En una vitrina exterior del Museo Nacional de Bonsái y Penjing de Washington crece un pino blanco japonés que estaba a unos tres kilómetros del hipocentro cuando estalló la bomba atómica sobre Hiroshima, la mañana del 6 de agosto de 1945. El árbol sobrevivió. La familia que lo cuidaba también. Y durante veinticinco años nadie en el museo supo lo que tenía delante.
El árbol
Se le conoce como el pino Yamaki, por la familia de maestros bonsaístas de Hiroshima que lo cultivó durante generaciones. Es un Pinus parviflora, el pino blanco japonés, llamado goyomatsu en japonés —literalmente "pino de cinco hojas", porque agrupa las acículas de cinco en cinco—, de la variedad asociada a la isla de Miyajima, a pocos kilómetros de Hiroshima, en la bahía del mar interior de Seto.
Según la documentación que acompaña al ejemplar, se cultiva en maceta desde 1625. Eso sitúa su edad en torno a los cuatro siglos, y significa que ha sido regado a mano, prácticamente todos los días, por sucesivas generaciones de personas durante unos cuatrocientos años. Es una cifra difícil de asimilar: cuando este árbol empezó a formarse, en España reinaba Felipe IV y Velázquez acababa de instalarse en la corte.
Su porte es el de un pino blanco maduro trabajado con paciencia: tronco corto y grueso con corteza en placas, movimiento suave, ramificación en pisos horizontales y un follaje azulado y compacto. No es un árbol de efectos espectaculares. Es un árbol antiguo, y lo parece.
6 de agosto de 1945
A las 8:15 de la mañana, la bomba detonó a unos 600 metros de altura sobre el centro de Hiroshima. El vivero de la familia Yamaki, con su casa y su colección de bonsáis, se encontraba a unos tres kilómetros del punto cero.
A esa distancia, la onda expansiva reventó ventanas y arrancó tejados. Los miembros de la familia Yamaki que estaban en la casa resultaron heridos por los cristales, pero sobrevivieron. Los árboles del vivero, situados tras un muro de mampostería que rodeaba el recinto, quedaron protegidos del pulso de calor y del grueso de la onda. El pino no sufrió daños apreciables.
Conviene decir lo que el hecho es y lo que no es. No hay nada milagroso en la supervivencia de este árbol: a tres kilómetros del hipocentro y detrás de un muro, la física explica el resultado. Lo que hace la historia extraordinaria no es la casualidad, sino lo que vino después. Ese pino siguió siendo regado, podado y trasplantado en una ciudad destruida, por una familia que había estado a punto de morir, durante las tres décadas siguientes.
El regalo de 1976
En 1976 Estados Unidos celebró el bicentenario de su independencia, y Japón le hizo un regalo poco habitual: una colección de 53 bonsáis, acompañada de seis piedras de contemplación (suiseki), donada a través de la Nippon Bonsai Association. Fue el núcleo fundacional del actual Museo Nacional de Bonsái y Penjing, en el Arboreto Nacional de Estados Unidos, en Washington D.C.
Masaru Yamaki, entonces responsable de la colección familiar, entregó su pino blanco. Nadie mencionó de dónde venía ni lo que había vivido. Se trataba de un árbol excepcional por su edad y su calidad, y con eso bastaba.
Merece la pena detenerse en lo que supuso ese viaje desde el punto de vista técnico. Para entrar en Estados Unidos, las plantas debían cumplir la normativa fitosanitaria de importación, lo que implicaba lavar la raíz por completo, eliminando todo el sustrato, y pasar un periodo de cuarentena. Para un pino de cuatrocientos años esa operación es de un riesgo enorme: los pinos dependen de hongos micorrícicos asociados a sus raíces finas, y desnudar el cepellón destruye buena parte de esa simbiosis. Que el árbol superara el proceso, cruzara el Pacífico y se estableciera en un clima distinto dice mucho del vigor del ejemplar y de la pericia de quienes lo manejaron.
Veinticinco años de silencio
El pino Yamaki pasó a formar parte de la exposición permanente del museo como un magnífico Pinus parviflora de 1625. Su historia siguió sin contarse.
En 2001, dos nietos de Masaru Yamaki visitaron el museo de Washington para ver el árbol de su familia. Hablando con el personal, mencionaron con naturalidad lo que el museo desconocía por completo: aquel pino estaba en Hiroshima el día de la bomba. Fue así, de forma casual y por una conversación entre desconocidos, como el árbol recuperó su biografía.
