Regar los domingos, abonar cuando uno se acuerda y podar cuando la silueta empieza a molestar. Así se pierden en España más bonsáis que por cualquier plaga. El cultivo en bandeja no admite improvisación porque el volumen de sustrato es ridículo comparado con la copa que tiene que sostener: lo que en un árbol de jardín es un descuido sin consecuencias, aquí se paga en días. La buena noticia es que el calendario hace casi todo el trabajo de decidir, siempre que se sepa leer.

Primero: qué bonsái tienes entre manos

Antes de hablar de estaciones hay que aclarar el malentendido que más ejemplares mata. El bonsái no es una planta de interior. Lo que se vende como "bonsái de interior" son especies tropicales o subtropicales —Ficus retusa, Carmona retusa, Serissa foetida, Sageretia thea, Schefflera— que toleran el salón porque en su origen no conocen el invierno. Todo lo demás —pinos, juníperos, arces, olmos, zelkovas, hayas, olivos, granados, piráncantas, cotoneáster— es un árbol de exterior que necesita estar fuera los 365 días del año, incluidas las heladas.

El motivo es fisiológico y no admite negociación: las especies de clima templado necesitan acumular horas de frío por debajo de unos 7 °C para romper la latencia de las yemas. Un arce dentro de casa en diciembre no se muere de golpe; brota deslavazado en primavera, se debilita durante dos o tres temporadas y termina cayendo. Con esa distinción hecha, el año se organiza así.

Primavera (de finales de febrero a mayo)

Es la estación de mayor actividad y también la de las intervenciones más agresivas, porque el árbol tiene reservas para cicatrizar.

Trasplante. El momento es el hinchado de yema, justo antes de que abran: en el litoral mediterráneo suele caer a mediados o finales de febrero; en la meseta y el interior norte, en marzo. Se poda entre un tercio y la mitad del cepellón en caducifolios y bastante menos en coníferas, que se resienten más. Frecuencia orientativa: árboles jóvenes en formación cada año o dos; caducifolios formados cada dos o tres; pinos y juníperos maduros cada cuatro o cinco. El sustrato debe ser mineral y de grano grueso —akadama, kiryu, puzolana o picón, de 2 a 5 mm—, nunca turba sola: la turba retiene demasiada agua y se compacta.

Después del trasplante, nada de abono. Cuatro a seis semanas de espera. Las raíces cortadas no absorben todavía y las sales solo queman. Y el árbol recién trasplantado va a semisombra y al abrigo del viento durante dos o tres semanas.

Poda de brotes y pinzado. En caducifolios, cuando el brote nuevo saca cinco o seis pares de hojas se corta dejando uno o dos: así se acorta el entrenudo y se densifica la ramificación. En pinos, la operación de primavera es el desyemado o control de velas, no el pinzado indiscriminado; en un pino negro japonés en buena salud las velas se cortan a finales de mayo o junio para provocar una segunda brotación más corta.

Abonado. Se arranca al ver el primer brote. Abono orgánico sólido en bolitas cada cuatro o seis semanas, o líquido equilibrado cada diez o quince días a media dosis de la que indique el envase. En primavera interesa que haya nitrógeno disponible: un 12-6-6 o similar va bien para caducifolios.

Plagas. Es cuando aparece el pulgón sobre los brotes tiernos, y también la oruga defoliadora en olmos y el oídio en arces y granados si el ambiente es húmedo. Revisa el envés de las hojas cada semana. Un chorro de agua a presión y jabón potásico resuelven los primeros focos sin recurrir a insecticidas.

Bonsái de zelkova con ramificación fina en primavera

Verano (de junio a septiembre)

En la península el verano no es una estación de crecimiento, es una estación de supervivencia. Con 38 °C y sol directo, una maceta de bonsái puede alcanzar los 45 °C en el sustrato y cocer las raíces finas aunque el árbol tenga agua de sobra.

