Al olivo se le mata mucho antes por exceso de riego y por tenerlo dentro de casa que por cualquier plaga. Dicho eso, es probablemente el árbol más indulgente que se puede elegir para empezar en bonsái: brota de madera vieja, aguanta podas brutales, soporta cuarenta grados a pleno sol y perdona olvidos de riego que a un arce le costarían la vida. Perdona casi todo menos el agua estancada en la maceta.

Olivo, Olea europaea

Acebuche y olivo no son lo mismo a efectos de bonsái

Los dos son Olea europaea, pero el acebuche —la forma silvestre, Olea europaea var. sylvestris— tiene la hoja mucho más pequeña, los entrenudos más cortos y una ramificación mucho más densa que cualquier variedad de mesa o de almazara. Para un árbol en miniatura eso es determinante.

Un 'Picual' o un 'Arbequina' se puede trabajar y hará un tronco espectacular, pero su hoja no baja de cierto tamaño por mucho que se defolie, y visualmente el árbol nunca acaba de cuadrar. Si vas a elegir material, pregunta si es acebuche. Los tocones de olivo que se venden en viveros y grandes superficies para hacer bonsái suelen ser precisamente acebuche recolectado o cultivares de hoja pequeña, y por eso funcionan tan bien.

Ubicación: exterior, y no hay excepción

El olivo es un árbol mediterráneo de plena luz. Necesita sol directo todo el día y le sienta bien el calor que a otras especies las derrite: en julio, en Sevilla o en Zaragoza, un olivo a pleno sol está en su elemento. En sombra o media sombra alarga los entrenudos, la hoja crece, el interior se despuebla y el árbol pierde precisamente lo que lo hace atractivo.

Dentro de casa no vive. Es el error número uno con esta especie, alimentado por su venta como planta decorativa de interior. Puede aguantar unos meses en un salón, ir perdiendo hoja poco a poco y llenarse de cochinilla, pero no está creciendo: está consumiéndose. Si vives en un piso sin balcón ni terraza, el olivo no es tu árbol.

Frío

Es perenne y resiste bastante bien, pero no es un árbol de montaña. En suelo aguanta heladas de -8 a -10 °C puntuales; en maceta, con el cepellón expuesto, conviene proteger a partir de unos -4 o -5 °C sostenidos. En el litoral mediterráneo y todo el sur pasa el invierno fuera sin hacer nada. En la meseta norte, Aragón interior o zonas de montaña, lo suyo es arrimarlo a una pared orientada al sur, hundir la maceta en corteza o meterlo en un invernadero frío o un porche sin calefacción durante las semanas duras. Lo que más daño le hace no es el frío puntual sino el frío húmedo prolongado con las raíces empapadas.

Sustrato y riego: aquí se juega todo

La causa de muerte más habitual en un bonsái de olivo es la pudrición de raíz por sustrato compacto y riego excesivo. Su raíz está adaptada a suelos pobres, pedregosos y muy aireados, y no tolera estar permanentemente húmeda.

Una mezcla fiable: akadama, pómez y kiryuzuna a partes iguales, o directamente 100 % mineral (pómez y picón volcánico, muy accesibles y baratos en España) si el árbol está en fase de engorde. Nada de turba pura, nada de tierra de jardín, nada de sustrato universal de saco. Granulometría de 3 a 6 mm en macetas medianas.

Para regar, la referencia es sencilla: se espera a que el primer centímetro y medio de sustrato esté seco y entonces se riega a fondo, hasta que salga agua clara por los agujeros de drenaje. En pleno agosto y con maceta pequeña eso puede ser a diario; en invierno, cada semana o cada diez días. Regar «un poquito todos los días» es lo peor de los dos mundos: mantiene la superficie húmeda, deja el fondo seco y asfixia las raíces.

Conviene desmontar otro mito. Que el olivo resista la sequía en el campo, donde su raíz baja metros buscando agua, no significa que en una maceta de dos litros se pueda dejar sin regar. Ahí el margen es de días, no de meses.

Regadera para el riego del bonsái

Abonado

Dos periodos: de marzo a junio y de septiembre a mediados de noviembre. En pleno verano, cuando el árbol frena por calor, y en invierno, cuando está prácticamente parado, no se abona.

El abono orgánico sólido en pastillas sobre el sustrato es cómodo y difícil de sobredosificar. Si prefieres líquido, uno equilibrado cada quince días durante la temporada de crecimiento es suficiente. El olivo no es exigente en nutrición; el exceso de nitrógeno solo consigue hoja grande y brotes largos, justo lo contrario de lo que interesa.

Poda: la razón de que sea apto para principiantes

El olivo tiene una capacidad de rebrote extraordinaria. Emite yemas adventicias del tronco, del cuello e incluso de la base, y eso significa que un error de poda casi nunca es definitivo: donde has cortado de más, en unas semanas hay brotes nuevos. Es lo que permite comprar un tocón sin ninguna rama y construir la copa entera desde cero.

La poda fuerte, de estructura, se hace a finales de invierno o principios de primavera, entre febrero y abril según la zona, cuando las temperaturas empiezan a subir y el árbol va a arrancar. Podar en pleno invierno frío deja heridas abiertas mucho tiempo, y el olivo cicatriza despacio. Sella los cortes grandes con pasta.

