Hay un espino de fruto grande, amarillo anaranjado, que madura en noviembre y diciembre, cuando el resto del frutal ya está pelado. Se llama tejocote, es mexicano y pertenece al mismo género que nuestro majuelo o espino albar. Su nombre botánico es Crataegus mexicana, sinónimo de Crataegus pubescens, y en México se le conoce también como manzanita o manzana de indias por el parecido de su fruto con una manzana en miniatura.
Es un frutal raro en España, y conviene decir cuanto antes que plantarlo aquí no es solo cuestión de gusto: hay un condicionante sanitario y legal que explicaremos más abajo. Pero como árbol es interesante, resistente y agradecido, así que merece la pena conocerlo bien antes de descartarlo o de buscarlo.
Qué es exactamente el tejocote
Se trata de un árbol pequeño o arbolillo de la familia de las rosáceas, emparentado por tanto con el manzano, el peral y el níspero. Alcanza entre 4 y 8 metros de altura, con copa redondeada y algo desordenada, y en algunos ejemplares llega a los 10 metros si el suelo es profundo. El tronco es gris, agrietado con la edad, y las ramas jóvenes suelen llevar espinas de uno a dos centímetros, aunque hay selecciones cultivadas con muy pocas o ninguna.
La hoja es simple, algo dentada y a menudo lobulada de forma irregular, con el envés cubierto de pelillos finos: de ahí el sinónimo pubescens. En su tierra de origen se comporta como semiperenne, pero en clima templado con inviernos marcados tiende a comportarse como caducifolio o semicaducifolio, perdiendo buena parte de la hoja entre diciembre y febrero.
Florece en corimbos de flores blancas de cinco pétalos, muy parecidas a las del espino albar y muy visitadas por abejas. El fruto no es una baya sino un pomo, la misma estructura que la manzana, de 1,5 a 3 centímetros de diámetro, amarillo, anaranjado o casi rojizo según el clon. Dentro lleva de tres a cinco huesecillos duros. La carne es harinosa, aromática, ácida y con un punto astringente cuando no está del todo madura; el sabor recuerda a una mezcla de manzana ácida, membrillo y níspero.
Su origen está en las tierras altas del centro y sur de México y de Guatemala, entre los 1.500 y los 3.000 metros de altitud. Ese dato importa más de lo que parece: aunque hablemos de un frutal tropical por latitud, ecológicamente es una planta de montaña de clima fresco, acostumbrada a noches frías y a heladas ligeras. Por eso, y no por casualidad, aguanta bien nuestros inviernos suaves.
La advertencia que hay que leer antes de comprar la planta
Dos avisos, uno sanitario y otro legal, y ninguno de los dos es un detalle menor.
El primero es que la llamada «raíz de tejocote» que se vende como suplemento adelgazante ha causado intoxicaciones graves. Diversas agencias de seguridad alimentaria, entre ellas la estadounidense FDA, han detectado que muchos de esos productos no contienen raíz de Crataegus sino raíz de Thevetia peruviana, la adelfa amarilla, cuyos glucósidos cardiotónicos provocan arritmias y pueden ser mortales. No se trata de un rumor: hay casos documentados de hospitalización. Cultivar el árbol y comerse su fruta cocinada es una cosa; consumir preparados de raíz comprados por internet es otra muy distinta y no tiene ninguna justificación. En este artículo no vamos a explicar ninguna preparación de ese tipo.
El segundo aviso afecta directamente a la posibilidad de plantarlo. Todo el género Crataegus es hospedante del fuego bacteriano, la enfermedad causada por Erwinia amylovora, que arrasa perales, manzanos y membrilleros. En España la circulación y la plantación de Crataegus está sometida a restricciones fitosanitarias y varias comunidades autónomas la prohíben o la limitan en determinadas zonas para proteger la fruticultura de pepita. Antes de comprar un ejemplar o de traer semillas, conviene consultar al servicio de sanidad vegetal de tu comunidad autónoma. Y comprar siempre en vivero legal, con pasaporte fitosanitario: nada de esquejes o plantones de origen desconocido, porque ahí está justo el riesgo que la norma intenta evitar.
