¿Cuánto tiempo dedicaste a decidir qué árbol te llevabas de la tienda? Un arce japonés comprado en junio para un balcón de Sevilla orientado al oeste está condenado antes de salir por la puerta, y no hay riego ni abono que lo salve. Elegir bien la especie es la decisión que más determina el resultado, y curiosamente es a la que menos tiempo se le dedica.

El bonsái no es una especie

Empecemos por deshacer el equívoco más básico: bonsái no es una planta, es una técnica de cultivo. No existe el árbol bonsái ni, por tanto, la semilla de bonsái. Los sobres de "semillas de bonsái" que se venden en bazares contienen semillas corrientes de pino, arce o delonix, exactamente las mismas que se plantarían en un jardín. Lo que las convierte en bonsái es el manejo posterior, no su origen.

De ahí se deduce la primera consecuencia práctica: en teoría, cualquier especie leñosa se puede cultivar en maceta y reducir. En la práctica, unas responden estupendamente y otras dan resultados mediocres tras años de trabajo. La diferencia está en un puñado de características botánicas concretas.

Qué hace que una especie funcione

Cinco rasgos separan a los árboles agradecidos de los que no lo son:

Capacidad de reducir la hoja. No basta con que la hoja sea pequeña de partida; lo que importa es que se reduzca al confinar la raíz, podar de forma continua y controlar el nitrógeno. El olmo o el arce lo hacen de forma espectacular. Un castaño de Indias no lo hace en absoluto, y por eso nunca se ve como bonsái.

Brotación sobre madera vieja. Es la propiedad decisiva. Un árbol que emite yemas nuevas desde el tronco y las ramas viejas permite acortar, rediseñar y corregir errores. Uno que solo brota en los extremos —muchas coníferas, los abetos, el cedro del Líbano— obliga a acertar a la primera. Los olmos, ficus, cotoneasters, granados y arces brotan de madera vieja con facilidad; los pinos lo hacen solo si se les fuerza con técnica y en las especies adecuadas.

Entrenudos cortos. Determina la finura de la ramificación. Especies de entrenudo largo, como la mayoría de trepadoras y muchos frutales de hueso, cuestan mucho más de ramificar.

Corteza que envejece pronto. Lo que da sensación de edad no es el grosor del tronco, es la corteza. El pino silvestre, la sabina, el granado o el olivo desarrollan corteza fisurada en pocos años. Otras especies mantienen la corteza lisa durante décadas.

Tolerancia a la poda de raíz. Todo bonsái pasa por un trasplante cada dos o tres años en el que se corta un tercio del sistema radicular. Especies con raíz carnosa o con micorrizas muy exigentes toleran mal este trato.

Antes que la estética, el clima

Este es el criterio que más se ignora y el que más árboles mata. Elige primero según dónde vas a tenerlo, y solo después según lo que te gusta. España concentra climas muy distintos y una especie perfecta en Bilbao puede ser inviable en Murcia.

Interior peninsular y sur, veranos largos con más de 35 °C y agua dura (Madrid, Castilla, valle del Ebro, Andalucía interior). Son condiciones duras para una maceta pequeña. Van bien las especies mediterráneas: Olea europaea var. sylvestris (acebuche), Juniperus chinensis y Juniperus sabina, Pinus halepensis y Pinus pinea, Punica granatum 'Nana', Ulmus minor, Pistacia lentiscus, Myrtus communis, Cotoneaster horizontalis, Rosmarinus officinalis. Todas están adaptadas a la sequía estival, al sol fuerte y a suelos calizos.

Cornisa cantábrica y Galicia, veranos suaves, humedad alta, agua blanda. Es la zona ideal para las especies que sufren en el resto del país: Acer palmatum y Acer buergerianum, Fagus sylvatica, Carpinus betulus, Larix, azaleas satsuki (Rhododendron indicum), Betula. Aquí sí compensa un arce japonés.

