seco, con riego asegurado de junio a agosto; y suelo profundo, fresco, sin encharcamiento y sin exceso de caliza. La plantación se hace en reposo, de noviembre a febrero, con el cuello a ras de suelo, alcorque, riego de asiento y acolchado. Decide desde el principio si lo formas en mata o en pie único, y si eliges pie único cuenta con quitar rebrotes cada año o compra planta injertada sobre Corylus colurna. A partir del tercer o cuarto año empezarás a recoger avellanas en septiembre, y a partir del octavo, en cantidad.