Lo primero que conviene quitarse de la cabeza es que un bonsái sea un árbol enano. No existe ninguna variedad genética miniaturizada detrás de un pino de cuarenta centímetros en una bandeja: es un pino silvestre corriente, de la misma especie que los que forman los pinares de Guadarrama, mantenido pequeño por una combinación de raíz limitada, poda constante y control del agua y del abono. Esa idea cambia por completo la forma de trabajar. No se busca un árbol pequeño, se busca un árbol proporcionado, con un tronco que cuente una historia creíble y una copa que responda a ese tronco.

Hacer un bonsái, por tanto, no es una tarea de un fin de semana. Es un encadenado de decisiones —qué especie, de dónde sale el material, qué forma va a tener, cuándo se corta, cuándo se alambra, cuándo se trasplanta— que se repite estación tras estación durante años. Lo que sigue es ese proceso completo, con las épocas y las cantidades adaptadas al clima peninsular.

Bonsái de arce japonés en maceta

De dónde sale el árbol de partida

Hay cuatro vías para conseguir material, y no son equivalentes ni en tiempo ni en resultado.

Semilla. Es la más lenta y la que menos recomiendo como primera experiencia. Un Acer palmatum de semilla tarda ocho o diez años en tener un tronco con el que se pueda hacer algo mínimamente interesante. Como ejercicio de aprendizaje está bien, porque enseña a manejar el árbol desde el principio, pero si es el único material que se tiene, la afición se abandona antes de ver nada.

Esqueje o acodo. Ahorra dos o tres años respecto a la semilla y permite partir de una rama que ya tiene cierto grosor y movimiento. El acodo aéreo es especialmente útil porque produce, de golpe, un sistema radicular plano y radial —lo que en bonsái se llama nebari—, que es justo lo que cuesta décadas conseguir en un árbol de semilla.

Planta de vivero ordinario. La vía más práctica y la más infravalorada. En cualquier vivero de jardinería se compran por poco dinero enebros, olivos, piracantas, ligustros o granados en contenedor de tres o cinco litros con troncos gruesos y ramificación abundante. Se busca un ejemplar con base ancha, buen movimiento en los primeros veinte centímetros de tronco y ramas bajas: todo lo que está por encima probablemente sobre.

Yamadori. Árbol recolectado de la naturaleza. Da el mejor material que existe —troncos torturados por décadas de sequía y viento que ninguna técnica reproduce— pero exige permiso del propietario del terreno y de la administración forestal correspondiente. Arrancar un enebro de un monte público es una infracción, y además la tasa de supervivencia de un ejemplar mal extraído fuera de época es baja. Si se hace, se hace a finales de invierno, con el máximo de raíz fina posible, y el árbol pasa dos años completos en cajón de recuperación con sustrato muy drenante antes de tocarle una rama.

Qué especies funcionan de verdad en España

La elección de especie determina el ochenta por ciento del éxito, y aquí conviene ser realista con el clima de cada uno. Un mismo árbol que prospera en un patio de Santander se muere en una terraza de Sevilla.

Para clima mediterráneo seco y calor fuerte: Juniperus chinensis, Juniperus sabina, acebuche (Olea europaea var. sylvestris), Pistacia lentiscus, Pyracantha, Punica granatum —el granado enano nana florece y fructifica en maceta pequeña—, Ulmus minor y Ligustrum sinense. Son especies que aguantan los errores de riego mucho mejor que las clásicas japonesas.

Para el norte húmedo y las zonas de montaña: Acer palmatum, Fagus sylvatica, Carpinus betulus, Pinus sylvestris, Larix. El arce japonés y el haya sufren de verdad con el aire seco y el sol de mediodía del interior peninsular; se les quema el borde de la hoja en junio y ya no se recuperan hasta la brotación siguiente. Si se cultivan en Madrid o en Zaragoza hay que darles sombra desde el mediodía y protegerlos del viento.

