Un bonsái vive en medio litro de sustrato que, encima, no lo alimenta. La akadama, la pómez, la puzolana o el kiryu se eligen precisamente por ser materiales inertes y muy drenantes: sujetan la raíz y retienen algo de agua, pero no aportan nutrientes en cantidad apreciable. Todo lo que el árbol vaya a comer durante los próximos dos o tres años se lo tienes que dar tú, y además con un riego abundante y diario que lava el sustrato constantemente. Por eso el abonado no es un cuidado accesorio dentro del diseño de un bonsái: es la palanca principal con la que se controla cuánto y cómo crece.

Abonar es diseñar

Antes de mirar etiquetas hay que responder a una pregunta: ¿el árbol está en fase de desarrollo o de refinamiento? Son dos regímenes de abonado opuestos y confundirlos estropea años de trabajo.

En desarrollo —cuando hay que engordar tronco, cerrar una cicatriz grande, sacar una rama nueva o recuperar un yamadori ya asentado— interesa crecimiento bruto. Ahí se abona fuerte, se deja alargar el brote y muchas veces el árbol está en maceta de cultivo o incluso en el suelo. Entrenudos largos y hojas grandes no son un problema todavía: esa madera se cortará más adelante.

En refinamiento —cuando la estructura ya está y lo que se busca es ramificación fina, entrenudos cortos y hoja pequeña— el exceso de nitrógeno es el enemigo. Un abonado potente en primavera sobre un arce en refinamiento da brotes de veinte centímetros con hojas enormes que hay que pinzar sin parar y que estropean la silueta. La técnica clásica es retrasar el abono hasta que la primera brotación ha endurecido y luego alimentar bien el resto de la temporada.

Qué aporta cada elemento

El nitrógeno (N) mueve el crecimiento vegetativo: hoja, brote, verde intenso. El fósforo (P) interviene en raíz, floración y fructificación. El potasio (K) regula la apertura estomática, el transporte de azúcares y el endurecimiento de los tejidos; un árbol bien surtido de potasio resiste mejor el calor, el frío y los hongos.

Para uso general sirve un equilibrado tipo 6-6-6 u 8-8-8. Los abonos específicos para bonsái no tienen ninguna magia: son formulaciones normales a concentración baja. Merece más la pena fijarse en dos cosas que en la marca:

Los micronutrientes. En buena parte de España el agua de riego es dura y con pH por encima de 7,5. Ese pH bloquea la absorción de hierro y manganeso, y aparece la clorosis férrica: hoja amarilla con los nervios todavía verdes, típica en Acer palmatum, azaleas, Zelkova y camelias. Se corrige con quelato de hierro EDDHA, que es el único que sigue siendo estable a pH alcalino; el EDTA, más barato, deja de funcionar por encima de pH 6,5 y por eso mucha gente concluye que "el hierro no le hace nada".

El origen, orgánico o mineral. El abono orgánico sólido —tortas de colza prensadas, harina de pescado, huesos molidos, humus de lombriz— libera despacio, necesita actividad microbiana en el sustrato y es muy difícil de sobredosificar. El mineral soluble actúa en horas, permite ajustar con precisión y también quemar raíces con precisión. En la práctica, combinar los dos funciona muy bien: bolitas orgánicas sobre la superficie como base y riego con líquido en los momentos de demanda.

Humus de lombriz listo para usar como abono orgánico

Calendario para clima peninsular

Finales de febrero y marzo. Con el hinchado de yemas empieza la temporada. Si el árbol se ha trasplantado ese invierno, hay que esperar de tres a cinco semanas desde el trasplante antes del primer abono: las raíces cortadas son heridas abiertas y una sal soluble sobre ellas hace daño. Si no se ha trasplantado, se puede empezar en cuanto se ve movimiento.

De abril a junio. El periodo de mayor crecimiento y el de mayor aporte. Líquido cada 10 o 15 días, o torta orgánica renovada cada mes y medio. En caducifolios en desarrollo, N alto sin miedo. En pinos negros a los que se les vaya a hacer despunte de velas a finales de junio o principios de julio, hay que abonar con fuerza después de la operación: la segunda brotación sale de las reservas y sin comida sale raquítica y desigual.

Julio y agosto. Aquí está la diferencia con los calendarios traducidos del japonés o del inglés. En Madrid, Zaragoza, Córdoba o Murcia, con máximas sostenidas por encima de 35 ºC, el árbol entra en una parada estival: cierra estomas, deja de fotosintetizar en las horas centrales y no está creciendo. Abonar entonces no acelera nada y sí acumula sales en un sustrato que se seca dos veces al día. Se suspende el abono, o se reduce a una fracción, y se retoma cuando las noches bajan. En la cornisa cantábrica o en zonas de montaña, donde el verano es fresco, este parón no hace falta.

