A mediados de noviembre alguien entra su junípero al salón «para que no pase frío», y esa mudanza le cuesta el árbol. Ese árbol necesita el frío tanto como el agua, y un invierno a 21 °C junto a un radiador lo debilita más que dos semanas de heladas. En un bonsái de exterior, el invierno no es un problema del que haya que salvarlo: es una fase de su ciclo que hay que gestionar bien.

Dicho eso, la maceta lo cambia todo. Un árbol plantado en suelo tiene las raíces a metro y medio de profundidad, aisladas por toneladas de tierra; el mismo árbol en una bandeja de cinco centímetros de fondo tiene el cepellón expuesto por los cuatro costados. Los cuidados invernales del bonsái consisten, básicamente, en compensar esa diferencia.

Antes de nada: de exterior o de interior

Lo que se lee sobre invernada se contradice constantemente porque mezcla dos grupos que no tienen nada que ver.

Especies de exterior: coníferas y árboles de clima templado. Juniperus chinensis, Juniperus sabina, Pinus thunbergii, Pinus halepensis, Acer palmatum, Acer buergerianum, Zelkova serrata, Ulmus parvifolia, Prunus mume, Malus, Punica granatum, Olea europaea, Quercus, Wisteria. Todas ellas necesitan pasar frío. Sin acumular horas por debajo de 7 °C, la brotación de primavera se vuelve irregular, desordenada y escalonada, y el árbol pierde vigor año tras año.

Especies tropicales y subtropicales, las que se venden como «bonsái de interior»: Ficus retusa, Ficus benjamina, Carmona retusa, Serissa foetida, Schefflera arboricola, Sageretia thea. Estas no tienen reposo invernal real y sufren por debajo de 10-12 °C. Su invierno se juega dentro de casa y los cuidados son los opuestos.

Si no sabes en cuál cae tu árbol, mira de dónde viene la especie, no dónde te lo vendieron. En los centros de jardinería se colocan juníperos en la estantería de interior con una regularidad desalentadora.

Bonsái de arce con la hoja de otoño antes del reposo invernal

Lo que hay que proteger es el cepellón, no las ramas

La parte aérea de un Acer palmatum o de un olmo aguanta sin despeinarse temperaturas que matarían sus raíces. Las raíces finas de la mayoría de las especies templadas empiezan a dañarse en torno a los -5 °C, y las de especies mediterráneas algo antes. El tronco no es el problema; el problema es que el sustrato de la maceta alcance esa temperatura y se mantenga ahí varias horas.

De ahí que las medidas útiles vayan todas dirigidas al mismo sitio:

  • Bajar el árbol al suelo. Sacarlo de la mesa de exposición y ponerlo directamente sobre tierra, o incluso enterrar la maceta hasta el borde en un arriate o en un cajón con corteza de pino. Es la medida más barata y la que más grados gana.
  • Aislar la maceta con plástico de burbujas, arpillera o fibra de coco alrededor de las paredes. No tapes la superficie del sustrato: tiene que seguir respirando y recibiendo agua.
  • Cortar el viento. Una pared orientada al sur o al este, un seto, un cajón con malla de sombra. El viento seco de invierno deshidrata más que el frío, sobre todo en coníferas y perennes, que siguen transpirando por sus acículas u hojas mientras el agua del cepellón está helada e inaccesible.
  • Invernadero frío o cajón de invernada en la meseta y en zonas de montaña, donde son normales los -8 o -10 °C. Frío, insisto: sin calefacción. La finalidad no es que el árbol no pase frío, sino que no pase demasiado.

Por regiones, en el litoral mediterráneo y en Canarias el problema rara vez es la helada, sino lo contrario: inviernos tan suaves que los caducifolios japoneses no acumulan frío suficiente y brotan mal. Ahí conviene colocarlos en la zona más fresca y sombría del patio, no en la más protegida. En la cornisa cantábrica y Galicia, con inviernos templados y muy húmedos, el riesgo es el encharcamiento y los hongos, y la mejor protección es levantar la maceta sobre tacos para que drene y ventile.

