Una pera que llega a estar blanda en el árbol ya se ha estropeado por dentro. Es la particularidad que separa al peral del resto de frutales de hueso y pepita, y también la que explica por qué elegir variedad tiene aquí más consecuencias que en un manzano: cada pera tiene su fecha de recolección, su comportamiento después de cortada y su vida en frío, y no todas encajan en un huerto familiar donde la fruta se come según se coge.

El peral cultivado es Pyrus communis, un rosáceo de origen euroasiático con siglos de selección detrás. En España conviven variedades comerciales que ocupan miles de hectáreas en Lleida, el Bajo Cinca, Rincón de Soto o Jumilla con material local que solo se encuentra en huertos viejos. A continuación repaso qué pide el árbol, cómo se comportan las variedades más habituales y cómo combinarlas para tener peras escalonadas desde finales de junio hasta bien entrado el otoño.

Lo que pide el peral antes de hablar de variedades

El peral tolera suelos más pesados y húmedos que el melocotonero o el almendro, pero no aguanta el encharcamiento prolongado. Prefiere pH entre 6 y 7,5 y sufre clorosis férrica en suelos muy calizos, sobre todo si va injertado sobre membrillero.

El portainjertos condiciona casi todo lo demás:

Membrillero (Cydonia oblonga, tipos EMA, EMC, BA 29): reduce el vigor, adelanta la entrada en producción a tres o cuatro años y facilita podar y recolectar desde el suelo. Es el patrón que interesa en un huerto pequeño. Su punto débil es la caliza activa y la sequía, y sobre todo que algunas variedades son incompatibles con él: Williams, Bosc y Ercolini, entre otras, no sueldan bien y acaban rompiendo por el injerto. Se resuelve con un intermediario compatible, normalmente Beurré Hardy o Curé, que el vivero ya debe traer puesto. Si compras un árbol de estas variedades sobre membrillero, pregunta expresamente si lleva intermediario.

Franco de peral (pie de semilla de Pyrus communis): mucho más vigoroso, tolerante a caliza y a sequía, compatible con todo, pero tarda en producir y da un árbol grande. Tiene sentido en secano o en terrenos difíciles.

En cuanto a frío invernal, el peral es exigente: las variedades europeas piden por lo general entre 600 y 900 horas por debajo de 7 °C para brotar y florecer con regularidad. En el litoral mediterráneo cálido o en el sur peninsular conviene quedarse con las de menor requerimiento (Ercolini, Limonera), porque una variedad de alto requerimiento en zona templada florece escalonada, cuaja mal y se desespera el que la plantó pensando que era problema de abono.

La polinización decide qué plantas al lado

Muy pocas variedades de peral son plenamente autofértiles, y varias son además incompatibles entre sí por pertenecer al mismo grupo genético. La regla práctica para un huerto es plantar al menos dos variedades distintas con floración solapada: la floración del peral en la península va de mediados de marzo a mediados de abril según zona y año, y las variedades tempranas y tardías de floración pueden no coincidir.

Hay una excepción útil. Conferencia y, en menor medida, Blanquilla tienen tendencia partenocárpica: cuajan fruto sin fecundación. Eso permite cosecha aun con primaveras frías o pocos insectos, pero la fruta partenocárpica sale más alargada, estrecha y sin pepitas. Cuando alguien se extraña de que sus conferencias son «más flacas que las del mercado», normalmente es esto y no un problema de riego.

Peras verdes con pequeñas motas rojizas colgando del árbol

Variedades de verano: de finales de junio a julio

Ercolini. De origen italiano (es la Coscia seleccionada), es la pera temprana por excelencia en España y la base de la Denominación de Origen Pera de Jumilla. Fruto pequeño, de 100 a 130 gramos, piel verde amarillenta con chapa rosada en la cara soleada, carne blanca, crujiente y jugosa, poco aromática. Se recolecta desde finales de junio en zonas cálidas y en la primera quincena de julio en el interior. Requiere pocas horas de frío, cuaja bien y entra pronto en producción. A cambio, dura muy poco: en la nevera aguanta una o dos semanas antes de volverse harinosa.

