Un bonsái no se muere de viejo: se muere de lo que le hacemos. Y lo que le hacemos, casi siempre, se reduce a cuatro decisiones que se repiten a diario o cada temporada: cuánta agua le damos, dónde lo ponemos, cuándo le tocamos las raíces y con qué lo alimentamos. Cuando un árbol pequeño se pierde, el fallo está en una de esas cuatro, rara vez en una plaga exótica o en la mala suerte.

Conviene empezar por una idea que corrige de raíz muchos errores: el bonsái no es una especie. Es una técnica de cultivo aplicada a árboles y arbustos normales —olmos, arces, pinos, olivos, granados, ficus—. Un Acer palmatum en maceta plana sigue siendo un arce japonés, con las mismas necesidades de frío invernal, de luz y de humedad ambiental que tendría plantado en el suelo. La maceta cambia el volumen de sustrato disponible y, con ello, los márgenes de error. No cambia la biología del árbol.

Bonsái estilo bosque con varios troncos en bandeja plana

Riego: el error que más árboles se lleva por delante

Regar un bonsái no es una rutina de calendario. La frase «riégalo dos veces por semana» ha matado más árboles que cualquier hongo, porque no existe una frecuencia fija: depende de la especie, del tamaño de la maceta, del sustrato, de la insolación, del viento y de la época del año. Un olmo en una bandeja de 3 cm de profundidad en Sevilla en julio puede pedir agua dos veces al día; ese mismo olmo en febrero en Burgos puede aguantar cinco días.

La regla correcta es comprobar, no contar. Se mira la superficie del sustrato y, sobre todo, se toca: se hunde el dedo un centímetro o se clava un palillo de madera en el sustrato y se saca a los diez minutos. Si sale oscuro y húmedo, no toca regar. Si sale seco y claro, sí. Con el tiempo el peso de la maceta también informa: un bonsái recién regado pesa notablemente más que uno seco.

El segundo error de riego es mojar sin empapar. Un chorrito rápido humedece los tres milímetros de arriba y deja el interior del cepellón seco; las raíces vivas están abajo. Cuando se riega, se riega hasta que el agua sale por los agujeros de drenaje, y conviene repetir la pasada un par de minutos después, porque el sustrato seco repele el agua al principio. Si el árbol lleva mucho tiempo seco y el agua atraviesa el cepellón sin mojarlo, la solución es sumergir la maceta en un barreño hasta la altura del borde durante unos minutos, hasta que dejen de salir burbujas.

El tercer error es el opuesto y el más traicionero: el exceso de agua. Un sustrato encharcado desplaza el aire de los poros, las raíces finas se asfixian, se pudren y el árbol deja de absorber. El síntoma es tan parecido al de la sequía —hojas mustias, caídas— que muchos aficionados responden regando más y rematan el problema. Ante un bonsái decaído, lo primero es meter el dedo en el sustrato antes de coger la regadera. En interiores, el error suele venir de dejar el plato lleno de agua bajo la maceta; ese plato hay que vaciarlo siempre.

Sobre el agua en sí: en buena parte de España el agua del grifo es muy caliza. En el este peninsular, en Madrid no tanto, pero en Levante, Baleares o el valle del Ebro sí, y con los años la cal alcaliniza el sustrato y bloquea la absorción de hierro. Especies acidófilas como azaleas satsuki (Rhododendron indicum) o arces reaccionan con clorosis, hojas amarillas con los nervios verdes. Si el agua es dura, merece la pena alternar con agua de lluvia recogida o acidificar el riego con unas gotas de vinagre o zumo de limón hasta dejarla en torno a pH 6.

Ubicación: los bonsáis de interior casi no existen

Aquí está la creencia más extendida y más dañina. Se venden bonsáis en centros comerciales con una etiqueta que dice «planta de interior», y el comprador lo pone en una estantería del salón. Salvo un grupo pequeño de especies tropicales y subtropicales —Ficus retusa y Ficus microcarpa, Carmona retusa, Schefflera arboricola, Sageretia thea, Crassula ovata—, los árboles que se trabajan como bonsái son de exterior. Un olmo chino, un arce, un pino, un junípero, un olivo o un granado no sobreviven dentro de una casa: la luz de una habitación, aunque a nuestros ojos parezca abundante, es una fracción mínima de la de la calle.

El caso del junípero (Juniperus chinensis, Juniperus procumbens) es el más doloroso porque engaña. Metido en casa, un junípero tarda semanas en cambiar de aspecto: el follaje se mantiene verde bastante tiempo después de que el árbol esté muerto, porque las escamas conservan el color al secarse. Cuando se pone gris o marrón y se desmenuza entre los dedos, hace tiempo que no hay nada que hacer. Un junípero vive fuera, todo el año, sin excepción.

