El romero tiene todo lo que se le pide a un bonsái mediterráneo: hoja pequeña, corteza que se descama y envejece pronto, madera que se seca formando venas y jines de aspecto antiguo, y flor azul durante buena parte del año. También tiene un defecto que hay que conocer antes de coger las tijeras, porque explica casi todos los fracasos con esta especie: el romero no rebrota de madera vieja desnuda. Quien lo poda como podaría un olmo se queda con un esqueleto de ramas secas.
Qué planta estamos cultivando
El romero es Rosmarinus officinalis, aunque los estudios genéticos de los últimos años lo han integrado dentro del género Salvia y su nombre aceptado hoy es Salvia rosmarinus. En viveros y libros de bonsái seguirás encontrando el nombre clásico, que es el que casi todo el mundo usa.
Es un arbusto leñoso de la familia de las labiadas, perenne, de 1 a 1,5 m de altura en su forma erecta, propio del matorral mediterráneo y abundantísimo en toda España. Sus hojas son lineares, de 1,5 a 3 cm, con el margen revuelto hacia abajo y el envés cubierto de un fieltro blanquecino: dos adaptaciones para perder poca agua que dicen mucho sobre cómo hay que cultivarlo. La flor, azul pálida o lilácea, aparece de forma escalonada; en la Península el grueso de la floración va de febrero a mayo, con una segunda tanda en otoño y, en el litoral suave, flores sueltas casi todo el invierno.
Para bonsái interesan dos formas. La erecta, la común, adecuada para estilos verticales y literati. Y la postrada (Rosmarinus officinalis var. prostratus, a menudo etiquetada como 'Repens' o 'Prostratus'), de porte rastrero, hoja algo más corta y ramas colgantes, que es la elección natural para cascadas y semicascadas. La postrada es algo menos resistente al frío que la erecta.
Ubicación: sol pleno y nada de interior
El romero quiere sol directo todo el día. Es uno de los pocos bonsáis a los que no hay que sombrear en verano ni siquiera en Andalucía o en el valle del Ebro; lo único que conviene proteger es la maceta del recalentamiento, no la copa. En sombra o semisombra el resultado es siempre el mismo: entrenudos largos, ramas que se desnudan por dentro, pérdida de aroma y aparición de oídio.
También quiere aire en movimiento. Colocado en un rincón sin ventilación, entre otras macetas y con humedad estancada, se enferma. En una repisa despejada y expuesta, aguanta el viento sin problema.
No es un bonsái de interior bajo ninguna circunstancia. Dentro de casa la falta de luz lo estira, el aire seco de la calefacción le trae araña roja y la ausencia de descanso invernal lo agota. Si lo has visto ofrecido como bonsái de salón, era un error de la tienda.
En invierno, la forma erecta resiste bien hasta unos -10 °C plantada en suelo. En maceta de bonsái, con el cepellón expuesto, conviene proteger por debajo de -5 °C: agrupar las macetas contra una pared orientada al sur, hundirlas en un arriate o resguardarlas bajo un porche. La forma postrada es más sensible y en la meseta merece protección desde -3 °C. Lo que no tolera es la combinación de frío y sustrato encharcado, que es letal.
Riego: el punto crítico
Aquí muere la mayoría de los romeros en maceta, y muere por dos causas opuestas.
Por exceso. Es un arbusto de suelos pedregosos y pobres, extremadamente sensible a la asfixia radicular y a los hongos de suelo del tipo Phytophthora. Un sustrato que permanezca húmedo varios días seguidos le pudre la raíz. El síntoma es engañoso: la planta se vuelve gris, las hojas se secan pegadas a la rama y da la impresión de sed, con lo que el aficionado riega más y acelera el desenlace.
Por defecto absoluto. Y sin embargo el romero no perdona el secado total del cepellón. A diferencia del olivo, que rebrota tras una sequía severa, el romero que se seca del todo en maceta rara vez se recupera, porque no tiene capacidad de rebrotar de la madera desnuda que le queda.