Un apunte sobre la nieve: sobre el sustrato es un buen aislante y no hay que retirarla. Sobre la ramificación fina, en cambio, pesa lo suyo y parte ramillas de años. Sacúdela con la mano de las ramas y déjala en la maceta.

Riego: menos veces, pero nunca en seco

La idea de que «en invierno el bonsái no se riega» ha matado más árboles que las heladas. Un cepellón de akadama que se seca del todo en enero mata raíz fina igual que en agosto, solo que el daño no se ve hasta que el árbol brota flojo en abril y ya no sabes por qué.

Lo que cambia no es el si, sino la frecuencia. Con temperaturas bajas la evaporación cae y la planta apenas transpira, así que un árbol que en verano pedía agua dos veces al día puede pasar en invierno cinco o siete días entre riegos. La única regla fiable es comprobar: mete el dedo un centímetro en el sustrato, o clava un palillo de madera en el cepellón y sácalo al cabo de un rato. Si sale húmedo y oscuro, no riegues.

Tres precauciones concretas:

  • Riega a media mañana, cuando la temperatura ya ha subido de cero, y no al atardecer. El agua que queda encharcada en la superficie al anochecer se congela.
  • No riegues sobre sustrato helado. No absorbe, se queda en la superficie y forma una costra de hielo. Espera al deshielo.
  • Las perennes y coníferas gastan más agua en invierno que los caducifolios, que no tienen hoja por la que perderla. Si tienes los dos tipos en el mismo estante, no los riegues con el mismo criterio.

Abono: se para, y se para antes de lo que crees

Un árbol en reposo no absorbe nutrientes con eficiencia y no tiene dónde ponerlos. Abonar en diciembre no «da fuerzas»: acumula sales en el sustrato y puede quemar la raíz fina justo cuando está más vulnerable.

El calendario razonable en clima peninsular es este:

  • Finales de agosto y septiembre: se retira el nitrógeno alto y se pasa a un abono con más fósforo y potasio, que favorece el agostamiento de la madera y prepara al árbol para el frío. Seguir con nitrógeno hasta octubre produce brotes tiernos que la primera helada quema.
  • Octubre-noviembre: se retiran las tortas de abono orgánico sólido de la superficie. Si no, con las lluvias siguen liberando nutriente y acaban criando moho.
  • Diciembre a febrero: nada, en caducifolios y coníferas de exterior.
  • Reanudar cuando las yemas empiecen a engordar, no por fecha de calendario. Suele caer en la segunda quincena de febrero en el litoral y a mediados de marzo en el interior. Y si el árbol se ha trasplantado, espera tres o cuatro semanas más desde el trasplante.

Los bonsáis de interior son la excepción: siguen con hoja y con algo de crecimiento, así que se les mantiene un abono líquido muy diluido, más o menos a la mitad de dosis y una vez al mes.

Trabajos de invierno: la mejor época del año

El invierno no es la temporada muerta del bonsái. Es cuando se hace el trabajo serio, porque el árbol está parado y las heridas no sangran savia.

Poda estructural de caducifolios. Sin hoja se ve la estructura entera: los cruces, las ramas que se van hacia el frente, las horquillas de tres ramillas en el mismo punto. Es el momento de cortar en grueso. Hazlo a finales del invierno, cuando ya ha pasado el grueso de las heladas y falta poco para el movimiento de savia, porque la cicatrización empieza antes. En arces y abedules conviene no apurar demasiado: si te pillan las yemas hinchadas, sangran mucho.

Alambrado de coníferas. Es la época clásica para alambrar pinos y juníperos: sin brotación activa, sin riesgo de estrangular un engrosamiento rápido, y con la ventaja de poder trabajar el árbol durante meses. Dos cautelas: no alambres con las ramas heladas, porque la madera está frágil y quiebra, y revisa el alambre a la salida del invierno, porque en cuanto arranca el crecimiento primaveral se marca en cuestión de semanas.

Trasplante. El momento correcto es el final del reposo, cuando las yemas empiezan a hincharse pero todavía no han abierto. En la península eso significa, según zona, de mediados de febrero a finales de marzo. Trasplantar en pleno diciembre es un error frecuente: las raíces cortadas no regeneran con el sustrato frío y quedan como puerta de entrada a podredumbres durante meses. Después del trasplante, el árbol tiene que quedar resguardado de heladas fuertes y de viento durante tres o cuatro semanas. Los pinos suelen agradecer trasplantarse algo más tarde que los caducifolios, ya bien entrada la primavera.

