Las hojas pardas que siguen colgando de las ramas en pleno enero no significan que el árbol esté muerto ni enfermo: son la seña de identidad del quejigo. Este Quercus ibérico es marcescente, es decir, seca la hoja en otoño pero no la desprende hasta que el brote nuevo la empuja en marzo o abril. Quien lo desconoce llama al jardinero en diciembre convencido de que se le está secando un árbol que, en realidad, está haciendo exactamente lo que debe.

El quejigo (Quercus faginea) es una de las piezas que faltan en muchos jardines mediterráneos de interior. Aguanta el frío que tumba a una encina joven, aguanta el verano seco que se lleva a un arce y, una vez asentado, no pide prácticamente nada. A cambio exige lo que suele escasear: sitio y paciencia.

Qué es exactamente el quejigo

Pertenece a la familia de las fagáceas y su área natural abarca la Península Ibérica, las Baleares y el norte de África, con el grueso de la población en España. Se le conoce también como roble carrasqueño, cascalbo, gal·ler o rebollo en algunas comarcas, aunque este último nombre genera confusión porque en el noroeste designa a Quercus pyrenaica, que es otra especie distinta.

Alcanza entre 10 y 20 metros de altura, y ejemplares excepcionales pasan de 25. Pero eso es lo que hace en monte cerrado y con siglos por delante: en la práctica, muchos quejigos que se ven en el campo son matas de 4 o 5 metros porque llevan generaciones siendo cortados y rebrotando de cepa. Es un árbol que rebrota con enorme facilidad de raíz y de tocón, algo que conviene tener presente si se planta cerca de un césped o un paseo.

La hoja es su mejor carácter de identificación. Mide de 3 a 10 cm, es coriácea, con el borde marcadamente dentado y los dientes rematados en punta rígida, verde oscuro por el haz y notoriamente más clara por el envés, cubierta de un fieltro de pelos grisáceos que se aprecia a simple vista al darle la vuelta. Esa pilosidad del envés es una adaptación antitranspirante y es lo que permite distinguirlo de un roble atlántico en cuanto se toca una rama.

Hojas dentadas de Quercus faginea, el quejigo

Florece entre abril y mayo. Es monoico: los amentos masculinos cuelgan amarillentos y muy visibles, mientras las flores femeninas pasan desapercibidas. Las bellotas maduran ese mismo otoño, entre septiembre y noviembre, y son alargadas, de 2 a 3 cm, con la cúpula cubriendo un tercio del fruto. Su sabor va de dulzón a claramente amargo según el ejemplar; no llegan a la calidad de las buenas encinas, pero el ganado las aprovecha igual.

Dentro de la especie se reconocen varias subespecies con reparto geográfico claro. La subsp. faginea ocupa el este y el centro peninsular; la subsp. broteroi vive en el cuadrante suroeste y en Portugal, con hojas mayores y más blandas; y la subsp. alpestris queda confinada a las sierras béticas. También hibrida con facilidad con especies próximas, y en el nordeste peninsular es frecuente encontrar poblaciones intermedias con Quercus pubescens, descritas como Quercus × subpyrenaica. Si compra planta y las hojas no encajan del todo con la descripción, lo más probable es que tenga usted un híbrido, no un error de etiqueta.

Dónde vive y qué clima soporta

El quejigo ocupa un escalón intermedio muy definido en la vegetación española: por debajo de él, donde hay más sequía estival, manda el encinar; por encima, donde llueve más y hace más frío, entran los melojares y los hayedos. Él se queda en la franja de 450 a 1.000 mm de lluvia anual, con inviernos fríos y un verano seco que soporta pero que no le entusiasma. Aparece en los sistemas Ibérico y Central, en las sierras prebéticas, en el prelitoral catalán y en buena parte de la meseta oriental.

El dato que más sirve a la hora de plantar es el edáfico: el quejigo es basófilo. Prospera en calizas, margas y suelos de reacción básica, y ahí es donde desplaza al melojo, que es justo lo contrario, silicícola. Si el terreno tiene pH 7,5 u 8 y es pedregoso y calizo, ese es su sitio. En suelos ácidos vive, pero lo hace peor y con más competencia.

De frío no hay que preocuparse en la Península: resiste sin daño heladas de -15 a -18 ºC y aguanta perfectamente los inviernos de Soria, Cuenca o Teruel. Tampoco le afectan los 38 o 40 ºC de julio siempre que tenga suelo profundo donde haber bajado la raíz. Lo que no tolera es el encharcamiento prolongado, y ese es un punto crítico que se desarrolla más abajo.

Cómo obtener planta: la bellota manda

La forma normal de multiplicar un quejigo es por semilla, y basta guardarla en seco unos meses para quedarse sin una sola planta. La bellota es una semilla recalcitrante: no sobrevive a la desecación. Guardarla en un sobre de papel dentro de un cajón hasta la primavera equivale a tirarla. Si al abrirla el cotiledón está duro y seco, ya no germinará.