Riego. Se convierte en la tarea central. Dos riegos diarios son normales en julio y agosto en el interior y el sur: uno a primera hora de la mañana y otro al caer la tarde. Nunca al mediodía sobre el sol. El criterio no es el reloj sino el sustrato: se riega cuando la superficie se ha secado, y se riega hasta que salga agua por los orificios de drenaje, dando dos o tres pasadas para que el agua empape de verdad y no resbale por los laterales. Un plato con agua permanente debajo es un billete directo a la asfixia radicular; distinto es una bandeja con grava húmeda, que solo sube la humedad ambiente.

Sombreo. Malla de sombreo del 40-50 % entre las 12 y las 18 horas, o colocación bajo un árbol o una pérgola. Las especies de hoja fina —arces japoneses, hayas, olmos— se queman los bordes con facilidad; ese quemado no se recupera, la hoja ya no vuelve a repararse.

Abonado. Se suspende o se reduce mucho durante la ola de calor, cuando el árbol está parado. Se retoma a finales de agosto.

Defoliado. Solo en caducifolios vigorosos y sanos, a principios de junio, cortando las hojas por el peciolo para forzar una brotación más pequeña y una ramificación más fina. En un árbol débil, recién trasplantado o enfermo, defoliar es rematarlo.

Alambrado. Buen momento para coníferas, pero con vigilancia: en pleno crecimiento el alambre se clava en la corteza en cuestión de semanas y deja una marca en espiral que tarda años en desaparecer. Revisión cada quince días.

Plagas de verano. Araña roja, sobre todo en juníperos, cipreses y olmos cultivados en ambiente seco y caliente. Se detecta por el punteado amarillento del haz y las telillas finísimas. La medida preventiva más eficaz es simple: pulverizar agua sobre el follaje al atardecer, porque la araña roja odia la humedad.

Otoño (de octubre a noviembre)

Con las primeras lluvias llega un segundo empuje de crecimiento, más corto que el de primavera pero muy útil para engordar raíces de cara al invierno.

Abonado de otoño. Se cambia la proporción: menos nitrógeno y más fósforo y potasio (por ejemplo un 6-6-12 o un 4-6-10). El potasio lignifica los brotes tiernos y mejora la resistencia al frío. Es el abonado que más se olvida y uno de los que más se notan.

Riego. Baja de golpe la demanda. Pasar de dos riegos diarios a uno cada dos o tres días según el tiempo. Mucho bonsái muere ahogado en octubre por mantener el ritmo de agosto.

Limpieza. En pinos se retiran a mano las agujas viejas del interior y las que hacen sombra a las yemas interiores; en todas las especies se quitan hojas secas, malas hierbas y musgo excesivo de la superficie, que retiene humedad y esconde plagas.

Poda ligera y alambrado de coníferas. Con el crecimiento frenado, el alambre marca mucho menos y la estructura del árbol se ve mejor cuando el caducifolio pierde la hoja.

Preventivo. Un tratamiento con oxicloruro de cobre a la caída de la hoja reduce hongos invernantes en heridas y cicatrices, sobre todo en zonas húmedas del norte.

Y un detalle de disfrute: el color otoñal de los arces (Acer palmatum) depende de que haya contraste térmico entre día y noche y de que el árbol no vaya sobrado de nitrógeno. En la costa mediterránea, con noches templadas, el color siempre será más discreto que en el interior.

Invierno (de diciembre a febrero)

El árbol duerme, pero no está muerto ni se le puede olvidar. Aquí se concentran los dos errores clásicos de sentido contrario: meterlo en casa y dejarlo totalmente a la intemperie sin protección de raíz.

Lo que se protege es la maceta, no la copa. Un olmo o un arce aguantan en tierra −15 °C sin inmutarse, pero sus raíces en un recipiente de cuatro centímetros de fondo empiezan a sufrir daños en torno a −5 o −6 °C, porque la raíz es el tejido menos resistente al frío y en maceta no tiene el aislamiento del suelo. La solución no es un invernadero caliente: basta con hundir las macetas en un arriate, arrimarlas contra una pared orientada al sur, agruparlas y cubrir los laterales con corteza, hojarasca o plástico de burbujas, o meterlas en un invernadero frío o cajón sin calefacción. En el litoral mediterráneo y en el sur, con heladas leves, no hace falta nada más que resguardarlas del viento.

