Un brote de olmo puede alargarse quince centímetros en tres semanas de abril, y con él se va la silueta que costó años construir. El pinzado existe justamente por eso: es el trabajo que se hace en verde, con el árbol creciendo, para que ese empuje de la primavera se convierta en ramificación fina en vez de en varas largas y desnudas.

Pinzando el brote nuevo de un bonsái con los dedos

Qué es el pinzado y en qué se diferencia de la poda

Pinzar es eliminar el extremo en crecimiento de un brote tierno, todavía sin lignificar, con los dedos, unas pinzas o unas tijeras de hoja fina. Se hace durante la temporada de vegetación, se repite muchas veces al año y afecta a tejido blando.

Podar es cortar madera hecha, con tijera de ramas o tenaza cóncava, para decidir estructura: qué rama se queda, qué rama sobra, dónde cambia la dirección del árbol. Se hace una o dos veces al año y afecta a tejido leñoso.

La confusión entre ambos trabajos está detrás de errores muy caros. La estructura no se construye pinzando: si un árbol tiene una rama en el sitio equivocado, pinzarle los brotes cien veces no la va a mover. Y al revés, la ramificación fina no se consigue a tijeretazos en invierno, sino pinzando en verde durante varias temporadas seguidas.

Por qué funciona: dominancia apical

La yema terminal de un brote produce auxinas que descienden por el tallo e inhiben el desarrollo de las yemas laterales que hay por debajo. Es un mecanismo de eficiencia: al árbol, en el bosque, le interesa alargarse hacia la luz antes que ramificar.

Al retirar ese ápice se corta la fuente de auxina y las yemas latentes que estaban frenadas se activan. Donde había un brote salen dos, tres o cuatro. Repetido temporada tras temporada, ese desdoblamiento es lo que produce la ramificación densa y de entrenudos cortos que distingue a un bonsái trabajado de un arbolito en maceta.

Hay un efecto secundario muy útil: al obligar al árbol a repartir la misma energía entre más puntos de crecimiento, la hoja nueva sale más pequeña. La reducción foliar no es magia ni tiene que ver con el tamaño de la maceta; es consecuencia directa del pinzado repetido, de la luz abundante y de un riego controlado.

Cuándo se pinza en el clima peninsular

La temporada arranca cuando el árbol ya ha desplegado la primera brotación y esa hoja ha endurecido, no antes. En el interior peninsular eso suele caer a mediados o finales de abril; en el litoral mediterráneo y en el sur, a finales de marzo; en el norte atlántico y en zonas de montaña, en mayo.

Dejar completar la primera brotación es importante. Esa primera oleada de hojas se paga con las reservas acumuladas el año anterior en raíces y tronco; hasta que no está madura y fotosintetizando, el árbol está en números rojos. Pinzar en ese momento lo debilita en lugar de refinarlo.

A partir de ahí se pinza cada vez que los brotes se alargan lo suficiente, con estos matices propios de nuestro verano:

Entre finales de junio y agosto, en buena parte de España, el calor detiene el crecimiento. Con máximas sostenidas por encima de 33-35 ºC el árbol entra en parada estival y no rebrota bien: un pinzado hecho en plena ola de calor deja el corte sin respuesta, seco, y a veces mata la ramilla entera. En esas semanas conviene parar y limitarse a regar y dar sombra.

En septiembre, con la bajada de temperaturas, muchas especies dan una segunda brotación aprovechable. El último pinzado del año debe hacerse con margen suficiente para que esa madera endurezca antes de los primeros fríos: como norma, a mediados de septiembre se para en el interior y a primeros de octubre en el litoral. Un brote tierno sorprendido por una helada se pierde y arrastra consigo la ramilla que lo sostenía.

Cómo se pinza cada tipo de árbol

No existe un gesto único. El pinzado correcto depende de cómo crece cada especie.

Caducifolios de hoja alterna (Ulmus minor, Zelkova serrata, Carpinus betulus, Fagus sylvatica, Celtis australis): se deja que el brote saque entre cuatro y seis hojas y se corta dejando una o dos. El corte va justo por encima de la hoja elegida, y la dirección del nuevo brote la marca la yema que hay en esa axila: si quieres que la ramificación abra hacia fuera, deja como última una hoja orientada hacia el exterior de la copa. El olmo, en un abril bueno, pide este trabajo cada dos o tres semanas.

