Conviene deshacer de entrada la confusión que arrastra el nombre. Cuando se escribe Quercus ilex 'Rotundifolia', con comillas simples, parece un cultivar salido de un vivero holandés, una selección de hoja redonda obtenida por alguien. No lo es. Se trata de Quercus ilex subsp. rotundifolia, una subespecie natural que muchos botánicos elevan directamente a especie propia con el nombre de Quercus rotundifolia. Es, sencillamente, la encina o carrasca del interior peninsular: el árbol de las dehesas, el que produce la bellota de la montanera y el que aguanta a la vez los -12 ºC de enero en Ávila y los 40 ºC de agosto en Badajoz.
Las dos encinas y en qué se diferencian
Dentro de Quercus ilex se reconocen dos estirpes con reparto geográfico bastante claro, y saber cuál se tiene delante cambia las decisiones de cultivo.
La subsp. ilex, la alzina catalana, ocupa la franja litoral mediterránea, sobre todo del nordeste, y las zonas de influencia marítima. Tiene la hoja más larga y estrecha, claramente lanceolada, con más pares de nervios, y busca ambientes con humedad ambiental y sin heladas extremas.
La subsp. rotundifolia, la carrasca, es la del interior: mesetas, Extremadura, Andalucía interior, Aragón, valle del Ebro, con presencia también en el norte de África. Su hoja es más pequeña, redondeada u ovalada, más rígida, de un verde grisáceo o glauco por el haz y con un fieltro blanquecino muy marcado por el envés. Esa hoja es un manual de resistencia a la sequía: pequeña para perder poca agua, gruesa y coriácea para no deshidratarse, y cubierta de pelos estrellados por debajo que crean una capa de aire quieto sobre los estomas.
La otra diferencia que importa está en el fruto: la bellota de rotundifolia es, por término medio, bastante más dulce que la de la subespecie litoral. Sobre ese detalle se ha construido todo un sistema agroganadero, la dehesa, y el engorde del cerdo ibérico en montanera. En las hojas juveniles y en los rebrotes de cepa el borde aparece espinoso, parecido al del acebo, un carácter que despista y que el árbol pierde en la copa alta, fuera del alcance del ganado.
Porte, crecimiento y longevidad
Es un árbol perennifolio de 8 a 15 metros, que en las mejores estaciones supera los 20. La copa es densa, redondeada y muy ancha —a menudo tanto o más que la altura—, sobre un tronco corto que ramifica bajo. La corteza es gris, primero lisa y después finamente agrietada en placas pequeñas.
El crecimiento es lento y hay que decirlo sin adornos: de 15 a 30 cm al año en condiciones favorables, y bastante menos en secano duro. No es una especie para quien quiere sombra en cinco años. A cambio, una encina vive con facilidad entre 300 y 500 años, y hay ejemplares que rebasan holgadamente los 700. Se planta para el que venga detrás.
Florece entre abril y mayo. Los amentos masculinos, amarillentos y colgantes, cubren el árbol y sueltan una cantidad notable de polen; las flores femeninas son diminutas y pasan inadvertidas. Las bellotas maduran ese mismo otoño, entre octubre y diciembre, y existen pies "tempraneros" y pies tardíos, una variabilidad que en la dehesa se aprovecha para alargar la montanera. La primera fructificación seria no llega hasta los 15 o 20 años, y la producción es marcadamente vecera: años de cosecha abundante alternando con años de casi nada.
Clima y suelo: qué tolera de verdad
Su rusticidad es su mejor argumento. Resiste heladas de -12 a -18 ºC según la procedencia, aguanta veranos de 40 ºC y sale adelante con 350-400 mm de lluvia anual, aunque en esos límites crece muy poco y adopta porte arbustivo. Soporta el viento, tolera cierta salinidad y rebrota de cepa después de un incendio, algo que muy pocos árboles del país hacen igual de bien.
En cuanto al suelo, es indiferente en lo químico dentro de un rango amplio: vive sobre calizas, margas, pizarras y granitos, y encaja bien en los suelos básicos y pobres que descartan a muchas frondosas. Lo que le importa no es el pH, es la estructura. Necesita un suelo profundo y suelto por donde bajar la raíz, y necesita drenaje. Un terreno arcilloso compactado donde el agua se estanque en invierno es la peor elección posible.
Aquí conviene subrayar la única intolerancia grave de la especie: el encharcamiento. Una encina no muere de sed en un verano español; muere de exceso de agua y de asfixia radicular, casi siempre con Phytophthora cinnamomi de por medio.
Multiplicación por bellota
La vía normal es la semilla, y no tiene misterio si se respetan tres reglas.