Trabajo de madera muerta: jin, shari y aplicación de sal de horticultura (líquido de jin) sobre madera seca. Se hace en frío sin ninguna prisa, aprovechando que no hay riego a diario y la madera está seca.

Bonsái de cerezo en flor tras la invernada

Tratamientos preventivos aprovechando la parada

Con el árbol sin hoja, los tratamientos llegan a todos los rincones de la corteza, y ahí es donde invernan las plagas.

Un aceite de invierno (aceite de parafina) aplicado sobre caducifolios sin hoja asfixia las formas invernantes de cochinilla y los huevos de pulgón y de ácaros. Es de los pocos tratamientos que ahorra trabajo de verdad en primavera. Se aplica en día seco, sin viento y con temperatura por encima de 5 °C, mojando bien grietas de corteza y axilas de rama, y no se mezcla con productos de azufre.

Un fungicida de cobre tras la caída de la hoja, y un segundo pase a finales de invierno antes de que abran las yemas, reduce mucho la incidencia de cribado, moteado y chancros en Prunus, Malus y arces. Ojo: el cobre puede dañar brotes ya abiertos, así que si has llegado tarde y el árbol está brotando, mejor no lo apliques.

Los bonsáis de interior tienen su propio invierno

El Ficus retusa y compañía no se enfrentan al frío, sino a la calefacción y a la falta de luz. La combinación de aire seco, días cortos y sustrato que tarda en secarse es la que provoca la caída de hoja masiva de enero que tanta gente confunde con falta de riego, y a la que responde regando más, que es exactamente lo peor.

Qué funciona: colocarlos en la ventana más luminosa que tengas, preferiblemente sur o este; alejarlos un metro del radiador; separarlos del cristal por la noche, porque en un ventanal el aire pegado al vidrio puede estar seis o siete grados por debajo del resto de la habitación; poner la maceta sobre un plato con arlita y agua sin que el fondo toque el agua, para subir la humedad ambiente; y espaciar el riego, comprobando siempre el sustrato. Nada de trasplantes ni de podas fuertes hasta que vuelva a alargar el día.

Errores frecuentes

  • Meter en casa un árbol de exterior. Le robas el reposo y lo condenas a brotar mal. Si te preocupa una ola de frío puntual, mételo en un garaje o un porche frío unos días, no al salón.
  • Regar por calendario. Ni «cada quince días» ni «una vez a la semana». Se comprueba el sustrato y punto.
  • Proteger la copa y olvidar la maceta. Envolver las ramas en plástico no sirve de nada y además crea condensación y hongos.
  • Abonar «para que aguante mejor». No aguanta mejor; acumula sales.
  • Trasplantar demasiado pronto. Espera a que la yema hinche.
  • Dejar el bonsái bajo alero pero al sol. Un tejadillo que impide que le llegue la lluvia y a la vez lo expone al sol de mediodía seca el cepellón en pleno enero sin que nadie lo sospeche.
  • Retirar la protección en el primer día bueno de febrero. Las heladas tardías de marzo y abril, con el árbol ya brotado, hacen más daño que las de enero.

En resumen

Un bonsái de exterior necesita pasar frío; lo que no puede permitirse es que se le congele el cepellón. Baja las macetas al suelo, aísla las paredes, corta el viento y usa un invernadero sin calefacción si vives en zona de heladas fuertes. Riega menos a menudo pero nunca dejes que el sustrato se seque del todo, hazlo a media mañana y jamás sobre hielo. Retira el abono desde noviembre y no lo reanudes hasta ver las yemas hinchadas. Aprovecha la parada para la poda estructural, el alambrado de coníferas, el trabajo de madera muerta y, al final del invierno, el trasplante. Aplica aceite de parafina y cobre con el árbol sin hoja. Y si tu bonsái es un Ficus o una Carmona, olvídate de todo lo anterior: lo tuyo es luz, distancia al radiador y menos agua.


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