Un cerezo japonés en flor sobre una maceta de bonsái es una de las imágenes más buscadas de esta afición. También es una de las que más decepciones genera, porque la especie es bastante más exigente de lo que su fama sugiere y porque medio internet vende semillas de sakura que no van a dar nunca lo que prometen las fotos del anuncio. Vamos por partes: primero qué árbol es realmente, después cómo se cuida, y de paso qué esperar de él con realismo.

Bonsái de cerezo japonés en flor

Qué es el cerezo japonés

El cerezo japonés ornamental es Prunus serrulata, de la familia de las rosáceas, la misma del rosal, el manzano y el almendro. Es originario de Japón, Corea y China, y se cultiva desde hace siglos exclusivamente por su floración: los cultivares ornamentales apenas fructifican, y cuando lo hacen dan drupas pequeñas y amargas sin interés comestible.

Es un árbol caducifolio que alcanza de 8 a 12 metros, con corteza lisa, brillante, de tono castaño rojizo y con lenticelas horizontales muy marcadas, un rasgo muy decorativo que se aprecia especialmente en invierno. Las hojas son ovado-lanceoladas, de borde doblemente aserrado —de ahí serrulata—, verdes en verano y con buen color amarillo anaranjado en otoño.

La flor sale en marzo o abril, según zona, antes o a la vez que la hoja, en ramilletes que cubren la rama por completo. Va del blanco al rosa intenso según cultivar, y en variedades como 'Kanzan' es doble, con más de treinta pétalos. La floración dura entre siete y quince días: poco, y esa brevedad es precisamente lo que le da su significado cultural en Japón.

Prunus serrulata en plena floración

Antes de empezar: expectativas realistas

Conviene decir esto antes que nada, porque ahorra dinero y frustración.

El Prunus serrulata no es una especie fácil ni especialmente adecuada para bonsái, y desde luego no es un árbol para principiantes. Los motivos son concretos:

La flor no reduce de tamaño. En un bonsái, la hoja se reduce con técnica, pero la flor mantiene siempre su tamaño natural. En un árbol de 30 cm, unas flores de 4 cm rompen la escala. Con cultivares de flor simple y pequeña el efecto es aceptable; con los dobles y grandes, el resultado suele parecer desproporcionado.

La hoja reduce mal. Comparada con un olmo, un almez o un arce, la hoja del cerezo japonés se resiste a empequeñecer, y en verano el árbol tiende a verse basto.

Es sensible a la poda de raíces y a las heridas. Los Prunus cicatrizan peor que otros géneros, responden a los cortes grandes con exudados de goma y son propensos a que la madera muerta se pudra en lugar de secarse limpiamente.

Es propenso a enfermedades. Monilia, cribado, gomosis, pulgón: los cerezos son de los árboles frutales que más problemas fitosanitarios acumulan, y en maceta el estrés lo agrava.

Es relativamente corto de vida. Un cerezo ornamental en jardín tiene una longevidad de unas décadas, no de siglos como un pino o un enebro.

Dicho eso, se puede cultivar y se pueden conseguir ejemplares preciosos. Solo hay que saber en qué se está entrando y aceptar que su gran momento son quince días al año.

Alternativas mejores para el mismo efecto

Si lo que buscas es la estampa del cerezo en flor en formato bonsái, hay dos especies que dan un resultado mucho mejor:

Prunus incisa, el cerezo del Fuji, especialmente el cultivar 'Kojo-no-mai'. Es la elección de los profesionales: hoja pequeña, flor pequeña y proporcionada, ramificación naturalmente fina y en zigzag, crecimiento contenido y mucha mejor respuesta al cultivo en maceta. Es, con diferencia, el "cerezo de bonsái" que deberías comprar.

Prunus mume, el ciruelo japonés o ume. Es el clásico absoluto en el bonsái japonés, muy por encima del sakura. Florece en pleno invierno, de enero a marzo, sobre madera desnuda, con flores fragantes, y desarrolla troncos retorcidos y madera vieja de aspecto espectacular. Aguanta muy bien el cultivo en maceta y vive mucho más.

