Del 27 al 30 de abril de 2017, Saitama acogió la octava Convención Mundial del Bonsái, la cita cuatrienal que organiza la World Bonsai Friendship Federation y que aquel año volvía a Japón casi tres décadas después de la primera, celebrada en Omiya en 1989. La sede tenía sentido: Saitama es donde está el barrio de Omiya Bonsai Mura, el pueblo de viveros al que se mudaron los cultivadores de Tokio tras el terremoto de 1923 y que sigue siendo el centro de gravedad del bonsái japonés.
Lo interesante de una exposición así no es el listado de premios, que se olvida en dos semanas. Es lo que se aprende mirando: por qué un árbol de sesenta centímetros parece tener trescientos años, qué está haciendo el cultivador para que un pino tenga las acículas tan cortas, o por qué una azalea en flor puede ser espectacular y a la vez mal árbol. Este repaso va por especies, y con cada una, lo que se puede aplicar a un balcón en España.
Qué hace que un árbol llegue a una exposición de este nivel
Antes de las especies conviene entender el criterio, porque explica todo lo demás. Un jurado japonés mira, más o menos por este orden: el nebari, es decir, el ensanchamiento de las raíces en la base del tronco y su reparto radial; la conicidad del tronco, que debe adelgazar de forma continua desde la base hasta el ápice; la coherencia entre el movimiento del tronco y la colocación de las ramas; la finura de la ramificación terminal; y la proporción de la hoja o la acícula respecto al conjunto.
De todos ellos, el que más delata a un árbol joven disfrazado de viejo es el nebari, y es también el que menos se puede corregir a última hora: se construye durante años, plantando sobre una teja o una tabla al trasplantar para que la raíz salga en horizontal y no en picado. El segundo delator es la ramificación fina, que solo aparece tras muchas temporadas de pinzado repetido; una silueta densa hecha a base de tijeretazos gruesos se ve enseguida porque no tiene divisiones intermedias.
Y hay un factor que los aficionados subestiman: en este nivel la maceta y la peana forman parte del árbol. Un caducifolio delicado pide maceta esmaltada y de paredes finas; una conífera de tronco poderoso, barro sin esmaltar, rectangular y profunda. Poner un pino en una maceta azul celeste arruina un trabajo de treinta años.
El jazmín, y la categoría shohin
Los árboles pequeños suelen ser lo primero que engancha a quien entra en una de estas salas. El shohin es la categoría de bonsáis de hasta unos 20 centímetros de altura, y se expone habitualmente en estanterías con varios ejemplares combinados, buscando el contraste entre una conífera, un caducifolio, un árbol de flor y uno de fruto.
El jazmín que se emplea en bonsái no suele ser el trepador de nuestros patios, sino especies arbustivas de porte compacto y madera que engorda deprisa. Su atractivo en formato pequeño es evidente: hoja diminuta, floración generosa y perfumada, y una corteza que se agrieta pronto y aporta la sensación de edad que un árbol de 15 centímetros tiene difícil.
Cultivar shohin es más exigente que cultivar un árbol grande, y conviene decirlo claro porque se vende como iniciación. En una maceta de esas dimensiones el volumen de sustrato es tan pequeño que en un julio de meseta puede secarse en unas horas: en verano son dos y hasta tres riegos diarios, sin margen de olvido. El equilibrio también es más frágil: como el árbol tiende a engordar arriba, hay que podar el ápice con dureza cada temporada para que el tronco no pierda la conicidad.
Los pinos: donde se mide de verdad el oficio
El pino es el árbol emblemático del bonsái japonés y el que más años exige. En estas exposiciones dominan el pino blanco japonés (Pinus parviflora, o Pinus pentaphylla), de acícula corta y azulada, habitualmente injertado sobre pie de pino negro para ganar vigor de raíz, y el pino negro japonés (Pinus thunbergii), de corteza fisurada en placas y madera más brutal.
Lo que hay que mirar en un pino de concurso es la almohadilla de follaje: cada rama termina en una masa compacta y horizontal de vegetación, separada de las demás por espacio vacío, de modo que se ve la estructura de la rama y del tronco a través del árbol. Esa separación no es decorativa, es técnica: si el follaje se junta, las ramas interiores se sombrean, pierden la brotación y el árbol se vacía por dentro hasta quedar reducido a una capa verde por fuera.
El otro detalle es la longitud de la acícula. Un pino negro silvestre tiene acículas de 7 a 12 centímetros; en un bonsái bien llevado quedan en 2 o 3. No se consigue cortándolas, se consigue con la técnica de las velas: hacia mayo o junio se corta el brote primaveral entero para forzar una segunda brotación en verano, que sale más corta y con la yema mucho más cercana. La longitud del corte se gradúa según el vigor de cada zona —más severo arriba y en las puntas, más suave en las ramas bajas y débiles—, que es exactamente lo contrario de lo que haría el sentido común. En otoño se retira además la acícula vieja del interior para que entre luz.
Y una advertencia que ahorra disgustos: el descandelado solo se aplica a pinos de dos acículas vigorosos y bien alimentados. En un Pinus parviflora, o en cualquier pino débil o recién trasplantado, cortar la vela entera es una vía rápida a la rama muerta; ahí se pellizca parcialmente con los dedos y punto. En España tenemos, por cierto, material propio excelente para esta técnica: el Pinus halepensis y el Pinus pinaster responden bien y tienen corteza espectacular.
