El almez es uno de los mejores árboles que se pueden trabajar como bonsái en España, y probablemente el más infravalorado. Crece rápido, ramifica con una densidad extraordinaria, reduce la hoja con facilidad, aguanta errores de riego y de poda, y encima es un árbol nuestro: se puede prospectar en el campo con permiso, se aclimata sin problemas y no exige nada exótico. Si estás empezando y quieres un caducifolio con el que aprender de verdad, este es el candidato.

Almez, Celtis australis, cultivado como bonsái

Qué árbol es el almez

El almez es Celtis australis, un árbol caducifolio nativo de la cuenca mediterránea, presente de forma natural en buena parte de la península ibérica, especialmente en el este y el sur. Se le llama también latonero en Aragón y Levante, lodón o lodoño en zonas del centro y norte, y lledoner en catalán.

Un detalle taxonómico que sorprende a mucha gente: durante décadas se clasificó en las ulmáceas, junto a los olmos, pero la filogenia molecular lo trasladó a las cannabáceas. Sí, la misma familia que el cáñamo y el lúpulo. La confusión con los olmos es comprensible porque comparten hoja asimétrica y aserrada, y de hecho el manejo como bonsái es bastante parecido.

En la naturaleza alcanza 20 o 25 metros, con una corteza lisa y gris que recuerda a la del haya y que apenas se agrieta con la edad. Las hojas son alternas, ovado-lanceoladas, acabadas en punta larga, con el borde aserrado y una base claramente asimétrica; ásperas al tacto por el haz y pubescentes por el envés. El fruto es una drupa pequeña, de menos de 1 cm, que pasa del verde al anaranjado y finalmente al negro violáceo; es comestible, dulzona y con un hueso grande, y en muchos pueblos los niños la comían como golosina de finales de verano.

Vale la pena mencionar que en bonsái también se trabaja mucho el Celtis sinensis, el almez chino o enoki japonés, de hoja más pequeña y algo más delicado con el frío. Los cuidados son muy similares; lo que sigue vale para ambos, con la salvedad de la rusticidad, que en el chino es menor.

Por qué funciona tan bien como bonsái

Cuatro razones concretas:

Reduce muy bien la hoja. Con cultivo en maceta, poda regular y un abonado contenido, una hoja que en el campo mide 10 cm se queda en 2 o 3. Con defoliación, aún menos.

Ramifica con facilidad. Emite brotes con enorme facilidad desde yemas latentes, incluso de madera vieja. Esto significa que si te equivocas cortando, el árbol te da otra oportunidad; y que construir una ramificación fina y densa es relativamente rápido.

Engorda deprisa. Plantado en tierra o en contenedor grande, el tronco gana calibre a buen ritmo, lo que acorta muchísimo el tiempo de formación frente a otras especies.

La corteza envejece bien. Esa piel lisa y gris plateada aporta un aire de árbol viejo antes de lo que uno espera, y sobre nebari bien resuelto da resultados muy convincentes.

Se presta a casi todos los estilos formales: vertical informal (moyogi), escoba (hokidachi), tronco múltiple, bosque. El estilo escoba, con esa cabellera fina de ramillas invernales, es especialmente agradecido en esta especie.

Lo primero: es un árbol de exterior

Empiezo por aquí porque es el error que más bonsáis mata en España, no solo almeces.

El bonsái de almez vive fuera, todo el año, sin excepción. No es una planta de interior, no es un adorno de salón y no aguanta más de unos días dentro de casa sin empezar a deteriorarse. Es un árbol caducifolio de clima mediterráneo que necesita el ciclo completo de estaciones: luz solar directa, variación día-noche, y sobre todo un invierno frío que le permita perder la hoja y entrar en reposo.

Si lo metes en un salón con calefacción, ocurre algo muy concreto: el árbol no llega a dormir, agota reservas durante meses en un ambiente cálido y con poca luz, brota débil, y en uno o dos años se acaba. Que aguante unas semanas dentro no significa que esté bien.

La idea de "bonsái de interior" solo se sostiene con especies tropicales —ficus, carmona, serissa, sageretia— que no tienen reposo invernal. El almez no es una de ellas.

Ubicación y sol

Quiere pleno sol. Cuanta más luz directa reciba, más corto será el entrenudo, más pequeña la hoja y más compacta la ramificación. Un almez a media sombra se estira, alarga los entrenudos y pierde definición.