Litoral mediterráneo y Baleares, inviernos suaves. Se pueden tener fuera todo el año especies subtropicales que en el interior habría que meter en casa: Ficus retusa y Ficus microcarpa con protección puntual, Bougainvillea, Portulacaria afra, además de todo el repertorio mediterráneo.

Canarias. Permite tropicales de verdad todo el año, aunque hay que vigilar el viento y la salinidad.

Bonsái de Acer palmatum

El mito del bonsái de interior

Conviene decirlo sin rodeos: los árboles de clima templado no viven dentro de casa. Un pino, un olmo, un arce o un junípero necesitan el descenso térmico del invierno para entrar en reposo, y sin él se agotan y mueren en uno o dos años. La escena habitual del junípero comprado en un centro comercial, colocado en una estantería del salón y regado con esmero, termina siempre igual: el árbol sigue verde durante meses —las coníferas conservan el color mucho después de estar muertas— y un día se vuelve gris de golpe.

Las únicas especies que toleran el interior son tropicales de sombra: Ficus retusa, Ficus microcarpa, Carmona retusa, Schefflera arboricola, Sageretia theezans, Portulacaria afra. Y aun estas prefieren pasar de mayo a octubre en el exterior, donde brotan y engordan tres veces más que dentro.

Si no dispones de balcón, terraza, patio o alféizar exterior, la respuesta honesta es que tus opciones se reducen a esa lista corta. Es preferible un ficus bien cultivado que un arce agonizante.

Qué especies elegir de entrada

Para un primer árbol, prioriza el margen de error por encima de la belleza. Las especies siguientes perdonan riegos irregulares, podas torpes y trasplantes fuera de fecha:

Ficus retusa y Ficus microcarpa. Casi indestructibles, brotan de cualquier corte, soportan el interior y sueldan raíces entre sí, lo que permite trucos de nebari muy vistosos. Su único límite serio es el frío: por debajo de 10 °C sufren.

Ulmus parvifolia, el llamado olmo chino. Probablemente el mejor caduco para empezar. Hoja pequeña, entrenudos cortos, brotación constante, tolera la poda en casi cualquier época y admite tanto exterior como semiinterior en climas suaves.

Cotoneaster horizontalis y Cotoneaster microphyllus. Baratos, disponibles en cualquier vivero como planta de jardín, de hoja diminuta, con flor en primavera y bolitas rojas en otoño. Muy resistentes.

Punica granatum 'Nana', el granado enano. Aguanta el calor extremo, la caliza y la sequía, florece en maceta pequeña siendo joven y llega a dar frutos en miniatura.

Olea europaea, olivo y acebuche. Extraordinariamente resistente, con corteza que envejece pronto y capacidad casi ilimitada de rebrotar de madera vieja. Crece despacio, eso sí.

Portulacaria afra, el arbolito de jade. No es un árbol en sentido estricto sino una suculenta, pero es imperdonable de riego y perfecta para aprender técnicas de poda sin riesgo.

Bonsái de Ficus microcarpa

Qué dejar para más adelante

Acer palmatum. Precioso y muy delicado fuera del norte húmedo. Se quema con el sol de mediodía, se seca con el viento y desarrolla clorosis con agua caliza. Es la especie que más aficionados abandona.

Pinos (Pinus thunbergii, Pinus sylvestris). Requieren entender el ciclo de velas, el desyemado, el equilibrio de vigor entre zonas del árbol y una paciencia de años. Un pino mal manejado no muere, simplemente no mejora nunca.

Azalea satsuki. Espectacular en flor, pero necesita sustrato ácido de kanuma puro y agua sin cal. En zonas de agua dura obliga a acidificar cada riego.

Haya (Fagus sylvatica). Una sola brotación al año, cicatrización lentísima y ninguna tolerancia al error.

Yamadori, árboles recolectados de la naturaleza. Además del alto índice de mortalidad tras la extracción, en España la recolección está regulada por cada comunidad autónoma y requiere autorización del propietario del terreno y, en montes públicos y espacios protegidos, permiso de la administración forestal. Arrancar un enebro de un parque natural no es un atajo, es una infracción.