El manejo correcto es un punto intermedio y muy concreto: deja que la capa superior del sustrato se seque, pero riega antes de que la sequedad alcance el fondo. Comprueba metiendo un palillo dos o tres centímetros; si sale seco, riega, y hazlo a fondo hasta que salga agua abundante por los agujeros de drenaje. En julio en el interior peninsular, eso puede ser un riego diario; en marzo, uno cada tres o cuatro días; en invierno, uno cada diez.
El agua caliza no le molesta en absoluto: crece de forma natural sobre suelos calizos y básicos. Es una de las pocas especies con las que el agua del grifo española no supone ningún inconveniente.
Sustrato y trasplante
Necesita el sustrato más drenante de tu colección. Una mezcla adecuada:
Pumita o puzolana 50 %, akadama 30 %, arena gruesa de sílice o grava fina 20 %. Materia orgánica, entre nada y un 10 % como mucho. Granulometría de 2 a 5 mm, siempre tamizada para eliminar el polvo. En zonas de veranos muy secos se puede subir ligeramente la akadama para ganar retención, pero nunca a costa del drenaje.
El trasplante se hace en primavera, entre marzo y abril, cuando ha pasado el riesgo de heladas fuertes y el árbol empieza a mover, o bien a principios de otoño, en septiembre, en zonas de invierno suave. La frecuencia es baja: cada tres o cuatro años en ejemplares establecidos.
Y hay que hacerlo con delicadeza, porque el romero es mucho menos tolerante a la manipulación de raíz que otras especies mediterráneas. Reglas prácticas: no lo desnudes de raíz, no lo laves a manguera, trabaja solo el perímetro y la parte inferior del cepellón, y no cortes más de una cuarta parte del sistema radicular. Después del trasplante, semisombra durante tres o cuatro semanas, riego moderado y ningún abono hasta que se vea brotación nueva.
Poda: la regla que hay que respetar
Repito el punto central del artículo porque es el que decide si tendrás un bonsái o un montón de leña aromática: el romero rebrota mal o nada sobre madera vieja sin hojas. Si cortas una rama por una zona lignificada y desnuda, esa rama no volverá a brotar y se secará hacia atrás.
De ahí se derivan tres normas:
Poda siempre dejando follaje verde por delante del corte. Cada rama que conserves tiene que quedar con hojas activas. Es la única garantía de que siga viva.
Trabaja por pinzado continuo, no por poda drástica. Durante la temporada de crecimiento, en cuanto un brote alcance cinco o seis pares de hojas, córtalo dejando dos o tres. Repetido a lo largo de la primavera y del otoño, este pinzado es lo que compacta la ramificación y acorta los entrenudos.
Poda la estructura después de la floración principal, entre abril y mayo. El romero forma sus yemas florales sobre el crecimiento de la temporada anterior, así que una poda de otoño o invierno sacrifica la flor de primavera. Una poda ligera de limpieza a finales de verano, en cambio, favorece la segunda floración otoñal.
Evita las podas fuertes en pleno agosto y en pleno invierno. El árbol cicatriza mal y la madera queda expuesta a hongos.
Alambrado, madera muerta y estilos
La madera del romero es dura y quebradiza y la corteza se desprende en tiras finas con mucha facilidad. Alambra solo brotes del año o ramillas de dos años, que todavía tienen algo de flexibilidad, y hazlo en primavera o a principios de otoño, cuando el tejido está más elástico. Usa alambre de aluminio fino, protege con rafia las curvas comprometidas y revisa cada mes: al descamarse la corteza, el alambre se hunde antes de lo que parece.
Para las ramas gruesas, olvídate del alambre y usa tensores o riostras, que aplican una fuerza progresiva sin torsión y sin riesgo de rotura.
