En el Arboreto Nacional de Estados Unidos, en Washington, crece un pino blanco japonés que estaba a un par de kilómetros del hipocentro cuando estalló la bomba de Hiroshima. Sobrevivió porque el vivero de la familia Yamaki tenía un muro que lo protegió de la onda expansiva. En 1976 se donó a los Estados Unidos por el bicentenario y durante veinticinco años nadie supo de dónde venía: los nietos de Masaru Yamaki lo contaron en 2001, cuando fueron a visitarlo. El árbol lleva en formación desde 1625.

Historias así explican por qué el bonsái engancha más allá de la jardinería. Debajo hay una técnica hortícola bastante racional, pero también unos cuantos malentendidos que conviene desmontar y unos cuantos datos que sorprenden incluso a quien lleva años con árboles en maceta.

No es japonés de origen, sino chino

La palabra es japonesa —bon (bandeja) y sai (plantar)—, pero la práctica llegó a Japón desde China, donde se conocía como penjing o penzai. Las pinturas murales de la tumba del príncipe Zhanghuai, fechadas hacia el año 706, ya muestran sirvientes portando bandejas con paisajes en miniatura. Los monjes budistas llevaron la costumbre al archipiélago japonés entre los siglos XII y XIV, y allí evolucionó hacia algo distinto: mientras el penjing chino sigue buscando el paisaje completo, con rocas, agua y a veces figuras, el bonsái japonés se concentró en el árbol individual y en depurar su silueta.

La estandarización que hoy damos por hecha es reciente. La exposición Kokufu-ten de Tokio, que marca el criterio de lo que se considera un bonsái de nivel, se celebra desde 1934. En España el interés se dispara a partir de los años ochenta.

No existe la "semilla de bonsái"

Es probablemente el equívoco más extendido, y lo alimentan los sobres que se venden en bazares con esa etiqueta. Un bonsái no es una especie ni una variedad enana. La semilla de un Acer palmatum destinado a bandeja es exactamente la misma que la de un arce que llegará a diez metros en un jardín. Todo el enanismo lo producen la restricción radicular, la poda de ramas y raíces, el pinzado y el volumen limitado de sustrato. Si mañana plantases ese bonsái en pleno suelo y lo dejases en paz, en quince años tendrías un árbol de tamaño normal, con el tronco engordado y la ramificación fina perdida.

De ahí se deriva otra consecuencia práctica: casi cualquier leñosa puede trabajarse como bonsái. Lo que hace buenas a unas especies y malas a otras no es la genética del tamaño, sino la capacidad de reducir hoja, de brotar de madera vieja y de tolerar la poda de raíces. Un castaño de Indias tiene la hoja demasiado grande para engañar al ojo; un olmo campestre (Ulmus minor) reduce sin esfuerzo y rebrota de cualquier sitio.

Bonsái de pino japonés con la silueta trabajada

Las hojas encogen; los frutos, no

La reducción foliar es real y es uno de los efectos más satisfactorios del cultivo: un arce bien llevado, con defoliación parcial en junio y años de pinzado, pasa de hojas de doce centímetros a hojas de dos o tres. Con las yemas ocurre igual, y por eso los entrenudos se acortan y la ramificación se vuelve fina.

Con las flores y los frutos no hay nada que hacer. El tamaño floral y el del fruto están fijados genéticamente y no responden a la restricción del cultivo. Un granado (Punica granatum) de treinta centímetros produce granadas de tamaño casi normal, que se ven desproporcionadas y hasta pueden descompensar la rama. Por eso, para especies de flor y fruto se recurre a variedades naturalmente pequeñas: el granado enano Punica granatum var. nana, membrilleros de flor japoneses, cotoneaster, pyracantha, malus de fruto diminuto. La proporción se elige en el vivero, no se consigue con tijeras.

El bonsái de interior es un invento comercial

Ningún árbol ha evolucionado para vivir dentro de un salón. Lo que existe son especies tropicales y subtropicales que toleran el interior porque no necesitan frío invernal: Ficus retusa y Ficus benjamina, Carmona retusa, Serissa foetida, Schefflera, Zanthoxylum. Todas ellas viven mejor en una terraza de mayo a octubre en la mayor parte de España, y solo entran en casa cuando la mínima nocturna baja de unos 10 o 12 ºC.