La contrapartida de esa lentitud de cicatrización es una ventaja estética: su madera muerta se conserva estupendamente y aguanta años sin pudrirse, así que se presta al trabajo de jin y shari, y muchos ejemplares recuperados del campo ya vienen con troncos huecos y retorcidos que son la mitad del atractivo del árbol.

Pinzado y defoliación

Durante la temporada de crecimiento se deja que el brote alargue cinco o seis pares de hojas y se corta dejando dos o tres. La hoja del olivo es opuesta, así que el rebrote sale por pares y ramifica rápido; despuntando de forma regular de abril a septiembre se consigue densidad en poco tiempo.

En árboles sanos y vigorosos se puede defoliar a principios de verano, entre finales de mayo y junio, cortando las hojas por el peciolo. La segunda brotación sale con hoja bastante más pequeña. No lo hagas en un árbol recién trasplantado, debilitado o que acabe de sufrir una poda fuerte: dos operaciones agresivas en la misma temporada son demasiado.

Alambrado

Las ramas jóvenes son flexibles y se alambran sin problema en primavera y verano. Las gruesas son duras y quebradizas y conviene doblarlas con tensores o pinzas antes que a la fuerza. La corteza rugosa disimula el alambre, lo que engaña: revisa cada mes durante el crecimiento, porque la marca en un olivo tarda mucho en borrarse.

Trasplante

Cada dos o tres años en árboles jóvenes, cada cuatro o cinco en ejemplares asentados. El momento es la primavera temprana, cuando ya se percibe movimiento en las yemas y ha pasado el riesgo de heladas fuertes: en el sur, febrero o marzo; en el norte e interior, abril.

El olivo tolera una poda de raíz seria, de hasta un tercio o algo más del cepellón, sin inmutarse. Aprovecha para eliminar sustrato viejo, abrir las raíces del perímetro y cortar las gruesas verticales. Después, dos o tres semanas en semisombra, protegido del viento, riego normal y sin abonar hasta ver brotación clara.

Flores y aceitunas

Florece en primavera, entre abril y junio según la zona, en pequeñas panículas de flor blanca poco vistosa. Para que ocurra necesita haber pasado frío invernal y, sobre todo, que no le hayas cortado en invierno los brotes del año anterior, que es donde se forma la flor. Un olivo pinzado sin descanso rara vez florece, y eso no es ningún síntoma de enfermedad.

En cuanto a la aceituna: cuaja mal en maceta, el fruto no se reduce de tamaño y desequilibra la escala del árbol. En un bonsái de olivo la gracia está en el tronco, la corteza y la nube de hoja plateada, no en la fruta.

Plagas y enfermedades

Cochinilla de la tizne (Saissetia oleae): escudos marrones oscuros y abombados en ramillas y envés, seguidos de negrilla pegajosa. Es la plaga más frecuente, y aparece sobre todo en árboles con poca ventilación o mal ubicados. Se retira a mano con un cepillo y alcohol en ataques leves, o con aceite de parafina fuera de las horas de sol.

Repilo (Fusicladium oleagineum, antes Spilocaea oleagina): manchas circulares oscuras con halo amarillento en el haz, seguidas de defoliación. Es hongo de humedad; se previene con cobre en otoño y a la salida del invierno, y evitando mojar el follaje al regar.

Prays (Prays oleae) y barrenillo (Phloeotribus scarabaeoides) aparecen sobre todo en zonas olivareras y afectan más a árboles de campo que a bonsáis, pero conviene reconocerlos. Y en verano seco, la araña roja puede instalarse si el árbol está resguardado y sin corriente de aire.

Por dónde empezar

La entrada más barata y más divertida es el tocón de olivo: un trozo de cepa con raíces, sin copa, que se planta en primavera en un contenedor grande con sustrato muy drenante y que en pocos meses se llena de brotes. A partir de ahí se seleccionan tres o cuatro y se construye la estructura. Cuesta poco, enseña mucho y el fracaso es difícil.

La segunda opción es un olivo de vivero en contenedor, cortando el tronco a la altura que interese y reconstruyendo desde ahí. La tercera, más lenta pero muy fiable, es el esqueje: trozos semileñosos de unos 10-15 cm tomados a finales de primavera, con hormona de enraizamiento, en perlita y arena, con calor de fondo si es posible.

Lo que sí conviene evitar es el olivo pequeño vendido en maceta de cerámica con grava pegada y sustrato de turba, típico de bazar. No es que el árbol sea malo: es que ese sustrato lo va a matar. Si compras uno así, planifica un trasplante a mezcla mineral en la primera primavera.

En resumen

El bonsái de olivo es la mejor puerta de entrada a esta afición en España, siempre que se respeten tres cosas: fuera de casa y a pleno sol, sustrato mineral muy drenante y riego a fondo solo cuando la superficie está seca. Elige acebuche u hoja pequeña si puedes, poda la estructura a finales de invierno, pinza a dos o tres pares de hojas durante la temporada, abona en primavera y otoño y trasplanta cada dos o tres años en primavera temprana. A cambio de eso tendrás un árbol que perdona errores, rebrota de donde parecía imposible y mejora con los años como pocas especies.


Contenidos relacionados