Septiembre, octubre y noviembre. El otoño es la parte del calendario que más se descuida y una de las más rentables. Mientras la hoja siga verde, el árbol está fabricando y almacenando reservas en raíz y tronco, y de esas reservas dependerá la brotación del año siguiente. Se abona hasta que empieza el viraje de color. La costumbre de subir el potasio y bajar el nitrógeno en otoño tiene sentido para ayudar al agostado de la madera, aunque conviene desdramatizar: un abono equilibrado en dosis moderada durante el otoño no provoca brotes tiernos que se hielen si se retira a tiempo, hacia primeros de noviembre en el interior peninsular.

Diciembre y enero. Caducifolios y coníferas de exterior, sin abono. El Ficus, la Carmona o la Serissa que pasan el invierno dentro de casa siguen con algo de actividad: un abono líquido flojo al mes es suficiente, y si están en una habitación oscura, ninguno.

Bonsái de olmo en plena vegetación

Cómo aplicarlo sin quemar el árbol

Riega primero, abona después. Aplicar solución nutritiva sobre un cepellón seco concentra las sales contra unas raíces que no están absorbiendo agua, y las daña. Un riego previo con agua limpia y el abono cinco minutos después evita el problema.

Dosis a la mitad, frecuencia al doble. Las etiquetas están calculadas para plantas de jardinería en sustrato con turba y capacidad tampón. En un sustrato mineral que se riega a diario, es preferible pasar de la dosis de mantenimiento cada quince días a media dosis cada semana: el árbol come de forma constante y no hay picos de salinidad.

La torta orgánica, sujeta y en el borde. Se coloca sobre la superficie, a unos dos o tres centímetros del tronco, nunca pegada a él, y se cubre con una cestilla de rejilla o se sujeta con un alambre. Sin sujeción, el riego la deshace y los pájaros la reparten por la terraza. Se sustituye cuando se ha desmoronado, cada cuatro o seis semanas.

Abonado foliar como refuerzo, no como base. Pulverizar a muy baja concentración al atardecer corrige carencias puntuales con rapidez, sobre todo de hierro y magnesio, pero la hoja no puede sostener las necesidades de todo el árbol.

Cuándo NO hay que abonar

Este apartado evita más muertes que todo lo anterior. Un árbol enfermo no se abona. Es la reacción instintiva —"está flojo, le doy de comer"— y suele ser lo peor que se puede hacer. Si un bonsái tiene mal aspecto, la causa habitual es raíz podrida por exceso de riego, sustrato compactado, cochinilla o una insolación; en ninguno de esos casos el abono ayuda, y sobre una raíz dañada resulta directamente tóxico. Primero se diagnostica y se corrige la causa, y solo cuando el árbol vuelve a emitir brotes sanos se reanuda la alimentación.

Tampoco se abona a un yamadori recién recolectado ni a un ejemplar recién trasplantado con poda severa de raíz, ni a un árbol totalmente defoliado hasta que la nueva hoja ha salido y endurecido.

El exceso de abono se reconoce sin dificultad: costra blanquecina en la superficie del sustrato y en el interior del tiesto, punta y borde de la hoja secos y quemados en contraste con el resto de la hoja verde, y a veces defoliación repentina. La solución es inmediata y sencilla: regar en abundancia varias veces seguidas para lavar las sales, dejando salir mucha agua por los orificios de drenaje, y no volver a abonar durante un mes.

Ajustes por tipo de árbol

Coníferas (Juniperus, Pinus, Picea): comen menos que un caducifolio y a lo largo de más meses. Toleran mal los excesos de nitrógeno, que les alarga la acícula y afea el árbol. Abono suave y sostenido.

Caducifolios de crecimiento rápido (olmo, zelkova, arce tridente): son voraces. En desarrollo aguantan un régimen intenso; en refinamiento se les retira el abono en la primera brotación.

Especies de flor y fruto (granado, membrillero japonés, malus, pyracantha): el nitrógeno alto produce hoja a costa de flor. Desde mediados de verano conviene un abono con más fósforo y potasio, porque la yema floral del año siguiente se induce en verano; abonar en primavera para tener más flores es abonar tarde.

Especies acidófilas (azalea satsuki, camelia): abono específico para plantas de suelo ácido y, si el agua del grifo es dura, agua de lluvia o filtrada al menos en parte del riego.

En resumen

El sustrato de un bonsái no alimenta, así que el abonado sustituye por completo a la fertilidad natural del suelo. Se decide primero si el árbol está engordando o afinándose, porque de ahí sale todo lo demás; se abona de marzo a junio y de septiembre a noviembre, con parón en la canícula del interior peninsular; se aplica a media dosis y con más frecuencia, siempre sobre sustrato ya humedecido; se corrigen las carencias de hierro con quelato EDDHA si el agua es alcalina; y no se abona nunca a un árbol enfermo, recién trasplantado o recién recolectado. Con eso cubierto, el crecimiento deja de ser un azar y pasa a ser algo que se dirige.


Contenidos relacionados