Olvídate por un momento del alambrado, del pinzado y de las tijeras japonesas. Un árbol que vive dentro de casa y se riega a calendario está condenado, y son las dos cosas que más bonsáis se llevan por delante en España. Un bonsái es un árbol, y un árbol necesita luz directa, viento, lluvia y frío invernal. Si se entiende eso, el resto de los cuidados se ordena solo.

Esta guía recorre lo que de verdad decide si el árbol vive o no: dónde ponerlo, cómo regarlo, en qué sustrato plantarlo, cuándo abonar, cuándo trasplantar y qué hacer en cada estación del año en el clima peninsular.

Un bonsái no es una especie, es una técnica

No existe la "planta de bonsái". Bonsái (盆栽, literalmente "plantado en bandeja") es el conjunto de técnicas con las que se cultiva un árbol normal en una maceta poco profunda manteniéndolo pequeño y con aspecto de ejemplar añoso. El material genético es idéntico al del árbol de quince metros: un Acer palmatum de bonsái es el mismo arce japonés que se planta en un jardín.

Esa miniaturización se consigue con tres herramientas combinadas: restricción radicular (maceta pequeña y poda de raíces periódica), poda y pinzado de la parte aérea, y alambrado para dirigir ramas. Ninguna de las tres es un truco químico ni una mutación: son manejo, y hay que repetirlas cada temporada.

De ahí se deduce lo importante: el bonsái conserva las necesidades de la especie de la que procede. Un pino silvestre necesita sol pleno y frío; un ficus no aguanta una helada. Antes de comprar nada, hay que saber qué árbol es. Si la etiqueta solo pone "bonsái mix" o "bonsái de interior", es la etiqueta de un vivero de supermercado, no información botánica.

Bonsái de azalea en flor

La primera decisión: árbol de clima templado o tropical

Todo lo demás depende de esto, así que conviene resolverlo el primer día.

Especies de clima templado (exterior todo el año). Son la inmensa mayoría de lo que interesa cultivar en España: olmo (Ulmus minor), olivo (Olea europaea), granado (Punica granatum), almez, arce japonés y tridente (Acer palmatum, Acer buergerianum), pino negral y silvestre (Pinus thunbergii, Pinus sylvestris), enebro y sabina (Juniperus), haya (Fagus sylvatica), azalea satsuki (Rhododendron indicum), piracanta, cotoneaster o liquidámbar. Estos árboles necesitan pasar frío: el reposo invernal no es un mal trago que soportan, es un requisito fisiológico. Un arce metido en un salón a 21 °C todo el invierno no descansa, agota reservas y se debilita hasta morir en dos o tres años.

Especies tropicales y subtropicales. Ficus retusa y Ficus benjamina, Carmona retusa (té de Fukien), Serissa foetida, Schefflera, Crassula ovata o el olmo chino en su forma perenne. Estas sí pueden pasar el invierno dentro de casa, pero incluso ellas prefieren estar fuera de mayo a octubre en la mayor parte de la Península. Dentro, lo suyo es la ventana más luminosa de la casa, orientación sur o este, a menos de un metro del cristal. En el interior de una habitación, aunque a nuestros ojos parezca claro, un ficus recibe menos de una décima parte de la luz que hay en la terraza.

El olmo chino (Ulmus parvifolia) es la especie de iniciación más recomendable: tolera el interior si la ventana es buena, agradece mucho más el exterior, brota con enorme facilidad tras la poda y perdona errores.

Ubicación: luz, aire y una advertencia sobre la maceta

Un balcón, una terraza, un alféizar amplio o un patio. Cuanto más aire y más luz, más cortos serán los entrenudos y más pequeñas las hojas, que es justo lo que se persigue en bonsái. La mayoría de las especies quiere sol directo; en el interior peninsular y el sur, a partir de finales de junio conviene media sombra en las horas centrales para arces, hayas, azaleas y todo lo de hoja fina, que se queman con facilidad.

El punto que casi nadie tiene en cuenta: la maceta de bonsái es un problema térmico. Con dos o tres litros de sustrato y paredes de cerámica al sol, el cepellón puede superar los 40 °C una tarde de agosto en Sevilla o Zaragoza, y a esa temperatura las raíces finas se cuecen. La solución no es entrar el árbol en casa, sino sombrear la maceta: una mesa de cultivo con rejilla, otra maceta delante, una malla de sombreo del 40-50 % sobre el conjunto. Y elevarlo del suelo, nunca directamente sobre baldosa o cemento, que irradia calor y facilita la entrada de babosas y hormigas.