Y una advertencia comercial que hay que hacer: las "semillas de bonsái de sakura" que circulan por marketplaces con fotos de árboles rosas espectaculares son, en el mejor de los casos, semillas de algún Prunus genérico, y muy a menudo ni eso. Además, los cultivares ornamentales de P. serrulata se propagan por injerto, no por semilla, porque no reproducen fielmente sus características. Un árbol nacido de semilla tardará entre siete y diez años en florecer, si florece, y no se parecerá a la foto. El bonsái no existe como semilla: es una técnica de cultivo, no una variedad.

Ubicación

Exterior siempre, los doce meses del año. Esto no es negociable y es el error que más cerezos mata. Es un árbol caducifolio de clima templado que necesita el ciclo completo de estaciones.

Y hay una razón fisiológica añadida, específica de esta especie: para florecer necesita acumular horas de frío durante el invierno, un número determinado de horas por debajo de 7 °C que rompe la latencia de las yemas florales. Un cerezo que pasa el invierno dentro de casa, a 20 °C, simplemente no florecerá la primavera siguiente. Ni esa ni ninguna.

Requiere pleno sol, que es lo que induce la formación de yemas de flor. A la sombra crece, pero florece poco o nada.

La excepción es el verano del interior y el sur peninsular: con 38-40 °C, la maceta se recalienta y la raíz sufre. Malla de sombreo del 30-40% en las horas centrales de julio y agosto, o ubicación con sombra a partir de las dos de la tarde. En zonas muy cálidas y secas —Andalucía interior, valle del Ebro, Murcia— el cerezo japonés lo pasa mal en general, y conviene asumir que no es su clima.

Protégelo del viento fuerte durante la floración, o los pétalos durarán tres días en lugar de diez.

Riego

Es una especie que quiere humedad constante y equilibrada, y que no perdona ni un extremo ni el otro. La sequía del cepellón provoca caída de hoja y aborto de yemas florales; el encharcamiento provoca podredumbre radicular, a la que los Prunus son especialmente sensibles.

El criterio: regar cuando la superficie del sustrato empiece a secarse, empapando hasta que salga agua por todos los agujeros de drenaje. En verano peninsular, riego diario y con frecuencia dos veces al día en las semanas de más calor. En primavera y otoño, cada dos días. En invierno, sin hoja, cada siete o diez días, pero sin dejar de regar nunca: un cepellón seco en enero mata raíces que solo echarás en falta en abril.

Hay dos momentos críticos en los que el riego debe ser especialmente cuidadoso. El primero, durante la floración y las semanas siguientes, cuando el árbol gasta muchísima energía. El segundo, a finales de verano, entre julio y septiembre, que es cuando se están formando las yemas florales del año que viene. Un estrés hídrico en agosto se paga con una primavera sin flores, y casi nadie relaciona ambas cosas.

Si tu agua es muy calcárea, alterna con agua de lluvia. El cerezo prefiere ligera acidez y acusa el exceso de cal con clorosis.

Sustrato y trasplante

Sustrato granular, drenante y con algo más de retención que el de un pino, porque el cerezo no quiere secarse. Una mezcla que funciona bien: 50% akadama, 30% puzolana o pumita y 20% de componente orgánico —mantillo tamizado, kanuma en pequeña proporción o corteza fina—. Grano de 3 a 6 mm y siempre tamizado para eliminar el polvo.

El pH ideal está entre 6 y 7, de ligeramente ácido a neutro.

Cuándo trasplantar: aquí hay dos escuelas y ambas son válidas. La opción más segura es justo después de la floración, cuando la flor se ha caído y la hoja empieza a salir; el árbol está en pleno arranque y reconstruye raíz con rapidez. La alternativa es a finales de invierno, antes del hinchado de yemas, pero tiene el inconveniente de que sacrificarás la floración de ese año o la debilitarás mucho.

Frecuencia: cada 2 años en ejemplares jóvenes, cada 3 o 4 en árboles formados.

Cuánto cortar: aquí el cerezo pide moderación. A diferencia del almez o del olmo, que admiten podas radiculares agresivas, en Prunus conviene no pasar de un 25-30% del volumen radicular y trabajar con herramienta bien afilada y limpia para hacer cortes netos. Las raíces machacadas se pudren.

Después del trasplante: semisombra dos o tres semanas, protección del viento, riego cuidadoso y sin abono durante un mes.

Poda: el punto donde se pierde la floración

Este apartado es el más importante del artículo, porque es donde se equivoca casi todo el mundo.