Haya trabajada como bonsái

Un apunte sobre el agua: el Acer palmatum, las azaleas y los pinos son sensibles a la caliza. Con el agua dura de buena parte de España acaban con clorosis férrica —hoja amarilla y nervio verde— por más hierro quelado que se eche. Si el agua del grifo supera claramente los 300 mg/l de bicarbonatos, o se riega con agua de lluvia o mejor se elige otra especie.

Y una advertencia que ahorra disgustos: el bonsái no es una planta de interior. Solo las especies tropicales y subtropicales (Ficus retusa, Carmona retusa, Serissa, Schefflera) viven bien dentro de casa. Un enebro o un olmo dentro del salón muere en unos meses, porque necesita el frío del invierno para entrar en reposo y luz directa que ninguna ventana proporciona.

Decidir el estilo antes de tocar las tijeras

Este es el paso que se salta casi siempre, y es el que más caro se paga: una rama cortada no vuelve. Antes de la primera poda, el árbol se pone a la altura de los ojos, se gira despacio y se elige el frente. El frente es el ángulo desde el que el tronco muestra mejor su movimiento, la base parece más ancha y no hay ramas que salgan de cara hacia el espectador.

Elegido el frente, se decide el estilo, que en realidad es decidir qué árbol de la naturaleza se está evocando:

  • Chokkan, vertical formal: tronco recto y cónico, ramas horizontales. Un abeto de bosque cerrado. Es difícil porque cualquier defecto se ve.
  • Moyogi, vertical informal: tronco con curvas que se van cerrando hacia arriba. Es el estilo más común y el más agradecido para empezar.
  • Shakan, inclinado: el árbol crecido en ladera o azotado por el viento dominante.
  • Kengai y han-kengai, cascada y semicascada: la copa cae por debajo del borde de la maceta o hasta su base. Pide maceta alta y una especie que tolere la inversión de la savia, como los enebros.
  • Bunjin o literati: tronco largo, fino, sinuoso, con muy poco follaje arriba. Rompe deliberadamente las reglas de proporción y por eso es más difícil de lo que parece.

Las proporciones clásicas orientan, aunque no son dogma: altura total en torno a seis veces el diámetro del tronco en la base; primera rama a un tercio de la altura y hacia el lado hacia el que se inclina el tronco; ramas alternas a izquierda y derecha, nunca dos enfrentadas al mismo nivel; ápice ligeramente inclinado hacia el frente, como si el árbol saludara.

La poda: estructura primero, detalle después

Conviene separar mentalmente dos podas que no tienen nada que ver.

La poda de formación o estructural elimina lo que no va a formar parte del diseño: ramas del interior, verticales, cruzadas, las que salen del mismo punto formando verticilo y las de grosor desproporcionado respecto al tronco. Se hace en finales de invierno, de mediados de febrero a mediados de marzo en buena parte de la Península, cuando la yema ya se ha hinchado pero el árbol no ha brotado: cicatriza rápido y no se pierde la reserva acumulada en las hojas. Los cortes gruesos se hacen con alicate cóncavo, que deja una herida hundida que el callo cierra a ras, y se sellan con pasta cicatrizante en las especies de madera blanda.

La poda de mantenimiento es la que ramifica y afina, y se hace durante toda la temporada de crecimiento. En especies de hoja caduca se deja alargar el brote hasta cinco o seis hojas y se corta dejando dos, con lo que cada corte suele producir dos brotes nuevos; repetido cada temporada, así se construye la ramificación fina que da el aspecto de árbol viejo.

Cada grupo tiene su técnica particular:

  • Pinos. No se pinzan como los caducifolios. En primavera se despuntan o eliminan las velas (los brotes alargados antes de que abran las acículas), equilibrando vigor: se acortan más las velas fuertes de la parte alta y menos las débiles de abajo. En pinos vigorosos de dos flujos, como el pino negral, se puede desyemar a principios de verano para forzar una segunda brotación de acícula más corta.
  • Enebros y sabinas. El follaje escamoso no se corta con tijera: la punta seccionada se seca y se pone marrón. Se pinza con los dedos, tirando suavemente de la puntita del brote. Con tijera solo se eliminan ramillas enteras.
  • Defoliación. Cortar todas las hojas dejando el peciolo, a principios de verano, en caducifolios de hoja ancha sanos y vigorosos. Reduce el tamaño de la hoja siguiente y aumenta la ramificación. Es una técnica de refinamiento, no de construcción: en un árbol recién trasplantado, débil o enfermo, lo debilita todavía más. El haya no la tolera bien; el arce y el olmo sí.