El resto —pinos, enebros, olmos, arces, olivos, manzanos— necesita pasar frío. La parada invernal no es un accidente que haya que evitar: es un requisito fisiológico. Un arce japonés que inverna a 20 ºC en un salón se agota en dos o tres temporadas, brota débil y acaba muriendo sin que su dueño entienda por qué, porque "lo regaba todos los días". Este es, con diferencia, el error que más bonsáis mata en España.

Árboles con nombre propio y precios de coche

El Ficus retusa de Crespi Bonsai, en Parabiago (Italia), se considera el bonsái más antiguo del mundo en cultivo continuado y se le estiman más de mil años. Tiene pabellón propio dentro del vivero. En Japón, los ejemplares históricos de las colecciones imperiales y de las grandes escuelas se tasan en cifras que se mueven en el rango de los cientos de miles de euros, y en 2019 fue noticia el robo de varios Juniperus chinensis shimpaku de la colección de un matrimonio de Saitama; la propietaria pidió públicamente por redes que quien los tuviera al menos los regara.

El valor no está en la especie ni en el tamaño, sino en el tiempo: un nebari (base radicular) bien radiado, una corteza agrietada, una ramificación de cuarto y quinto orden y una cicatrización perfecta son cosas que se cuentan en décadas y que no se pueden acelerar con dinero.

Ficus retusa milenario de la colección Crespi

Un vocabulario que vale la pena conocer

Buena parte de la terminología sigue en japonés porque no hay traducción cómoda:

Jin es una rama muerta descortezada y blanqueada; shari, una franja de madera muerta en el tronco. Ambos imitan los daños de rayo, sequía o desprendimiento que sufren los árboles viejos de alta montaña, y son casi obligatorios en enebros y sabinas. Uro es la oquedad. Yamadori designa el árbol recolectado en la naturaleza, que en España da material extraordinario —sabinas, enebros, acebuches, olivos, encinas— pero que exige permiso del propietario del terreno y de la comunidad autónoma correspondiente; arrancar en monte público o en espacio protegido es delito, no una anécdota.

Por tamaños, mame son los de menos de unos 10 cm, shohin los que se manejan con una mano hasta unos 20 cm, y los grandes ejemplares de exposición superan el medio metro y hacen falta dos personas para moverlos. Y tanuki es el nombre —medio burlón, por el mapache japonés que engaña— del truco de fijar un árbol joven vivo sobre un tronco muerto retorcido para simular antigüedad. Se admite en algunos concursos y se descalifica en otros.

España tiene material propio y buenas colecciones

La afición local tardó en darse cuenta de que copiar el catálogo japonés era un error climático. El Acer palmatum sufre de verdad en el interior peninsular: con 38 ºC y aire seco quema los bordes de la hoja en cuestión de días, y necesita sombreo de tarde y agua blanda. En cambio, el olivo y el acebuche (Olea europaea y su variedad silvestre), la sabina (Juniperus phoenicea, J. thurifera), la encina (Quercus ilex), el almez, el granado y el olmo están en su casa y aguantan el verano sin dramas.

Se pueden ver colecciones públicas serias en el Museo del Bonsái de Alcobendas, formado en torno al trabajo de Luis Vallejo, y en el Museo del Bonsái de Marbella, con una representación notable de olivos y acebuches. Visitar árboles buenos enseña en una tarde más que meses de fotos.

Dos detalles que se pasan por alto

El primero: la maceta forma parte de la obra. Se elige después del árbol, no antes. Regla habitual: profundidad aproximada al grosor del tronco en la base, largo entre dos tercios y tres cuartos de la altura del árbol, esmaltada para caducifolios de flor y sin esmaltar para coníferas. Un tiesto demasiado vistoso arruina un árbol correcto.

El segundo: el frente. Todo bonsái tiene una cara. Se decide muy pronto, condiciona podas y alambrados de los años siguientes y se define por dónde sale el nebari, hacia dónde se inclina el tronco y qué rama queda libre delante para dejar ver el interior. Cambiar de frente a los diez años es rehacer el árbol.

En resumen

El bonsái nació en China y se depuró en Japón; no es una planta enana sino un árbol normal mantenido pequeño por poda y restricción radicular; reduce hojas pero no flores ni frutos; salvo las especies tropicales, vive fuera y necesita invierno; y su valor real se mide en décadas de trabajo, no en centímetros. Para empezar en España, un olmo, un olivo o un Ficus retusa perdonan mucho más que un arce japonés, y aprender con ellos sale más barato en árboles y en disgustos.


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