El cerezo japonés florece sobre madera del año anterior. Las yemas florales que se abrirán en marzo se formaron el verano pasado, entre julio y septiembre, y pasan todo el otoño y el invierno ya presentes en la rama.

La consecuencia es directa: si podas en otoño o invierno, estás cortando las flores de la primavera siguiente. Es exactamente lo contrario de lo que se hace con la mayoría de los caducifolios de bonsái, donde la poda estructural se hace en reposo. Con el cerezo, esa costumbre te deja sin floración un año tras otro, y muchos aficionados concluyen que "su cerezo no florece" sin sospechar la causa.

La poda se hace justo después de la floración, en abril o mayo, tan pronto como caen los pétalos. Ese es el momento correcto para todo: aclarar, acortar y decidir estructura. Deja al árbol el resto de la primavera y el verano para crecer y formar yemas nuevas.

Durante el verano se puede hacer pinzado ligero de brotes que se disparan, cortando por encima de dos o tres hojas, pero sin excederse y siempre antes de julio, para no interferir con la formación de yemas florales.

A partir de agosto no se poda nada. Ni en otoño, ni en invierno, salvo retirar madera claramente muerta.

Sobre las heridas: en Prunus, los cortes grandes son un problema real. Cicatrizan lentamente y con frecuencia responden con gomosis, una exudación de resina ambarina que indica estrés y que puede ser puerta de entrada a hongos. Recomendaciones prácticas: evita cortes de más de 1,5 cm de diámetro siempre que puedas, prefiere varias podas pequeñas repartidas en años a una drástica, sella siempre con pasta cicatrizante, y desinfecta la herramienta con alcohol entre árbol y árbol.

Bonsái de Prunus serrulata de tronco vertical

Alambrado

Se alambra en primavera y principios de verano, sobre brotes del año que ya han endurecido un poco pero conservan flexibilidad.

Dos precauciones importantes con esta especie. La primera: la corteza es fina, lisa y muy delicada, y se marca con facilidad. Usa alambre de aluminio, más blando que el de cobre, y considera proteger las ramas más finas con rafia o cinta antes de alambrar.

La segunda: revisa el alambre cada tres semanas en temporada de crecimiento. Una marca en la corteza brillante y roja del cerezo es visible durante años.

Las ramas viejas se vuelven quebradizas y no admiten mucha flexión: la estructura hay que decidirla en madera joven. Para correcciones fuertes en ramas gruesas es más seguro usar tensores que forzar el alambre.

Abonado

El ciclo de abonado tiene que acompañar al ciclo del árbol, y en el cerezo eso significa una cosa concreta.

Después de la floración, en abril y mayo, cuando el árbol ha vaciado sus reservas, un abono equilibrado o algo nitrogenado para recuperar. Continúa cada dos o tres semanas con líquido, o con abono orgánico sólido repuesto cada mes.

De julio a septiembre, cambia a un abono bajo en nitrógeno y rico en fósforo y potasio. Este es el matiz que marca la diferencia entre un cerezo que florece bien y uno que da mucha hoja y pocas flores. En ese periodo se están induciendo las yemas florales, y un exceso de nitrógeno empuja crecimiento vegetativo en lugar de flor.

En octubre, un último aporte de potasio para endurecer la madera antes del invierno. De noviembre a marzo, nada.

Invierno

Prunus serrulata es resistente al frío: como árbol de jardín soporta -20 °C sin daño. En maceta, con el cepellón expuesto, el margen se reduce, pero sigue siendo un árbol rústico.

Recuerda además que necesita ese frío. Las horas por debajo de 7 °C son un requisito, no un inconveniente. Cualquier intento de "protegerlo" metiéndolo en un lugar cálido sabotea la floración.

La protección adecuada se limita a evitar que el cepellón se congele en bloque durante días: en zonas de heladas fuertes, colocarlo junto a un muro al sur, cerca del suelo, con la maceta envuelta o enterrada, y al abrigo del viento seco. En la mayor parte de España no hace falta nada.

Una precaución concreta de esta especie: cuidado con las heladas tardías durante la floración. Una helada en marzo con el árbol en flor arruina la floración de ese año. Si se anuncia, basta con meter el árbol bajo cubierta esa noche y sacarlo por la mañana.

