El hueso de un mango pierde la capacidad de germinar en cuestión de semanas. No se puede secar, ni guardar en un sobre, ni dejarlo en un cajón hasta la primavera siguiente: si el mango se comió en agosto, la siembra es en agosto. Esa caducidad tan corta explica buena parte de los fracasos y es lo primero que conviene tener claro antes de tocar nada.

El mango (Mangifera indica) es un árbol tropical de la familia de las anacardiáceas, pariente del pistacho y del anacardo, y en España se cultiva comercialmente solo en una franja muy estrecha: la Axarquía malagueña, la costa de Granada en torno a Motril y Almuñécar, algunos puntos del litoral almeriense y las islas Canarias. Fuera de esos microclimas libres de heladas, sembrar un hueso de mango es un ejercicio de jardinería de interior con un árbol ornamental precioso, no el principio de una cosecha. Vale la pena hacerlo igualmente, pero sabiendo lo que se está haciendo.

Árbol de mango adulto con su copa densa y hojas lanceoladas

Qué sale realmente de una semilla de mango

Aquí hay una creencia extendida que conviene corregir: que del hueso de un mango que estaba buenísimo saldrá un árbol que dé mangos iguales. Depende del cultivar, y en concreto de si es monoembriónico o poliembriónico.

Las semillas monoembriónicas contienen un único embrión, producto de la fecundación, con la mitad del material genético del padre desconocido. El árbol resultante es un híbrido nuevo, imprevisible: puede dar fruta fibrosa, pequeña o con sabor a trementina. Las poliembriónicas, en cambio, producen varios brotes de una misma semilla, y salvo uno todos son de origen nucelar, es decir, clones de la madre. Esos sí reproducen la variedad.

El problema práctico es que las variedades que llenan los lineales españoles proceden en su mayoría del programa de mejora de Florida —'Osteen', que es la reina de la Axarquía, y también 'Keitt', 'Kent' o 'Tommy Atkins'— y son monoembriónicas. Las poliembriónicas típicas son las de tradición asiática y mexicana: 'Manila' o 'Ataulfo', 'Nam Doc Mai', 'Kensington Pride'. Si el hueso que tienes en la mano abre con tres o cuatro brotes, enhorabuena: te ha tocado una poliembriónica. Si sale uno solo, tienes un árbol único en el mundo, con todo lo bueno y lo malo que eso implica.

El segundo dato incómodo es el tiempo. Un mango de semilla tarda entre seis y diez años en florecer, y a veces más; uno injertado, de tres a cinco. Si el objetivo es comer mangos propios y el clima acompaña, lo sensato es comprar un injertado. Si el objetivo es el proceso, la planta y un árbol de hoja bonita en la terraza, la semilla es perfecta.

Elegir el hueso y abrirlo

Interesa un mango bien maduro, incluso pasado, de fruta que haya madurado en el árbol o al menos que no venga de una recolección demasiado verde. Los mangos cortados muy inmaduros para aguantar el transporte llevan semillas que a veces no han terminado de formarse.

El proceso es sencillo:

1. Limpiar. Retira toda la pulpa y las fibras del hueso frotando bajo el grifo con un estropajo o un cepillo. Cualquier resto de carne es alimento directo para hongos. Nada de jabón ni lejía.

2. Orear. Deja el hueso uno o dos días a la sombra, en un sitio ventilado. Se busca solo que la cáscara leñosa (el endocarpio) pierda humedad superficial y se abra un poco por la sutura. Al sol directo no: se cocería la semilla.

3. Abrir. Localiza el borde fino del hueso, ese canto donde las dos valvas se juntan, e introduce ahí unas tijeras de podar o un cuchillo grueso haciendo palanca hacia los lados. La idea es abrirlo como una ostra, no cortarlo por la mitad. Ten cuidado: si el filo entra demasiado, parte la semilla y se acabó.

4. Extraer y juzgar. Dentro hay una almendra aplanada, con aspecto de judía gigante. Una semilla viable es carnosa, de color crema o beige claro, quizá con tonos violáceos. Si está seca, arrugada, gris o de un marrón oscuro uniforme, no va a germinar: descártala y prueba con otro mango.