El alambrado

Alambrar es lo que permite colocar una rama donde uno quiere en lugar de esperar a que la naturaleza la ponga ahí. Se usa alambre de aluminio anodizado para caducifolios y especies de corteza tierna, y de cobre recocido para coníferas, que sujeta más con menos grosor. Como regla, el alambre debe medir aproximadamente un tercio del diámetro de la rama que va a mover; si hay que forzar, es mejor poner dos alambres finos en paralelo que uno demasiado grueso.

La técnica importa: se ancla el alambre en el tronco o en otra rama de grosor similar antes de empezar, se enrolla en espiras regulares a unos 45 grados y se avanza siempre en el mismo sentido, sin que las espiras se crucen ni queden flojas. Un alambre suelto no dobla nada y sí marca. El doblado se hace después de alambrar, sujetando la rama con las dos manos y girándola ligeramente sobre su eje mientras se curva, lo que reduce el riesgo de que se parta.

Época: en caducifolios, con el árbol desnudo en invierno se ve la estructura y se trabaja mucho más cómodo; las coníferas admiten alambrado de otoño a finales de invierno. Lo que hay que evitar es alambrar en plena brotación primaveral, cuando la savia está en movimiento, la corteza se desprende con facilidad y las ramas se desgarran.

Y el punto crítico: vigilar las marcas. Una rama de olmo o de arce en pleno crecimiento puede engordar lo suficiente como para que el alambre se clave en seis u ocho semanas, y esa cicatriz en espiral tarda años en desaparecer, si es que desaparece. Las coníferas engordan mucho más despacio y pueden llevar el alambre seis meses o más. Hay que revisar el árbol cada dos o tres semanas en primavera y verano. Para retirarlo, se corta el alambre en trozos con el alicate en lugar de desenrollarlo: desenrollar rompe ramas.

El trasplante y la poda de raíces

El trasplante es lo que mantiene vivo al bonsái. En una maceta plana las raíces colonizan el sustrato, este se compacta, deja de drenar y el árbol se asfixia poco a poco. No se trasplanta porque el árbol se haya quedado pequeño, se trasplanta para renovar el sustrato y regenerar raíz fina.

Cuándo. A finales del invierno, cuando las yemas empiezan a engordar y todavía no han abierto: de febrero a marzo según zona. Es el momento en que el árbol tiene reservas para emitir raíz nueva y todavía no gasta en hoja. Los caducifolios se trasplantan cada dos o tres años; las coníferas y los árboles ya formados, cada tres a cinco; los ejemplares viejos, aún menos.

Cómo. Se saca el árbol, se afloja el cepellón con un rastrillo o palillo desde fuera hacia dentro, se peinan las raíces y se cortan las gruesas y las que giran alrededor del cepellón, conservando toda la raíz fina posible. Nunca se elimina más de un tercio del sistema radicular de una vez, y en coníferas conviene ser aún más conservador, respetando parte del sustrato viejo porque contiene la micorriza que el pino necesita. Las raíces no deben secarse ni un momento: se trabaja a la sombra y se pulveriza si hace viento.

Sustrato. Ni tierra de jardín ni sustrato universal de saco. Se necesita un material granulado, de entre 2 y 6 mm, que retenga agua pero mantenga aire entre partículas: akadama, kiryuzuna, pumita, picón o lapilli volcánico, y algo de corteza de pino compostada. Una mezcla que funciona para casi todo son partes iguales de akadama, pumita y grava volcánica; se sube la proporción de akadama en caducifolios que piden más humedad y la de material volcánico en coníferas y en climas cálidos. En zonas con heladas fuertes, la akadama de baja calidad se deshace en un par de inviernos y termina taponando el drenaje, así que allí mejor tirar de pumita y picón.