Clima y ubicación en España
El tejocote es más resistente al frío de lo que sugiere su origen. Un ejemplar adulto y bien asentado tolera sin daños heladas de -5 °C, y en muchos casos aguanta puntas algo más bajas, del orden de -8 o -10 °C, con la pérdida de algún brote tierno. Lo que no lleva bien son los inviernos largos y duros del interior norte peninsular, con semanas seguidas bajo cero.
Eso lo hace viable en buena parte del litoral mediterráneo, el sur, el valle del Ebro, Extremadura y las zonas templadas del noroeste. En cambio, en la meseta norte, la Ibérica o el Pirineo lo pasará mal, sobre todo de joven. Los ejemplares recién plantados son bastante más frágiles que los adultos: los dos o tres primeros inviernos conviene protegerlos con un acolchado grueso al pie y, si se anuncia una helada fuerte, con una manta térmica sobre la copa.
Necesita sol directo, cuantas más horas mejor. A media sombra vegeta, crece y hasta florece, pero cuaja mal y el fruto sale insípido. Tampoco es amigo del viento salino fuerte, aunque en primera línea de costa protegida se defiende.
Un matiz que muchos pasan por alto: como rosácea de montaña, necesita acumular algo de frío invernal para florecer bien. En zonas del sur donde el invierno apenas baja de 10 °C la floración puede ser irregular y escasa. No es un frutal para clima subtropical cálido, por muy mexicano que suene.
Suelo, plantación y riego
Es poco exigente con el tipo de suelo y ahí está buena parte de su interés. Prospera en terrenos francos, francoarenosos e incluso pedregosos, y tolera cierta caliza, algo que agradecen quienes cultivan en el arco mediterráneo. El pH ideal ronda el 6 a 7,5. Lo único innegociable es el drenaje: en suelo encharcadizo el sistema radicular se asfixia y aparecen podredumbres de cuello, que es la forma más habitual de matar un tejocote.
La mejor época de plantación es el otoño, de octubre a noviembre, o el final del invierno en las zonas más frías, para que enraíce antes de los calores. Se abre un hoyo generoso, de unos 60 x 60 x 60 centímetros, se mezcla la tierra extraída con dos o tres kilos de compost o estiércol bien hecho y se planta dejando el cuello a ras de suelo, nunca enterrado. Si vas a poner varios, deja 5 o 6 metros entre árboles.
Durante el primer año hay que regar con constancia: en verano, cada tres o cuatro días en suelo ligero y una vez por semana en suelo pesado, siempre con riegos abundantes y espaciados en lugar de riegos cortos y diarios, que solo mojan la superficie y hacen que las raíces se queden arriba. A partir del tercer o cuarto año es un árbol notablemente rústico: en clima mediterráneo litoral puede sostenerse casi de la lluvia, aunque el fruto engorda mucho más y sale más jugoso si se riega en verano y durante el cuajado.
Un acolchado de paja, corteza o restos de poda triturados de 5 a 8 centímetros al pie, sin llegar a tocar el tronco, ahorra riegos y controla la hierba.
Abonado, poda y multiplicación
Con el abonado hay que ser moderado. Una aportación anual de compost o estiércol maduro a finales de invierno, extendida bajo la proyección de la copa, cubre las necesidades de un árbol en producción. Si el crecimiento es pobre se puede complementar en primavera con un abono equilibrado con potasio, que es el elemento que más influye en el tamaño y el sabor del fruto. El error clásico es cargarlo de nitrógeno: se llena de brotes tiernos, largos y blandos, florece menos y esos brotes son la puerta de entrada perfecta para el fuego bacteriano.
