Cada febrero, en el Museo Metropolitano de Arte de Ueno, en Tokio, se monta durante unos días la exposición Kokufu-ten. Los árboles se colocan de uno en uno sobre su mesa, con su acompañamiento y su fondo, y el visitante los mira como se mira un cuadro. Muchos de esos ejemplares llevan más tiempo vivos que el edificio que los aloja. Esa es la idea que conviene tener en la cabeza antes de hablar de "los mejores bonsáis del mundo": no se trata de una lista de especies bonitas, sino de árboles concretos, con nombre, dueño y biografía.

Aun así, hay especies que dan más de sí que otras, y hay ejemplares que se han convertido en referencia. Repasemos unos cuantos, y de paso qué es exactamente lo que hace que un árbol en maceta se considere excepcional.

Qué mira un juez antes que la especie

Cuando alguien con criterio se planta delante de un bonsái, lo primero que mira está abajo, no arriba. El nebari —el ensanchamiento de las raíces en la base del tronco— es lo que da sensación de anclaje y de peso. Un tronco que sale del sustrato como un palo clavado nunca parecerá viejo, por mucha ramificación fina que tenga la copa.

Después viene la conicidad: el tronco debe adelgazar de forma progresiva desde la base hasta el ápice. Y luego la ramificación, que tiene que dividirse en dos cada vez, con entrenudos cada vez más cortos, hasta terminar en una nube de brotes finos. Un árbol de dos metros en el campo hace eso solo en cincuenta años; en una maceta hay que provocarlo a base de podas de estructura, pinzados y defoliaciones parciales.

Solo cuando esas tres cosas están resueltas empiezan a contar la corteza, la madera muerta, la floración o el fruto. Por eso un junípero sin flores puede valer mucho más que una azalea cubierta de color: la flor dura tres semanas, la estructura dura décadas.

Los diminutos: mame y keshitsubo

Bonsái mame de tamaño diminuto en maceta pequeña

La clasificación japonesa por tamaños tiene varios escalones. El shohin agrupa los árboles de hasta unos 20-25 cm; el mame baja de los 10 cm; y el keshitsubo, el escalón más extremo, se queda por debajo de los 5 cm, macetita incluida. Son árboles que caben en la palma de la mano y que se exponen en estanterías de varios pisos, porque uno solo no aguanta la mirada.

Aquí conviene deshacer un malentendido que se repite mucho: un mame no es una especie enana ni un árbol modificado genéticamente. Es un árbol de la misma especie que su primo de quince metros, mantenido pequeño por restricción de raíces, poda y control del sustrato. Si plantas un mame de olmo en el jardín y lo dejas en paz diez años, tendrás un olmo.

Lo que sí es verdad es que un mame es mucho más difícil de mantener vivo que un bonsái mediano, y no al revés. El volumen de sustrato es tan pequeño que en un mes de julio castellano puede secarse en cuatro horas. Quien empieza por un mame porque "ocupa poco" suele durar un verano.

Árboles con biografía: los bonsáis ancianos

El ejemplar más citado del mundo es probablemente un pino blanco japonés (Pinus parviflora) que se conserva en el Arboreto Nacional de Estados Unidos, en Washington. Lo cultivó durante generaciones la familia Yamaki, en Hiroshima, y estaba en su vivero, protegido por un muro, el 6 de agosto de 1945. Sobrevivió a la bomba. En 1976 se donó a Estados Unidos como regalo del bicentenario, y durante casi treinta años nadie en el arboreto supo de dónde venía: la historia salió a la luz cuando dos nietos de Masaru Yamaki fueron a visitarlo. El árbol se cultiva en maceta desde el siglo XVII.

En el Palacio Imperial de Tokio se cuida otro pino de cinco agujas, el Sandai Shogun no Matsu, asociado al tercer shogun Tokugawa y con varios siglos de cultivo documentado. Y en Italia, el vivero Crespi expone un Ficus retusa de porte enorme al que se le atribuye más de un milenio, aunque la edad de los ficus es siempre difícil de certificar porque no forman anillos de crecimiento claros.

Dos matices honestos sobre las edades. Primero: en muchos casos se cuenta la edad del árbol, no la de su cultivo como bonsái. Un enebro recolectado de montaña puede tener 400 años de vida y 30 de maceta. Segundo, y más importante: la edad por sí sola no vale nada. Hay tejos centenarios en macetas que no valen lo que un arce de veinticinco años bien construido.

Los arces, el género que mejor envejece

El Acer palmatum es el árbol de los tratados de ramificación. Brota con facilidad, responde al pinzado, admite defoliación total o parcial a principios de verano para reducir el tamaño de la hoja y, sobre todo, produce esa silueta de invierno en la que se ve el árbol entero sin una sola hoja. Un arce bueno se juzga desnudo, en enero.

El problema en España es el clima. El arce palmado sufre con el sol directo de julio y con el aire seco del interior: se le quema el borde de la hoja, que es un daño irreversible hasta la brotación siguiente. En Madrid, Zaragoza o Sevilla hay que darle sombra desde media mañana y humedad ambiental, o directamente cambiarlo por el arce tridente (Acer buergerianum), que aguanta mucho mejor el calor, engorda tronco más rápido y forma un nebari espectacular. Para clima mediterráneo continental, el tridente es la elección sensata.

Manzanos y frutos: el bonsái que cambia cuatro veces al año

Los manzanos ornamentales del género MalusMalus halliana, Malus toringo y otros manzanos de fruto pequeño— son de los pocos bonsáis que dan un espectáculo distinto en cada estación: flor rosada en abril, fruto que va engordando todo el verano y queda colgado hasta bien entrado el otoño, y silueta limpia en invierno.