Cómo juzgar un ejemplar concreto

Elegida la especie, hay que elegir la planta. Estas son las cosas que se miran, en este orden:

La base y el nebari. Mira el punto donde el tronco entra en la tierra. Debe ensancharse y mostrar raíces repartidas alrededor, no salir del sustrato como un palo clavado. Es lo más difícil de corregir después, así que es lo primero que hay que exigir.

La conicidad del tronco. El tronco tiene que adelgazar de abajo arriba de forma progresiva. Desconfía de la conicidad inversa: un punto en el que el tronco es más grueso arriba que abajo, casi siempre por un antiguo verticilo de ramas. Es un defecto que rara vez se arregla.

La altura de la primera rama. Como referencia, en el tercio inferior del árbol. Si todas las ramas salen muy arriba, el diseño queda limitado a un literati.

El estado sanitario. Hoja de color uniforme, sin punteado ni telarañas en el envés, sin cochinillas en las axilas. Levanta la maceta: si sale agua estancada o huele a moho, la raíz está comprometida.

El sustrato. Si la superficie es una capa de grava pegada con cola —seña de identidad del bonsái de bazar— quítala mentalmente y da por hecho que debajo hay turba compactada, y que el árbol necesitará un trasplante urgente.

Injertos. En juníperos y pinos comerciales es frecuente el injerto de la variedad de follaje sobre un patrón. Busca un anillo o resalte en la base del tronco. Un injerto visible y mal integrado es un defecto permanente.

Heridas y muñones. Los cortes grandes sin cicatrizar tardan años en cerrar y en algunas especies no cierran nunca.

De dónde sacar el material

Vivero de jardinería corriente. La mejor relación entre coste y resultado. Un cotoneaster, un olivo, un junípero o un piracanta de tres litros cuesta poco y suele tener tronco más grueso que un "bonsái" comercial del mismo precio. Se busca por la base, no por la copa: la parte de arriba se corta entera.

Prebonsái de vivero especializado. Material ya trabajado, con nebari corregido y tronco con movimiento. Cuesta más y ahorra años.

Esquejes. Gratis y sorprendentemente eficaces en olmo, ficus, cotoneaster, granado, romero y sabina. Se hacen en junio con madera semileñosa. Un esqueje de olmo puede ser un shohin presentable en cinco años.

Acodo aéreo. La técnica más infravalorada. Permite obtener en una sola temporada un árbol con tronco grueso y nebari perfecto a partir de una rama de un ejemplar de jardín. Se hace en primavera, cuando la savia está en movimiento.

Semilla. Instructiva y muy lenta. Desde semilla, un tronco de tres centímetros de diámetro tarda entre siete y diez años en las especies rápidas y bastante más en las lentas. Sirve para aprender, no para tener un bonsái.

El tamaño también se elige

Un detalle que casi nadie considera al comprar: cuanto más pequeña es la maceta, menos margen de error hay. Un shohin de 15 cm tiene tan poco sustrato que un día de olvido en agosto lo mata. Un bonsái de tamaño medio, de 40 a 60 cm, con su volumen de maceta correspondiente, resiste un descuido. Para empezar, el tamaño medio es más seguro que el diminuto, aunque parezca menos vistoso.

En resumen

Elige por este orden: primero el clima real de tu balcón, después el tiempo del que dispones, y solo al final la especie que te gusta. Prioriza árboles que broten de madera vieja, reduzcan hoja y toleren la poda de raíz. Si vives en el interior o el sur, quédate con especies mediterráneas; si vives en el norte húmedo, aprovecha que puedes cultivar arces y hayas. Si no tienes exterior, limítate a los tropicales de sombra y olvídate del resto. A la hora de comprar, mira la base del tronco antes que la copa, sospecha de la grava encolada y comprueba que no haya conicidad inversa. Y ten presente que un cotoneaster de vivero de seis euros, bien elegido, dará mejor bonsái en cinco años que casi cualquier árbol de escaparate.


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