Riego. Escaso pero no nulo: cada siete a diez días si no llueve, y siempre a media mañana, nunca al anochecer con helada prevista. El sustrato seco por completo mata raíces en invierno igual que en verano, solo que más despacio y sin que se note.

Poda estructural. En caducifolios sin hoja es cuando mejor se ve el esqueleto del árbol, y las heridas grandes cicatrizan bien si se hacen a finales de invierno, con la savia a punto de moverse. Sella los cortes de más de un centímetro con pasta cicatrizante.

Nada de abono mientras el árbol esté parado.

Aceite de invierno. Una aplicación en enero o febrero, sobre madera sin hoja, acaba con las formas invernantes de cochinilla y pulgón y ahorra tratamientos en primavera.

Y los tropicales, en interior. Ficus, carmona y sageretia entran a casa cuando la mínima nocturna baja de 12-15 °C, junto a una ventana muy luminosa y lejos del radiador y de las corrientes. El aire seco de la calefacción es su peor enemigo: bandeja con grava y agua bajo la maceta y riegos más espaciados, porque con menos luz consumen menos. Que un ficus tire hojas al entrar en casa es una reacción normal de adaptación a la luz, no necesariamente un síntoma de enfermedad.

Bonsái de junípero de exterior en maceta

El riego, el hilo que atraviesa todo el año

Ninguna otra tarea decide tanto. Tres reglas que valen en enero y en agosto:

No hay calendario de riego. Hay que comprobar el sustrato: dedo a un centímetro de profundidad, o el peso de la maceta al levantarla, que es el método más fiable con algo de práctica.

Se riega a fondo o no se riega. Los riegos superficiales solo mojan los tres primeros centímetros y dejan el fondo seco; el agua debe salir por los agujeros.

El agua importa. En buena parte de España el agua de grifo es muy calcárea y, riego tras riego, sube el pH del sustrato y bloquea la absorción de hierro. Si tu árbol amarillea entre los nervios de la hoja mientras estos siguen verdes, es clorosis férrica: agua de lluvia si puedes recogerla, o corrección con quelato de hierro un par de veces al año. Las especies acidófilas —arces japoneses, azaleas satsuki— son las primeras en acusarlo.

Errores que se repiten

Trasplantar en verano. Con calor, un árbol sin raíces no puede reponer lo que transpira. El trasplante es de final de invierno.

Abonar un árbol enfermo para "que se recupere". Un árbol débil no absorbe; el abono solo añade estrés salino. Primero se corrige la causa —riego, drenaje, luz, plaga—, y se abona cuando vuelve a crecer.

Podar y trasplantar en la misma sesión. Cortar arriba y abajo a la vez en un árbol que no está vigoroso multiplica el riesgo. Espacia las dos operaciones al menos una temporada.

Confundir hoja amarilla con falta de agua. El exceso de riego produce síntomas parecidos —hoja mustia, amarilleo, caída— porque la raíz podrida tampoco absorbe. Antes de regar más, comprueba el drenaje.

Cambiar el árbol de sitio cada dos semanas. Los árboles adaptan su follaje a una exposición concreta. Busca un emplazamiento bueno —sol de mañana, resguardo de viento— y déjalo ahí.

En resumen

El año de un bonsái tiene una lógica sencilla: en primavera se trasplanta, se pinza y se empieza a abonar con nitrógeno; en verano manda el riego y toca sombrear, con defoliado solo en árboles fuertes; en otoño se abona con potasio, se limpia, se alambra y se reduce el agua; en invierno se protege la maceta del hielo, se poda la estructura y se aplica aceite invernal, con riegos escasos y ningún abono. Encima de todo eso, dos condiciones que no cambian nunca: los árboles de clima templado viven fuera todo el año, incluso helando, y el riego se decide mirando el sustrato, no el calendario. Con esas dos cosas resueltas, casi todo lo demás tiene arreglo.


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