Este paso de sacar la semilla de su cáscara no es opcional en la práctica: sembrar el hueso entero funciona, pero tarda de cuatro a seis semanas y multiplica el riesgo de podredumbre, mientras que la semilla desnuda suele romper en ocho o quince días. Muchas guías se saltan esto y luego el hueso se pudre en la maceta.

Cuándo sembrar en España

La semilla necesita calor de verdad para germinar: el óptimo está entre 25 y 30 °C en el sustrato. Por debajo de 20 °C la germinación se ralentiza tanto que los hongos ganan la carrera y la semilla se pudre antes de brotar.

La coincidencia es afortunada, porque la temporada del mango en el hemisferio norte y en España va aproximadamente de julio a noviembre, y el mango canario y sudamericano cubre buena parte del resto del año. Lo ideal es sembrar entre junio y septiembre, aprovechando el calor ambiente. Si compras un mango en enero y quieres intentarlo, no queda otra que sembrar igualmente —la semilla no espera— y compensar con un propagador con manta térmica, o al menos un lugar cálido y estable de la casa, como encima de un frigorífico o cerca de una caldera.

Sustrato, maceta y siembra

El mango desarrolla desde el principio una raíz pivotante potente y muy vertical. Una maceta ancha y baja la obliga a girar sobre sí misma y deforma la planta para siempre. Elige un contenedor hondo, de 3 a 5 litros y al menos 25 cm de profundidad, con agujeros generosos. Los maceteros de tipo alveolo profundo o las macetas altas para rosales van muy bien.

El sustrato tiene que drenar de sobra y no compactarse: sirve una mezcla de turba o fibra de coco con un 30 % de perlita gruesa, o un sustrato universal de calidad aligerado con perlita y algo de arena de sílice. El mango prefiere pH ligeramente ácido a neutro, entre 5,5 y 7. En suelos calizos y con aguas duras —lo habitual en media España— aparece antes o después clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con los nervios verdes. Regar con agua de lluvia o de ósmosis previene mucho.

La siembra: coloca la semilla tumbada, con la curva convexa hacia arriba y el lado cóncavo hacia abajo, y cúbrela con 2 o 3 cm de sustrato. Riega bien una vez, deja escurrir y a partir de ahí mantén el sustrato húmedo pero nunca encharcado. Cubrir la maceta con una bolsa transparente o un plástico ayuda a conservar humedad y temperatura, siempre que la ventiles a diario para evitar mohos.

El método del papel de cocina húmedo dentro de una bolsa también funciona y permite vigilar la germinación, pero tiene un inconveniente real: la radícula del mango crece muy rápido, se enreda en el papel y se rompe al trasplantar. Si lo usas, revisa cada dos días y pasa a maceta en cuanto asome la raíz.

Germinación y primeros meses

Con calor suficiente, la raíz aparece a los 8-15 días y el tallo emerge poco después. Si la semilla era poliembriónica saldrán varios brotes del mismo punto. Déjalos crecer un par de meses y quédate con el uno o dos más vigorosos, cortando el resto a ras en lugar de arrancarlos, para no dañar las raíces comunes.

Las primeras hojas suelen salir rojizas, bronceadas o casi moradas, y colgando lacias. Eso es completamente normal en el mango y no significa falta de agua ni exceso de sol: los brotes tiernos carecen todavía de tejido de sostén y de clorofila plena. En una o dos semanas endurecen y verdean.

Luz: mucha, pero introducida por etapas. Un plantón recién nacido puesto de golpe a pleno sol de julio en Sevilla se quema. Empieza en semisombra luminosa y ve aumentando la exposición a lo largo de tres o cuatro semanas.

Riego: espera a que los dos o tres primeros centímetros del sustrato estén secos y entonces riega a fondo hasta que salga agua por los agujeros. El mango tolera mal el sustrato permanentemente saturado; el exceso de agua mata muchos más plantones que la sequía.

Abono: nada durante los dos primeros meses, porque la semilla lleva reservas de sobra. Después, un fertilizante equilibrado para plantas verdes a media dosis cada quince días en primavera y verano, y nada de octubre a marzo. El mango crece a tirones, en "oleadas" de brotación: pasa semanas parado y de pronto saca 20 cm. No lo abones más porque parezca estancado, es su ritmo.