Primera: la bellota no se guarda seca. Es una semilla recalcitrante, pierde la viabilidad si se deshidrata. Metida en un sobre hasta la primavera, no germinará. Si hay que retrasar la siembra, se conserva en arena o turba apenas húmeda, en bolsa perforada, en la parte baja del frigorífico a 2-4 ºC, y aun así lo mejor es no pasar de unas semanas.
Segunda: siembre en otoño, recién recogida. Entre octubre y diciembre, cuando caen. Antes conviene hacer la prueba de flotación: media hora en un cubo de agua, se descartan las que flotan (huecas, secas o con larva de Curculio elephas, el gorgojo de la bellota) y se siembran las que se hunden, tumbadas, a 3-4 cm de profundidad.
Tercera: contenedor profundo. Este punto decide el futuro del árbol. La radícula de una encina puede bajar 30 o 40 cm el primer verano mientras arriba apenas hay cuatro hojas. En una maceta convencional esa raíz choca con el fondo y se enrolla; el árbol resultante queda inestable y sin capacidad de buscar agua en profundidad, y lo pagará en la primera sequía seria. Use envases forestales altos, de 300-400 cc, con costillas antiespiralantes y autorrepicado aéreo por la base. Sembrar directamente en el sitio definitivo, protegiendo la bellota de roedores y jabalíes con una malla, sigue siendo el método que mejores árboles produce.
Plantación
La época correcta es el otoño, de octubre a diciembre, para aprovechar las lluvias de invierno. En comarcas de heladas muy severas puede retrasarse a febrero. Plantar en primavera avanzada condena al plantón a afrontar su primer verano sin haber explorado el suelo.
Plante ejemplares jóvenes, de una o dos savias. La tentación de comprar una encina de tres metros con cepellón es comprensible y sale cara en todos los sentidos: son caras, arrancan con acuse de trasplante durante años y con frecuencia acaban siendo adelantadas por un plantón de 30 cm puesto el mismo día. Los trasplantes de encinas adultas tienen una tasa de fracaso alta y además, en varias comunidades autónomas, la encina goza de protección legal y su arranque o tala requiere autorización administrativa.
El hoyo debe ser amplio, de 60 × 60 cm como mínimo, con el fondo descompactado. No se trata de rellenar de sustrato rico, sino de abrir camino a la raíz pivotante. Deje el cuello a ras de suelo, sin enterrar, y forme un alcorque. Un tubo protector durante los primeros años evita el ramoneo de conejos y corzos, que es la causa número uno de fracaso en repoblaciones.
Distancias. Una encina adulta ocupa 12-15 metros de copa y su raíz explora bastante más. Sepárela como mínimo 8-10 metros de la vivienda, de tapias, de piscinas y de conducciones. Bajo su copa, además, la hierba crece mal por la sombra densa y la competencia radicular: no cuente con tener césped debajo.
Riego: menos es más, y es literal
El error más frecuente y más letal con esta especie es regarla de más. La encina está construida para el verano seco mediterráneo; su ciclo natural incluye un parón estival en el que reduce actividad y espera. Un goteo diario en julio mantiene el suelo húmedo y templado en la zona de raíces, y ese es exactamente el ambiente que Phytophthora cinnamomi necesita para multiplicarse. Se han perdido encinas centenarias en jardines particulares por instalarles un césped con riego automático debajo.
La pauta razonable es:
· Años 1 a 3: riego de apoyo en verano, unos 20-30 litros cada 15 o 20 días entre junio y septiembre. Copioso y espaciado, nunca frecuente y superficial, porque el riego somero mantiene la raíz arriba y crea una planta dependiente.
· A partir del cuarto año: se retira el riego. La encina vive de la lluvia y del agua que almacena el suelo profundo.
· Ejemplares adultos: ni un litro, salvo sequía verdaderamente excepcional y de varios años.
Tampoco necesita abonado. Es una especie de suelos pobres y el nitrógeno le provoca brotaciones tiernas y desordenadas que atraen oídio y sufren con las heladas tardías. Un acolchado con su propia hojarasca alrededor del ruedo, sin tapar el cuello, hace más por ella que cualquier fertilizante.
Poda
En jardín, la poda de la encina se limita a retirar ramas secas, rotas o mal dirigidas y, si acaso, a levantar la cruz poco a poco. Forma su copa sola y no necesita ayuda.
En dehesa el criterio es distinto, porque allí se busca producción de bellota: se hacen podas de formación en los primeros años y después aclareos de copa cada 8 o 12 años, siempre suaves, retirando ramas del interior para dar luz sin descabezar el árbol. Las podas drásticas de "rejuvenecimiento" que se pusieron de moda han debilitado a muchos árboles y son una de las causas reconocidas de la seca.
