Lo que más bonsáis mata en España no es el olvido del riego, sino el salón. El árbol se regala, se coloca sobre un mueble lejos de la ventana y en tres o cuatro meses ha perdido las hojas sin que nadie entienda por qué. La explicación es sencilla: un bonsái no es una planta de interior, es un árbol. Y un árbol necesita luz directa, oscilación de temperatura entre el día y la noche, y aire en movimiento. Salvo un puñado de especies tropicales, todos los bonsáis viven fuera todo el año.

A partir de ahí, cuidarlos deja de ser un misterio. Lo que sigue es lo que de verdad determina que un bonsái siga vivo dentro de diez años: dónde lo pones, cómo lo riegas, en qué sustrato está plantado y cuándo lo tocas.

Bonsái en maceta plana sobre soporte de madera

Interior o exterior: la decisión que lo condiciona todo

Las especies que aguantan dentro de una vivienda son tropicales y subtropicales, porque en su origen no pasan frío ni necesitan reposo invernal: Ficus retusa y Ficus microcarpa, Carmona retusa (el llamado árbol del té), Serissa japonica, Schefflera arboricola, Sageretia theezans y las crasas tipo Portulacaria afra. Aun así, "interior" significa pegado a una ventana orientada al sur o al este, no a dos metros de ella. La luz cae de forma brutal con la distancia: a un metro de la ventana un árbol recibe una fracción de lo que recibe en el alféizar.

El resto —olmo (Ulmus parvifolia y Ulmus minor), arces (Acer palmatum, Acer buergerianum), pinos (Pinus thunbergii, Pinus pentaphylla, Pinus halepensis), junípero (Juniperus chinensis, Juniperus sabina), olivo (Olea europaea), granado (Punica granatum), cotoneaster, piracanta, boj— es de exterior sin discusión. Un junípero dentro de casa parece sano durante semanas porque tarda mucho en cambiar de color; cuando amarillea ya lleva meses muerto. Es la trampa clásica del árbol de regalo.

El sitio ideal es un balcón, terraza o patio donde reciba sol directo por la mañana y sombra en las horas centrales del verano. Y siempre en un estante o mesa: apoyado en el suelo, la maceta se calienta menos pero el árbol recibe menos luz, se llena de caracoles y las raíces pueden escapar por los agujeros de drenaje.

El riego: se mira, no se calendariza

"Regar dos veces por semana" es una instrucción inútil. Un olmo en una maceta plana de 20 cm en Sevilla en agosto puede pedir dos riegos al día; ese mismo olmo en Oviedo en noviembre puede pasar cinco días sin nada. El riego depende de la especie, del tamaño del árbol respecto a la maceta, del sustrato, del viento y de la temperatura. Por eso se decide mirando el sustrato, no el calendario.

La comprobación fiable es tocar el sustrato con el dedo un centímetro por debajo de la superficie, o clavar un palillo de madera y ver si sale húmedo. La capa superficial se seca en media hora al sol y engaña. Se riega cuando la superficie está seca pero el interior aún conserva algo de humedad, nunca cuando el cepellón está ya reseco del todo.

La forma de regar también importa. No basta con mojar por encima: hay que empapar hasta que salga agua abundante por los agujeros de drenaje, y repetir la pasada un minuto después. Si el sustrato ha llegado a secarse por completo, es probable que el agua resbale por los laterales sin humedecerlo; en ese caso, sumerge la maceta en un barreño hasta que dejen de salir burbujas. Regar poco y a menudo crea una zona seca permanente en el centro del cepellón, que es donde están las raíces que sostienen al árbol.

Dos avisos concretos para el agua española. Primero, en buena parte de la Península el agua del grifo es muy dura y va dejando cal en el sustrato; con el tiempo sube el pH y las especies acidófilas —azalea sobre todo, también arce y algunas coníferas— amarillean entre los nervios de la hoja por clorosis férrica. Si tu agua es dura, alterna con agua de lluvia o de ósmosis, o acidifícala ligeramente. Segundo, el remedio de "poner tres cubitos de hielo" que circula por internet es para orquídeas mal aconsejadas, no para bonsáis: aporta un volumen ridículo de agua y enfría la raíz.

El sustrato no es tierra

Un bonsái vive en un volumen minúsculo de sustrato, así que este tiene que hacer dos cosas contradictorias a la vez: retener agua y airearse rápido. La tierra de jardín o el sustrato universal de saco hacen la primera y fallan estrepitosamente en la segunda: se compactan, se encharcan y las raíces se pudren.

Lo que se usa es sustrato mineral granulado, en partículas de 2 a 6 mm según el tamaño del árbol: akadama (arcilla japonesa horneada, retiene agua y la cede fácil), kiryuzuna o grava volcánica, pómice y picón o lapilli. Una mezcla que funciona bien de partida para caducifolios es 50 % akadama, 25 % pómice y 25 % volcánica; para pinos y juníperos, que quieren más drenaje, se baja la akadama al 30 %. En zonas muy secas y calurosas del interior peninsular conviene subir la proporción de akadama o añadir un pequeño porcentaje de turba o fibra de coco para no tener que regar tres veces al día.