La única salvedad es el verano en el interior y el sur peninsular. Con 38-40 °C y sol de mediodía, una maceta de bonsái —poco sustrato, poca inercia térmica— puede alcanzar temperaturas que dañan la raíz. En esas condiciones conviene una malla de sombreo del 30-40% en las horas centrales de julio y agosto, o colocar el árbol donde reciba sombra desde las dos de la tarde. Se protege la raíz, no la copa: el follaje aguanta bien.

Colócalo sobre una mesa o estantería elevada, nunca directamente en el suelo. Se ventila mejor, la maceta no se recalienta contra el pavimento y evitas que las raíces escapen por los agujeros de drenaje hacia la tierra.

Riego

Es una de las especies más agradecidas en este apartado, pero conviene entender el criterio en lugar de memorizar frecuencias.

La regla es: se riega cuando la superficie del sustrato empieza a secarse, y se riega hasta que salga agua abundante por todos los agujeros de drenaje. No un chorrito. Empapar, esperar un minuto y volver a empapar, para asegurar que el cepellón entero se moja y no se forman zonas secas.

En la práctica, en un verano peninsular eso significa riego diario, y en las semanas de más calor dos veces al día, a primera hora de la mañana y al atardecer. En primavera y otoño, cada dos o tres días. En invierno, con el árbol sin hoja y en reposo, cada siete o diez días: no deja de necesitar agua, aunque muchísima menos.

El almez tolera bien el exceso puntual de agua, pero no tolera nada la sequía completa del cepellón. En pleno agosto, un olvido de un solo día puede quemar todas las hojas. Si eso ocurre, no lo des por perdido: retira el follaje seco, mantén el sustrato con humedad normal, ponlo a la sombra unos días y en tres o cuatro semanas suele volver a brotar. Consumirá reservas, así que evita cualquier trabajo fuerte ese año.

Sobre el agua: si la tuya es muy calcárea, con el tiempo verás depósitos blancos y las hojas nuevas pueden salir cloróticas. Alterna con agua de lluvia cuando puedas.

Sustrato

El sustrato de bonsái no se parece a la tierra de maceta. Debe ser granular, drenante y aireado, porque el volumen es mínimo y la raíz necesita oxígeno. Una tierra fina y compacta se apelmaza, retiene demasiado y asfixia el sistema radicular.

Una mezcla estándar que funciona muy bien con almez es akadama, kiryuzuna o pumita, y una fracción orgánica en proporciones aproximadas de 50-30-20. Si te resulta caro, una alternativa perfectamente válida y muy usada en España es 50% de akadama y 50% de picón o puzolana volcánica de grano 3-6 mm, o incluso sustituir la akadama por arcilla calcinada de calidad.

Lo importante no es la marca sino el tamaño de grano: entre 2 y 6 mm según el tamaño de la maceta, y tamizado para eliminar el polvo, que es lo que colmata el drenaje. Ese paso, que muchos se saltan, marca más diferencia que la elección de componentes.

El almez no es exigente con el pH y tolera sustratos ligeramente alcalinos, cosa lógica en un árbol mediterráneo que en el campo crece sobre suelos calizos.

Trasplante

Se trasplanta a finales de invierno o principios de primavera, cuando las yemas están hinchadas pero aún no han abierto. En la mayor parte de España eso cae entre mediados de febrero y mediados de marzo, adelantándose en el sur y el litoral y retrasándose en la meseta norte y la montaña.

Esa ventana es la correcta porque el árbol está a punto de arrancar y tiene todas las reservas disponibles para reconstruir raíz, pero aún no ha gastado energía en brotar.

Frecuencia: cada 2 años en árboles jóvenes en formación, que llenan la maceta deprisa, y cada 3 o 4 en ejemplares ya formados en maceta definitiva. La señal real es funcional: cuando el agua tarda en filtrar o el cepellón sale entero y compacto, toca.

Cuánto cortar: el almez tiene raíces vigorosas y admite poda radicular generosa, hasta un tercio del volumen sin problema en un ejemplar sano. Aprovecha para eliminar las raíces gruesas que bajan verticalmente y favorecer las finas radiales, que son las que construyen un buen nebari.

Tras trasplantar: riego abundante, dos o tres semanas en semisombra y protegido del viento, y nada de abono durante un mes, hasta que se vean brotes nuevos activos. Abonar raíces recién cortadas las quema.

