El fallo que arruina un bonsái suele cometerse mucho antes de la primera poda: en el momento de elegir el árbol. Una especie que no rebrota de madera vieja no se puede reducir; una que no soporta que le corten raíces no aguantará los trasplantes; y una que necesita inviernos fríos se irá apagando año tras año en un patio de Sevilla sin que nadie sepa por qué. Elegir bien resuelve la mitad del cultivo antes de empezar.

Qué hace que una especie sirva

Antes de la lista conviene entender los criterios, porque permiten juzgar cualquier árbol que aparezca, esté o no aquí nombrado.

Rebrote en madera vieja. Es la condición decisiva. Para acortar un árbol hay que cortar por donde no hay hojas y esperar que broten yemas latentes en el tronco desnudo. El olmo, el olivo o el tejo lo hacen con facilidad; el abeto, el abedul o la mayoría de los pinos de dos acículas, con mucha dificultad o directamente no. Un árbol que no rebrota obliga a diseñar solo con lo que ya tiene.

Tolerancia a la poda de raíz. Un bonsái vive en tres dedos de sustrato y se trasplanta cortando una parte del cepellón cada pocos años. Especies como Ulmus, Ligustrum o Ficus lo encajan sin inmutarse; los pinos y los alcornoques exigen prudencia y plazos largos.

Entrenudo corto y hoja proporcionada. Aquí hay una creencia que conviene matizar: la hoja pequeña no es un requisito absoluto, porque con poda, defoliación parcial y control del riego se reduce bastante. Lo que no se reduce es el entrenudo, la distancia entre hojas. Un árbol de entrenudos largos nunca dará ramificación densa por mucho que se pince. Por eso la higuera o el plátano de sombra, que brotan de maravilla, no acaban de funcionar.

Compatibilidad con tu clima. El criterio más ignorado. Una maceta de bonsái tiene una inercia térmica mínima: el cepellón se calienta y se congela mucho antes que el suelo del jardín. Una especie de montaña húmeda sufre en el interior peninsular no por el frío, sino por el calor seco de agosto sobre un cepellón de dos litros.

Bonsái de tronco grueso y copa ramificada en maceta

Perennes de hoja ancha

Mantienen la hoja todo el año y, en general, son las más agradecidas en clima mediterráneo.

Olivo (Olea europaea, y sobre todo el acebuche, Olea europaea var. sylvestris). Probablemente la mejor especie disponible en España. Rebrota masivamente de madera vieja, tolera podas brutales, aguanta la sequía, hace madera muerta espectacular y sus hojas se reducen mucho. Su único defecto es que ramifica de forma algo desordenada y hay que dirigirlo con paciencia. Trasplante a finales de invierno o ya entrada la primavera, cuando el suelo se ha templado.

Boj (Buxus sempervirens, Buxus harlandii). Hoja diminuta, ramificación finísima, madera dura y clara. El problema hoy no es de cultivo sino sanitario: la oruga del boj (Cydalima perspectalis) está extendida por toda la Península y puede defoliar un ejemplar en una semana. Requiere vigilancia y tratamiento con Bacillus thuringiensis a la primera señal.

Aligustre (Ligustrum sinense, Ligustrum japonicum). La especie de aprendizaje por excelencia. Crece deprisa, engorda tronco, rebrota de donde sea, perdona errores de riego y soporta trasplantes fuera de temporada. Si es tu primer árbol, empieza por aquí y no por un arce.

Piracanta (Pyracantha coccinea, Pyracantha angustifolia) y cotoneaster (Cotoneaster horizontalis, C. microphyllus). Ambas florecen, fructifican en otoño-invierno y tienen hoja pequeña. Muy resistentes, muy baratas, muy fáciles de encontrar en cualquier vivero de jardinería. La piracanta pincha, cosa que se agradece saber antes de alambrar.

Mirto (Myrtus communis), lentisco (Pistacia lentiscus), aladierno (Rhamnus alaternus) y labiérnago (Phillyrea angustifolia). Nativas mediterráneas, de hoja pequeña y coriácea, adaptadas al verano seco. El lentisco es lento y algo caprichoso con el trasplante, pero da texturas de tronco magníficas.

Encina (Quercus ilex) y alcornoque (Quercus suber). Muy usadas como material recolectado. Son duras y longevas, pero brotan una sola vez al año, ramifican despacio y no perdonan una poda de raíz agresiva. No son árboles para impacientes.

Acebo japonés (Ilex crenata). Precioso y de hoja minúscula, pero exige sustrato ácido y sufre clorosis con las aguas calcáreas de buena parte del país. Solo si puedes regar con agua de lluvia.

Caducifolias

Pierden la hoja en invierno y muestran entonces lo que realmente son: la estructura. Es donde se ve si un bonsái está bien construido.

