Un árbol que se seca por arriba casi nunca tiene el problema arriba. Cuando las hojas salen pequeñas, la brotación se retrasa, las puntas de las ramas se van muriendo y el fruto madura antes de tiempo y pequeño, la explicación suele estar bajo tierra, en un sistema radicular que ya no puede abastecer a la copa. El problema es que las raíces no se ven, y mientras no se excava se sigue tratando la copa: se abona, se poda, se pulveriza, y el árbol sigue apagándose.

Los síntomas que delatan una raíz enferma

Un daño radicular no produce manchas ni lesiones vistosas en la hoja. Produce síntomas de carencia generalizada, porque el árbol deja de absorber agua y nutrientes:

Hojas más pequeñas de lo normal y de color pálido o amarillento uniforme, sin el patrón entre nervios de una clorosis férrica clásica.

Brotación de primavera retrasada o desigual, con ramas que tardan semanas en abrir mientras otras ya están en hoja.

Crecimiento anual muy corto: si se mide la longitud de los brotes del último año y son de tres o cuatro centímetros donde antes había treinta, el árbol lleva tiempo en problemas.

Muerte descendente desde la punta de las ramas hacia el interior.

Marchitez en las horas centrales del día pese a tener el suelo húmedo. Este síntoma concreto es muy indicativo: hay agua disponible, pero la raíz no puede tomarla.

Cosecha anticipada y anormalmente abundante de fruto pequeño, la típica "cosecha de despedida" de un árbol que percibe que se muere.

Y un dato que orienta mucho: la asimetría. Si el decaimiento afecta a un solo sector de la copa, sospeche de un daño localizado —una raíz principal cortada, una podredumbre que ha entrado por un lado, un hongo vascular—. Si el árbol decae por igual en todas direcciones, es más probable un problema de suelo, de agua o de cuello.

Asfixia radicular: la causa más frecuente y la más ignorada

Las raíces respiran. Necesitan oxígeno en los poros del suelo tanto como necesitan agua, y cuando el agua llena todos esos poros, el oxígeno desaparece en cuestión de horas. En verano, con el suelo caliente y la actividad biológica al máximo, un suelo encharcado puede dejar sin oxígeno a las raíces finas en menos de un día.

La paradoja que despista es que un árbol asfixiado presenta exactamente los mismos síntomas que un árbol sediento: hojas mustias, bordes secos, caída de hoja. La reacción instintiva es regar más, y cada riego adicional acelera la muerte. Antes de aumentar el riego de un árbol que se marchita, hay que meter la mano —o un destornillador largo— veinte centímetros en el suelo y comprobar si está seco de verdad.

Las situaciones que la provocan son casi siempre estructurales:

Suelo arcilloso compactado, o una suela de labor: esa capa endurecida que dejan años de laboreo siempre a la misma profundidad y que actúa como una bañera.

Hoyo de plantación excavado en terreno pesado y rellenado con sustrato esponjoso. El hoyo se convierte en un recipiente estanco donde se acumula toda el agua del entorno. Es un error clásico de plantación bienintencionada.

Riego por goteo con emisores pegados al tronco y programación diaria, que mantiene el cuello permanentemente húmedo.

Alcorques en zona urbana con el pavimento haciendo embudo hacia el árbol.

La solución nunca es química: pasa por drenaje, por plantar sobre caballón en suelos pesados, por separar los goteros del tronco un mínimo de 40-50 centímetros y por regar espaciado y abundante en lugar de poco y a diario.

Phytophthora: podredumbre de cuello y raíz

Donde hay encharcamiento repetido aparece tarde o temprano Phytophthora. No es un hongo verdadero sino un oomiceto, y ese detalle tiene consecuencias prácticas: produce zoosporas móviles que nadan en el agua libre del suelo para alcanzar las raíces, de modo que su actividad depende directamente de cuántas horas al año está el suelo saturado.

