Una rama baja de higuera doblada hasta el suelo y enterrada bajo un palmo de tierra en marzo puede estar arrancada, con raíces propias y en su maceta antes de que caigan las hojas. No hace falta invernadero, ni hormonas, ni cama caliente: solo una rama flexible, una piedra que la sujete y paciencia. Eso es un acodo, y sigue siendo el método de multiplicación más fiable para bastantes especies leñosas que se resisten al esqueje.
Qué es exactamente un acodo
Acodar consiste en provocar que un tallo emita raíces mientras sigue unido a la planta madre. Solo se separa cuando ya tiene su propio sistema radicular funcionando. Esa es toda la diferencia respecto al esqueje, y es una diferencia enorme.
Un esqueje es un trozo de tallo cortado que debe sobrevivir con sus reservas y con lo poco que absorbe por el corte mientras fabrica raíces. Si tarda demasiado, se deshidrata o se pudre. El acodo, en cambio, sigue alimentado e hidratado por la madre durante todo el proceso: puede tardar dos meses o dos años sin que eso comprometa su supervivencia. Por eso funciona en especies de enraizamiento difícil —magnolia, camelia, avellano, nogal, algunos rododendros— donde el esqueje da porcentajes ridículos.
Y como se trata de multiplicación vegetativa, la planta obtenida es un clon exacto de la madre: mismo fruto, mismo color de flor, mismo porte. Un hueso de melocotón sembrado no reproduce la variedad; un acodo, sí. Además, la rama acodada procede de un ejemplar adulto, ya pasada la fase juvenil, de modo que la planta nueva suele florecer y fructificar mucho antes que una de semilla.
Por qué enraíza: lo que ocurre bajo la corteza
Entender el mecanismo evita hacer las cosas por costumbre y hacerlas mal. En un tallo leñoso circulan dos flujos: el xilema, en la madera, sube agua y sales minerales desde la raíz; el floema, justo bajo la corteza, baja azúcares y hormonas producidos en las hojas, entre ellas las auxinas.
Cuando se practica un anillado —se retira una banda completa de corteza alrededor del tallo— se interrumpe el floema pero se deja el xilema intacto. Resultado: la rama sigue recibiendo agua y no se marchita, pero los azúcares y las auxinas se acumulan justo por encima del corte, porque no pueden seguir bajando. Esa acumulación es exactamente el estímulo que induce la formación de raíces adventicias en el borde superior de la herida.
A eso se suma un segundo factor: la oscuridad y la humedad constante. Un tejido de tallo mantenido a oscuras y húmedo se etiola, la corteza se ablanda y las células del cámbium recuperan capacidad de desdiferenciarse. Por eso el acodo aéreo se envuelve en material opaco y por eso el acodo simple se entierra.
De aquí sale la regla práctica más importante del artículo: al anillar hay que raspar el cámbium, esa capa viscosa y verdosa que queda al descubierto. Si se deja, el árbol regenera la corteza en pocas semanas, el puente de floema se restablece y la rama nunca enraíza. Es el fallo número uno en los acodos que "no salen".
Acodo simple, el de toda la vida
Es la técnica más elemental y la que mejor funciona en arbustos y árboles con ramas bajas y flexibles: higuera, avellano, membrillero, laurel, hortensia, jazmín, adelfa, madroño, glicinia, buganvilla, grosellero, zarzamora.
El procedimiento es simple. Se elige una rama del año anterior o de dos años, sana, flexible y lo bastante larga para llegar al suelo con holgura. Se cava una zanjita de 15 a 20 centímetros de profundidad en el punto donde la rama toca la tierra. En la zona que quedará enterrada se practica una herida: un anillado de un centímetro, un corte en lengüeta oblicuo que se mantiene abierto con un palito, o simplemente un raspado profundo en la cara inferior. Se espolvorea con hormona de enraizamiento si se tiene a mano, se dobla la rama, se sujeta al fondo con un gancho de alambre o una piedra y se cubre con tierra mezclada con mantillo o turba.
El extremo de la rama debe quedar fuera de la tierra y en posición vertical, atado a una caña. Eso no es un capricho estético: mantener el ápice erguido refuerza la dominancia apical y favorece que las auxinas se concentren en la zona enterrada. La punta debe conservar sus hojas, que son las que fabrican los azúcares del proceso.
A partir de ahí, mantener la tierra fresca —nunca encharcada— durante toda la temporada. Según la especie, el enraizamiento tarda de tres meses a un año completo.
Acodo múltiple o en serpentina
Es una variante del anterior para ramas muy largas y flexibles: sarmientos de vid, tallos de glicinia, madreselva, hiedra, jazmín, filodendro y clemátide. En lugar de enterrar un solo punto, se hace ondular la rama entrando y saliendo del suelo varias veces, como una serpiente.