La poda es sencilla porque el árbol tiende a formar copa por sí solo. Se hace en invierno, con el árbol parado, y consiste sobre todo en eliminar ramas secas, cruzadas o mal dirigidas, y en aclarar el centro para que entre luz. Si quieres cosechar cómodamente sin escalera, forma el árbol bajo desde el principio despuntando la guía a 1,5 metros. Ojo con la poda severa: como el fruto nace en madera de dos o más años, un rebaje fuerte puede dejarte sin cosecha durante dos temporadas. Y desinfecta las herramientas entre árbol y árbol con alcohol de 70º, precaución que en un hospedante de Erwinia no es paranoia.
Se multiplica por semilla, aunque con paciencia: el hueso es duro y necesita estratificación en frío durante tres o cuatro meses a unos 4 °C, y aun así la germinación es lenta e irregular, con plántulas que pueden tardar meses en aparecer. Un árbol de semilla tarda entre seis y ocho años en dar fruto y no repite exactamente las características de la madre. Por eso las variedades buenas se propagan por injerto, generalmente de escudete en verano o de púa en primavera, sobre patrón de tejocote de semilla o de otros Crataegus. Injertado, entra en producción hacia el cuarto año.
Plagas, enfermedades y cosecha
Comparte enemigos con el resto de rosáceas de pepita. El fuego bacteriano es el más serio, y se reconoce porque los brotes y ramillas se ennegrecen de golpe, se curvan en forma de cayado y quedan como quemados, con la hoja seca sin caerse. No tiene tratamiento curativo: si aparece, hay que comunicarlo al servicio de sanidad vegetal, que es obligatorio por tratarse de una enfermedad de declaración, y seguir sus indicaciones.
Además pueden aparecer pulgón en los brotes tiernos de primavera, oídio en primaveras húmedas, roya del enebro y del espino, y ocasionalmente moteado. Un ambiente aireado, una poda que no cierre el centro de la copa y la retirada de restos vegetales caídos resuelven la mayoría de estos problemas sin llegar a tratar.
El fruto madura entre octubre y diciembre, según la zona y el clon. Está a punto cuando pasa de verde a amarillo intenso o anaranjado, cede ligeramente a la presión y se desprende con un giro suave. Recogido algo verde, madura fuera del árbol pero pierde aroma. Un ejemplar adulto y bien atendido puede dar del orden de 30 a 60 kilos por campaña.
Crudo resulta áspero y harinoso, y ahí decepciona a quien lo prueba por primera vez esperando algo parecido a una manzana. Su terreno es la cocina: cocido en almíbar, en mermelada, en compota y, sobre todo, en el ponche navideño mexicano. Es muy rico en pectina, así que cuaja gelatinas y confituras con facilidad y sirve incluso para mejorar la textura de mermeladas de otras frutas. Los huesecillos, duros como los del níspero, se retiran antes de cocinar. Aguanta bien varias semanas en frío.
En resumen
El tejocote, Crataegus mexicana, es un frutal de montaña mexicana que encaja sorprendentemente bien en el clima templado español: aguanta -5 °C sin inmutarse, tolera suelos mediocres y algo calizos, pide poca agua una vez asentado y da su cosecha en pleno noviembre, cuando ya no queda nada más en el árbol. A cambio exige sol directo, drenaje impecable y algo de frío invernal para florecer con regularidad.
Antes de plantarlo hay que resolver dos cosas. Una es legal: al ser Crataegus, está sujeto a restricciones fitosanitarias por el fuego bacteriano y hay que consultar al servicio de sanidad vegetal de la comunidad y comprar con pasaporte fitosanitario. La otra es de salud: los suplementos de «raíz de tejocote» que circulan por internet han resultado estar adulterados con adelfa amarilla y han provocado intoxicaciones graves, y nada tienen que ver con cultivar el árbol y cocinar su fruta.
Resueltas ambas, queda un árbol rústico, de floración blanca vistosa, buen aliado de los polinizadores y con una fruta que no brilla cruda pero que da mermeladas y compotas de primer nivel gracias a su enorme contenido en pectina.