Caducifolios de hoja opuesta (Acer palmatum, Acer buergerianum): las hojas salen en pares, de modo que cada corte genera dos brotes simétricos. Se deja un par de hojas y se corta el par siguiente con tijera fina, sin dañar las yemas de la axila. Con el arce hay que ser especialmente pulcro: los tocones mal cortados se secan hacia atrás y arruinan la ramilla.

Perennifolios mediterráneos y de interior (Olea europaea, Ligustrum, Ficus retusa, Pistacia lentiscus, Myrtus communis): son más lentos en responder, así que se deja alargar más, seis u ocho hojas, y se corta a dos. El olivo brota bien de madera vieja, lo que da margen para corregir; el ficus responde mucho mejor en pleno calor que en invierno, y por eso su temporada de pinzado en España va de mayo a septiembre.

Pinos: aquí no se pinza hoja, se trabajan las velas. En pinos de doble brotación como Pinus thunbergii —y en ejemplares muy vigorosos de Pinus nigra— se practica el desvelado, que consiste en eliminar la vela primaveral entera hacia finales de junio para forzar una segunda brotación más corta. En pinos de brotación única, como Pinus sylvestris o Pinus halepensis, eso sería un disparate: lo que se hace es partir la vela con los dedos cuando aún está tierna, quitando entre un tercio y dos tercios según el vigor de esa zona, y siempre a mano, porque la tijera corta también las bases de las acículas y esas puntas cortadas se secan en marrón.

Juníperos (Juniperus chinensis, Juniperus sabina): merece la pena detenerse aquí, porque circula un consejo equivocado que ha debilitado muchos árboles. La idea de "pinzar el junípero constantemente con los dedos para mantenerlo compacto" produce, a fuerza de repetirla, almohadillas apretadas, sin luz dentro, que se van vaciando por el interior y acaban muriéndose. Lo que se hace hoy es dejar que los brotes se alarguen y luego cortarlos con tijera hasta una bifurcación, aclarando además el interior de la almohadilla para que entren luz y aire. El despunte manual queda reservado a retoques puntuales del perfil. Y en cualquier caso, la tijera nunca debe cortar a través de la escama: se corta el brote entero por su base.

Especies de flor y fruto (Prunus mume, Malus, Punica granatum, Wisteria): forman las yemas de flor del año siguiente en verano. Un pinzado tardío se lleva por delante la floración. En estas especies se poda y se pinza justo después de florecer y se deja tranquilo el árbol a partir de julio.

Ramificación fina de un olmo trabajado con pinzados sucesivos

El error del pinzado uniforme

Un árbol no crece con la misma fuerza en todas partes. El ápice y las puntas de las ramas altas y exteriores reciben más luz y más savia; las ramas bajas e interiores, las que sostienen la silueta clásica del bonsái, son siempre las más débiles.

Si se pinza todo el árbol por igual y a la vez, se agrava el desequilibrio: cada pinzado consume energía y frena a esa zona, así que la parte que ya iba floja se queda todavía más atrás. Con dos o tres temporadas así, las ramas inferiores se secan.

La regla práctica es pinzar antes y más fuerte arriba, y tarde y suave abajo. Cuando el ápice ya va por el segundo pinzado del año, a las ramas bajas quizá no se les haya tocado todavía. A una rama muy retrasada se le puede dejar correr una temporada entera sin pinzar, sacrificando su silueta temporalmente, para que engorde y recupere vigor.

Ese mismo principio explica otra cosa que sorprende a quien empieza: el pinzado impide engordar. Un tronco o una rama solo ganan grosor si tienen follaje que trabaje libremente. Si estás en fase de engorde, no pinces; deja las ramas de sacrificio correr sin tocarlas y reserva el pinzado para cuando el árbol ya tenga el calibre que buscas.

