Cortar una rama no es un gesto neutro: cada corte redistribuye el vigor del árbol y decide dónde brotará la primavera siguiente. Esa es la razón de que existan varios tipos de poda y de que no se apliquen igual ni en el mismo momento. Un frutal recién plantado, uno en plena producción, uno viejo y agotado y uno con madera enferma piden intervenciones distintas, y confundirlas es el origen de buena parte de los frutales improductivos que se ven en huertos y jardines.

Conviene fijar antes un principio que ordena todo lo demás: la poda resta, nunca suma. Un árbol podado produce menos madera total que uno sin podar, pero la reparte mejor y la ilumina mejor. Lo que se persigue no es un árbol más grande, sino un árbol equilibrado entre el crecimiento vegetativo (madera y hojas) y el productivo (flor y fruto). Cuando esa balanza se rompe hacia la madera, el árbol crece mucho y da poco; cuando se rompe hacia el fruto, se agota, alterna cosechas y envejece deprisa.

Frutal podado en un huerto

Poda de formación: los cuatro o cinco primeros años

Es la poda que define el esqueleto del árbol y la que más condiciona su vida entera. Se hace desde la plantación hasta que el frutal entra en producción, y su objetivo es construir una estructura sólida, aireada y a una altura cómoda para trabajar.

Los sistemas de formación más habituales en España son tres. El vaso (o vaso abierto) parte de una cruz a 50-80 cm del suelo de la que salen tres o cuatro brazos principales bien repartidos; es el sistema clásico del melocotonero, el albaricoquero, el almendro y el olivo, y funciona bien en secano y con patrones vigorosos. El eje central o huso mantiene un tronco dominante del que salen ramas cortas y horizontales en espiral; es lo que se usa en plantaciones intensivas de manzano y peral sobre patrones enanizantes. Y las formas apoyadas en espaldera (palmeta, cordón) reparten el árbol en un plano y son la opción razonable cuando el espacio es un muro o una valla.

Tres reglas prácticas valen para cualquiera de ellos. Primera: elegir ramas con ángulos de inserción abiertos, cercanos a 45-60 grados. Una rama que sale casi vertical crece mucho y fructifica poco, y además forma una horquilla con corteza incluida que acaba desgajándose con la primera cosecha buena. Segunda: arquear antes que cortar. Tumbar una rama joven con un peso, una cuerda o un separador frena su vigor y la induce a formar yemas de flor sin necesidad de tijera. Tercera: no despuntar por sistema. Cada despunte provoca varios brotes vigorosos justo por debajo, y multiplicar despuntes en un árbol joven es la mejor manera de retrasar la entrada en producción dos o tres años.

Poda de fructificación: mantener el árbol produciendo

Una vez formado, el árbol se poda cada año para renovar madera, aclarar la copa y mantener la relación entre hoja y fruto. Aquí no hay una receta única, porque cada especie fructifica en órganos distintos y podar sin saber dónde está la flor es podar a ciegas.

El melocotonero y el nectarino (Prunus persica) fructifican casi solo en ramos mixtos de madera del año anterior. Esa madera no vuelve a dar fruto, así que hay que renovarla en su totalidad todos los años: es la especie que más poda pide, y si se descuida dos temporadas la producción se marcha a las puntas de las ramas.

El manzano (Malus domestica) y el peral (Pyrus communis) fructifican en órganos cortos y perennes —dardos, lamburdas y brindillas coronadas— que producen durante varios años. Su poda es mucho más ligera: aclarar, iluminar y renovar por partes, nunca arrasar.

El cerezo (Prunus avium) fructifica en ramilletes de mayo que viven varias campañas y responde mal a los cortes grandes; se poda poco y preferentemente después de la recolección. El ciruelo y el albaricoquero están en un punto intermedio, con producción en ramilletes y en ramos mixtos. La higuera (Ficus carica) da brevas en madera del año anterior e higos en la del año, así que una poda severa de invierno elimina la cosecha de brevas. Y el caqui (Diospyros kaki) fructifica en los primeros brotes de las ramas del año anterior, lo que obliga a no despuntarlas.

El error más extendido en esta poda es creer que cuanto más se corta, más se produce. Ocurre lo contrario: una poda invernal severa estimula madera, no fruto. El árbol responde a la pérdida de yemas emitiendo brotes vigorosos y verticales, y el año siguiente hay más leña y menos cosecha.

Poda de rejuvenecimiento o renovación

Se reserva para árboles viejos, con producción desplazada a la periferia, copa cerrada y fruta pequeña. Consiste en cortes de retorno sobre madera vieja para forzar la emisión de brotes nuevos y reconstruir la estructura desde dentro.

