No existe ninguna especie botánica que se llame «bonsái». Lo que hay son árboles y arbustos leñosos normales, con su nombre científico de siempre, cultivados en una maceta poco profunda y sometidos a un trabajo de poda y alambrado que mantiene sus proporciones reducidas. De ahí se deduce la pregunta que realmente importa cuando uno va a elegir planta: ¿qué características hacen que una especie aguante ese trato y además quede bien a escala pequeña?

Son cuatro, y conviene tenerlas claras antes de mirar listas de nombres:

Hoja pequeña o que reduzca con el cultivo. Un árbol de 40 cm con hojas de 20 cm no parece un árbol, parece una planta en maceta. Algunas especies reducen mucho el tamaño foliar con los años de cultivo restrictivo y las defoliaciones (el arce, el olmo, el haya); otras no reducen prácticamente nada (las magnolias, el castaño de Indias, el aguacate). Esas últimas quedan descartadas de entrada.

Entrenudos cortos. Es decir, poca distancia entre hoja y hoja. Si la especie da brotes largos con las yemas muy separadas, la ramificación fina resulta imposible y el árbol siempre tendrá aspecto desgarbado.

Buena brotación tras la poda, incluida la brotación desde madera vieja. Toda la técnica del bonsái se basa en cortar y esperar a que la planta responda con brotes nuevos en el sitio adecuado. Las especies que no brotan de madera vieja —los pinos en zonas sin follaje, los abetos— exigen otra forma de trabajar y no son un buen primer árbol.

Sistema radicular tolerante. Cada dos o tres años hay que sacar el árbol, cortarle entre un tercio y la mitad de las raíces y devolverlo al mismo tiesto. Especies con raíz pivotante muy marcada o con micorrizas delicadas se resienten más.

A partir de ahí, el repaso por grupos.

Árboles de hoja caduca

Es el grupo donde están los mejores candidatos para empezar, porque perdonan errores, crecen rápido y muestran los resultados del trabajo en pocas temporadas.

Arce japonés (Acer palmatum). El clásico. Ramificación densa y muy fina, hoja que reduce bien y color otoñal notable. Su punto débil en España es el sol de verano: por encima de 32-34 °C con aire seco, las hojas se queman por los bordes y el árbol pasa media temporada estropeado. En el interior peninsular hay que darle sombra desde mediodía y sustrato que retenga algo de humedad. En la cornisa cantábrica y en zonas de montaña va mucho mejor. Prefiere riego con agua de baja cal; con aguas duras se clorosa.

Hojas de arce japonés (Acer palmatum) en un bonsái

Arce tridente (Acer buergerianum). Más recomendable que el anterior en clima mediterráneo. Aguanta mejor el calor y el agua dura, engorda el tronco deprisa y forma nebari (base de raíces superficiales) espectaculares. Si alguien quiere un arce en Madrid, Sevilla o Valencia, este antes que el palmatum.

Olmo (Ulmus minor, Ulmus pumila) y olmo chino (Ulmus parvifolia). Probablemente el género más agradecido que existe. Brota de cualquier sitio, tolera podas severas, reduce hoja con facilidad y admite errores de riego. El olmo chino, además, se comporta como semicaduco en zonas suaves de costa. Los olmos autóctonos son excelentes material de recolección, pero atención a la grafiosis en ejemplares de campo.

Haya (Fagus sylvatica). Corteza gris lisa, porte elegante y hoja marchita que persiste todo el invierno. A cambio, crece despacio, brota una sola vez al año —lo que deja poco margen para corregir— y sufre con el calor seco. Árbol para el norte peninsular o para quien tenga paciencia y una zona fresca.

Zelkova (Zelkova serrata). La especie de referencia para la forma escoba. Ramificación muy fina y regular, crecimiento rápido, poco problemática.

Carpe (Carpinus betulus, Carpinus orientalis). Similar al haya pero más rápido y con mejor respuesta a la poda. El carpe oriental, de hoja más pequeña, se adapta bien al clima mediterráneo.

Liquidámbar (Liquidambar styraciflua). Color otoñal difícil de igualar, del amarillo al granate en el mismo árbol. Reduce hoja de forma aceptable, aunque nunca tanto como un olmo, y necesita riegos abundantes en verano.