Olmo (Ulmus minor, Ulmus parvifolia, Ulmus pumila). Si el olivo es el rey mediterráneo, el olmo es el todoterreno. Brota varias veces al año, ramifica en cuanto lo pinzas, tolera cualquier trato y el olmo chino (U. parvifolia) se comporta como semiperenne en el litoral. El olmo común español abunda como material recolectado en riberas y linderos.

Zelkova (Zelkova serrata). Emparentada con el olmo y la especie clásica para el estilo escoba. Ramificación muy fina y color otoñal notable.

Arces (Acer palmatum, Acer buergerianum, Acer campestre). Los más deseados y los más maltratados. El Acer palmatum quema los bordes de la hoja con el sol directo de julio, el viento seco y el agua dura: en Madrid, Zaragoza o Valencia necesita sombra de tarde, malla del 50 % y, si se puede, agua de lluvia. El arce tridente (A. buergerianum) aguanta bastante más calor y engorda tronco mucho más rápido; para clima cálido es la elección sensata. El arce campestre es nativo, resistente y muy infravalorado.

Carpe (Carpinus betulus, Carpinus turczaninowii). Corteza gris lisa, ramificación fina, hoja que vira a ocre en otoño y se mantiene seca en el árbol buena parte del invierno. Prefiere veranos no extremos.

Haya (Fagus sylvatica). Elegante y difícil. Brota una sola vez al año, así que un error de poda cuesta doce meses, y el calor seco le sienta mal. Reservada a la cornisa cantábrica, zonas de montaña o cultivo muy cuidado.

Granado enano (Punica granatum var. nana). Excelente para el clima español: flor naranja en verano, frutos diminutos, corteza que se retuerce con la edad y hoja pequeña de serie. Muy recomendable.

Almez (Celtis australis). Nativo, vigoroso, de hoja que reduce bien y corteza gris lisa muy limpia. Poco explotado y muy agradecido.

Espino albar (Crataegus monogyna), membrillero de flor (Chaenomeles japonica), manzano de flor (Malus), ciruelo japonés (Prunus mume) y glicinia (Wisteria sinensis). El grupo de flor y fruto. Todos exigen mucha agua y mucho abono en la fase de floración; la glicinia, en particular, bebe una barbaridad y necesita maceta más grande de lo que su tamaño aparente sugiere.

Árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica). Corteza exfoliante espectacular y floración de agosto. Propenso al oídio; conviene buena ventilación y no mojar la hoja al regar.

Ginkgo (Ginkgo biloba). Se cultiva, pero cuesta ramificarlo: tiende a subir en vertical y no responde bien al pinzado. Se trabaja casi siempre en estilo escoba o vertical formal, aceptando su rigidez.

Coníferas

Son las especies emblemáticas del bonsái japonés y las más técnicas. Su gran ventaja es que aguantan la madera muerta trabajada (jin y shari); su inconveniente, que casi todas se resienten de las manipulaciones frecuentes.

Enebros y sabinas (Juniperus chinensis —cultivares 'Itoigawa' y 'Kishu'—, Juniperus sabina, Juniperus phoenicea, Juniperus oxycedrus). Muy flexibles para alambrar, tolerantes con la sequía y capaces de vivir décadas con una franja mínima de corteza viva. Ojo: no rebrotan de madera vieja sin follaje. Si cortas una rama entera, no volverá nada de ese punto. Todo el diseño se hace con la vegetación existente.

Pinos (Pinus thunbergii, Pinus sylvestris, Pinus halepensis, Pinus pinaster, Pinus parviflora). El pino negro japonés es el patrón de referencia por su respuesta al desyemado y al corte de velas a principios de verano. Entre los nativos, el pino carrasco es el gran candidato mediterráneo: soporta calor y sequía como ninguno. El Pinus pinea, en cambio, tiene la acícula demasiado larga y no reduce lo suficiente. Todos los pinos se trasplantan con espaciado amplio, cada tres a cinco años, y quieren sustrato muy drenante.

Tejo (Taxus baccata). Una de las pocas coníferas que sí rebrota de madera vieja, lo que lo hace mucho más manejable de lo que se cree. Lento, longevo, admite sombra parcial. Toda la planta es tóxica salvo el arilo rojo, dato relevante si hay niños o animales.

Cedros (Cedrus atlantica, Cedrus libani). Porte majestuoso y ramas horizontales que se prestan al estilo informal. Rebrote escaso: conviene trabajar por acortamiento gradual, nunca por corte drástico.

Ciprés hinoki (Chamaecyparis obtusa) y criptomeria (Cryptomeria japonica). Follaje bonito y denso, pero ambas piden humedad ambiental y se estropean con el aire seco y caliente del interior peninsular. Van mejor en el norte.