El riego, que es donde se pierde el 80 % de los bonsáis

No hay una pauta de riego. No se riega los martes y los sábados: se riega cuando el sustrato lo pide, y eso cambia con la especie, el tamaño de la maceta, el sustrato, el viento y la estación. El mismo árbol puede necesitar un riego cada tres días en marzo y dos riegos diarios en julio.

Cómo saber si toca: mete el dedo un centímetro en la superficie o clava un palillo de madera en el sustrato y sácalo al cabo de unos minutos. Si sale húmedo y oscuro, espera. Si sale seco, riega. Con la práctica basta con levantar la maceta: una maceta seca pesa notablemente menos.

Cómo regar bien. Con regadera de roseta fina o manguera con difusor, mojando toda la superficie hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, esperar un minuto y repetir. La primera pasada humedece; la segunda empapa. Un riego superficial que solo moja los dos centímetros de arriba es peor que no regar, porque engaña al que lo hace mientras el interior del cepellón permanece seco.

Nunca plato con agua debajo. El plato permanentemente encharcado asfixia las raíces y es la causa habitual de la muerte lenta de los ficus de interior: hoja amarilla que cae, sustrato siempre húmedo, olor agrio. Si necesitas humedad ambiental, pon el plato con grava y que el agua quede por debajo de la base de la maceta.

Sobre el agua. En buena parte de España el agua del grifo es dura y va dejando cal, lo que sube el pH del sustrato y provoca clorosis. Es especialmente grave en azaleas satsuki, arces y todo lo acidófilo. Si tu agua supera unos 30 °f de dureza, recoge agua de lluvia para esas especies o acidifica ligeramente el agua de riego. Para olivos, pinos, olmos o enebros el agua corriente no suele dar problemas.

El sustrato: aquí no vale la tierra de macetas

Este es el segundo gran error, y el más silencioso. Una maceta de bonsái tiene entre 4 y 8 cm de profundidad. En un recipiente tan bajo se forma una capa de saturación: el agua no drena bien por gravedad y la parte inferior queda encharcada. Con turba o tierra de saco, esa zona se convierte en un barrizal sin oxígeno y las raíces se pudren.

Por eso el sustrato de bonsái es granular, inorgánico y de partícula gruesa (2-6 mm según el tamaño de la maceta). Retiene agua dentro de cada gránulo pero deja aire entre ellos. Los componentes habituales:

Akadama, arcilla volcánica japonesa, muy retentiva y con buena capacidad de intercambio catiónico; se degrada con los años y con las heladas fuertes. Pómice o pumita, ligera, estable y barata, excelente base. Grava volcánica o picón, aporta drenaje y estructura. Kiryuzuna, para pinos y enebros. Y una fracción menor de materia orgánica muy fibrosa (corteza de pino compostada, fibra de coco) si se quiere más retención.

Mezclas de partida razonables: para caducifolias (arce, olmo, haya, granado), 50 % akadama, 25 % pómice, 25 % volcánica. Para coníferas (pino, enebro, sabina), que quieren secarse más entre riegos, 30 % akadama, 40 % pómice, 30 % volcánica. Para azaleas, kanuma puro o mayoritario, porque es ácido. En climas muy secos y calurosos conviene subir la proporción retentiva; en la cornisa cantábrica, bajarla.

Antes de usar cualquier componente, tamízalo para eliminar el polvo. El polvo colmata los poros y anula la ventaja del sustrato granular.

Abonado: mucho más de lo que la gente cree

Un sustrato inorgánico casi no aporta nutrientes y el volumen de tierra es minúsculo, así que el bonsái depende por completo del abonado. La creencia de que "no hay que abonar para que no crezca" es falsa y hace daño: un árbol desnutrido no se queda pequeño y elegante, se queda débil, con hojas amarillentas y sin fuerza para brotar tras la poda. El tamaño se controla con tijera y con maceta, no con hambre.

Lo práctico es abono orgánico sólido de liberación lenta en pastillas o bolitas (torta de colza, harina de pescado y huesos) colocado sobre la superficie y renovado cada 4-6 semanas, complementado con abono líquido equilibrado cada 15 días en plena vegetación.

Calendario aproximado en clima peninsular: se empieza cuando las hojas nuevas han endurecido, hacia mediados o finales de abril, no en el momento de la brotación. Se sigue hasta finales de junio. En julio y agosto, con calor fuerte, se suspende o se reduce mucho el abono nitrogenado. Se retoma en septiembre y se abona hasta finales de octubre con una fórmula baja en nitrógeno y más rica en fósforo y potasio, que ayuda a lignificar y a resistir el invierno. En invierno, nada, salvo en tropicales de interior en crecimiento, que aceptan una dosis muy diluida cada mes.

Dos matices: un árbol recién trasplantado no se abona hasta pasadas cuatro o seis semanas, y un árbol enfermo o debilitado tampoco. Abonar una planta con las raíces dañadas la quema.