Se tamiza siempre antes de usar, para retirar el polvo. Ese polvo es el que acaba sellando el drenaje.

Trasplante y poda de raíces

El trasplante no se hace para que el árbol crezca, se hace para renovar el sustrato y regenerar raíz fina. La época es el final del invierno o el principio de la primavera, justo cuando las yemas se hinchan pero antes de que broten: en el centro y norte peninsular, de febrero a marzo; en el litoral mediterráneo y el sur, ya desde finales de enero. Las tropicales de interior son la excepción: se trasplantan en pleno verano, con calor, porque es cuando rebrotan con fuerza.

La frecuencia depende del vigor. Un árbol joven en formación, cada uno o dos años; un ejemplar maduro en maceta definitiva, cada tres a cinco; pinos y juníperos viejos pueden aguantar más. La señal de que toca es que el agua tarda mucho en filtrar o que asoman raíces por el drenaje.

Al trasplantar se peina el cepellón con un rastrillo desde fuera hacia dentro y se recorta la raíz. La regla prudente es no eliminar más de un tercio del sistema radicular en una sola operación, menos aún en coníferas, y no hacer nunca poda fuerte de raíz y poda fuerte de ramas el mismo año: el árbol necesita hoja para reconstruir raíz. Después del trasplante, sitio protegido del viento y del sol fuerte durante dos o tres semanas, riego normal y nada de abono hasta que haya brotado y esté claramente activo, unas cuatro o seis semanas.

Y un detalle mecánico que se pasa por alto: el árbol hay que atarlo a la maceta con alambre pasado por los orificios. Si el cepellón se mueve con el viento, las raicillas nuevas se rompen una y otra vez y el árbol no arraiga.

Abonado

En un sustrato mineral no hay reserva de nutrientes, de modo que todo lo que el árbol come se lo das tú. Se abona durante el periodo de crecimiento: de marzo a junio y otra vez de septiembre a mediados de octubre, dejando el verano más flojo o suspendiendo si hay ola de calor y el árbol se para.

Sirven tanto los abonos orgánicos sólidos de liberación lenta, que se colocan en tortas sobre el sustrato y se reponen cada tres o cuatro semanas, como los líquidos equilibrados diluidos al riego. En primavera interesa algo más de nitrógeno para empujar la brotación; en otoño se baja el nitrógeno y se sube el potasio, que ayuda a lignificar y a preparar el árbol para el frío. Para especies acidófilas, abono para plantas de tierra ácida.

Los errores habituales son abonar de más creyendo que así el árbol mejora —lo que se consigue es entrenudos largos y hojas grandes, justo lo contrario de lo que interesa en un bonsái— y abonar con el sustrato seco, que quema la raíz fina. Riega primero, abona después.

Poda, pinzado y defoliación

Hay que distinguir dos operaciones distintas. La poda estructural, la que elimina ramas gruesas y decide la silueta, se hace con el árbol en reposo, a finales de invierno en caducifolios; las heridas grandes se sellan con pasta cicatrizante. El pinzado es el trabajo de mantenimiento durante la temporada: se deja que el brote nuevo saque cuatro o cinco pares de hojas y se corta dejando uno o dos. Repetido, ese gesto es lo que produce la ramificación fina y las hojas pequeñas que caracterizan a un bonsái hecho.

La defoliación —cortar todas las hojas a principios de verano para forzar una segunda brotación más pequeña— solo se aplica a caducifolios vigorosos y sanos, arce y olmo típicamente, y como mucho un año de cada dos. En un árbol débil o recién trasplantado es un modo eficaz de matarlo.

Los pinos merecen párrafo aparte porque no se pinzan como el resto. En Pinus thunbergii y otros de dos acículas, el trabajo clásico es cortar las velas o candelas en primavera, hacia mayo, para que el árbol emita un segundo brote más corto en verano; en pinos de cinco acículas y en ejemplares débiles se pellizca parcialmente la vela con los dedos en lugar de cortarla, y se ajusta la longitud según el vigor de cada zona: más corto donde el árbol empuja mucho (arriba y fuera), menos donde va flojo. Con los juníperos, otra corrección importante: no se cortan con tijera las puntas del follaje escamoso, porque el corte se seca y queda marrón; se pellizcan con los dedos los brotes que sobresalen.

Alambrado

El alambre de cobre o aluminio anodizado sirve para colocar ramas en su sitio. Se aplica en espiral a unos 45 grados, con un grosor de aproximadamente un tercio del de la rama, y siempre anclado antes en el tronco o en otra rama para tener punto de apoyo.