Ataca sobre todo el cuello, la zona de transición entre tronco y raíz. Para diagnosticarla hay que descalzar el cuello con una azadilla, limpiar la tierra y raspar la corteza con una navaja justo en la línea del suelo. Si bajo la corteza aparece un tejido marrón rojizo o color canela, húmedo, en lugar del verde blanquecino sano, y ese tejido dañado sube desde el suelo en forma de lengua, es una podredumbre de cuello. A veces exuda goma oscura al exterior, muy visible en frutales de hueso y en cítricos.

Es la razón de que en frutales injertados el punto de injerto tenga que quedar siempre por encima del nivel del suelo, entre diez y quince centímetros. Los patrones se eligen en buena parte por su tolerancia a Phytophthora; si se planta hondo y la variedad injertada —normalmente sensible— queda en contacto con la tierra húmeda, se pierde toda esa protección.

Ante un ataque incipiente: descalzar el cuello y dejarlo aireado y seco, cortar el riego próximo al tronco, corregir el drenaje. Existen fungicidas específicos a base de fosfonatos y fenilamidas para esta patología, pero su disponibilidad y autorización cambian con frecuencia según el cultivo, y no salvan a un árbol si el agua sigue estancándose.

Armillaria y Rosellinia: las podredumbres de raíz de las que no se vuelve

Estos dos hongos matan árboles adultos y no tienen tratamiento curativo eficaz. Conviene saber reconocerlos porque cambian por completo la decisión sobre qué hacer con el terreno después.

Armillaria mellea, la podredumbre blanca o "zapatilla". Al levantar la corteza del cuello o de las raíces gruesas aparecen abanicos o placas de micelio blanco cremoso, con un olor característico a champiñón. Bajo la corteza y por el suelo circundante se encuentran rizomorfos: cordones negros, del grosor de un cordón de zapato, que son el órgano con el que el hongo viaja de un árbol a otro. En otoños húmedos puede fructificar en la base del tronco formando grupos de setas color miel.

Rosellinia necatrix. Micelio también blanco, pero más algodonoso y con aspecto de estrellas o penachos radiales sobre la raíz, que con el tiempo oscurece a gris. No forma rizomorfos negros como Armillaria. Es muy destructiva en manzano, aguacate, frutales de hueso y vid, y avanza rodal a rodal.

Los dos comparten casi siempre el mismo origen: restos de raíces y tocones de arbolado anterior que quedaron enterrados. Un árbol arrancado dejando la cepa y las raíces gruesas en el suelo es una despensa donde el hongo sobrevive años y desde donde coloniza lo que se plante después. Arrancar bien, retirar la madera y dejar el suelo descansar y airearse antes de replantar es la única prevención que funciona de verdad.

Cuando ya está declarado, lo realista es sacrificar el árbol, extraer el sistema radicular lo más completo posible, no replantar la misma especie en ese hoyo y vigilar los árboles vecinos: estas podredumbres avanzan por contacto entre raíces y suelen manifestarse en manchas que se van agrandando.

Nematodos y agallas: bultos en la raíz

Si al desenterrar raíces finas aparecen engrosamientos redondeados, del tamaño de un guisante o menores, formando rosarios y que no se desprenden, se trata de nematodos agalladores del género Meloidogyne. Son gusanos microscópicos que penetran en la raíz y obligan a la planta a formar esas agallas alrededor de ellos. Provocan un decaimiento lento, con árboles que nunca terminan de arrancar. Son especialmente problemáticos en suelos arenosos, cálidos y con historial de cultivo hortícola.

No hay que confundirlas con la agalla de cuello, causada por la bacteria Agrobacterium tumefaciens: aquí el bulto es único o son pocos, grande, leñoso, de superficie rugosa e irregular, y se sitúa en el cuello o en las raíces gruesas, no en las finas. Entra por heridas, así que se asocia a daños de trasplante, de labores mecánicas o de material de vivero mal manejado. Un árbol joven con agalla de cuello grande es mejor descartarlo que plantarlo.

Contra los nematodos, en jardinería la vía practicable es preventiva: patrones tolerantes cuando existen —los hay para melocotonero, almendro y ciruelo—, evitar replantar frutales donde ha habido hortícolas afectadas, y mantener la materia orgánica alta, que favorece la fauna antagonista del suelo.