El invierno, que es el verdadero examen

Un mango adulto y bien establecido aguanta puntualmente en torno a -1 o -2 °C, con daños en hojas y ramillas. Un plantón de primer año no aguanta nada de eso: por debajo de 4-5 °C ya sufre, y una helada leve lo mata entero.

En la práctica, esto significa que salvo en el litoral subtropical de Málaga, Granada, Almería y Canarias, el mango de maceta entra en casa entre octubre y abril. Necesita un sitio muy luminoso, mínimo 12-15 °C, lejos de radiadores y de corrientes de aire frío de puertas. Reduce el riego a la mitad, porque con menos luz y menos calor apenas consume, y suspende el abonado.

La calefacción trae su propio problema: el aire seco favorece la araña roja (Tetranychus urticae), que en interior es la plaga número uno del mango. Revisa el envés de las hojas buscando punteados amarillentos y telarañas finas; pulverizar agua sobre las hojas y mantener humedad ambiental la disuade bastante. También aparecen cochinillas algodonosas en las axilas, que se quitan con alcohol y bastoncillo o con jabón potásico.

De plantón a árbol: poda e injerto

Un mango de semilla crece con un eje único, recto y sin ramificar, y puede plantarse dos años así. Para obtener una planta compacta y con forma, despunta el tallo principal cuando alcance 60-80 cm, justo por encima de una zona con yemas. Brotarán tres o cuatro ramas laterales. Repite la operación en las ramas nuevas al año siguiente. La poda se hace al final del invierno o al inicio de la brotación de primavera, nunca en pleno parón.

El trasplante es progresivo: de la maceta de siembra a una de 10-12 litros al segundo año, y después a 40-60 litros si va a quedarse en contenedor definitivamente. Cambiar de golpe de una maceta pequeña a un barreño enorme provoca sustrato encharcado alrededor del cepellón y podredumbre radicular.

Y si el clima acompaña y quieres fruta en un plazo razonable, la salida elegante es usar tu plantón como patrón: cuando el tallo tenga el grosor de un lápiz, se le injerta una púa de una variedad productiva —'Osteen' y 'Keitt' funcionan bien en la costa andaluza— mediante injerto de púa terminal o de escudete, en primavera o a finales de verano, con temperaturas cálidas. Así conservas el árbol que has criado desde el hueso y le añades una copa que sí sabes qué va a dar.

Errores frecuentes

Guardar el hueso. La semilla del mango es recalcitrante: no soporta la desecación. Un hueso olvidado tres meses en la cocina ya no vale.

Sembrar en octubre en un piso frío. Sin 25 °C no hay germinación fiable; hay podredumbre.

Poner grava en el fondo de la maceta. No mejora el drenaje; al contrario, eleva la lámina de agua retenida hasta la base del sustrato. Lo que drena es la mezcla, no una capa de piedras.

Regar poquito todos los días. Mantiene húmedo solo el centímetro superior, acumula sales y asfixia. Mejor riegos espaciados y completos.

Alarmarse por las hojas rojas y colgantes. Es el aspecto normal de la brotación tierna del mango.

Esperar mangos en tres años en Valladolid. El árbol de semilla necesita muchos años, calor sostenido y ausencia total de heladas para florecer y cuajar. Como planta de follaje es magnífico; como frutal, solo en su franja climática.

En resumen

Sembrar un mango sale bien cuando se respetan cuatro cosas: semilla fresca de una fruta bien madura, extraída de su cáscara leñosa con cuidado; siembra en verano con el sustrato entre 25 y 30 °C; maceta honda por la raíz pivotante y sustrato suelto que drene; y riego generoso pero espaciado, con luz creciente y sin abono los dos primeros meses. Con eso, la germinación en diez o quince días es lo normal, no la excepción.

A partir de ahí conviene ajustar las expectativas: fuera del litoral subtropical español el mango es una planta de terraza que inverna dentro de casa, y de una semilla monoembriónica —que es lo que hay en casi todos los mangos del supermercado— sale un árbol genéticamente nuevo que tardará muchos años en dar fruta y que quizá no dé buena. Si lo que quieres es la planta, el hueso es el mejor punto de partida y cuesta cero euros. Si lo que quieres es la cosecha, cría el plantón e injértalo, o compra directamente un árbol injertado de una variedad probada.


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