Limonera. Nombre comercial de la Docteur Jules Guyot francesa. Pera grande, alargada, de piel amarilla clara con lenticelas y algo de rugosidad, carne blanda y fundente, dulce y ligeramente aromática. Madura en julio, poco después de Ercolini. Es productiva y agradecida, pero muy delicada de manipular: se marca con solo apretarla y pasa de firme a pasada en pocos días. Para autoconsumo es una buena elección; para guardar, no.

Castell. Variedad de tipo local, ligada tradicionalmente a huertos del este peninsular, de fruto pequeño a medio, piel verdosa con russeting parcial y carne firme. Su interés hoy es sobre todo patrimonial y de circuito corto: no aparece en las grandes plantaciones porque su calibre y su conservación no compiten, pero en un huerto familiar aporta variedad y rusticidad. Si la encuentras en vivero será casi siempre en producción ecológica o en colecciones de variedades tradicionales.

Magallona. Otra pera de raigambre local, asociada al valle del Ebro y en particular a la comarca de Magallón, en Zaragoza. Se cultiva a pequeña escala, madura en verano y se ha mantenido más por costumbre familiar que por interés comercial. Con este tipo de material conviene ser realista: la fruta suele ser irregular en calibre y de conservación corta, y su valor está en el sabor y en no perder el árbol, no en el rendimiento.

Variedades de finales de verano

Blanquilla. También llamada Agua de Aranjuez, es la pera española clásica y una de las amparadas por las Denominaciones de Origen Pera de Lleida y Peras de Rincón de Soto. Fruto pequeño o medio, de piel verde clara que amarillea al madurar, carne muy blanca, fina, jugosa y de sabor limpio y poco perfumado. Se recoge de mediados de agosto a principios de septiembre. Es sensible al russeting (esa piel rugosa color canela que aparece con humedad y frío en la fase de fruto joven), lo que afecta al aspecto pero no al sabor. Conserva bien en frío durante unos dos o tres meses.

Williams. La Bartlett anglosajona. Pera de tamaño medio a grande, piriforme clásica, amarilla al madurar, con la carne más fundente y el aroma más marcado —ese punto almizclado— de todas las de esta lista. Es la variedad de conserva y de aguardiente por excelencia. Existe la mutación de piel roja, Williams Rouge o Max Red Bartlett, de mismo comportamiento. Su gran inconveniente en el jardín es que resulta muy sensible al fuego bacteriano y que es incompatible con membrillero sin intermediario.

Pera Blanquilla de piel verde clara sobre fondo blanco

Variedades de otoño y de guarda

Conferencia. Obtención inglesa del siglo XIX y hoy la pera más plantada de Europa. Se reconoce sin esfuerzo: forma alargada con el cuello estrecho y una capa de russet bronceado que cubre buena parte de la piel. La carne es fina, muy jugosa, de sabor dulce y equilibrado. Se recolecta desde primeros de septiembre y es la campeona de la conservación: en cámara a 0 °C aguanta meses, y en la nevera de casa se sostiene semanas sin perder textura. Es partenocárpica, productiva y relativamente rústica. Si solo cabe un peral en el jardín y se busca fruta para guardar, esta es la apuesta razonable.

Bosc. La Beurré Bosc, de cuello largo y piel enteramente cubierta de russet canela, casi marrón. Carne densa, granulosa en el buen sentido, y sabor con fondo especiado. Aguanta la cocción mejor que ninguna otra: es la pera al vino o al horno que no se deshace. Madura en septiembre y octubre. En contra: árbol vigoroso, entrada en producción lenta, incompatible con membrillero sin intermediario y con cierta tendencia a alternar cosechas.

Concorde. Cruce inglés de Conferencia y Doyenné du Comice registrado en los años setenta. Reúne la forma alargada y la productividad de la primera con parte del dulzor y la finura de la segunda. Madura en septiembre, conserva bien y tiene una virtud doméstica poco citada: la pulpa se oxida despacio al cortarla, lo que se agradece en ensaladas y platos fríos. Es de las opciones más equilibradas para un huerto que ya tiene una temprana.