Es una intervención agresiva y debe hacerse escalonada: no más de un 25-30 % de la copa al año, repartido en dos o tres inviernos. Un árbol rejuvenecido de golpe emite decenas de chupones verticales, se queda sin superficie foliar para alimentar las raíces y expone la corteza del tronco al sol directo, con riesgo real de quemaduras y de entrada de barrenadores. Después de cada corte grande, en verano hay que seleccionar dos o tres de esos chupones para reconstruir brazos y eliminar el resto.

Conviene ser honesto con las expectativas: en frutales de hueso muy envejecidos, con madera cariada y gomosis extendida, el rejuvenecimiento rara vez compensa. Replantar suele dar antes fruta que insistir con un árbol acabado.

Poda de saneamiento o limpieza

Es la que se hace en cualquier momento del año, sin esperar a la temporada, cuando aparece madera muerta, rota, chancrosa o con síntomas de enfermedad. Se retiran las ramas secas, las desgajadas por el viento o por el peso de la fruta, los cancros y las momias (los frutos secos que quedan colgados y que son el inóculo de la monilia, Monilinia spp.).

Al cortar madera enferma hay que bajar bastante por debajo de la zona afectada, hasta encontrar madera limpia, y desinfectar la herramienta entre corte y corte con alcohol de 70º. En el caso del fuego bacteriano (Erwinia amylovora), que afecta a manzano, peral y membrillero, no basta con podar: es una enfermedad de declaración obligatoria y hay que comunicar la sospecha al servicio de sanidad vegetal de la comunidad autónoma antes de mover material vegetal.

Poda en verde: la que se hace con el árbol en hoja

Menos conocida y muy útil. Se practica entre finales de mayo y julio, con el árbol en plena vegetación, y sirve para eliminar chupones, brotes mal orientados y competencia del eje cuando todavía son tiernos y se quitan con la mano.

Tiene dos ventajas frente a la poda de invierno. Una, que resta vigor en lugar de estimularlo: quitar hoja en verano reduce las reservas que el árbol acumulará ese año, lo que es exactamente lo que interesa en un frutal demasiado vigoroso o en uno que crece mucho y no florece. Y dos, que las heridas cicatrizan mucho más rápido con el árbol activo. En hueso —cerezo, albaricoquero, melocotonero— la poda de verano o inmediatamente posterior a la cosecha reduce de forma clara el riesgo de chancro bacteriano (Pseudomonas syringae) y de gomosis frente a la poda invernal.

Cuándo podar y cómo hacer el corte

La poda principal de los frutales de pepita se hace en reposo vegetativo, de diciembre a febrero en la mayor parte de la Península, y es mejor esperar al final de ese periodo en zonas de inviernos duros: cortar en plena ola de frío deja heridas abiertas que no compartimentan hasta que sube la temperatura. En los frutales de hueso, retrasar la poda a finales de invierno o llevarla al verano es una precaución sanitaria de primer orden.

Sobre el corte en sí, dos detalles cambian el resultado. Primero, respetar el cuello de la rama, ese rodete engrosado donde la rama se une al tronco: ahí está el tejido que sella la herida. Cortar a ras del tronco elimina ese rodete y deja una lesión que tarda años en cerrar; dejar un tocón largo condena esa madera a pudrirse. Segundo, en cortes por encima de una yema, hacerlo a medio centímetro y con ligera inclinación contraria a ella.

Un último apunte que contradice una costumbre muy arraigada: las pastas cicatrizantes no son necesarias y en la mayoría de los casos son contraproducentes. Sellan la superficie, retienen humedad y favorecen que la madera se pudra bajo la capa impermeable. Un corte bien hecho, en el sitio correcto y con herramienta afilada, se cierra solo. Reserve los productos de cubrición para casos concretos de protección frente a plagas específicas y bajo recomendación técnica.

En resumen

Hay cuatro tipos de poda que todo frutal recibe a lo largo de su vida —formación, fructificación, rejuvenecimiento y saneamiento— y una quinta, la poda en verde, que es la mejor aliada cuando el árbol crece demasiado y produce poco. Antes de subir la tijera al árbol conviene tener claras tres cosas: qué edad tiene el árbol, dónde fructifica su especie y qué se quiere conseguir. Cortar mucho no equivale a cosechar más, el ángulo de una rama pesa tanto como su longitud, y una herida bien hecha sobre el cuello de la rama cierra sin ayuda de ninguna pasta.


Contenidos relacionados