Un bonsái vive en muy poca tierra. Esa es toda la explicación que hace falta para entender por qué el abonado no es un extra opcional, sino la mitad del cultivo. Un árbol en el suelo explora metros cúbicos de tierra con sus raíces y va reponiendo lo que consume; un bonsái dispone de dos o tres litros de sustrato, casi siempre mineral, que se lava entero cada vez que regamos. Sin aportes regulares, el árbol se queda sin reservas en pocas semanas.
Aquí va lo que hay que saber para abonar bien: qué necesita realmente el árbol, cuándo dárselo, en qué forma y, sobre todo, cuándo conviene no darle nada.
El mito que conviene desmontar primero
Existe una creencia muy extendida de que al bonsái se le abona poco a propósito, para que no crezca. Es falsa, y hace mucho daño. La miniaturización de un bonsái no se consigue matándolo de hambre: se consigue con poda de ramas, pinzado, defoliación, alambrado y trabajo de raíces en los trasplantes. Un árbol desnutrido no se queda pequeño y elegante, se queda débil: hojas amarillentas, entrenudos largos y mal lignificados, brotación pobre en primavera y una resistencia mínima a plagas y hongos.
Lo que sí es cierto es lo contrario en un caso concreto: cuando queremos hojas pequeñas y entrenudos cortos en una fase de refinamiento, se reduce el nitrógeno en momentos puntuales del ciclo. Pero eso es una decisión técnica y temporal sobre un árbol ya sano y bien alimentado, no un régimen permanente de escasez.
Por qué el sustrato del bonsái obliga a abonar
Los sustratos de bonsái —akadama, kiryuzuna, pómice, picón o lava volcánica, kanuma para acidófilas— son mezclas minerales elegidas por su drenaje y su estructura, no por su fertilidad. Aportan pocos nutrientes y, salvo la akadama, tienen una capacidad de intercambio catiónico baja: retienen mal los elementos que aportamos. A eso se suma que un bonsái se riega mucho y con abundancia, de modo que en cada riego se pierde por el fondo parte de lo aplicado.
La consecuencia práctica es que el abonado en bonsái no es un empujón puntual de primavera, sino un goteo constante durante toda la temporada de crecimiento. Poco y a menudo funciona mucho mejor que mucho y de vez en cuando.
Qué necesita el árbol: los números del NPK
Los tres macronutrientes principales cumplen papeles distintos:
Nitrógeno (N). Crecimiento vegetativo: brotes, hojas, madera nueva. Es el que más se consume y el primero que falta. Su carencia se ve como un amarilleo general que empieza por las hojas viejas.
Fósforo (P). Raíces, floración y fructificación. Se necesita en cantidades menores y se mueve poco en el sustrato.
Potasio (K). Regula la apertura estomática, el transporte de azúcares y el endurecimiento de los tejidos. Es el que ayuda a que la madera del año aguante el invierno.
Para un uso general sirve perfectamente un equilibrado tipo NPK 6-6-6, 8-8-8 o 10-10-10. No hace falta ir cambiando de fórmula cada mes. Lo que sí tiene sentido es usar un abono más rico en nitrógeno en la primera parte de la primavera y otro con menos N y más K al final del verano y en otoño, para que el árbol cierre bien la temporada en lugar de seguir empujando brotes tiernos que llegarán a noviembre sin lignificar.
Aparte están los micronutrientes: hierro, manganeso, zinc, boro, magnesio. En España tienen más importancia de la que parece, porque buena parte del agua de red es dura y calcárea, con pH por encima de 7,5. Ese pH bloquea la absorción del hierro y provoca clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios todavía verdes, sobre todo en las hojas nuevas. Se corrige con quelato de hierro (busca el que lleve EDDHA, que es el único que sigue siendo eficaz a pH alto) y no con más abono general, que no soluciona nada.
Abono sólido orgánico o abono líquido
Las dos vías funcionan, y muchos cultivadores usan las dos a la vez.
Los abonos sólidos orgánicos son las conocidas bolitas o tortas que se colocan sobre la superficie del sustrato, a menudo bajo una cestita de plástico para que no se las lleven los pájaros ni se desmoronen con el riego. Se descomponen poco a poco con cada riego y liberan nutrientes de forma gradual, además de alimentar la vida microbiana del sustrato. Ventajas: es muy difícil quemar el árbol con ellos y no exigen constancia semanal. Inconvenientes: huelen, pueden atraer mosquitos del sustrato y su liberación depende de la temperatura, así que actúan poco mientras hace frío. Se reponen aproximadamente cada cuatro o seis semanas, retirando los restos deshechos.
Los abonos líquidos se disuelven en el agua de riego. Son inmediatos, permiten ajustar la fórmula con precisión y son la mejor herramienta para corregir una carencia rápido. Su punto débil es que se lavan enseguida, así que hay que repetir: cada una o dos semanas durante la temporada de crecimiento. Y aquí una regla que ahorra disgustos: usa la mitad de la dosis que indique el fabricante para plantas de maceta. Es mejor abonar el doble de veces a la mitad de concentración.
Una advertencia sobre los abonos de liberación lenta tipo bolitas de resina: funcionan, pero liberan según la temperatura, y en un verano de meseta con el sustrato a 35 °C sueltan mucho más de lo previsto justo cuando el árbol está parado. Si los usas, hazlo con dosis conservadoras.