Poda

Hay que distinguir dos trabajos que se confunden a menudo.

La poda estructural, la de ramas gruesas y decisiones de diseño, se hace en el reposo invernal, sin hojas, cuando se ve bien la estructura y el árbol sangra menos. De diciembre a febrero. Usa tenaza cóncava para que la herida cicatrice hundida y sella los cortes grandes con pasta selladora.

La poda de mantenimiento o pinzado se hace en plena vegetación, de abril a septiembre, y es la que construye la ramificación fina. La técnica es sencilla: cuando un brote nuevo ha desarrollado cinco o seis hojas, se corta dejando dos. Eso obliga a la yema axilar a brotar y duplica el número de ramillas. Repetido varias veces en una temporada, densifica el árbol de forma espectacular. El almez responde a esto mejor que casi cualquier otra especie.

Un detalle propio de la especie que conviene vigilar: engorda las ramas muy deprisa. Si dejas crecer un brote libremente durante meses en la parte alta del árbol, en una temporada tendrás una rama desproporcionada respecto al resto. Hay que pinzar con regularidad las zonas de mayor vigor —ápice y extremos de ramas— para equilibrar. Esa es la principal causa de bonsáis de almez con la copa demasiado gruesa.

La defoliación —retirar todas las hojas a principios de verano dejando el peciolo— es posible en esta especie y produce una segunda brotación de hojas notablemente más pequeñas, además de mejorar la ramificación. Pero es una técnica exigente: solo en árboles sanos, bien enraizados, que no hayan sido trasplantados ese año, y como mucho una vez cada dos temporadas. Un árbol débil defoliado puede no rebrotar.

Alambrado

La madera del almez es flexible cuando es joven y se alambra bien. La mejor época es la primavera y el principio del verano, cuando los brotes ya han endurecido algo pero siguen dóciles. También se puede alambrar en invierno sobre madera desnuda, con más cuidado porque está más quebradiza.

El punto crítico: el almez engorda muy rápido y el alambre se clava en cuestión de semanas. En plena temporada de crecimiento hay que revisarlo cada 15 días. Una marca de alambre en esta corteza lisa y clara es especialmente fea y tarda años en desaparecer, si es que lo hace. Ante la duda, quita el alambre antes y vuelve a poner.

Retíralo cortándolo con alicates en tramos cortos; no lo desenrolles tirando, porque partirás ramas.

Abonado

De marzo a octubre, con una pausa en las semanas más calurosas de julio y agosto si tu zona es muy tórrida, porque en pleno estrés térmico el árbol reduce actividad y el abono se acumula.

Funcionan bien tanto los abonos orgánicos sólidos de liberación lenta —las típicas bolitas o tortas que se colocan sobre el sustrato y se reponen cada 4-6 semanas— como los líquidos equilibrados cada 15 días. Los orgánicos sólidos son más seguros porque es difícil pasarse.

Estrategia por temporada: en primavera, abono equilibrado o algo más nitrogenado para empujar la brotación; en otoño, reducir nitrógeno y aumentar potasio, que ayuda a lignificar la madera del año y a preparar el invierno.

Un matiz para árboles ya formados: menos abono da hoja más pequeña. En fase de engorde, abona generosamente; en fase de refinamiento, sé más contenido.

Invierno y resistencia al frío

Celtis australis es muy rústico. Como árbol plantado en tierra aguanta sin problemas -15 °C o más. Pero en maceta de bonsái la situación cambia: el cepellón es pequeño, está expuesto por todos lados y puede congelarse por completo, cosa que no ocurre nunca en el suelo.

En la mitad sur, el litoral mediterráneo y la costa atlántica, no necesita ninguna protección: se deja fuera todo el invierno, que es exactamente lo que necesita para reposar.

En zonas de heladas fuertes y prolongadas —meseta norte, Aragón interior, zonas de montaña—, la protección recomendable es sencilla: colocarlo al abrigo de un muro orientado al sur, cerca del suelo para aprovechar la inercia térmica, envolver la maceta con plástico de burbujas o enterrarla en un arriate, y protegerlo del viento seco, que deshidrata más que el propio frío. Un invernadero frío sin calefacción o un porche también valen.

Lo que no hay que hacer es meterlo en casa. El objetivo es evitar que el cepellón se congele en bloque, no evitarle el frío.