El riesgo real es olvidarlo puesto. Una rama en crecimiento engorda y el alambre se clava, dejando una cicatriz en espiral que tarda años en desaparecer o no desaparece nunca. En caducifolios vigorosos hay que revisar cada pocas semanas en primavera y verano; en coníferas puede permanecer más tiempo, pero no indefinidamente. Al retirarlo, se corta con alicate trozo a trozo: desenrollarlo tirando parte ramas.

Plagas y problemas frecuentes

Las plagas que aparecen en un balcón español son pocas y previsibles. Araña roja en verano seco y caluroso, sobre todo en juníperos, olmos y coníferas: da un punteado amarillento en la hoja y telarañas finísimas en las axilas; se combate subiendo la humedad ambiental, pulverizando el envés con agua y, si hace falta, con acaricida. Pulgón en la brotación de primavera, en las puntas tiernas. Cochinilla algodonosa en las axilas del ficus y del olivo, que se retira con un bastoncillo mojado en alcohol. Oruga minadora y orugas defoliadoras en arces y frutales.

De las enfermedades, las dos habituales son el oídio —polvo blanco en la hoja, típico de otoño con noches húmedas y días secos— y la podredumbre de raíz por exceso de riego o sustrato compactado, que se manifiesta como un decaimiento general sin plaga visible y con el sustrato siempre mojado. La segunda es mucho más grave y solo se corrige trasplantando de urgencia a sustrato drenante y recortando la raíz podrida.

Un caso que confunde: en verano, con calor fuerte, un árbol bien regado puede marchitar por la tarde y recuperarse al anochecer. Eso es transpiración, no falta de agua. Si riegas cada vez que lo ves lacio a las cinco de la tarde, acabarás ahogándolo.

El año en España: verano e invierno

El verano peninsular es el momento más peligroso, más que el invierno. En julio y agosto, con 38 o 40 grados en el interior, una maceta plana de cerámica oscura al sol alcanza temperaturas que cuecen la raíz fina. La respuesta es malla de sombreo del 50 % en las horas centrales, sacar los árboles del suelo de cemento o baldosa que irradia calor, y regar a primera hora de la mañana y al atardecer, nunca en pleno mediodía. Los arces son especialmente sensibles: el borde de la hoja se quema y se pone marrón con un par de tardes de solano.

El invierno es más llevadero, pero tiene su propia regla: las raíces en maceta no están aisladas por la masa de tierra como las de un árbol en el suelo, y por eso se hielan a temperaturas a las que la especie no sufriría en el campo. Como orientación práctica, por debajo de unos -5 °C conviene proteger el cepellón: agrupar las macetas contra una pared, cubrirlas con corteza o paja, o meterlas en un invernadero frío o un cajón. Protegerlas, no calentarlas: los caducifolios y las coníferas de clima templado necesitan pasar frío para completar su reposo, y llevarlos dentro de casa en diciembre los desconcierta y los debilita. Riego en invierno, poco pero sin dejar que el cepellón se seque del todo, y a mediodía si hay riesgo de helada.

Errores que se repiten

Merece la pena tenerlos escritos, porque explican la mayor parte de las bajas:

Tener un árbol de exterior dentro de casa. Es el número uno con diferencia. Regar por calendario en lugar de mirar el sustrato. Plantar en tierra de jardín o en sustrato universal, que asfixia la raíz en pocos meses. Trasplantar en otoño pensando que es buena época: el árbol se queda sin raíz activa justo cuando entra el frío. Podar y trasplantar el mismo día con mano dura en ambas cosas. Abonar un árbol recién trasplantado o enfermo, con la idea de que el abono es medicina; no lo es, es alimento, y a un árbol convaleciente lo perjudica. Usar maceta sin agujeros o platos con agua estancada debajo. Y comprar un ejemplar de supermercado con la etiqueta genérica "bonsái" sin saber qué especie es: sin nombre no hay cuidados posibles, porque un ficus y un olmo quieren cosas opuestas.

En resumen

Un bonsái es un árbol de una especie concreta metido en poco sustrato, y todos sus cuidados derivan de esas dos cosas. Identifica la especie, colócalo fuera salvo que sea tropical, en un sitio con sol de mañana y sombra en verano. Riega mirando el sustrato y empapa hasta que drene. Plántalo en mezcla mineral granulada, nunca en tierra de jardín. Trasplanta a finales de invierno quitando como mucho un tercio de la raíz, y átalo a la maceta. Abona en primavera y otoño, no en pleno calor ni tras el trasplante. Poda estructura en reposo, pinza en crecimiento, y con pinos y juníperos aplica su técnica propia. Vigila el alambre para que no se clave. Protege del sol de agosto y de las heladas fuertes, pero deja que el árbol pase su invierno. Con esa rutina, un bonsái no es una planta difícil: es una planta exigente en atención diaria y muy poco exigente en todo lo demás.


Contenidos relacionados