Alcornoque y encina (Quercus suber, Quercus ilex). Perennes técnicamente, pero se trabajan como los caducos. Muy usados en la escuela española a partir de material recolectado. El alcornoque desarrolla corteza corchosa a edades relativamente tempranas y da árboles de carácter. Ambos son lentos y exigen sustrato muy drenante.

Almez (Celtis australis) y morera (Morus alba). Especies de calle, resistentes y baratas, que brotan con una fuerza enorme. Excelentes para practicar poda y alambrado sin miedo a matar nada.

Coníferas

Dan los bonsáis más longevos y de aspecto más «clásico», pero trabajan a otro ritmo: los resultados se ven en años, no en meses, y la técnica de poda es distinta. Aquí no se corta y ya está; se pinza, se despunta y se seleccionan las velas en momentos concretos.

Pino negral o rodeno (Pinus pinaster), pino carrasco (Pinus halepensis) y pino piñonero (Pinus pinea). Autóctonos, adaptados al verano seco y disponibles como material recolectado o de vivero forestal. El carrasco es especialmente resistente a la sequía y al calor. El piñonero tiene acículas largas que cuesta reducir, aunque en ejemplares con buen tronco compensa.

Pino negro japonés (Pinus thunbergii) y pino blanco japonés (Pinus parviflora). Las especies de referencia en la disciplina. El thunbergii responde a la técnica de corte de velas de junio, que provoca una segunda brotación de acícula más corta; el parviflora, más delicado, se suele encontrar injertado sobre thunbergii. Ambos exigen sustrato mineral, sol pleno y riegos espaciados. El error más repetido con los pinos es regarlos como si fueran arces: se pudren.

Enebro y sabina (Juniperus chinensis, Juniperus sabina, Juniperus phoenicea). Muy dóciles al alambrado, aguantan formas retorcidas y son el soporte natural para los trabajos de madera muerta (jin y shari). La sabina rastrera y la sabina mora dan material de recolección extraordinario en zonas de montaña, siempre con permiso del propietario o de la administración. Cuidado con confundir un enebro sano con uno que ya está muerto: el follaje del junípero tarda semanas en cambiar de color después de que la planta haya fallecido, y no es raro seguir regando un árbol que se perdió hace un mes.

Alerce (Larix decidua, Larix kaempferi). Conífera de hoja caduca: brota en verde tierno en marzo y amarillea en noviembre. Reúne lo mejor de los dos mundos, con la ramificación fina de un caduco y la silueta de una conífera. Necesita frío invernal real, así que en el litoral mediterráneo cálido no prospera.

Ciprés calvo (Taxodium distichum). También caduco. Tolera el encharcamiento —de hecho lo agradece— y es la excepción a la regla del drenaje. Buena opción para quien riega en exceso.

Tejo (Taxus baccata). Brota de madera vieja, algo raro en coníferas, y admite reducciones drásticas. Crece despacio y todas sus partes salvo el arilo rojo son tóxicas, dato a tener en cuenta si hay niños o animales cerca.

Criptomeria (Cryptomeria japonica). Se usa sobre todo en bosques y en forma vertical formal. Sufre con el aire seco.

Arbustos, especies de flor y de fruto

Aquí es donde el clima español juega a favor. Buena parte de las especies mediterráneas de porte arbustivo son material de primera para bonsái y, además, viven a la intemperie todo el año sin sobresaltos.

Olivo (Olea europaea) y acebuche (Olea europaea var. sylvestris). Hoja pequeña, brotación desde cualquier punto del tronco, tolerancia a la sequía y troncos con nudosidades naturales. El acebuche, de hoja aún más reducida, es el favorito. Cuidado con el frío: por debajo de -5 °C prolongados sufre, y en Castilla conviene protegerlo.

Granado (Punica granatum), sobre todo la variedad enana nana. Flor naranja intensa en verano, frutos pequeños proporcionados al árbol y corteza que se agrieta con la edad. Uno de los mejores bonsáis para clima cálido.

Membrillero de flor (Chaenomeles japonica). Florece en enero-febrero sobre la madera pelada, antes de brotar. Espectacular en pleno invierno.

