Lo primero que hay que hacer con uno de estos ejemplares recién comprado es quitarle las piedrecitas pegadas con cola que traen en la superficie del sustrato. Esa costra impide ver si la tierra está seca, dificulta que el agua entre de forma uniforme y ahoga la parte alta del cepellón. Se levanta con cuidado con la punta de unas pinzas y se sustituye, si se quiere el efecto decorativo, por grava suelta o por un poco de musgo vivo.
El arbolito que se vende en centros de jardinería como bonsái de cuphea es casi siempre Cuphea hyssopifolia, un arbusto perenne de la familia de las litráceas originario de México, Guatemala y Belice. En su tierra no pasa de 60 cm de altura, tiene hojas diminutas y lanceoladas y produce durante meses unas flores minúsculas de seis pétalos, lilas, moradas o blancas. Se le conoce como falso brezo o brezo mexicano precisamente por ese porte menudo y ramificado.
Qué es realmente este bonsái
Conviene aclararlo desde el principio porque condiciona todo lo demás: la cuphea no es una especie de bonsái. El bonsái es una técnica de cultivo, no un tipo de planta. Lo que se compra por diez o quince euros con forma de arbolito diminuto suele ser un esqueje de dos o tres años al que se le ha engrosado la base y se le ha recortado la copa en bola. No es un ejemplar trabajado durante décadas, y esperar de él la finura de un olmo chino de veinte años lleva a la decepción.
Dicho esto, la especie tiene virtudes reales para esta técnica. Brota con facilidad de madera vieja, la hoja es pequeña por naturaleza y no hace falta desfoliar para reducirla, el tronco engrosa deprisa y florece a poca edad, cosa que un frutal en maceta tarda años en hacer. Como escuela de aprendizaje, para practicar pinzado y riego sin arriesgar dinero, es una planta muy razonable.
Luz: el factor que decide si florece
La cuphea quiere mucha luz. En el interior de una casa, colocada a un metro de la ventana, sobrevive un tiempo pero se estira, pierde hojas de la parte baja y deja de dar flor. El sitio correcto es el exterior: terraza, balcón o alféizar orientado al este o al sur.
En el norte peninsular y en la cornisa cantábrica aguanta sol directo todo el día sin problema. En el interior y en el sur, de junio a agosto, el sol de las tres de la tarde sobre una maceta de bonsái es demasiado: el cepellón es pequeño, se calienta como un horno y las raíces finas se cuecen. Lo práctico allí es sol de mañana y sombra o media sombra desde el mediodía, o una malla de sombreo del 40 %.
Riego y humedad
Es una planta que no soporta secarse del todo. A diferencia de un pino o un enebro, que perdonan un despiste, la cuphea en maceta pequeña se marchita en unas horas de calor y, si llega a ese punto varias veces, va perdiendo ramillas por la base.
La regla no es «regar los martes y los viernes», sino comprobar. Se toca la superficie del sustrato con el dedo o se clava un palillo de madera un par de centímetros: si sale húmedo, se espera. En verano en Madrid o Sevilla eso puede significar regar a diario, incluso dos veces en los días de más calor; en invierno, una vez cada cuatro o cinco días.
Riega por inmersión cuando puedas: se mete la maceta en un barreño con agua hasta que deje de burbujear, unos minutos, y se saca a escurrir. Es la forma más segura de que se empape todo el cepellón y no solo un canal. Y nunca dejes el platito con agua permanentemente debajo: la asfixia radicular mata más cuphéas que la sequía.
Un detalle importante en buena parte de España: el agua del grifo es muy caliza. Esta especie prefiere sustrato ligeramente ácido y con riegos continuados de agua dura acaba amarilleando entre los nervios de la hoja, que es una clorosis férrica de manual. Si vives en zona de aguas duras, alterna con agua de lluvia o deja reposar el agua y añade un quelato de hierro un par de veces al año.
Temperaturas e invernada
Aquí está el error que se lleva por delante más ejemplares. La cuphea es sensible al frío: por debajo de 5 °C se para, y con heladas ligeras de −1 o −2 °C ya se le quema la parte aérea. Una helada de verdad la mata.
En el litoral mediterráneo, en Canarias, en el sur de Andalucía y en zonas urbanas templadas puede quedarse fuera todo el año y hasta florecer en invierno. En Castilla, Aragón, Navarra o la meseta norte hay que entrarla, y ahí surge el segundo error: meterla al salón junto al radiador. El aire seco y caliente de la calefacción provoca caída de hojas y es la invitación perfecta a la araña roja. Lo suyo es un lugar luminoso y fresco, entre 8 y 15 °C, tipo galería cerrada, invernadero frío o ventana de habitación sin calefacción. Y en ese periodo, menos riego: la planta bebe mucho menos.