Donde el romero brilla es en el trabajo de madera muerta. Envejece formando de manera espontánea venas de savia retorcidas y zonas secas de color hueso, con un contraste precioso frente al follaje azulado. Los jines y sharis quedan muy naturales en esta especie y no hay que forzarlos demasiado. Ahora bien, un aviso importante: como los juníperos y otros arbustos de matorral, el romero tiene sistema vascular sectorial, es decir, una franja concreta de corteza alimenta una zona concreta de la copa. Si al abrir un shari cortas la vena equivocada, matarás la rama que dependía de ella. Antes de rascar corteza, sigue la vena con el dedo desde la raíz hasta la rama y asegúrate de qué alimenta.
Los estilos que mejor le sientan son los que imitan su porte natural en el monte: moyogi de tronco sinuoso, bunjin o literati de tronco fino y alto, shakan inclinado por el viento y, con la variedad postrada, kengai y han-kengai. Los formales de tronco recto no le pegan.
Abonado
Poco y equilibrado. El romero es una planta de suelos pobres y responde al exceso de nitrógeno con brotes largos, blandos, con menos aceites esenciales —es decir, menos aroma— y mucho más apetecibles para el pulgón.
Pauta razonable: abono orgánico sólido en pastillas de marzo a junio y de septiembre a noviembre, a media dosis de la indicada por el fabricante, o un líquido equilibrado cada tres semanas. Nada en julio y agosto. Nada en pleno invierno. Y en otoño, un abono con más potasio ayuda a madurar la madera antes del frío.
Plagas y enfermedades
Crisomela del romero (Chrysolina americana). El escarabajo metálico con franjas verdes y rojizas que en España aparece sin falta sobre esta planta, sobre todo en otoño y primavera. Adultos y larvas devoran hojas y brotes tiernos y pueden defoliar un bonsái pequeño en pocos días. En un árbol de maceta lo más eficaz es la recogida manual: revisa la copa por la mañana y aplasta lo que encuentres, incluidas las larvas grisáceas del envés. Si la población es alta, un insecticida de contacto autorizado aplicado al atardecer.
Cochinilla algodonosa. Se instala en las axilas y en el interior de la ramificación densa. Trátala con aceite de parafina o jabón potásico y mejora la ventilación.
Araña roja. Propia de veranos secos y calurosos. Produce un punteado amarillo grisáceo y hojas que se caen. Pulverizar agua sobre el follaje al atardecer reduce la incidencia, pero nunca lo hagas a pleno sol.
Oídio. Polvo blanquecino en brotes jóvenes cuando hay humedad estancada y poca ventilación. Se previene con ubicación aireada mucho mejor que con fungicida.
Pudrición de raíz por Phytophthora y hongos afines. La enfermedad más grave y casi siempre consecuencia de sustrato inadecuado o riego excesivo. No tiene tratamiento fiable una vez avanzada. Se previene con drenaje y con la mano en el riego.
Propagación
El romero enraíza de esqueje con enorme facilidad, y esa es la forma más sensata de conseguir material. Toma esquejes semileñosos de 8 a 12 cm en junio o en septiembre, retira las hojas del tercio inferior, planta en una mezcla de arena y perlita o de pumita fina, mantén en semisombra con humedad constante y sin encharcar. Enraízan en tres o cuatro semanas.
La otra vía habitual es aprovechar arbustos viejos de jardín, que a los diez o quince años ya tienen troncos retorcidos y corteza descamada de aspecto muy antiguo. Se extraen en primavera, se conserva todo el cepellón posible, se plantan en un contenedor grande con sustrato drenante y se dejan un año entero sin tocar antes de empezar a diseñar.
En resumen
El romero es un bonsái resistente y muy agradecido siempre que se respeten tres cosas. Primera: sol pleno, aire y jamás interior. Segunda: sustrato casi mineral y un riego que deje secar la superficie sin llegar nunca a secar el fondo, porque muere tanto por encharcamiento como por sequía total. Tercera, y la más importante, no cortar jamás por madera vieja desnuda; se trabaja pinzando brotes y dejando siempre hoja verde por delante del corte. Con eso, más un abonado moderado, una poda de estructura después de la floración de primavera y vigilancia de la crisomela en otoño, tendrás un árbol de corteza envejecida, madera muerta natural y flor azul año tras año, cultivado además con la especie más española que se puede meter en una maceta.