El procedimiento que funciona es este:

Recogida. Del suelo o directamente del árbol, entre octubre y noviembre, en cuanto se desprenden con facilidad. Descarte las que tengan un agujerito redondo: dentro estuvo la larva del gorgojo Curculio y el cotiledón está devorado.

Selección por flotación. Sumérjalas en un cubo de agua durante media hora. Las que flotan están huecas, secas o parasitadas; se descartan. Con las que se hunden se trabaja.

Siembra inmediata, en otoño. Lo ideal es sembrar la misma semana de la recogida. Si hay que esperar, consérvelas en arena o turba ligeramente húmeda dentro de una bolsa perforada en la parte baja de la nevera, entre 2 y 4 ºC, nunca en seco. Se siembran tumbadas, a 3-4 cm de profundidad.

Contenedor profundo, no maceta ancha. Este es el segundo punto que decide el éxito. El quejigo emite una raíz pivotante potentísima el primer año: puede bajar 30 o 40 cm antes de que la parte aérea tenga tres hojas. En una maceta corriente esa raíz llega al fondo, se enrolla y el árbol queda tarado para siempre. Use envases forestales altos y estrechos, de 300-400 cc con costillas antiespiralantes y autorrepicado por la base, o bien siembre directamente en el sitio definitivo, que da los mejores resultados.

La germinación es hipogea y suele arrancar el mismo otoño o a la salida del invierno. El primer año la planta destina casi todo a la raíz y crece poco por arriba: no se alarme si en octubre tiene un tallito de 15 cm. Está trabajando abajo.

Plantación y trasplante

La época es otoño, de octubre a diciembre, para que las lluvias de invierno asienten el cepellón y la planta llegue al primer verano con raíces ya exploradas. En zonas de heladas muy fuertes se puede retrasar a febrero, pero nunca a primavera avanzada.

Plante siempre ejemplares jóvenes, de una o dos savias. Es contraintuitivo, pero un quejigo de 40 cm plantado hoy adelanta en cinco años a otro de dos metros comprado en contenedor grande, porque el pequeño no ha tenido tiempo de deformar la raíz y agarra sin acuse. Los trasplantes de ejemplares adultos a raíz desnuda tienen una tasa de fracaso muy alta y no merecen la pena.

Abra un hoyo generoso, de 60 × 60 cm o más, y descompacte el fondo, sobre todo si hay suela de labor o zahorra. No es para meter tierra rica —el quejigo no la necesita— sino para que la raíz pivotante tenga por dónde bajar. Deje el cuello de la planta a ras de suelo, jamás enterrado, y forme un alcorque para retener el agua.

Marco de plantación. La copa de un quejigo adulto ronda los 10-15 metros de diámetro. Sepárelo al menos 8 metros de una fachada, de una piscina o de una tapia, y más si el suelo es arcilloso. Plantarlo a tres metros de la casa es un problema para dentro de veinte años que se resuelve talando el árbol.

Riego: apoyo al principio, olvido después

Circula la idea de que un árbol autóctono no se riega nunca porque "está adaptado". La adaptación es de la especie en su ecosistema, no de un plantón de vivero recién metido en un hoyo con la raíz sin explorar. Los dos o tres primeros veranos sí hay que regar: un riego copioso, de 20 o 30 litros, cada diez o quince días entre junio y septiembre. Mejor pocos riegos abundantes que muchos superficiales, porque el riego escaso mantiene la raíz arriba y crea una planta dependiente.

A partir del cuarto o quinto año, con la raíz ya profunda, se retira el riego por completo y el árbol vive de la lluvia. En jardín, si el quejigo comparte zona con plantas de riego frecuente, saldrá adelante igual, pero conviene evitar que el goteo caiga sobre el cuello del tronco.

Abonado, suelo y acolchado

No necesita abonado. Es una especie de suelos pobres y pedregosos y responde mal a los fertilizantes nitrogenados, que le provocan brotaciones tiernas y desmesuradas, más vulnerables al oídio y a las heladas tardías. Si el suelo está muy degradado, una aportación de compost bien hecho en superficie durante el otoño de los primeros años basta y sobra.

Lo que sí resulta muy rentable es el acolchado: una capa de 8-10 cm de restos vegetales, corteza o incluso su propia hojarasca alrededor del alcorque, sin tocar el tronco. Reduce la evaporación, modera la temperatura del suelo y frena la hierba, que es el principal competidor de un plantón joven en sus dos primeros años. Un ruedo limpio de hierba en un radio de un metro puede duplicar el crecimiento inicial.

Poda: cuanto menos, mejor

El quejigo no es un árbol de poda. Forma una copa densa y redondeada por sí solo y las intervenciones agresivas le hacen más daño que bien. Límitese a:

· Retirar ramas secas, rotas o que se cruzan y rozan.
· Levantar la cruz progresivamente si necesita paso por debajo, quitando una o dos ramas bajas por año, nunca todas de golpe.
· Controlar los rebrotes de cepa y raíz si le molestan, cortándolos a ras.

