Un árbol de mil años cabe en una maceta de cuarenta centímetros. No es una figura retórica: hay ejemplares vivos, en viveros y museos de Japón, China e Italia, a los que se les atribuyen entre ocho y diez siglos y que siguen brotando cada primavera en recipientes que caben en una mesa. Conviene, eso sí, entender qué significa exactamente esa cifra antes de repetirla, porque la edad de un bonsái es uno de los datos peor explicados de toda la afición.
Qué se está midiendo cuando se dice "mil años"
Hay tres edades distintas y casi nunca se aclara cuál se está dando:
La edad del árbol. Los años que lleva vivo desde que germinó la semilla, estuviera donde estuviera. Los bonsáis antiguos rara vez nacieron en maceta: son yamadori, árboles recolectados en la montaña con décadas o siglos a sus espaldas.
Los años en formación. El tiempo que lleva cultivándose como bonsái. Cuando en una ficha de museo se lee "en formación desde 1625" se está indicando esto, no la fecha de nacimiento del árbol.
La edad documentada. Aquella que puede rastrearse con papeles, registros de familia o fotografías. Es la única verificable, y suele ser bastante más corta que la que aparece en los titulares.
El problema práctico es que a un árbol vivo no se le cuentan los anillos sin matarlo, y en coníferas viejas de alta montaña los anillos son tan finos y están tan comprimidos —a veces con años enteros sin crecimiento medible— que ni siquiera una barrena de Pressler da una cifra fiable. Añádase que un junípero de tronco hueco y madera muerta ha perdido justamente la parte que llevaba la cuenta. De ahí que casi todas las edades milenarias que circulan sean estimaciones tradicionales, transmitidas de propietario en propietario. No son falsas por sistema, pero tampoco son mediciones.
El junípero de Mansei-en, en Omiya
Mansei-en es uno de los viveros históricos de la Villa del Bonsái de Omiya, en Saitama, al norte de Tokio, regentado por la familia Kato desde hace generaciones. Allí se cultiva un shimpaku —Juniperus chinensis var. sargentii— al que se le calcula alrededor de un milenio y que se cita habitualmente como el bonsái más antiguo del mundo.
Es un árbol recolectado, no criado en maceta desde pequeño, y eso explica su aspecto: tronco retorcido, franjas de madera muerta blanqueada (shari) y una vena viva estrecha que conduce la savia hasta el follaje. Ese crecimiento tan lento y tan castigado es exactamente lo que se busca en el yamadori de conífera, y solo lo produce el frío, el viento y el suelo pobre de la alta montaña durante siglos.
Los ejemplares de Shunka-en, en Tokio
Shunka-en, el jardín-museo de Kunio Kobayashi en el barrio de Edogawa, guarda varios árboles a los que se atribuyen unos ochocientos años, también juníperos shimpaku en su mayoría. Kobayashi es una de las figuras más reconocidas del bonsái japonés contemporáneo y ha ganado en varias ocasiones el premio del Primer Ministro en la exposición Kokufu-ten, el certamen de referencia del país.
El detalle interesante de Shunka-en no es la cifra, sino que se trata de una colección privada y en activo: esos árboles no están en una vitrina, se riegan, se abonan, se pinzan y se trasplantan cada pocos años como cualquier otro. Un bonsái de ocho siglos no es un objeto conservado, es un ser vivo que exige trabajo semanal.
El pino blanco japonés que sobrevivió a Hiroshima
Este quizá sea el bonsái con la historia mejor documentada de todos. Es un Pinus parviflora, pino blanco japonés, que la familia Yamaki cultivaba en su vivero de Hiroshima, a unos dos kilómetros del hipocentro. El 6 de agosto de 1945 la explosión reventó los cristales de la casa e hirió a los miembros de la familia, pero el árbol, resguardado tras un muro del jardín, salió indemne.
En 1976, con motivo del bicentenario de Estados Unidos, Japón donó una colección de 53 bonsáis al National Arboretum de Washington y Masaru Yamaki incluyó ese pino. Lo llamativo es que nadie en el arboreto conoció la historia hasta el año 2001, cuando dos nietos de Yamaki se presentaron de visita y la contaron. El árbol figura como en formación desde 1625, lo que le sitúa en el entorno de los cuatro siglos de cultivo.
El pino del tercer shogun
La colección del Palacio Imperial de Tokio custodia un pino de cinco agujas conocido como Sandai Shogun no Matsu, "el pino del tercer shogun", por su vinculación con Tokugawa Iemitsu, que gobernó en el siglo XVII. Se le atribuyen más de quinientos años y tiene la condición de bien cultural. Es el ejemplo más claro de por qué algunos de estos árboles llegan tan lejos: cuando la propiedad pasa a una institución —una casa reinante, un templo, un museo—, la cadena de cuidados deja de depender de que un aficionado concreto siga vivo y con ganas.