El segundo error de ubicación es proteger de más en invierno. Las especies de clima templado necesitan pasar frío: la parada vegetativa es parte de su ciclo, y sin acumular horas de frío brotan mal en primavera. Un arce, un manzano de flor o un haya deben quedarse fuera durante el invierno peninsular. Lo que sí hay que proteger no es la copa, sino las raíces: en una maceta de pocos centímetros el cepellón se congela entero, cosa que no ocurriría en pleno campo. En zonas de heladas fuertes —meseta norte, interior de Aragón, zonas de montaña— basta con arrimar las macetas al suelo y a una pared orientada al sur, agruparlas, cubrir el sustrato con paja u hojarasca, o enterrar la maceta en un arriate. Un invernadero frío o un porche sin calefacción también sirven; una casa calefactada, no.

El tercero es la insolación mal calibrada. En el sur y el centro peninsular, el sol de julio y agosto entre las 13 y las 18 horas quema hojas finas: los arces palmados se achicharran por los bordes de la hoja, las azaleas sufren, las hayas se secan. Esas especies agradecen media sombra en verano, o una malla de sombreo del 50 %. En cambio, pinos, juníperos, olivos, granados, buganvillas o encinas quieren sol directo todo el día; a media sombra alargan los entrenudos, sueltan hoja interior y pierden compacidad. Y ninguno agradece el reflejo de una pared blanca al sur ni el suelo de gres de una terraza recalentada: elevar la maceta sobre un soporte, en lugar de dejarla en el suelo, baja bastante la temperatura del cepellón.

Un apunte más: el viento seco deshidrata más que el sol. En zonas de levante o cierzo, un bonsái expuesto puede quedarse seco en unas horas aunque el termómetro no sea extremo. Conviene un rincón resguardado, sin que eso implique renunciar a la luz.

Trasplantes: ni nunca, ni cada año, ni en cualquier momento

El trasplante es la operación que más miedo da y la que más a menudo se hace mal por los dos extremos.

No trasplantar nunca condena al árbol a un cepellón que se compacta, pierde porosidad y acaba siendo un bloque de raíces por el que el agua ya no penetra. El síntoma clásico: se riega y el agua sale disparada por el borde de la maceta sin absorberse; el árbol brota cada primavera más corto y más pálido. Un bonsái joven en desarrollo pide trasplante cada uno o dos años; uno maduro, de especie lenta —pinos, juníperos, olivos—, puede estar tres, cinco o incluso más años en la misma maceta.

Trasplantar cada año por sistema, en cambio, mantiene al árbol permanentemente en modo recuperación y le impide engordar y madurar. Cada poda de raíz cuesta energía. La señal para trasplantar no es el calendario, sino el estado del cepellón: cuando al sacar el árbol de la maceta las raíces han rodeado el pan de tierra y forman una malla en la pared y el fondo, toca.

La época importa mucho. En la Península, la ventana buena para la mayoría de caducifolios es el final del invierno, cuando las yemas se hinchan pero aún no han brotado: de mediados de febrero a mediados de marzo en el centro y norte, algo antes en el sur y el litoral mediterráneo. Los pinos y juníperos toleran bien también un trasplante a principios de otoño en climas suaves. Trasplantar en pleno verano, con el árbol en plena transpiración, es de las cosas que más árboles cuesta; y hacerlo en pleno invierno con riesgo de helada expone raíces recién cortadas al frío.

Errores concretos que se repiten en la mesa de trabajo:

Usar tierra de jardín o sustrato universal de saco. La turba y el mantillo retienen demasiada agua en una maceta plana, se compactan y no dejan aire. Un bonsái quiere un sustrato granulado, inerte y drenante: akadama, pomex (piedra pómez), kiryu, picón volcánico o una mezcla de estos con granulometría de 2 a 5 mm. Las proporciones varían con la especie —más pomex y menos retención para pinos y juníperos, algo más de akadama o de materia orgánica para caducifolios y especies que piden agua—, pero el principio es el mismo: que el agua entre, moje y salga, y que quede aire entre las partículas.

Cortar demasiada raíz de golpe. En un árbol sano y en buena época se puede reducir hasta un tercio del sistema radicular sin drama; pasarse de ahí, o hacerlo en un ejemplar debilitado, provoca un colapso del que muchos no vuelven. En coníferas hay un motivo añadido para ser conservador: dependen de micorrizas —los filamentos blanquecinos que se ven en las raíces de los pinos— y lavar el cepellón a fondo se las lleva. En pinos no se debe eliminar todo el sustrato viejo de una vez.

Dejar el árbol suelto en la maceta. Si el bonsái se mueve, las raíces nuevas se rompen en cuanto sopla viento y no llega a agarrar. Hay que amarrarlo con alambre a través de los agujeros de la base.

Podar copa y raíces a la vez y con dureza. Se puede hacer una cosa o la otra en la misma temporada, no las dos en la misma semana. Y tras el trasplante, ni abono ni sol directo intenso durante dos o tres semanas: sombra luminosa, resguardo del viento y riego cuidadoso, sin encharcar, hasta que el árbol reaccione.