Y no dejes de regar en invierno. Un árbol sin hojas transpira poco pero sigue vivo, y un cepellón que se seca del todo en enero mata raíces silenciosamente; el desastre se descubre en abril, cuando no brota.

Multiplicación y obtención

Por semilla: las drupas se recogen maduras, negras, en octubre o noviembre. Se limpia la pulpa y la semilla necesita estratificación fría de dos o tres meses a 4-5 °C —bolsa con arena húmeda en la nevera— antes de sembrar en primavera. Es la vía más lenta pero da troncos con buena base y una libertad total de diseño desde el inicio.

Por esqueje: en primavera, con brotes semileñosos de 10-15 cm, hormonas de enraizamiento y sustrato aireado en ambiente húmedo. Enraíza con una tasa razonable.

Por acodo aéreo: excelente método en esta especie, que enraíza con facilidad. Se hace a finales de primavera y permite obtener en una sola temporada un árbol con tronco ya grueso a partir de una rama interesante.

Y la vía más rápida a un ejemplar de calidad: el yamadori o prospección de campo. El almez rebrota constantemente en ribazos, márgenes de camino y grietas de muro, y esos ejemplares castigados y podados una y otra vez por el ganado o la maquinaria tienen troncos con carácter. Se extraen a finales de invierno, con la mayor cantidad posible de raíces finas, y se plantan en un cajón de cultivo con sustrato muy drenante durante dos o tres años antes de tocar nada. Siempre con permiso del propietario del terreno y respetando la normativa autonómica; recolectar en espacios protegidos o sin autorización es ilegal.

Plagas y problemas frecuentes

Pulgón: en la brotación de primavera, sobre los brotes tiernos. Es la plaga habitual. Jabón potásico y, si insiste, un aficida específico.

Araña roja: en verano seco. Punteado amarillo en la hoja y telaraña fina en el envés. Pulverizar agua sobre el follaje al atardecer en días calurosos es buena prevención.

Psila del almez (Trioza): produce agallas y abolladuras características en las hojas. Es más estética que grave; se retiran las hojas más afectadas.

Oídio: polvillo blanco sobre las hojas, en ambientes con poca ventilación. Mejorar la circulación de aire y aclarar el interior de la copa.

Hojas amarillas en verano: casi siempre falta de riego o cepellón compactado que no absorbe. Comprueba si el agua penetra o resbala por los lados.

Brotación débil en primavera: suele venir de un invierno mal llevado —cepellón seco o congelado— o de haber hecho demasiados trabajos el año anterior. Un solo trabajo fuerte por temporada, nunca trasplante y poda drástica el mismo año.

Calendario resumido

Diciembre-enero: reposo. Poda estructural. Riego escaso. Protección del cepellón si hay heladas fuertes.

Febrero-marzo: trasplante y poda de raíces antes de la apertura de yemas. Sin abono.

Abril-junio: brotación y crecimiento fuerte. Abonado, pinzado a dos hojas, alambrado con revisión frecuente. Vigilancia de pulgón.

Julio-agosto: riego diario o dos veces al día. Sombreo en las horas centrales. Defoliación a principios de julio solo si el árbol está fuerte.

Septiembre-octubre: segundo empujón de crecimiento. Abono con más potasio. Últimos pinzados.

Noviembre: caída de hoja. Limpieza de la maceta y retirada de hojarasca para evitar hongos.

En resumen

El bonsái de almez (Celtis australis) es una de las mejores opciones para empezar con caducifolios en España: es un árbol autóctono, vigoroso, que reduce la hoja, ramifica con enorme facilidad y perdona errores.

Las claves: vive siempre en el exterior y a pleno sol, con sombreo solo en las horas centrales del verano; riego abundante cada vez, diario en verano, sin dejar nunca que el cepellón se seque del todo; sustrato granular y drenante tipo akadama con puzolana; trasplante en febrero-marzo con las yemas hinchadas, cada 2 o 3 años; poda estructural en invierno y pinzado a dos hojas durante toda la temporada de crecimiento.

Dos advertencias específicas de la especie: revisa el alambre cada quince días, porque engorda muy rápido y se clava, y controla el vigor del ápice con pinzados frecuentes o acabarás con la copa desproporcionada. Y en invierno, protege el cepellón de las heladas fuertes sin llevártelo dentro de casa: el frío no es el enemigo, la calefacción sí.


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