La época es el invierno, de diciembre a febrero, evitando los días de helada fuerte. Y hay una razón concreta para no podar en primavera ni verano: las heridas frescas atraen a los grandes cerambícidos, sobre todo Cerambyx welensii y Cerambyx cerdo, cuyas larvas excavan galerías en la madera viva y son hoy uno de los principales problemas de las dehesas. Corte por fuera del rodete, sin dejar tocones, y evite heridas de más de 10 cm de diámetro.
Plagas y enfermedades
La seca. No es una enfermedad única sino un síndrome: Phytophthora cinnamomi pudriendo las raíces finas, sumado a sequías prolongadas, suelos compactados por el ganado o la maquinaria, podas excesivas y, con frecuencia, cerambícidos rematando el árbol debilitado. Los síntomas son defoliación desde la punta de las ramas, hojas pequeñas y amarillentas y muerte descendente. No existe tratamiento de campo realmente eficaz, de modo que la prevención es todo: drenaje, no compactar el suelo bajo la copa, no regar en exceso y no podar en exceso. Y no mover tierra ni planta de zonas afectadas, porque el patógeno viaja en el barro de las botas y las ruedas.
Cerambícidos. Cerambyx welensii es la plaga más grave en encinares adultos. Se detecta por serrín grueso al pie del tronco y agujeros de salida ovalados de más de un centímetro. Se combate con manejo: evitar heridas, mantener el árbol vigoroso y, en fincas, con trampeo de adultos en verano.
Coraebus florentinus. La "culebrilla" del encinar. Su larva anilla la rama por dentro y en verano aparecen ramas enteras secas, con la hoja marrón colgando, muy visibles desde lejos. El control es sencillo pero hay que hacerlo a tiempo: cortar y quemar las ramas afectadas antes de la primavera siguiente, mientras la larva sigue dentro.
Defoliadores. Lymantria dispar y Tortrix viridana pueden dejar el árbol pelado en mayo. Un ejemplar sano rebrota y no muere por ello; solo preocupa si se repite varios años seguidos. En jardín, Bacillus thuringiensis var. kurstaki sobre orugas jóvenes.
Agallas. Las formaciones leñosas o esponjosas de ramillas y hojas las provocan avispillas cinípidas (Plagiotrochus, Andricus). Son inofensivas y no requieren tratamiento pese a su aspecto alarmante.
Oídio. Erysiphe alphitoides empolva de blanco los brotes tiernos en primaveras húmedas. Afecta sobre todo a plantones; en árbol adulto es cosmético.
Qué se le puede sacar
Además de la sombra y de una pantalla verde permanente los doce meses del año, la encina tiene aprovechamientos reales.
La bellota. La de rotundifolia es dulce en muchos pies y comestible en crudo o tostada; ha sido alimento humano en épocas de escasez y sigue siendo la base de la montanera. Merece la pena probar las de cada árbol antes de decidir, porque la variabilidad entre pies es enorme y el amargor depende del contenido en taninos, no del sexo del árbol: la encina es monoica, todos los ejemplares tienen flores de ambos sexos.
Hongos. El encinar es uno de los grandes ecosistemas micológicos peninsulares. Micorriza con Boletus aereus y Boletus edulis, con Amanita caesarea y, sobre suelo calizo y con planta micorrizada en vivero, con la trufa negra (Tuber melanosporum), que es la aplicación productiva más interesante de esta especie fuera de la dehesa.
Madera y leña. Durísima y de altísimo poder calorífico; el carbón de encina ha sido durante siglos el mejor del país.
En resumen
Quercus ilex subsp. rotundifolia no es un cultivar ornamental sino la encina o carrasca del interior peninsular, con hoja pequeña y redondeada, envés blanquecino y bellota dulce.
Es extraordinariamente rústica: resiste de -12 a -18 ºC, veranos de 40 ºC y precipitaciones de 350-400 mm. Tolera casi cualquier suelo, incluidos los calizos y pobres, pero no tolera el encharcamiento.
Se multiplica por bellota fresca sembrada en otoño, sin dejar que se seque, en contenedor forestal profundo. Se planta joven, en otoño, con hoyo amplio y fondo descompactado, y con protector frente al ramoneo.
Riegue de apoyo los tres primeros veranos y después retire el agua definitivamente. El exceso de riego, no la sequía, es lo que mata encinas en jardín.
Pode lo mínimo y solo en invierno, para no atraer cerambícidos. Vigile ramas secas aisladas en verano —señal de Coraebus— y córtelas antes de la primavera siguiente.
Reserve espacio: 12-15 metros de copa y 8-10 metros de separación de cualquier construcción. Crece de 15 a 30 cm al año, pero puede vivir medio milenio. Y antes de tocar una encina existente, compruebe la normativa de su comunidad autónoma: en buena parte de España está protegida.