Sustrato y trasplante
Casi todos los ejemplares comerciales vienen en turba pura y compactada, que retiene demasiada agua y, cuando se seca, se vuelve hidrófoba y ya no la admite. El primer trasplante es, por tanto, casi obligatorio.
La época es la primavera, entre marzo y mayo, cuando arranca el crecimiento. Una mezcla que funciona bien es akadama con un tercio de pómice o kiryu para el drenaje y una parte de mantillo o fibra de coco para retener humedad, porque la especie no quiere un sustrato tan drenante como una conífera. Si no quieres comprar componentes de bonsái, sirve una mezcla de sustrato universal de calidad con un 30-40 % de arlita fina o arena de sílice lavada.
Se poda alrededor de un tercio del cepellón, se peina la raíz para deshacer el revoltijo y se cortan las raíces gruesas dejando la cabellera fina. Después del trasplante, dos o tres semanas en sombra clara y sin abonar. Por su ritmo de crecimiento, conviene repetir cada dos años en ejemplares jóvenes y cada tres en los ya formados.
Poda y formación
La cuphea se trabaja fundamentalmente con la tijera, con el método de clip and grow: se deja crecer un brote hasta cuatro o cinco pares de hojas y se corta por encima del primer o segundo par, orientando el corte hacia la yema que apunte en la dirección que quieres. Repitiendo eso a lo largo de la temporada, la ramificación se densifica sola.
El alambrado hay que hacerlo con prudencia. Las ramas jóvenes son flexibles pero se marcan enseguida y las lignificadas son quebradizas, se parten en seco sin avisar. Si alambras, hazlo sobre madera del año, con alambre fino y sin apretar, y revísalo cada tres o cuatro semanas porque el engrosamiento es rápido y el alambre se clava.
La poda fuerte de estructura, la de cortar ramas gruesas, se hace a la salida del invierno, en febrero o marzo. Rebrota bien de madera vieja, cosa que muchas especies de flor no hacen, y eso da margen para rectificar un árbol mal formado. El pinzado de mantenimiento, en cambio, se lleva durante toda la temporada de crecimiento.
Abonado
Al florecer casi de continuo, la cuphea consume mucho. En un volumen de sustrato tan escaso, los nutrientes se lavan con cada riego, así que sin abono el árbol se apaga aunque todo lo demás esté bien.
De marzo a octubre, abono líquido para plantas de flor cada dos semanas a media dosis de la que indique el envase, o abono orgánico sólido en bolitas sobre el sustrato renovado cada mes y medio. En pleno invierno no se abona si la planta está parada; si está en el litoral, activa y floreciendo, una aplicación mensual muy diluida basta. Y nunca abones un árbol recién trasplantado ni uno con el cepellón seco: quema raíces.
Plagas y problemas frecuentes
Araña roja. El enemigo número uno, sobre todo en interior con calefacción o en terrazas muy soleadas y secas. Se detecta por un punteado amarillento fino en el haz y unas telarañas casi invisibles en las axilas. Se previene pulverizando agua sobre la copa y aumentando la humedad ambiental; si ya está instalada, acaricida específico, porque los insecticidas normales no le hacen nada.
Mosca blanca y pulgón. Aparecen en los brotes tiernos de primavera. Con jabón potásico repetido cada cinco o seis días se controlan bien en un árbol tan pequeño.
Hojas amarillas y caída. Si es generalizada y el sustrato está encharcado, es exceso de riego. Si va acompañada de brotes lacios, revisa si se secó por completo. Si el amarilleo es entre nervios con nervios verdes, es la clorosis por agua caliza que comentaba antes.
No florece. Nueve de cada diez veces es falta de luz; el resto, exceso de nitrógeno por abonar con un producto para plantas verdes, que da hoja a costa de flor.
Multiplicación
Es fácil de reproducir por esqueje semileñoso en primavera o principios de verano. Se cortan brotes de 6 a 8 cm, se les quitan las hojas de la mitad inferior, se mojan en hormona de enraizamiento y se clavan en una mezcla de turba y perlita a partes iguales, tapados con una bolsa o en un propagador para mantener la humedad. A 20-25 °C enraízan en tres o cuatro semanas. Merece la pena hacer varios: salen baratos, sirven de repuesto y permiten probar formas distintas sin miedo a estropear el ejemplar bueno.
En resumen
El bonsái de cuphea es un Cuphea hyssopifolia cultivado en maceta plana, no una especie aparte, y se comporta como lo que es: un arbusto subtropical de crecimiento rápido y flor constante. Quiere luz abundante y exterior, riego frecuente sin llegar al encharcamiento, protección del frío por debajo de 5 °C y lejos del radiador durante el invierno, sustrato drenante renovado cada dos o tres años en primavera, abonado quincenal en temporada y tijera como herramienta principal de formación. Quítale las piedras pegadas el primer día, riega comprobando en vez de por calendario y tendrás flor durante buena parte del año.