En un museo de Parabiago, a las afueras de Milán, hay un ficus al que se le atribuyen más de mil años. Es la respuesta más repetida a la pregunta del bonsái más viejo del mundo, y conviene decir de entrada que ninguna de las respuestas posibles viene con certificado. La edad de un árbol en maceta se sostiene sobre documentos, cadenas de propietarios y estimaciones, casi nunca sobre una prueba que se pueda verificar sin matar al árbol.

El ficus de Crespi, el candidato con más papeletas

El ejemplar en cuestión es un Ficus retusa que se exhibe en el Crespi Bonsai Museum, una colección privada abierta al público en la provincia de Milán. Luigi Crespi lo consiguió en 1986, tras años de negociación, y el árbol llevaba antes décadas trabajado por maestros chinos y japoneses. La cifra que acompaña siempre a la pieza es la de más de mil años, y con ella se le presenta habitualmente como el bonsái más antiguo del mundo.

Es un árbol impresionante: más de tres metros de altura, un tronco enorme fusionado con raíces aéreas y una copa que exige riego y trabajo constantes. Pero justo en su especie está el problema de fondo. Los ficus tropicales no forman anillos anuales fiables, porque no tienen un parón invernal claro que marque el crecimiento. Aunque se pudiera abrir el tronco, no habría anillos que contar. La cifra de mil años es una estimación heredada, no una medición.

Bonsái antiguo expuesto en una colección

El pino que sobrevivió a Hiroshima

Si en lugar de la edad bruta se busca la historia documentada más larga, el candidato cambia. En el National Bonsai and Penjing Museum del Arboreto Nacional de Estados Unidos, en Washington, hay un pino blanco japonés (Pinus parviflora) cuya etiqueta dice "en formación desde 1625". Llegó en 1976, dentro del regalo de 53 bonsáis que Japón hizo por el bicentenario de la independencia estadounidense, donado por el maestro Masaru Yamaki.

Durante veinticinco años nadie en el museo supo lo esencial de ese árbol. En 2001, dos nietos de Yamaki visitaron la colección y contaron que el pino estaba en el jardín familiar de Hiroshima, a unos dos kilómetros del hipocentro, el 6 de agosto de 1945. Un muro lo protegió de la onda expansiva. El árbol sobrevivió, la familia también, y treinta y un años después Yamaki lo regaló al país que había lanzado la bomba sin mencionar nada de aquello.

Con casi cuatro siglos de formación continuada y una cadena de custodia rastreable, este pino es probablemente el bonsái antiguo mejor documentado que existe.

Sandai Shogun no Matsu, el pino de los shogunes

La colección imperial japonesa, en el Palacio Imperial de Tokio, conserva un pino blanco de cinco acículas conocido como Sandai Shogun no Matsu, el pino del tercer shogun. Se le atribuyen unos quinientos años y su nombre viene de Tokugawa Iemitsu, tercer shogun del linaje Tokugawa, que lo cuidó personalmente en el siglo XVII. Está considerado un tesoro nacional y forma parte de una colección con jardineros dedicados en exclusiva a su mantenimiento.

En el mismo país, el Shunkaen Bonsai Museum de Kunio Kobayashi, en Tokio, expone ejemplares a los que se atribuyen ochocientos años o más, y el pueblo de Omiya, en Saitama, concentra jardines con árboles de varios siglos. Los números que se manejan en esas colecciones se mueven siempre en el terreno de la estimación razonada.

Edad del árbol y edad como bonsái

Aquí está la distinción que aclara buena parte de la confusión. Un bonsái tiene dos edades: la del árbol, que empieza cuando germinó la semilla, y la de su formación, que empieza el día en que alguien lo puso en una maceta y decidió su forma.

Muchos ejemplares con cifras espectaculares son yamadori: árboles recolectados en la naturaleza tras crecer siglos en una grieta de roca, achaparrados por el viento y la falta de suelo, y trasplantados a maceta hace quizá treinta años. El árbol puede tener seiscientos años; el bonsái, tres décadas. Ambas cifras son ciertas y no significan lo mismo. Por eso los museos japoneses etiquetan "en formación desde" y no "edad".

Y otra corrección necesaria: la antigüedad no es lo mismo que la calidad. Hay ejemplares jóvenes con una estructura excelente y viejos troncos recolectados sin ramificación que valen poco como bonsái. La edad se paga en el mercado, pero no sustituye al trabajo.