Cuándo no hay que pinzar

Hay situaciones en las que la respuesta correcta es dejar el árbol en paz:

Tras un trasplante con poda de raíces, hasta que el árbol haya emitido y madurado la brotación siguiente, normalmente seis u ocho semanas. Un árbol con las raíces recién cortadas necesita todo el follaje que tenga.

En un árbol enfermo, con clorosis, con ataque de cochinilla o de araña roja, o recién adquirido y aún sin aclimatar. Primero se recupera, después se refina.

En plena canícula, como ya se ha dicho, y en cualquier momento en el que el árbol esté en parada de crecimiento.

En árboles de material joven que aún no tienen ni tronco ni estructura. Pinzar un plantón de tres años es adelantar un trabajo que solo tendrá sentido dentro de una década.

Herramientas, corte y detalles que se notan

Para brote muy tierno, los dedos bastan y a menudo son mejores: se nota exactamente dónde la yema cede. Para trabajo fino, unas tijeras de brotes con hoja larga y estrecha, que permiten entrar entre el follaje sin destrozar las hojas de alrededor. Las pinzas de bonsái sirven para retirar hoja seca, restos y agujas, no tanto para cortar.

El filo debe cortar, no aplastar. Una tijera desafilada machaca los vasos y deja un tocón que se seca hacia dentro. Limpia y desinfecta la hoja con alcohol de 70º entre un árbol y otro; es una precaución barata que evita transmitir hongos y, en rosáceas como Malus, Crataegus, Pyracantha o Cotoneaster, el fuego bacteriano.

No se sella el corte de un pinzado. Las pastas cicatrizantes son para heridas de madera de cierto calibre; en tejido verde estorban.

Un último detalle: en el mismo pinzado conviene retirar las hojas que quedan mirando hacia abajo o hacia dentro y las que se solapan tapando a otras. Abrir la copa a la luz hace más por la ramificación interior que cualquier abono.

Riego y abono alrededor del pinzado

Pinzar le cuesta energía al árbol y le exige rebrotar. Si además está sin comer, la respuesta es floja o directamente no llega. Mantén el abonado durante toda la temporada de pinzado; en primavera y otoño, un abono equilibrado o con algo más de nitrógeno, y de julio a septiembre, uno con menos nitrógeno y más potasio para que la madera nueva endurezca.

La única excepción clásica es el trabajo de refinado extremo en especies como el arce, donde se retira el abono nitrogenado unas semanas antes de pinzar o defoliar para que la brotación salga más corta y con hoja más pequeña. Es una técnica de acabado, no de construcción, y solo tiene sentido en un árbol ya sano y ramificado.

Con el riego, atención al efecto acumulado: un árbol muy pinzado tiene menos hoja, transpira menos y tarda más en secar la maceta. Sigue mirando el sustrato antes de regar en vez de mantener el ritmo que llevabas en mayo.

El nudo, la trampa del pinzado repetido

Pinzar siempre en el mismo punto, año tras año, hace que en ese lugar se acumulen cicatrices y salgan tres, cuatro o cinco brotes juntos. Se forma un engrosamiento, un nudo, que se ve enseguida y que en un árbol de exposición canta mucho.

La solución no es dejar de pinzar, sino alternar el pinzado en verde con una poda estructural en reposo: cada invierno se revisa la ramificación, se eliminan los brotes sobrantes de cada bifurcación dejando solo dos, y se corta por detrás del nudo cuando ya se ha engrosado demasiado. Ramificar y aclarar son dos caras del mismo trabajo.

En resumen

El pinzado es el trabajo en verde que convierte crecimiento largo en ramificación corta, aprovechando que al quitar la yema terminal se liberan las laterales. Se empieza cuando la primera brotación ha madurado, se repite mientras el árbol crece de verdad, se para en plena canícula y se cierra la temporada con tiempo suficiente para que la madera nueva endurezca antes del frío.

El gesto concreto cambia con la especie: dejar cuatro o seis hojas y cortar a una o dos en caducifolios, partir velas a mano en pinos, cortar hasta bifurcación con tijera en juníperos, esperar a después de la floración en especies de flor. Y por encima de la técnica están tres reglas: no pinzar árbol débil ni recién trasplantado, no pinzar por igual arriba y abajo, y no pinzar lo que todavía tiene que engordar.


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