El ficus de Crespi, el decano europeo
Fuera de Japón, el ejemplar más citado está en Italia. El Museo Crespi de Parabiago, cerca de Milán, expone un Ficus retusa trabajado durante mucho tiempo en China y llevado a Italia en los años ochenta, al que se atribuye más de un milenio. Aquí el escepticismo debe ser mayor todavía: los ficus son árboles tropicales de crecimiento rápido que engordan tronco y raíces aéreas con enorme facilidad, y la apariencia de vejez se consigue en ellos mucho antes que en un pino. Un ficus de aspecto ancestral puede tener un siglo largo y parecer milenario.
Y en España, ¿qué hay?
La península tiene una materia prima excepcional para el bonsái viejo y se aprovecha poco. Los acebuches y olivos (Olea europaea) de los desmontes agrícolas, las sabinas y enebros de montaña (Juniperus thurifera, J. sabina, J. phoenicea), los alcornoques y las encinas dan troncos con centenares de años y una madera muerta que compite de tú a tú con la de los shimpaku japoneses. Colecciones públicas como el Museo del Bonsái de Marbella, muy conocido por sus acebuches, o la de Luis Vallejo en Alcobendas, reúnen ejemplares centenarios recolectados aquí.
Dos advertencias prácticas si a alguien se le ocurre buscar el suyo. La primera es legal: recolectar en el monte requiere permiso del propietario y, en terreno público, autorización de la administración forestal de la comunidad autónoma; en muchos espacios protegidos está sencillamente prohibido. La segunda es técnica: un árbol arrancado sin la época adecuada —finales de invierno, antes de la brotación, con un cepellón compacto y un corte limpio en las raíces gruesas— muere casi siempre, y con él se pierden los siglos que tardó en formarse.
Por qué un árbol en maceta puede vivir tanto
Existe la idea de que el cultivo en bandeja acorta la vida del árbol. Ocurre más bien lo contrario: el bonsái se mantiene indefinidamente joven porque se le renueva el sistema radicular cada pocos años. En el trasplante se retiran las raíces viejas y se sustituye el sustrato agotado, y el árbol responde emitiendo raíz nueva y absorbente. Ese rejuvenecimiento periódico no lo tiene un árbol del bosque, que envejece su sistema radicular con el resto del organismo.
A ello se suman dos ventajas más. Las coníferas viejas sobreviven con una fracción mínima de tejido vivo —basta una vena de savia de dos dedos de ancho para mantener toda la copa—, de modo que pueden perder el 80 % del tronco por pudrición y seguir adelante. Y el cultivo en maceta permite controlar el agua, el abonado y la exposición, y tratar una plaga en cuanto aparece.
El factor limitante, al final, no es biológico sino humano. Estos árboles han llegado hasta aquí porque hubo alguien que los regó todos los días de todos los veranos durante ochocientos años seguidos. Un descuido de una semana en julio termina con un ejemplar milenario igual que con uno de tres años.
Qué enseñan estos árboles a quien tiene un bonsái en casa
Tres lecciones, y ninguna es espectacular:
La edad se hereda, no se fabrica. Un árbol que empieza de semilla necesita veinte años para tener un tronco decente. Si se busca un bonsái con carácter, se parte de material recolectado o de vivero con tronco ya hecho.
La continuidad vale más que la técnica. Un riego correcto durante veinte años pesa más en el resultado final que la mejor poda de una tarde.
El aspecto de vejez se trabaja. El shari, el jin, la corteza agrietada, la ramificación fina y la conicidad del tronco son lo que transmite antigüedad. Un árbol de sesenta años bien trabajado aparenta más que uno de doscientos abandonado.
En resumen
Los ejemplares más antiguos que se conocen —el junípero de Mansei-en, los shimpaku de Shunka-en, el pino de los Yamaki que sobrevivió a Hiroshima, el pino de los Tokugawa, el ficus de Crespi— se mueven entre los cuatro y los diez siglos, aunque esas cifras son estimaciones tradicionales y no mediciones. Lo que sí está fuera de duda es el mecanismo: un árbol en maceta puede durar siglos porque el trasplante le renueva las raíces cada pocos años, y porque detrás ha habido una cadena ininterrumpida de personas que lo regaron. En España hay materia prima de sobra —acebuches, sabinas, enebros, encinas— para construir esa misma clase de árbol, siempre que la recolección se haga con permiso, en la época correcta y con la idea de que el trabajo empieza ahí y no termina nunca.