Trasplante y poda de raíces

El trasplante es la operación que mantiene vivo el sistema, no un cambio de maceta por estética. Al confinar las raíces, estas acaban dando vueltas y colmatando la maceta; el agua deja de penetrar y el árbol se estanca. Trasplantar consiste en sacar el cepellón, deshacer una parte, cortar las raíces gruesas y recortar las finas, y devolverlo con sustrato fresco.

Cuándo. A finales del invierno, con las yemas hinchadas pero antes de que abran: en la Península, según zona, de finales de enero (sur y litoral mediterráneo) a principios de marzo (meseta norte, montaña). Es el momento en que el árbol tiene reservas y está a punto de emitir raíces nuevas. Las coníferas admiten también un trasplante a principios de otoño. Los tropicales de interior se trasplantan mejor en pleno verano, con calor, porque necesitan temperatura para regenerar raíz.

Cada cuánto. No hay periodicidad fija: se trasplanta cuando el cepellón está lleno de raíces, no porque toque. Como orientación, especies vigorosas jóvenes (olmo, granado, ficus) cada 1-2 años; caducifolias establecidas cada 2-3; pinos y enebros cada 3-5; ejemplares viejos y refinados, cada 5 o más.

Cuánto cortar. Como regla prudente, no más de un tercio del volumen radicular en caducifolias y bastante menos en coníferas. Los pinos dependen de la micorriza, ese fieltro blanquecino que envuelve las raíces: hay que conservar parte del sustrato viejo precisamente para no perderla.

Tras el trasplante: sujeta el árbol a la maceta con alambre pasado por los agujeros (un árbol que se mueve no enraíza), riega a fondo, y coloca el bonsái a la sombra y al abrigo del viento durante dos o tres semanas. Nada de abono, nada de poda y nada de sol directo hasta que arranque.

Poda, pinzado y alambrado

Conviene separar dos cosas que suelen confundirse. La poda estructural elimina ramas gruesas para definir el diseño y se hace en reposo, a finales de invierno, o a principios de otoño en algunas especies. Los cortes grandes se hacen cóncavos, con tenaza, y se sellan con pasta cicatrizante para que el callo se cierre plano.

La poda de mantenimiento es la que se repite durante la temporada de crecimiento y es la que realmente ramifica el árbol. En caducifolias: dejar que el brote extienda cinco o seis hojas y cortar dejando dos. Repetido varias veces al año, cada corte genera dos brotes nuevos y la ramificación se densifica. En Juniperus no se corta con tijera el follaje escamoso, se pellizca con los dedos la punta de los brotes tiernos, porque el corte deja el extremo pardo y feo. En pinos se trabaja por desyemado y despunte de velas en primavera, retirando también las acículas viejas en otoño para que entre luz al interior.

El alambrado se hace con alambre de aluminio anodizado (más fácil) o de cobre recocido (más sujeción, para coníferas). Se enrolla en espiral a unos 45°, sin apretar, empezando desde una base firme. El punto crítico es vigilar la incrustación: en un olmo o un arce en plena primavera el alambre puede marcar la corteza en seis semanas, y la marca en una rama gruesa tarda años en borrarse o no se borra. Revisa mensualmente en temporada, y retira el alambre cortándolo con alicate, nunca desenrollándolo.

El año del bonsái en España

Primavera

Es el momento de mayor actividad. Marzo: últimos trasplantes, poda estructural terminada antes de la brotación, revisión de alambres. La brotación es también el momento en que aparecen los pulgones: revisa el envés de las hojas nuevas semanalmente. Abril y mayo: aumentan los riegos, empieza el abonado cuando la hoja endurece, se despuntan las velas de los pinos y se hacen los primeros pinzados en caducifolias. En arces vigorosos y bien establecidos puede hacerse defoliación parcial a finales de mayo o principios de junio para reducir el tamaño de hoja, pero solo en árboles sanos y nunca el mismo año del trasplante.

Verano

La estación crítica en casi toda la Península. Prioridades: agua y sombra. Riego una o dos veces al día según especie y maceta, preferentemente a primera hora de la mañana o al atardecer, nunca a mediodía con el sol de plano. Malla de sombreo del 40-50 % para hoja fina, y sombra a la maceta para todo. Se reduce o suspende el abonado nitrogenado durante la ola de calor. Se vigilan araña roja (favorecida por calor seco; aparece punteado amarillento y telillas finas en el envés) y cochinilla. Contra la araña roja, además del acaricida, ayuda mucho pulverizar agua sobre el follaje al atardecer. No es época de podas fuertes, aunque sí se puede seguir pinzando lo que crece descontrolado.