Pera Bosc de cuello largo y piel canela

El punto de recolección: donde se pierde la mitad de las cosechas

Aquí está el error más repetido con este frutal. La pera es un fruto climatérico que madura mejor fuera del árbol que en él. Si se deja hasta que cede al tacto en la rama, el corazón se ha pasado antes que la carne exterior: aparece esa textura arenosa y ese centro parduzco que se acaba atribuyendo a «una mala variedad».

Se recolecta firme y fisiológicamente madura, no blanda. Las señales fiables son que el fondo verde de la piel empieza a virar a un verde más claro o amarillento, que las lenticelas se marcan y se oscurecen, y sobre todo que el pedúnculo se separa limpiamente al levantar la pera hacia la horizontal sin tirar. Si hay que forzar, todavía no toca; si caen solas al suelo, ya se pasó.

Después, cada variedad quiere un trato:

Las tempranas de verano (Ercolini, Limonera) terminan de madurar a temperatura ambiente en tres a siete días y hay que comerlas seguido. Las de otoño (Conferencia, Bosc, Concorde) mejoran con un paso previo por frío: una o dos semanas en la parte baja de la nevera y después dos o tres días a temperatura ambiente para que desarrollen textura y aroma. Sacar una conferencia de la nevera y comerla directamente, dura y sin sabor, es lo que lleva a concluir que la pera de invierno no sabe a nada.

Sanidad: lo que puede decidir la variedad por ti

El fuego bacteriano (Erwinia amylovora) es el problema serio del peral. Provoca marchitamiento súbito de brotes, que se curvan en forma de báculo y se ennegrecen como quemados, y puede matar un árbol adulto en una o dos campañas. Es un organismo de cuarentena en la Unión Europea: si aparece, hay obligación de comunicarlo al servicio de sanidad vegetal de tu comunidad autónoma, que indicará las medidas. No existe tratamiento curativo para el aficionado. Williams y Limonera figuran entre las más sensibles; Conferencia se comporta algo mejor.

Después están los habituales: la psila (Cacopsylla pyri), que ensucia la fruta con melaza y negrilla y es el mayor quebradero de cabeza en plantaciones intensivas; el moteado (Venturia pirina), favorecido por primaveras lluviosas; y la carpocapsa (Cydia pomonella), el gusano de la pera, que se controla razonablemente bien con trampas de feromona y confusión sexual en huertos pequeños. Recoger y retirar la fruta caída y las hojas del otoño corta buena parte del ciclo de las tres.

Cómo combinar variedades en un huerto familiar

Con dos perales bien elegidos se cubre casi toda la temporada y se resuelve la polinización cruzada. Una combinación sensata para clima peninsular templado es Ercolini o Limonera para julio más Conferencia para septiembre y conservación. Si caben tres, Blanquilla o Williams rellenan el hueco de agosto.

Planta a raíz desnuda entre noviembre y febrero, con el punto de injerto claramente por encima del suelo —enterrarlo anula el efecto del portainjertos y es un fallo frecuente—. Sobre membrillero bastan 4 metros entre árboles; sobre franco hacen falta 5 o 6. Y aclarea: dejar un solo fruto por corimbo y separar las peras un palmo entre sí da calibre, evita que las ramas se descuelguen y reduce la alternancia de cosechas.

En resumen

Elegir variedad de pera es elegir fecha de cosecha y vida útil. Ercolini y Limonera dan fruta pronto pero no esperan; Blanquilla y Williams ocupan el final del verano con la mejor relación entre sabor y manejo; Conferencia, Bosc y Concorde son las que llenan la despensa de otoño. Castell y Magallona pertenecen a otro registro, el de las variedades locales que se plantan por sabor y por conservarlas, no por rendimiento.

Por encima de la variedad manda el patrón: membrillero para árbol pequeño y producción temprana, con intermediario obligatorio en Williams y Bosc; franco para suelos calizos y secano. Planta siempre dos variedades con floración solapada, salvo que la elegida sea partenocárpica. Y recoge la fruta firme, cuando el rabo se desprende solo al girar la pera: el resto de la maduración ocurre en la cocina, no en la rama.


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