Cada tramo enterrado se hiere y se sujeta igual que en el acodo simple, y cada tramo aéreo debe llevar al menos una yema y algo de hoja, porque será el brote de la planta nueva. Con una sola rama larga pueden salir cuatro, cinco o seis plantas. La contrapartida es que cada una recibe menos savia que en un acodo único, así que las plantas resultantes son más débiles y conviene criarlas un año en maceta antes de plantarlas en su sitio definitivo.
Una precisión importante para el caso de la vid: técnicamente el acodo funciona muy bien en Vitis vinifera, pero una vid de pie franco es vulnerable a la filoxera. En casi toda España el viñedo se cultiva injertado sobre patrones americanos precisamente por eso. Multiplicar por acodo una cepa buena y plantarla sobre sus propias raíces en un suelo no arenoso es condenarla a medio plazo. Para vid, salvo en arenales, lo correcto es esqueje de patrón e injerto encima.
Acodo aéreo
Cuando la planta no tiene ramas que lleguen al suelo —un ficus de interior, un árbol ya formado, un frutal en alto— se lleva la tierra hasta la rama en vez de bajar la rama a la tierra. Es el acodo aéreo, también llamado acodo chino, y es la técnica con la que se rejuvenecen ficus y crotones desgarbados o se obtiene material adulto para bonsái.
Se elige una rama de uno a tres centímetros de grosor, con madera de uno o dos años, y se anilla justo por debajo de un nudo. El ancho del anillo debe ser de una vez y media el diámetro del tallo, entre uno y tres centímetros: más estrecho y cicatriza, mucho más ancho y la rama se seca. Se retira toda la corteza de esa banda y se raspa bien el cámbium hasta dejar madera limpia al tacto.
Sobre la herida se aplica hormona de enraizamiento —ácido indolbutírico en polvo, al 0,2-0,5 %— y se envuelve con un buen puñado de musgo sphagnum previamente empapado y bien escurrido, hasta formar una bola del tamaño de un puño. Si no hay sphagnum, sirve fibra de coco o turba rubia, aunque retienen peor. Se cierra con film transparente atado con rafia o bridas por arriba y por abajo, de modo que quede estanco, y por encima se pone una capa opaca: papel de aluminio o plástico negro. Sin esa capa, el sol calienta la bola como un invernadero, cuece las raíces y favorece las algas.
El seguimiento consiste en no tocarlo. A las seis u ocho semanas se aparta un momento el aluminio para mirar a través del film: cuando se vean raíces blancas recorriendo toda la bola y empezando a tomar tono ocre, está listo. No se corta con las primeras raicillas, ese es el segundo error clásico; hay que esperar a que la bola esté colonizada.
Acodo en montículo o amugronado
Es la técnica de vivero por excelencia para producir patrones frutales en cantidad: los portainjertos clonales de manzano tipo M9 o MM106, los de membrillero para peral, los de ciruelo y los de avellano se multiplican así.
Se planta una madre y, al final del primer invierno, se recepa a ras de suelo para forzar la emisión de muchos brotes desde la base. En primavera, cuando esos brotes alcanzan unos 15-20 centímetros, se aporca con tierra suelta y mantillo cubriendo la mitad de su altura. A medida que crecen se repite el aporcado dos o tres veces más, hasta formar un montículo de 25-30 centímetros. Cada brote enterrado emite raíces en su base a lo largo del verano.
En otoño, con la planta ya en reposo, se retira la tierra y se cortan los brotes enraizados por su base, dejando un pequeño tocón. La madre queda descubierta hasta la primavera siguiente y vuelve a brotar. Una cepa madre bien manejada produce durante quince o veinte años. La versión tumbada de esta técnica, con la madre plantada en horizontal en una zanja, es el acodo en trinchera o acodo francés, y multiplica todavía más el número de plantas por madre.
Otras variantes menos conocidas
El acodo de punta aprovecha un comportamiento natural de zarzamoras, frambuesos y algunos rosales trepadores: al final del verano se entierra únicamente el ápice de un tallo largo, unos 8-10 centímetros, y allí se forma una yema con raíces que en otoño ya es planta independiente. No requiere herida ninguna.
El acodo por estrangulamiento con alambre sustituye el anillado por una vuelta de alambre de cobre apretada sobre la corteza. Al engrosar el tallo, el alambre lo va estrangulando y produce el mismo efecto de bloqueo del floema, pero de forma progresiva. Es útil en especies de corteza fina donde el anillado clásico corre riesgo de secar la rama.
Cuándo acodar en España
La época depende de la técnica y del clima de cada zona, pero como orientación para el clima peninsular:
Acodo simple y en serpentina en especies de hoja caduca: a finales del invierno o al inicio de la primavera, de febrero a abril según la comarca, aprovechando que la planta arranca la actividad. En zonas de verano muy duro es preferible hacerlo pronto para que enraíce antes del calor. También funciona en septiembre-octubre, con lluvias de otoño, dejando que enraíce durante el invierno suave del sur y del litoral.