Por qué la familia no lo había contado antes es una pregunta con más de una respuesta razonable. Los Yamaki entregaron el árbol como una ofrenda de amistad, no como un reproche ni como un símbolo. Añadir la historia habría cargado el gesto de un significado que quizá no querían darle. Hay también una cuestión cultural: en Japón, los supervivientes de las bombas, los hibakusha, no siempre hablaron de lo vivido. Y quizá, sencillamente, para la familia aquel dato no definía al árbol.
Por qué un bonsái puede vivir cuatrocientos años
La pregunta que suele surgir al conocer esta historia es cómo puede un árbol confinado en una bandeja de veinte centímetros de profundidad vivir más que cualquier persona que lo haya cuidado.
La clave está en que el bonsái no es un árbol enfermo ni enano por mutilación, sino un árbol en equilibrio permanente. Cada dos, tres o cinco años se le renueva el sustrato y se le poda la raíz vieja, lo que estimula la emisión de raíz nueva y absorbente; a la vez se poda la copa para que la demanda de agua no supere lo que ese sistema radicular puede aportar. Ese ciclo de rejuvenecimiento continuo, repetido durante siglos, mantiene al árbol en un estado fisiológico que en la naturaleza no alcanzaría.
Los pinos son, además, especialmente longevos. El Pinus parviflora vive de forma natural varios siglos en las montañas de Japón, tiene madera resinosa muy resistente a la putrefacción y compartimenta bien las heridas. Su crecimiento lento, que en la formación de un bonsái es una desventaja —hacen falta décadas para conseguir un pino presentable—, es exactamente la razón de su longevidad.
Y hay un factor que no es botánico: la continuidad de cuidado. Ningún bonsái centenario ha sobrevivido a un solo cuidador. Existen porque alguien enseñó a otro cuándo regar, cuándo trasplantar y cuánto abonar, y ese relevo se produjo sin fallar ni un año. El pino Yamaki no es solo un árbol viejo; es el testimonio material de una cadena ininterrumpida de personas.
Nota para quien quiera cultivar un pino blanco japonés
El Pinus parviflora se encuentra en viveros españoles, casi siempre injertado sobre patrón de Pinus thunbergii, el pino negro japonés, que aporta un sistema radicular más vigoroso y adaptable. El punto de injerto, visible en la base del tronco, es uno de los criterios de calidad al comprar: cuanto mejor integrado esté, mejor.
Es una especie de montaña, acostumbrada a veranos frescos y húmedos, y en España lo pasa mal en el interior y en el sur. Le va razonablemente bien en la cornisa cantábrica, en el norte de Cataluña y en zonas de media montaña; en Madrid, Sevilla o Zaragoza requiere sombra en las horas centrales del verano y protección del cepellón frente al recalentamiento. Necesita sustrato muy drenante con predominio de akadama, pumita y grava volcánica, abonado moderado —el exceso de nitrógeno alarga las acículas y arruina la escala del árbol—, y riego cuidadoso: el pino blanco tolera mucho peor el encharcamiento que la sequía.
Su manejo es distinto del que se aplica al pino negro. No se despunta la vela ni se hace desyemado de verano de la misma manera; se trabaja fundamentalmente mediante el aclareo y arranque de acículas viejas en otoño, dejando dos brotes por punto y equilibrando el vigor entre la parte alta y la baja del árbol. Es un pino para tener paciencia, y precisamente por eso es el que aparece en las historias que duran cuatrocientos años.
En resumen
El pino Yamaki es un Pinus parviflora cultivado en maceta desde 1625 por una familia de bonsaístas de Hiroshima. Estaba a unos tres kilómetros del hipocentro el 6 de agosto de 1945 y sobrevivió a la explosión protegido por el muro del vivero. En 1976 Masaru Yamaki lo donó a Estados Unidos, dentro de una colección de 53 bonsáis regalada por Japón con motivo del bicentenario, y desde entonces se conserva en el Museo Nacional de Bonsái y Penjing de Washington. Su historia permaneció desconocida hasta el año 2001, cuando dos nietos de Yamaki la contaron durante una visita. Sigue vivo y sigue creciendo, no por resistencia milagrosa sino por lo que hace posible cualquier bonsái antiguo: un ciclo constante de poda, trasplante y riego sostenido por generaciones de personas que se pasaron el árbol de mano en mano sin interrumpirlo jamás.