Raíces estranguladoras y plantación demasiado profunda

Estos dos problemas no los causa ningún patógeno: los causa la plantación, y por eso son totalmente evitables.

Raíces circulares o estranguladoras. Un árbol criado en contenedor forma raíces que giran siguiendo la pared de la maceta. Si se planta sin deshacer ese enrollamiento, las raíces siguen creciendo en círculo, engordan y acaban apretando el cuello del propio árbol como un torniquete, cortando el flujo de savia años después. Es una causa clásica de árboles que van bien cinco o seis años y luego decaen sin motivo aparente o se rompen por la base con un golpe de viento. La señal de aviso es un tronco que entra recto en el suelo, sin el ensanchamiento característico del cuello. Un árbol sano se ensancha al llegar a la tierra, como el pie de una copa.

La prevención es simple y muchas veces no se hace por miedo: al plantar hay que abrir el cepellón, deshacer con los dedos las raíces enrolladas y cortar las que dan la vuelta completa. Un cepellón intacto no es una virtud.

Plantar demasiado hondo. Enterrar el cuello y la base del tronco es probablemente el error de plantación más común y el más letal a medio plazo. La corteza del tronco no está preparada para estar en contacto permanente con tierra húmeda: se ablanda, se pudre y abre la puerta a Phytophthora. Se agrava cuando después se acumula mantillo o acolchado contra el tronco, o cuando el árbol se planta en un hoyo con relleno esponjoso que se compacta y hace descender todo el cepellón unos centímetros.

La referencia correcta al plantar: el ensanchamiento del cuello debe quedar visible a nivel del suelo, y en suelos pesados incluso dos o tres centímetros por encima. El acolchado se retira unos diez centímetros del tronco, dejando un anillo libre.

Raíces que levantan el pavimento y daños mecánicos

Aquí la relación se invierte: no es un problema para el árbol, sino un problema causado por el árbol, aunque el origen sea el mismo —un suelo que no permitió a las raíces desarrollarse donde debían—.

Raíces de un árbol agrietando y levantando el bordillo de una acera

Existe la idea de que las raíces "buscan" el agua de las tuberías y las rompen. No es así: una raíz no perfora un tubo sano. Lo que ocurre es que un tubo antiguo con juntas defectuosas o microfisuras deja escapar humedad, la raíz prolifera allí porque encuentra condiciones favorables, engorda, y entonces sí acaba destrozando la conducción desde dentro. Lo mismo con el pavimento: la raíz crece en los pocos centímetros de suelo aireado que hay bajo la losa, engorda cada año en diámetro y levanta lo que tiene encima. Un suelo profundo y descompactado en el momento de plantar reduce muchísimo el problema, porque las raíces no se ven obligadas a quedarse en superficie.

El daño mecánico es la otra cara. Abrir una zanja para un riego, un cable o un muro y cortar raíces gruesas a un metro del tronco puede condenar un árbol adulto aunque tarde dos o tres años en manifestarse. Como regla práctica, la zona crítica de raíces se extiende como mínimo hasta la proyección de la copa, y las raíces estructurales están en los primeros 60 centímetros de suelo. Si hay que pasar una conducción cerca de un árbol que se quiere conservar, se hace por perforación dirigida o excavando a mano por debajo de las raíces, nunca con retro atravesándolas.

Tampoco conviene apilar tierra sobre la zona radicular. Un aporte de veinte o treinta centímetros de tierra sobre las raíces de un árbol adulto —habitual en obras de ajardinamiento— lo asfixia igual que un encharcamiento, solo que más despacio.

Cómo diagnosticar en la práctica

Antes de tratar nada, un protocolo sencillo:

1. Comprobar la humedad real del suelo a 20-30 cm de profundidad, y no en un solo punto. Descarta o confirma de entrada el exceso y el defecto de riego.