Plagas y enfermedades

Es la parte donde el cerezo da más trabajo. Conviene un tratamiento preventivo con caldo bordelés u oxicloruro de cobre en dos momentos: a la caída de la hoja, en noviembre, y antes del hinchado de yemas, a finales de invierno. Con eso se previene buena parte de lo que viene.

Pulgón negro del cerezo. Aparece sin falta en la brotación, encrespando las hojas nuevas de las puntas. Jabón potásico repetido, y revisar el envés donde se esconde.

Monilia (Monilinia). Un hongo que ataca en floración con tiempo húmedo: las flores y los brotes tiernos se marchitan de golpe, se vuelven marrones y quedan colgando en la rama como quemados. Hay que retirar y destruir todo el material afectado —no dejarlo en el suelo ni en el compost— y tratar con fungicida. La ventilación es la mejor prevención.

Cribado (Stigmina carpophila). Manchas redondas marrones en la hoja cuyo centro se desprende, dejando agujeros como de perdigonada. Muy típico en primaveras lluviosas. Cobre y aclarar la copa para que circule el aire.

Gomosis. Esa exudación ámbar en tronco o ramas no es una enfermedad en sí, sino una respuesta al estrés: heridas mal hechas, exceso de agua, hongos o insectos perforadores. Si la ves, busca la causa en lugar de limpiar el síntoma.

Podredumbre radicular. Hojas amarillas y caída con el sustrato húmedo, crecimiento parado. Es la consecuencia habitual del riego excesivo o del sustrato apelmazado. Trasplante de urgencia con sustrato nuevo y poda de raíces negras.

Si no florece: lista de comprobación

Es la consulta más frecuente sobre esta especie. Repasa por este orden:

1. ¿Lo has podado después de agosto? Si es así, cortaste las yemas florales. Causa número uno.

2. ¿Ha pasado el invierno fuera, con frío real? Sin horas de frío suficientes no hay floración.

3. ¿Recibe pleno sol? A media sombra apenas se inducen yemas de flor.

4. ¿Abonaste con mucho nitrógeno en verano? Empuja hoja a costa de flor.

5. ¿Pasó sed en julio o agosto? El estrés hídrico en el momento de la inducción floral aborta las yemas.

6. ¿Lo trasplantaste este invierno? Un trasplante fuerte antes de la floración la elimina o la reduce mucho.

7. ¿Es un árbol de semilla y joven? Entonces simplemente aún no tiene edad.

Calendario resumido

Enero-febrero: reposo. Riego escaso. Tratamiento preventivo de cobre antes del hinchado de yemas. No podar.

Marzo-abril: floración. Proteger de heladas tardías y viento fuerte. Vigilar monilia.

Abril-mayo: poda y trasplante, justo tras caer los pétalos. Reinicio del abonado. Control de pulgón.

Junio-julio: crecimiento. Alambrado con revisión cada tres semanas. Pinzado ligero hasta principios de julio.

Julio-septiembre: inducción floral. Riego muy regular, abono bajo en nitrógeno y alto en fósforo y potasio. Sin podas.

Octubre-noviembre: color otoñal y caída de hoja. Último abono potásico. Tratamiento de cobre a la caída de hoja. Retirar la hojarasca de la maceta.

En resumen

El bonsái de cerezo japonés (Prunus serrulata) es espectacular quince días al año y exigente los otros trescientos cincuenta. No es una especie para empezar: la flor no reduce, la hoja tampoco mucho, las heridas cicatrizan mal y acumula enfermedades. Si buscas el mismo efecto con mejor resultado, el Prunus incisa 'Kojo-no-mai' y el Prunus mume son opciones netamente superiores.

Si lo cultivas, lo esencial es: exterior a pleno sol todo el año, porque necesita horas de frío invernal para florecer; riego constante sin extremos, con especial cuidado en agosto; sustrato drenante ligeramente ácido; y trasplante moderado de raíces justo después de la floración.

Y sobre todo la regla que decide si tendrás flores: florece sobre madera del año anterior, así que se poda solo en abril o mayo, nada más caer los pétalos, y jamás en otoño o invierno. Con eso, más un abonado bajo en nitrógeno de julio a septiembre, tienes resuelta la mayor parte del problema.


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