Por qué es tan difícil demostrar la edad

Contar anillos exige un corte transversal o una barrena de Pressler, y ninguna de las dos cosas se le hace a una pieza histórica. Además, en un árbol cultivado en maceta durante siglos, los anillos son finísimos y a veces incompletos, porque el crecimiento anual es mínimo. En muchos ejemplares antiguos, el corazón del tronco está hueco o convertido en madera muerta trabajada como shari, con lo que los anillos centrales, los que darían la fecha de origen, sencillamente ya no existen.

El grosor tampoco sirve de guía: un pino silvestre de alta montaña puede tener tres siglos y un tronco de diez centímetros, mientras que un ficus tropical alcanza ese diámetro en veinte años. Lo único sólido es la documentación: catálogos de exposiciones, fotografías antiguas, registros de propiedad, menciones en libros. El pino de Yamaki es célebre precisamente porque tiene ese rastro.

Qué especies llegan tan lejos

Las especies que aparecen en la lista de los bonsáis más viejos se repiten. Los enebros y sabinas (Juniperus chinensis, Juniperus sabina), que resisten siglos incluso con la mayor parte del tronco muerta y una sola vena viva alimentando la copa. Los pinos (Pinus parviflora, Pinus thunbergii, Pinus sylvestris). El tejo (Taxus baccata), de longevidad legendaria en Europa. Y el olivo y el acebuche (Olea europaea), capaces de rebrotar de cepas centenarias.

Lo que tienen en común es crecimiento lento, madera resistente a la podredumbre y una gran capacidad de compartimentar heridas. Es el mismo motivo por el que aguantan el trabajo de madera muerta que caracteriza a estos árboles.

Y en España

La península tiene material excepcional para esto. Los acebuches y olivos arrancados de plantaciones viejas, las sabinas de páramo y los enebros de alta montaña ofrecen troncos con siglos encima. El Museo del Bonsái de Marbella y la colección de Luis Vallejo en Alcobendas reúnen ejemplares de este tipo, con acebuches y coníferas mediterráneas de edad considerable.

Un aviso que conviene dar: recolectar un árbol del monte no es libre. Hace falta permiso del propietario y de la administración forestal correspondiente, hay especies protegidas y espacios donde está prohibido sin excepción, y la extracción mal hecha suele terminar con el árbol muerto en la maceta. La sabina de trescientos años que llevaba siglos en su grieta no vuelve a crecer allí.

Qué mantiene vivo tanto tiempo a un árbol en maceta

Un árbol en una bandeja de siete centímetros de fondo debería tenerlo más difícil que uno en el suelo, y sin embargo estos ejemplares superan la esperanza de vida de sus congéneres silvestres. La explicación es que el bonsái vive en cuidados intensivos permanentes: sustrato renovado cada pocos años, raíces jóvenes constantemente regeneradas por la poda de raíz, sin competencia por agua ni luz, con las plagas controladas y protegido de los extremos climáticos. La poda continua mantiene además tejido joven en la copa.

El factor limitante no es biológico, es humano. Estos árboles necesitan que alguien los riegue todos los días de verano durante siglos. Lo que se rompe no suele ser el árbol, sino la cadena de personas que lo cuida: una herencia mal resuelta, una mudanza, un mes sin riego. En enero de 2020, unos ladrones se llevaron siete bonsáis de un jardín en Saitama, entre ellos un enebro shimpaku de unos cuatrocientos años; su propietaria pidió públicamente a los ladrones que al menos lo regaran. Sin agua, cuatro siglos de historia se pierden en una semana.

En resumen

El título de bonsái más viejo del mundo se le atribuye habitualmente al Ficus retusa del Crespi Bonsai Museum, cerca de Milán, con más de mil años estimados, aunque su especie no permite verificar esa cifra. Con documentación en la mano, el ejemplar antiguo mejor acreditado es el pino blanco japonés del Arboreto Nacional de Washington, en formación desde 1625 y superviviente de la bomba de Hiroshima, junto al Sandai Shogun no Matsu de la colección imperial japonesa, de unos quinientos años. Conviene distinguir siempre entre la edad del árbol y sus años como bonsái, porque muchos troncos centenarios llevan solo unas décadas en maceta. Y lo que permite que un árbol llegue tan lejos no es la especie ni la técnica, sino que nadie rompa la cadena de riegos diarios.


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