La maceta se prepara con malla sobre los agujeros de drenaje y un alambre de sujeción que ata el cepellón: un árbol que se mueve en la maceta no enraíza. Después del trasplante se riega abundantemente hasta que salga agua limpia por abajo, y el árbol pasa entre dos y tres semanas a la sombra y resguardado del viento. No se abona hasta pasadas cuatro o seis semanas, cuando ya hay raíz nueva funcionando; abonar antes solo quema las heridas.

El cuidado diario, que es donde se pierden los árboles

Se mata muchos más bonsáis con el riego que con la poda.

Riego. Nunca por calendario. Se comprueba el sustrato con el dedo o levantando la maceta para notar el peso, y se riega cuando la superficie empieza a secar, pero antes de que el cepellón se seque del todo. Cuando se riega, se riega a fondo, dos o tres pasadas hasta que sale agua por los agujeros. En julio y agosto, en el interior peninsular, un bonsái en maceta plana puede necesitar agua dos y hasta tres veces al día; a primera hora de la mañana y al atardecer, nunca a pleno sol de mediodía. En invierno, con el árbol en reposo, el riego se espacia mucho, pero el cepellón no debe llegar nunca a secarse por completo.

Abonado. En primavera y otoño, que son los dos periodos de crecimiento real. Los abonos orgánicos sólidos de liberación lenta, en pastillas sobre el sustrato, son los más seguros porque no queman. Durante el calor extremo del verano el árbol reduce su actividad y conviene retirarlos o al menos no reforzarlos. En los árboles ya formados se abona con moderación: el exceso de nitrógeno produce entrenudos largos, hoja grande y ramificación basta, justo lo contrario de lo que se busca.

Invernada. Las especies de clima templado necesitan pasar frío. Lo que no toleran es que se hiele el cepellón entero durante días, porque en maceta la raíz está mucho más expuesta que en el suelo. En zonas de heladas intensas se protege enterrando la maceta en un arriate o metiendo el árbol en un invernadero frío o al pie de una pared, sin calefacción. Las tropicales de interior, al contrario, entran en casa por debajo de los 10-12 °C.

Los errores que más se repiten

  • Trasplantar y podar fuerte el mismo día. Son dos agresiones grandes; juntas, en un árbol que no está en plena forma, lo matan. Se separan al menos una temporada.
  • Empezar por el estilo y no por la salud. Un árbol débil no admite técnicas. Primero se engorda y se deja crecer libre —incluso plantado en el suelo o en un contenedor grande durante unos años, que es como se engrosa un tronco de verdad—, y solo después se refina en maceta pequeña.
  • Maceta de bonsái demasiado pronto. Meter en bandeja plana un árbol que aún está construyendo tronco detiene el engrosamiento para siempre.
  • Regar poco y a menudo. Mojar la superficie deja seca la mitad inferior del cepellón, donde está la raíz que trabaja.
  • Confundir podar con recortar la silueta. Cortar el contorno con tijera como si fuera un seto deja el interior sin luz, la ramificación se muere de dentro afuera y la copa se convierte en una bola hueca.
  • Impaciencia. Un árbol se trabaja una o dos veces al año en profundidad y descansa el resto. Intervenir cada mes es la forma más segura de agotarlo.

En resumen

Hacer un bonsái consiste en elegir una especie adecuada al clima de uno, conseguir material con un tronco que ya tenga carácter, decidir el frente y el estilo antes de dar el primer corte, construir la estructura con poda de invierno y alambrado, refinar la ramificación con poda de brote durante la temporada de crecimiento y sostener todo eso con un trasplante periódico a sustrato granulado, un riego atento y un abonado moderado.

El calendario, resumido: trasplante y poda estructural a finales de invierno; alambrado en reposo y revisión de marcas cada dos o tres semanas en crecimiento; pinzado y defoliación en primavera y principios de verano; abonado en primavera y otoño; protección de la raíz en invierno y sombra en los picos de calor. Lo demás es observar el árbol y darle tiempo, que es el único ingrediente que no se puede acelerar.


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