El arce tridente
El Acer buergerianum es probablemente el mejor caducifolio para aprender qué es un buen tronco. Engorda rápido, cicatriza bien las heridas grandes —cosa que el arce japonés hace mucho peor— y, sobre todo, produce un nebari extraordinario: sus raíces se fusionan entre sí con el tiempo y forman una base ensanchada y rugosa que parece la de un árbol centenario.
En una exposición de este nivel el arce tridente se muestra a menudo sin hojas, en su imagen invernal, y ahí no hay dónde esconderse: se ve el reparto de las ramas, el afinamiento progresivo hasta ramillas del grosor de un cabello y cualquier cicatriz mal resuelta. Esa ramificación en abanico se construye con pinzado repetido y con defoliaciones parciales a comienzos de verano, dejando el pecíolo puesto para que la yema axilar rompa.
Es una especie que va bien en gran parte de España, pero con dos condiciones. La primera es sombra en las horas centrales de julio y agosto: aguanta el calor mejor que el Acer palmatum, aunque con solano seco el borde de la hoja se seca igual. La segunda es agua poco caliza, porque en suelo alcalino tiende a la clorosis. Compensa con creces: es un árbol muy rápido de trabajar, y admite podas de tronco que en otras especies serían suicidas.
La azalea satsuki
Las azaleas de bonsái son cultivares de Rhododendron indicum, las llamadas satsuki, un nombre que viene del quinto mes del calendario lunar japonés, que es cuando florecen. Hay centenares de cultivares, y algunos dan flores de colores distintos en el mismo ejemplar, incluso pétalos rayados y lisos en la misma planta.
Aquí conviene corregir una idea muy extendida. Una azalea cubierta de flores es una fotografía impresionante, pero una manta de flor tapa el árbol en lugar de mostrarlo, y los cultivadores serios lo saben: en Japón las satsuki se exhiben en dos momentos muy distintos del año, en flor y también desnudas, y es en la segunda exposición donde se juzga el tronco retorcido, la madera muerta y la estructura real. Si compras una azalea solo por la floración, estarás comprando la parte que dura tres semanas.
Su cultivo tiene reglas propias que no se parecen a las del resto. Es una planta estrictamente acidófila: se planta en kanuma puro, un sustrato volcánico japonés de pH ácido, y se riega con agua de lluvia o de ósmosis. Con el agua dura de buena parte de la Península amarillea en una temporada. Tiene raíz muy fina y superficial, así que no tolera que el cepellón se seque ni un día, pero tampoco el encharcamiento. Quiere sombra parcial, sol de mañana y protección en verano; a pleno sol de agosto en Madrid o Sevilla se achicharra.
La poda se hace inmediatamente después de la floración, en cuanto se retiran las flores marchitas, y no más tarde: las yemas del año siguiente se forman en verano, de modo que quien poda en otoño o invierno está cortando toda su floración. Conviene además pellizcar las flores marchitas una a una para que la planta no gaste energía en semilla, y aclarar los brotes múltiples que salen de un mismo punto, dejando dos, porque si no la ramificación engorda en verticilos y queda antinatural.
Qué llevarse a casa de una exposición así
Tres cosas que valen más que cualquier fotografía.
El tiempo es un material de trabajo. Muchos de los árboles expuestos en Saitama tenían decenios de cultivo, y a veces siglos, pasando de un cultivador a otro. Eso no significa que haya que resignarse: significa que la prisa es el enemigo. Engordar un tronco requiere dejar el árbol suelto y crecer sin podar durante años, aunque parezca que "no se está haciendo bonsái".
La técnica se ajusta a la especie, no al revés. Pinzar un pino como si fuera un olmo lo estropea; podar una azalea en la época en que se poda un arce elimina la floración de un año entero; cortar un junípero con tijera deja las puntas marrones. La pregunta útil ante cualquier árbol nuevo no es "cómo se cuida un bonsái", sino "qué especie es esta y cómo brota".
Nuestro clima pide adaptar el calendario. El manual japonés está escrito para una primavera húmeda y un verano de lluvias que aquí no existen. En la Península hay que adelantar el trasplante (de finales de enero a marzo según la zona), sombrear en verano, vigilar la dureza del agua y contar con que el periodo crítico no es el frío de enero sino la semana de 40 grados de agosto. Y el material silvestre autóctono —sabina, enebro, olivo, acebuche, pino carrasco, granado, cotoneaster— responde mejor aquí que muchas especies importadas, y da árboles con carácter propio.
En resumen
La Convención Mundial del Bonsái de 2017 se celebró en Saitama, junto a Omiya, el barrio que lleva un siglo siendo el centro del bonsái japonés. De lo que allí se vio, lo aprovechable no son los nombres sino los criterios: base de raíces bien repartida, tronco que adelgaza sin saltos, ramas que dejan ver el interior del árbol, ramificación fina construida a lo largo de años y una hoja o acícula reducida por técnica y no por tijeretazo. El jazmín enseña la exigencia de riego del formato shohin; los pinos, que el vigor se administra por zonas y que el descandelado no vale para todos; el arce tridente, cómo se construye un nebari y por qué la imagen invernal es la prueba de verdad; y la azalea satsuki, que la flor es lo último que hay que mirar y que sin sustrato ácido y agua blanda no hay nada que hacer. Aplicado a un balcón español, con sombra en agosto y el calendario adelantado, todo eso funciona.