Abonos: menos ansiedad y más constancia

Un sustrato inerte y drenante no aporta nutrientes, y cada riego arrastra parte de lo que hay. Sin abonar, el árbol vegeta. Pero abonar mal es peor que quedarse corto.

El error número uno es abonar un árbol enfermo o recién trasplantado con la idea de «darle fuerza». Un árbol débil no tiene raíces funcionales para absorber; lo único que consigue el fertilizante es aumentar la salinidad del sustrato y quemar lo poco que queda. A un bonsái en apuros se le da luz adecuada, riego correcto y tiempo, no comida.

El segundo es pasarse de dosis. Con abonos líquidos, la costumbre sensata en maceta es usar la mitad de la concentración indicada en el envase y aplicar más a menudo. Los abonos orgánicos sólidos —las clásicas bolitas o tortas de colza, harina de huesos y similares— tienen la ventaja de liberar despacio y perdonar los excesos; el inconveniente es que huelen y atraen mosca, cosa manejable con una rejilla o cesta encima.

El tercero es abonar a destiempo. En clima peninsular el grueso de la fertilización va de marzo a junio y de septiembre a mediados de noviembre, es decir, en los dos picos de crecimiento. En pleno verano, cuando muchas especies entran en parada por calor —arces, hayas y en general los caducifolios sufren por encima de 33-35 °C—, conviene suspender o reducir mucho el abonado nitrogenado; forzar crecimiento con esas temperaturas produce brotes tiernos que se queman. En invierno, con el árbol parado, no se abona.

Sobre el tipo: un equilibrado tipo NPK 10-10-10 sirve durante la mayor parte del año. En otoño interesa bajar el nitrógeno y subir el potasio y el fósforo, que ayudan a lignificar el brote nuevo y preparar la madera para el frío. En especies de flor y fruto —granado, manzano, membrillero, azalea—, un abono con más fósforo a final de invierno favorece la floración. Y si aparece clorosis férrica por agua caliza, se corrige con quelato de hierro, no con más abono general.

Colección de bonsáis de distintas especies en una estantería de exterior

Otros fallos que no aparecen en la lista habitual

Querer estilar un árbol que aún no está sano. El orden correcto es siempre: primero vigor, luego forma. Alambrar, defoliar o pinzar un ejemplar recién comprado, recién trasplantado o con brotación floja es acumular estrés sobre estrés. Un bonsái debe pasar como mínimo una temporada entera creciendo bien antes de someterlo a trabajo de diseño serio.

Pinzar todo, siempre y a la vez. El pinzado repetido de todos los brotes debilita las zonas ya débiles y refuerza las fuertes, justo lo contrario de lo que interesa. En un árbol, el ápice y las puntas de las ramas superiores crecen con más vigor que la base; si se pinza por igual, la parte baja se va apagando. Se trabaja más la zona fuerte y se deja correr la débil.

Olvidar el alambre puesto. Una rama en crecimiento engorda y el alambre se clava en la corteza en pocas semanas —en especies rápidas como olmos, ficus o arces, en un mes o mes y medio en plena primavera puede bastar—. Las marcas en espiral tardan años en desaparecer, y en algunas especies no desaparecen. Hay que revisar el alambrado cada dos o tres semanas durante la temporada de crecimiento y retirarlo con alicate, cortándolo, nunca desenrollándolo a la fuerza.

No mirar el árbol de cerca. Araña roja en pinos y coníferas en verano seco, pulgón en brotes tiernos de primavera, cochinilla algodonosa en ficus de interior, oídio en arces y rosáceas con humedad y poca ventilación. Todas se resuelven fácil si se detectan pronto y se complican si se dejan un mes. Una revisión semanal del envés de las hojas y de las axilas de las ramas cuesta dos minutos.

Comprar un árbol enfermo por precio. El bonsái de oferta con la maceta cubierta de grava pegada, sustrato de turba compactada y hojas amarillentas suele venir de un cultivo forzado en invernadero y de un viaje largo. No es imposible recuperarlo, pero es un mal primer árbol. Para empezar, un olmo chino (Ulmus parvifolia) o un Ficus retusa perdonan bastante y enseñan mucho.

En resumen

Los cuatro frentes donde se pierde un bonsái son el riego, la ubicación, el trasplante y el abonado, y en los cuatro el error de fondo es el mismo: aplicar rutinas fijas en vez de observar el árbol. Se riega cuando el sustrato lo pide, comprobándolo con el dedo o un palillo, y se empapa hasta que sale agua por el drenaje. Se cultiva fuera, con el sol que cada especie tolere y con las raíces protegidas del hielo, no la copa. Se trasplanta a final de invierno, cuando el cepellón está lleno de raíces, con sustrato granulado y drenante, sin lavar el cepellón de las coníferas ni cortar más de un tercio de raíz. Y se abona en primavera y otoño, a dosis moderadas, nunca sobre un árbol débil o recién trasplantado. Un bonsái sano tolera errores de diseño; uno maltratado en la raíz no tolera nada.


Contenidos relacionados