Acodo aéreo: de abril a junio, cuando la savia está en plena circulación y las temperaturas se mantienen entre 18 y 28 °C. Hecho en pleno agosto la bola se deseca aunque esté cerrada, y hecho en otoño llega el frío antes de que haya raíces. En plantas de interior, como el ficus, se puede hacer prácticamente todo el año si la casa se mantiene templada.
Acodo en montículo: recepado en invierno, aporcados sucesivos de abril a julio, recolección de brotes enraizados en noviembre-diciembre con la planta en reposo.
La separación del acodo, en general, se hace en otoño o al final del invierno, nunca en pleno verano ni en plena floración.
Separar y trasplantar sin perder lo ganado
Es la fase en la que se pierden más acodos, y suele ser por prisa. Las raíces nuevas son frágiles, están acostumbradas a un medio muy húmedo y aireado, y la parte aérea es demasiado grande para lo poco que pueden absorber.
El corte se hace con tijera limpia justo por debajo de la zona enraizada. En el acodo aéreo, no se debe retirar el musgo: se quita el plástico con cuidado y se planta la bola entera, para no romper las raicillas que la atraviesan. Se maceta en un sustrato ligero —turba con perlita, o fibra de coco con arena gruesa— en un tiesto solo un poco mayor que el cepellón, nunca en uno enorme.
Inmediatamente después conviene reducir la parte aérea en un tercio, aligerando hojas y ramillas, para equilibrar la demanda de agua con la capacidad de absorción. La planta pasa entonces tres o cuatro semanas en sombra y ambiente húmedo, protegida del viento, con riegos ligeros y frecuentes. Nada de abono durante ese primer mes: fertilizar unas raíces recién formadas las quema. Cuando aparezca el primer brote nuevo, la planta ha arrancado y se puede empezar a aclimatarla al sol de forma gradual.
Un acodo separado en otoño hará bien en pasar el primer invierno en maceta y a resguardo, y plantarse en el terreno definitivo la primavera siguiente.
Errores frecuentes
No raspar el cámbium. Ya lo hemos dicho y se repite aquí porque explica la mayoría de los fracasos: si la corteza cierra el puente, no hay raíces, solo un engrosamiento de callo.
Poner el musgo empapado. Debe salir escurrido, sin gotear al apretarlo. El exceso de agua sin oxígeno pudre la herida en lugar de enraizarla.
Dejar el acodo aéreo al sol sin capa opaca. La bola alcanza temperaturas letales en una tarde de junio.
Elegir madera vieja o demasiado tierna. La madera de más de tres años enraíza mal; el brote herbáceo del año se estrangula y se seca. El punto óptimo es madera de uno o dos años, semilignificada.
Deshojar la rama acodada. Las hojas son la fábrica de azúcares y auxinas que hacen posible el enraizamiento. Se aclaran las inmediatas a la herida, no todas.
Acodar una planta débil, enferma o estresada por sequía. El acodo exige reservas. Conviene regar bien la madre las semanas previas y no acodar ejemplares con clorosis, plagas o poda severa reciente.
Abrir el paquete cada semana para mirar. Cada apertura reseca el sustrato y descoloca las raíces incipientes. Con una comprobación cada tres o cuatro semanas basta.
Cuándo el acodo no es la mejor opción
Acodar no siempre es lo más aconsejable, aunque salga bien. Hay tres situaciones en las que conviene pensárselo.
La primera es la ya comentada de los patrones. Muchos frutales se injertan no por capricho sino porque el patrón aporta resistencia a la caliza, a la asfixia radicular, a nematodos o a la filoxera, y controla el vigor. Un almendro, un melocotonero o un peral de pie franco en un suelo calizo del interior peninsular puede acabar clorótico pese a proceder de un ejemplar magnífico.
La segunda es el volumen. Un acodo da una planta, o unas pocas. Si se necesitan cientos de unidades, el esqueje o la semilla salen infinitamente más rentables.
La tercera es legal: las variedades protegidas por títulos de obtención vegetal no se pueden multiplicar para su comercialización sin licencia. Un acodo para el propio jardín no plantea problema; producir plantas de una variedad registrada para venderlas, sí.
En resumen
El acodo es multiplicación vegetativa con red de seguridad: la rama enraíza sin dejar de estar conectada a la madre, que la mantiene viva mientras tanto. De ahí su fiabilidad en especies que no responden al esqueje, y de ahí que la planta obtenida sea un clon exacto que además florece y fructifica pronto.
Las cuatro técnicas básicas cubren casi cualquier situación: el acodo simple para arbustos con ramas bajas, el múltiple o en serpentina para tallos largos y flexibles, el aéreo cuando no hay forma de llegar al suelo y el de montículo cuando se busca producir muchos patrones a partir de una madre. Todas se apoyan en el mismo principio: interrumpir el floema, raspar el cámbium y mantener la herida a oscuras y con humedad constante.
Si algo hay que retener, que sea esto: raspar bien el cámbium, no encharcar el sustrato, esperar a que las raíces llenen la bola antes de cortar y aclimatar la planta separada durante un mes en sombra. Con esos cuatro puntos, el porcentaje de éxito sube muchísimo.