El calendario, adaptado al clima español
Finales de invierno. No se abona el árbol dormido. El abono no se absorbe si no hay raíces activas ni hojas transpirando, y solo consigue acumular sales en el sustrato.
Primavera (de marzo a junio). Es el periodo fuerte. Empieza cuando las yemas ya se han abierto y el brote nuevo está en marcha, no antes. Aquí es donde se aporta la mayor parte del nitrógeno del año.
Verano. En gran parte de la Península, julio y agosto son meses de parón por calor: con temperaturas sostenidas por encima de 32-35 °C el árbol cierra estomas y deja de crecer. Abonar entonces con la misma intensidad es tirar el abono y arriesgarse a quemar raíces en un sustrato ya estresado. Reduce mucho o suspende, y retoma en cuanto refresque. En zonas de clima atlántico o de montaña, donde el verano es suave, este parón no existe o es mínimo y se puede seguir abonando con normalidad.
Otoño (de septiembre a noviembre). Segundo periodo importante, y el más olvidado. El árbol está cargando reservas en raíces y madera para la brotación de la primavera siguiente. Aquí se pasa a fórmulas con menos nitrógeno y más potasio y fósforo. En caducifolios se suspende cuando la hoja empieza a virar de color.
Especies de interior y tropicales (Ficus retusa, Carmona retusa, Schefflera): al no tener parada invernal real dentro de casa, se abonan durante todo el año, pero reduciendo a la mitad la frecuencia en los meses de menos luz, de noviembre a febrero. Si no hay luz para fotosintetizar, el abono sobra.
Cuándo NO hay que abonar
Esta lista es tan importante como el calendario:
Después de un trasplante. Cuando se han cortado raíces, el árbol tiene heridas abiertas y una capacidad de absorción reducida. Abonar entonces quema. Espera entre tres y cinco semanas, hasta ver brotación nueva y vigorosa que confirme que las raíces han vuelto a funcionar.
Con el sustrato seco. Un abono líquido sobre sustrato seco concentra sales sobre raíces deshidratadas. Riega primero con agua limpia, espera unos minutos y abona después.
En un árbol enfermo o recién recolectado. Un árbol con hongos, con plaga fuerte o un yamadori extraído hace poco no necesita alimento, necesita raíces. Forzarlo con abono lo empeora. Se abona cuando ya está recuperado.
Justo después de una defoliación total. Deja que empuje la nueva hoja con sus reservas y abona cuando esta esté formándose.
En plena ola de calor. Por lo dicho antes.
Ajustes por tipo de árbol
Pinos. Admiten y agradecen abonados generosos cuando se busca engordar el tronco. En árboles ya refinados se juega con el nitrógeno: se retiene en primavera para que la vela salga corta y la acícula pequeña, y se aporta con fuerza a partir del verano, después del corte de velas en el pino negro japonés, para que la segunda brotación tenga fuerza.
Caducifolios de hoja fina (arces, olmos, zelkovas). Responden muy rápido al nitrógeno con entrenudos largos. Abona con constancia pero sin exceso en la fase de refinamiento, o perderás la ramificación fina que tanto ha costado construir.
Especies acidófilas, sobre todo la azalea (Rhododendron indicum, la satsuki). Necesitan abono para plantas ácidas y agua de baja dureza. El agua calcárea y los abonos con calcio les suben el pH del kanuma y las cloróticas aparecen enseguida. Se abona con suavidad tras la floración, que es cuando construyen los brotes que darán flor al año siguiente.
Frutales y especies de flor (Malus, Prunus, Punica granatum, Pyracantha). Un exceso de nitrógeno en verano da mucha hoja y ninguna flor, porque la planta prioriza el crecimiento vegetativo frente a la inducción floral. Desde mediados de verano conviene bajar el N y subir el potasio.
Mediterráneas (olivo, acebuche, encina, romero, enebro). Son sobrias y toleran mal el exceso. Con un abonado moderado en primavera y otro en otoño van sobradas.
Señales de que te has pasado
El sobreabonado no siempre se ve rápido. Sus síntomas típicos son bordes y puntas de hoja secas y de color marrón oscuro, con el resto del limbo aún verde; una costra blanquecina de sales en la superficie del sustrato y en el borde de la maceta; hojas grandes y de un verde muy oscuro, casi azulado, con entrenudos largos y ramas blandas; o un árbol que, pese al abono, se marchita como si le faltara agua, porque las sales impiden a la raíz absorberla.
Si sospechas exceso, suspende el abono y lava el sustrato: riega abundantemente con agua limpia varias veces seguidas, dejando que drene por completo entre pasada y pasada, hasta arrastrar las sales acumuladas. Retira además los restos de abono sólido de la superficie.
En resumen
Un bonsái depende por completo de lo que le des, porque su sustrato mineral no guarda casi nada y el riego lava lo que aportas. Abona poco y a menudo durante la temporada de crecimiento —de marzo a junio y de septiembre a noviembre—, con un equilibrado tipo 8-8-8, líquido a media dosis cada una o dos semanas, sólido orgánico repuesto cada mes o mes y medio, o ambos. Baja el nitrógeno y sube el potasio al acercarse el otoño. Suspende con el árbol dormido, en pleno golpe de calor, tras un trasplante y en un árbol enfermo. Riega siempre antes de abonar. Y olvida la idea de que un bonsái se mantiene pequeño por hambre: se mantiene pequeño por las tijeras, y sano por el abono.