El truco con los frutales no es hacerlos florecer, sino dejarles florecer. La flor se forma sobre madera del año anterior, así que quien pinza compulsivamente todos los brotes en verano se queda sin flor la primavera siguiente. Con Malus, la poda fuerte va después de la floración, y a partir de julio se afloja la mano. Además conviene raleárles el fruto: un árbol pequeño que madura veinte manzanitas se agota y no brota bien al año siguiente. Cinco o seis bien repartidas lucen más y cuestan menos al árbol.

El junípero 'San José' y la madera muerta

El Juniperus chinensis 'San José' es un cultivar de porte bajo y extendido, con follaje mixto —parte escamoso y parte acicular— que se usa mucho para estilos cascada y semicascada. Los juníperos en general son la especie insignia del trabajo de jin (rama muerta descortezada) y shari (banda de madera muerta en el tronco), y no por capricho estético: en la naturaleza, el enebro de montaña pierde partes enteras por rayo, sequía o viento, y la vena viva restante alimenta solo el follaje que le queda enfrente. Reproducir eso en maceta es contar esa historia.

Dos avisos prácticos. Uno: el junípero es un árbol de exterior estricto. Dentro de casa aguanta unos meses de aspecto verde y muere sin dar señales claras; cuando amarillea, lleva semanas muerto. Dos: la madera muerta hay que tratarla, en España con más motivo, porque el sol y la lluvia alterna la degradan. El líquido de azufre cálcico se aplica en otoño o invierno, con el árbol seco y a temperatura suave, y nunca sobre la corteza viva.

La azalea satsuki, el caso aparte

Bonsái de azalea satsuki en flor

La satsuki (Rhododendron indicum y sus híbridos) tiene exposiciones propias en Japón y un mundo de cultivares con nombre: 'Kinsai', de pétalos estrechos como cintas, 'Osakazuki', 'Nikko'. Su particularidad es que una misma planta puede sacar flores blancas, rosas, rojas y jaspeadas a la vez, porque el cultivar es genéticamente inestable en el color.

Como bonsái exige cosas distintas al resto. Quiere sustrato ácido y retentivo —en Japón, kanuma puro— y agua de riego blanda: con el agua calcárea de buena parte de España, la azalea clorosa se queda amarilla entre nervios en dos temporadas. Agua de lluvia o acidificada. Florece a finales de primavera, y la poda de formación se hace justo después, en cuanto se marchitan las flores, porque en verano ya está formando las yemas del año siguiente. Retirar las flores pasadas una a una, antes de que se sequen sobre la rama, evita botritis y le ahorra al árbol producir semilla.

La rosa del desierto, y por qué no es exactamente un bonsái

El Adenium obesum se vende constantemente como "bonsái" por su base hinchada y su aspecto de árbol viejo en miniatura. Merece una aclaración: no es un árbol, es una planta caudiciforme suculenta. Ese tronco gordo es un depósito de agua, no madera, y por eso no responde al alambrado ni a las técnicas de ramificación como responde un olmo. Los criterios clásicos del bonsái —conicidad, ramificación en dos, silueta de invierno— sencillamente no se le aplican.

Dicho esto, un adenium bien cultivado es una planta magnífica, y en España se lleva bien con el clima costero mediterráneo. Necesita sustrato muy drenante, sol pleno y, sobre todo, sequía en invierno: por debajo de 10-12 ºC deja de crecer y el riego lo pudre. Interior fresco y seco de noviembre a marzo, sin agua o casi. Ojo también con la savia, que es tóxica: contiene glucósidos cardíacos, así que guantes al podar y lejos de los niños.

Cuando el bonsái suena

De vez en cuando circulan instalaciones en las que un bonsái "toca música". Lo que hay detrás es real, aunque menos poético de lo que se cuenta: unos electrodos colocados en dos hojas miden variaciones de conductividad eléctrica en el tejido —que cambian con la humedad, la luz o el movimiento del aire— y un pequeño circuito convierte esas variaciones en notas MIDI. La planta no compone: aporta una señal fisiológica fluctuante que alguien ha decidido asignar a una escala musical. Es una traducción, no una intención. Como objeto de exposición funciona muy bien; como argumento sobre la sensibilidad vegetal, no demuestra nada.

Dónde ver buenos árboles sin salir de España

No hace falta ir a Saitama. El Museo del Bonsái de Alcobendas, en Madrid, expone la colección donada por Luis Vallejo y es probablemente el mejor conjunto público del país. En Andalucía, el Museo del Bonsái de Marbella destaca por sus acebuches (Olea europaea var. sylvestris) recolectados, que son la aportación española de verdad a este mundo: troncos huecos, retorcidos, con siglos encima, imposibles de reproducir en ningún otro clima. A eso hay que sumar las exposiciones que montan las asociaciones locales, normalmente en primavera y otoño.

Y si hay que quedarse con una idea: los mejores árboles del país no son japoneses, son sabinas (Juniperus sabina), pinos carrascos (Pinus halepensis), olivos y encinas trabajados por gente de aquí, con material recolectado de aquí. Ese es el camino que da árboles con carácter en clima peninsular, y no el de forzar especies de montaña húmeda japonesa en una terraza de la meseta.

En resumen

Lo que convierte a un bonsái en excepcional no es la especie ni la edad, sino la coherencia entre base, tronco, ramificación y maceta, y la historia que el árbol es capaz de contar. Los arces enseñan ramificación, los juníperos madera muerta, los Malus el ciclo de las estaciones, las satsuki el color; el adenium es otra cosa y conviene llamarla por su nombre, y los mame son mucho más exigentes de lo que aparentan. Antes de perseguir un ejemplar de museo, merece la pena aprender a mirar: cuando uno entiende por qué el nebari importa más que la flor, la lista de "los mejores bonsáis" deja de ser un ranking y se convierte en un criterio propio.


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