La época es el final del invierno, entre enero y febrero, con el árbol en parada. Evite podar en primavera y verano por dos motivos: la savia en movimiento hace que las heridas rezumen y atraigan insectos perforadores, y el calor favorece la entrada de Biscogniauxia mediterranea, el hongo del carbón del tronco, que coloniza los cortes grandes en árboles estresados por sequía. Corte siempre por fuera del rodete, sin dejar tocones, y no haga cortes de más de 8-10 cm de diámetro si puede evitarlo.

Problemas frecuentes

La seca. Es el problema serio de los Quercus ibéricos. Detrás está el oomiceto Phytophthora cinnamomi, que pudre las raíces finas y se dispara en suelos compactados o encharcados; el árbol amarillea, pierde hoja desde la punta de las ramas y muere en pocos años. No hay tratamiento eficaz de campo, así que todo se juega en la prevención: drenaje, drenaje y no regar en exceso. Si el agua se queda embalsada en el hoyo más de unas horas, ese sitio no vale para un quejigo.

Defoliadores. La lagarta peluda (Lymantria dispar) y la lagarta verde (Tortrix viridana) pueden dejar el árbol sin hoja en mayo. Impresiona mucho, pero un quejigo sano rebrota en junio y no se muere por una defoliación aislada. Solo en ataques repetidos año tras año conviene actuar, y en jardín se resuelve con Bacillus thuringiensis var. kurstaki aplicado sobre orugas pequeñas.

Agallas. Las bolitas leñosas, esponjosas o con forma de piña que aparecen en ramillas, hojas y yemas son obra de avispillas cinípidas (Andricus, Plagiotrochus, Neuroterus). Son llamativas y en general inofensivas. No hay que tratarlas.

Oídio. Erysiphe alphitoides cubre de polvo blanco los brotes tiernos en primavera húmeda. Afecta sobre todo a plantones y rebrotes; en árbol adulto es un problema estético. Azufre mojable en la brotación si el ejemplar es joven y el ataque se repite.

Clorosis. Rara en esta especie, precisamente porque tolera bien la caliza. Si aparecen hojas amarillas con nervios verdes, sospeche antes de un problema de raíz o de encharcamiento que de una carencia de hierro.

Usos en el jardín y aprovechamientos

Es un árbol de sombra excelente para fincas, parcelas grandes, bordes de camino y zonas rurales de interior. Da una sombra densa en verano y, al ser marcescente, mantiene cierta pantalla visual en invierno, algo que no consigue un fresno ni un almez. Su hoja seca colgante, con la luz baja de diciembre, tiene un valor ornamental que se aprovecha poco.

Hojas y ramas de quejigo en primavera

Hay un aprovechamiento que merece mención aparte: el quejigo es una de las mejores especies portadoras de trufa negra (Tuber melanosporum), a la altura de la encina y del avellano. En las plantaciones truferas de Teruel, Soria y Huesca se usa habitualmente planta micorrizada de Quercus faginea, y da buen resultado precisamente en los suelos calizos que la especie prefiere de forma natural. Si tiene terreno básico, pedregoso y con veranos secos, es una opción a considerar seriamente.

Su madera es dura, pesada y muy duradera; tradicionalmente se ha empleado en carboneo, aperos, duelas y traviesas. Y la bellota, aunque menos apreciada que la de la encina, se aprovecha en montanera y por la fauna silvestre.

El error más común

Se resume en una frase: tratar al quejigo como si fuera un árbol de jardín. Regarlo todas las semanas, abonarlo, podarlo para "darle forma" y plantarlo en un hoyo pequeño de tierra vegetal comprada. Cada una de esas cosas por separado lo debilita; juntas, lo matan en cinco o seis años. Este árbol pide lo contrario: suelo profundo, mucho espacio, plantación temprana, riego solo al principio y luego dejarlo en paz.

Y hay que asumir su ritmo. Un quejigo crece entre 20 y 40 cm al año en buenas condiciones. No es un árbol para ver hecho, es un árbol para dejar hecho.

En resumen

Quercus faginea es un roble mediterráneo marcescente, de la Península Ibérica y el norte de África, que conserva la hoja seca durante el invierno y se reconoce por el borde dentado y el envés grisáceo y afieltrado de sus hojas.

Prefiere suelos calizos o básicos, profundos y bien drenados, en zonas de interior con 450-1.000 mm de lluvia. Resiste heladas de -15 a -18 ºC y veranos secos, pero no soporta el encharcamiento.

Se multiplica por bellota fresca sembrada en otoño, sin dejar que se seque, en contenedor forestal profundo o directamente en el sitio. Se planta joven, en otoño, con hoyo amplio y descompactado.

Riegue los dos o tres primeros veranos y después retírele el agua. No lo abone, pódelo lo mínimo y a finales de invierno, y vigile el drenaje como principal defensa frente a la seca por Phytophthora.

Necesita espacio: cuente con 10-15 metros de copa y sepárelo al menos 8 metros de construcciones. A cambio, una vez establecido, es de los árboles más autónomos y longevos que se pueden tener en el interior peninsular, con la posibilidad añadida de trabajar con planta micorrizada de trufa negra.


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