Otoño

El árbol vuelve a crecer con las lluvias y las noches frescas. Se retoma el abonado, ahora bajo en nitrógeno, hasta finales de octubre. Es buen momento para trasplantar coníferas, para limpiar acículas viejas de los pinos y para el alambrado de caducifolias, que con la hoja caída se ven mucho mejor. Retira las hojas secas de la superficie de la maceta: son refugio de plagas y de hongos. Es también la temporada del color en arces y liquidámbar, que se acentúa si el árbol ha recibido buena luz y no le ha sobrado nitrógeno.

Invierno

Los árboles de clima templado se quedan fuera. Necesitan las horas de frío para completar el reposo y brotar bien en primavera. Lo que sí hay que proteger es la raíz, mucho más expuesta que en el suelo: por debajo de unos −5 °C, y sobre todo si el frío se prolonga, conviene arrimar las macetas contra una pared, agruparlas, cubrir el cepellón con hojarasca o paja, o enterrarlas en un arriate. En la meseta y zonas de montaña esta protección es obligatoria; en el litoral mediterráneo rara vez hace falta.

Bonsái de haya en invierno sin hojas

El riego invernal no desaparece, solo se espacia mucho: el sustrato no debe llegar a secarse del todo, pero regar un árbol dormido como si fuera junio lo pudre. Un riego cada siete o diez días, en día soleado y por la mañana, suele bastar. Y no se riega con el cepellón helado. Los tropicales de interior, mientras tanto, pasan el invierno en la ventana más luminosa, lejos de radiadores y de corrientes de aire frío al abrir, con riegos muy reducidos.

Plagas, enfermedades y señales de alarma

Las habituales son pulgón (primavera, brotes tiernos), araña roja (verano seco), cochinilla algodonosa y de escudo (todo el año, en axilas y envés), oídio (polvo blanco, típico de arces y crataegus en primavera húmeda) y, en olmos, la galeruca, que deja las hojas como un encaje. La mayoría se resuelve pronto si se revisa el árbol de cerca cada semana; el jabón potásico y el aceite de neem cubren buena parte de los casos leves.

Más importante que identificar la plaga es saber leer el árbol. Hojas amarillas que caen con sustrato siempre húmedo: exceso de riego o drenaje colapsado, casi siempre. Bordes de hoja secos y crujientes: falta de riego, sol excesivo o exceso de sales por abono o agua dura. Amarilleo entre nervios que siguen verdes: clorosis férrica, típica de agua caliza en acidófilas. Ramas que se secan una a una: problema de raíz, normalmente podredumbre. Y en coníferas hay una trampa: un Juniperus puede llevar dos o tres semanas muerto y seguir verde. Cuando el follaje vira a gris verdoso apagado y luego a pardo, el daño ya ocurrió tiempo atrás, y la causa más frecuente es haberlo tenido dentro de casa.

Errores frecuentes que conviene evitar

Tener un árbol de exterior dentro de casa. El primero y el más letal.

Regar por calendario o con vasitos medidos. El bonsái no funciona con dosis, funciona con estados del sustrato.

Trasplantar en cualquier época "porque la maceta se ha quedado pequeña". Fuera de ventana, la poda de raíces mata.

Podar y trasplantar el mismo día. Se le quita a la vez la fábrica de azúcares y la fábrica de agua. Deja al menos una temporada entre ambas operaciones en árboles no muy vigorosos.

Usar tierra universal de saco. Funciona quince días y ahoga el árbol el resto del año.

Pulverizar agua sobre las hojas creyendo que eso es regar. No lo es. El agua tiene que llegar a la raíz.

Empezar por la especie difícil. Los pinos y las azaleas satsuki son maravillosos y son mal primer árbol. Empieza con olmo chino, cotoneaster, piracanta, ligustro o Ficus retusa: perdonan mucho y enseñan igual.

En resumen

Cuidar un bonsái consiste en tratarlo como el árbol que es. Averigua primero la especie y si es de clima templado o tropical, porque eso decide dónde vive. Ponlo fuera, con luz y aire, y protégele la maceta del calor de agosto y del hielo de enero. Riega comprobando el sustrato, nunca por costumbre, y hazlo hasta que salga agua por el drenaje. Planta en sustrato granular tamizado, no en tierra de saco. Abona con generosidad de abril a junio y de septiembre a octubre, y no abones si acabas de trasplantar. Trasplanta a finales de invierno, con las yemas hinchadas, cortando raíz con moderación. Y ramifica con pinzados repetidos durante la temporada en lugar de con una poda drástica al año.

Hecho eso, el árbol vive décadas y mejora cada temporada. El diseño, el alambrado fino y la elección de maceta llegan después, y son la parte agradable: la que decide si el bonsái sigue vivo dentro de diez años es esta.


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