Alerce (Larix decidua, Larix kaempferi), metasecuoya (Metasequoia glyptostroboides) y ciprés calvo (Taxodium distichum). Coníferas de hoja caduca, con el atractivo del color otoñal. El alerce quiere veranos frescos; la metasecuoya y el taxodio, en cambio, quieren agua constante y toleran incluso el encharcamiento, algo excepcional en bonsái.

Piceas (Picea abies, Picea jezoensis). Se usan, pero son de las más exigentes: rebrote pobre en madera vieja y raíces delicadas. No es material de iniciación.

Conífera trabajada como bonsái con ramas horizontales

Especies tropicales, las únicas de interior

Aquí está la creencia más dañina de todo el mundillo: el bonsái no es una planta de interior. Un olmo, un arce o un enebro necesitan el ciclo completo de estaciones, incluida la parada invernal con frío. Metidos en un salón se estiran, se debilitan, se llenan de araña roja y mueren en uno o dos años. El enebro rastrero que se vende en grandes superficies como "bonsái de interior" es exactamente ese caso.

Lo que sí vive dentro de casa son especies tropicales y subtropicales, siempre junto a una ventana muy luminosa:

Ficus (Ficus microcarpa —vendido casi siempre como Ficus retusa—, Ficus benjamina, Ficus salicaria). El interior por antonomasia. Tolera luz mediana, riego irregular y podas frecuentes, y desarrolla raíces aéreas si hay humedad. Por debajo de 12 °C empieza a sufrir, así que en invierno no debe quedarse en una terraza.

Sageretia (Sageretia thea) y té de Fukien (Carmona retusa). Hoja pequeña y aspecto muy logrado, pero ambas quieren humedad ambiental alta y luz abundante; la carmona se rinde en cuanto el ambiente se seca con la calefacción. Son más delicadas de lo que su precio bajo sugiere.

Serissa (Serissa japonica). Florece a lo largo de casi todo el año y protesta ante cualquier cambio soltando las hojas de golpe. Recupera, pero pone a prueba los nervios.

Portulacaria (Portulacaria afra) y schefflera (Schefflera arboricola). Muy resistentes a la falta de agua y de luz, aunque su estructura leñosa es blanda y no permiten el mismo nivel de detalle. Buenas para empezar sin miedo.

Buganvilla (Bougainvillea glabra). En el litoral mediterráneo y en Canarias funciona en exterior todo el año, y florece de forma escandalosa si se le da sol pleno y se mantiene algo justa de agua.

Cómo elegir según dónde vives

En el interior peninsular, con veranos secos por encima de 35 °C e inviernos con heladas, van bien olivo, olmo, almez, granado, arce tridente, piracanta, aligustre, pino carrasco y enebro. Los arces palmados y las hayas solo con sombreo y agua blanda.

En la cornisa cantábrica y zonas húmedas, se abre el abanico difícil: haya, carpe, arce palmado, alerce, hinoki, criptomeria, acebo japonés. Aquí el riesgo es el exceso de humedad invernal, no la sequía.

En el litoral mediterráneo y el sur, todo lo mediterráneo más las subtropicales en exterior: buganvilla, olivo, lentisco, granado, olmo chino, ficus con protección invernal. Las especies que necesitan horas de frío para brotar bien —haya, algunos frutales— darán brotaciones irregulares.

En Canarias, el catálogo se desplaza casi por completo hacia lo subtropical: ficus, buganvilla, olivo, portulacaria. Las caducifolias de clima templado no encuentran el invierno que necesitan.

Una advertencia sobre el material recolectado

Muchos de los mejores ejemplares españoles proceden de yamadori, árboles extraídos del campo. Conviene recordar que arrancar un árbol requiere autorización del propietario del terreno y que en montes públicos, espacios protegidos y con especies catalogadas está sencillamente prohibido. Además, la supervivencia de un ejemplar recolectado sin técnica es baja: se extrae en época de reposo con el máximo de tierra original, se planta en cajón con sustrato muy drenante y se deja sin tocar uno o dos años antes de pensar siquiera en diseñarlo.

En resumen

No existe ninguna especie genéticamente enana para bonsái: el bonsái es una técnica, no un tipo de planta, y casi cualquier leñosa se puede intentar. Lo que separa a las especies aptas de las que no es su capacidad de rebrotar en madera vieja, de aguantar la poda de raíz y de mantener entrenudos cortos, sumado a que el clima donde vives sea el suyo. Para empezar en España, aligustre, olmo, cotoneaster, piracanta, olivo y granado enano dan resultados rápidos y perdonan errores. Los arces palmados, las hayas y las piceas conviene dejarlos para cuando ya se domine el riego. Y si el árbol va a vivir dentro de casa, la lista se reduce a las tropicales: ficus por delante de todas.


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