2. Descalzar el cuello. Retirar con cuidado la tierra alrededor de la base del tronco hasta ver dónde arrancan las primeras raíces. Aquí se detectan la plantación profunda, las raíces estranguladoras y el arranque de las podredumbres de cuello.

3. Raspar la corteza en la línea del suelo y en un par de raíces gruesas, buscando el cambio de color del tejido vivo y la presencia de micelio o rizomorfos.

4. Desenterrar raíces finas en la zona de goteo de la copa. Las raíces absorbentes sanas son claras, turgentes y numerosas. Si aparecen escasas, oscuras y quebradizas, o con la corteza que se desliza como un calcetín al tirar, la raíz está muerta.

5. Revisar la historia reciente del árbol. Obras, cambios de riego, un pavimento nuevo, un tocón que se dejó al arrancar un árbol anterior, un aporte de tierra. La causa de un decaimiento suele estar en algo que se hizo uno o dos años antes.

Qué se puede recuperar y qué no

Merece la pena ser franco: los daños de raíz de origen físico —asfixia, compactación, plantación profunda, exceso de riego— son recuperables si se corrige la causa y queda suficiente sistema radicular vivo. Airear el suelo, descalzar el cuello, rehacer el riego y aportar materia orgánica en superficie da resultados, aunque el árbol tarde dos o tres temporadas en volver a crecer con normalidad.

Las podredumbres fúngicas de raíz declaradas en un árbol adulto —Armillaria, Rosellinia, una Phytophthora que ya ha rodeado el cuello— no se recuperan. Lo sensato es retirar el árbol antes de que se convierta en un riesgo de caída y en un foco para los vecinos.

Dos cosas que no hay que hacer con un árbol en decaimiento radicular: abonar con nitrógeno, porque fuerza una brotación que la raíz dañada no puede sostener y agrava el desequilibrio; y podar la copa "para aliviarlo", porque las hojas son las que fabrican los azúcares con los que se regeneran las raíces. Solo se retira la madera ya muerta.

Prevención: casi todo se decide el día de la plantación

Hoyo ancho antes que hondo. Se descompacta un área amplia —dos o tres veces el diámetro del cepellón— con poca profundidad, en lugar de un pozo estrecho y profundo.

Nada de sustratos ricos ni de estiércol dentro del hoyo. Se rellena con la propia tierra del sitio para que la raíz salga a explorar en vez de quedarse en el nido cómodo. La materia orgánica va en superficie, como acolchado.

Cepellón abierto y raíces circulares cortadas.

Cuello visible al nivel del terreno y punto de injerto bien por encima.

En suelo arcilloso o con historial de encharcamiento, plantar sobre un caballón de 20-30 cm.

Riego separado del tronco y espaciado; mejor mojar profundo cada varios días que superficial a diario.

Y antes de plantar donde hubo otro árbol: retirar tocón y raíces gruesas, y dejar pasar un tiempo prudencial. Es el consejo más aburrido de esta lista y el que más árboles salva.

En resumen

Los problemas de raíz se manifiestan siempre en la copa, con retraso y de forma inespecífica: hojas pequeñas, brotes cortos, muerte descendente y marchitez con el suelo húmedo. Antes de tratar nada hay que comprobar la humedad real del suelo y descalzar el cuello, porque ahí se resuelve la mayor parte de los diagnósticos.

El exceso de agua y la falta de oxígeno están detrás de la mayoría de los casos, y abren la puerta a Phytophthora en el cuello. Armillaria y Rosellinia, reconocibles por su micelio blanco y por los rizomorfos negros de la primera, no tienen cura y casi siempre proceden de restos de raíces de arbolado anterior. Las agallas en raíces finas apuntan a nematodos; el tumor leñoso del cuello, a Agrobacterium. Y buena parte de los decaimientos que parecen enfermedad son en realidad una plantación demasiado profunda o un cepellón que nunca se abrió.

Corregida la causa física, un árbol se recupera. Contra las podredumbres fúngicas declaradas, no hay tratamiento que valga: solo prevención, drenaje y no heredar las raíces muertas del árbol anterior.


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