Azalea (Rhododendron indicum, la conocida como satsuki). Floración masiva en mayo-junio. Exige sustrato ácido —kanuma puro es lo habitual— y agua sin cal; con agua dura amarillea y se pierde en dos temporadas. En zonas con agua muy caliza hay que regar con agua de lluvia o acidificada.

Piracanta (Pyracantha coccinea), cotoneaster (Cotoneaster horizontalis) y espino albar (Crataegus monogyna). Baratos, resistentes, de hoja pequeña y con fruto rojo que dura buena parte del otoño e invierno. El cotoneaster es probablemente la especie con mejor relación entre resultado y dificultad que se puede comprar en un vivero corriente.

Boj (Buxus sempervirens). Hoja diminuta, madera durísima y longevidad extrema. Muy lento. Vigilar la oruga taladradora del boj (Cydalima perspectalis), que en los últimos años ha arrasado plantaciones enteras en el norte de España.

Lentisco (Pistacia lentiscus), mirto (Myrtus communis), romero (Rosmarinus officinalis), coscoja (Quercus coccifera). Matorral mediterráneo, adaptado sin esfuerzo al sol y a la sequía estival. Se consiguen en vivero de forestal a precios ridículos y aguantan una barbaridad.

Ficus (Ficus retusa, Ficus benjamina, Ficus microcarpa). El bonsái tropical por excelencia y el que más se vende en grandes superficies. Es el único grupo de esta lista que puede vivir dentro de casa todo el año, y aun así prefiere salir al exterior de mayo a octubre. Emite raíces aéreas y suelda ramas y raíces entre sí, lo que permite trabajos imposibles en otras especies. Por debajo de 10-12 °C se para y empieza a soltar hoja.

Carmona (Carmona retusa) y serissa (Serissa foetida). Se venden como bonsáis de interior en cualquier centro de jardinería y son los responsables de buena parte de las frustraciones de los principiantes. Necesitan mucha luz, humedad ambiental alta y no toleran cambios; la serissa, además, defolia entera al menor disgusto. Si alguien se está iniciando, un ficus antes que estas dos.

Trepadoras y especies de porte irregular

Las plantas trepadoras no forman tronco leñoso erguido por sí solas, así que exigen un tutor durante los primeros años y una selección deliberada de la guía. A cambio dan resultados llamativos.

Buganvilla (Bougainvillea glabra, Bougainvillea spectabilis). Tronco que se retuerce y engrosa con carácter, brácteas de color intenso desde junio hasta octubre y una tolerancia a la sequía notable. Precisamente ese es el truco para que florezca: hay que estresarla ligeramente por falta de agua, porque regada en abundancia produce hoja y nada más. Necesita clima suave; no aguanta heladas fuertes.

Buganvilla en flor cultivada como bonsái

Glicinia (Wisteria sinensis, Wisteria floribunda). Racimos colgantes en abril-mayo, antes o a la vez que la hoja. El problema es de escala: la flor es grande y no reduce, de modo que solo funciona en bonsáis de tamaño medio o grande. Además consume muchísima agua en floración; la maceta suele ir más profunda de lo habitual e incluso semisumergida.

Hiedra (Hedera helix). Barata y rápida, con la particularidad de que su forma adulta arbustiva —la que produce flor y fruto— tiene hoja entera y porte erguido. Trabajando esa fase se consiguen resultados sorprendentes.

Jazmín de invierno (Jasminum nudiflorum) y madreselva (Lonicera nitida). La Lonicera nitida merece mención aparte: hoja minúscula, crecimiento rapidísimo, tolerancia total a la poda y precio de planta de seto. Es material de práctica ideal.

Qué evitar y por qué

Se ven intentos, sobre todo en internet, con plantas que no van a funcionar nunca. Conviene ahorrarse el disgusto.

Plantas herbáceas. Un bonsái necesita tronco leñoso que engorde y se agriete con los años. Una planta cuyo tallo no lignifica jamás dará esa impresión, por muy pequeña que se mantenga.

Palmeras, dracenas, yucas y similares. Las monocotiledóneas no tienen crecimiento secundario en grosor: el tronco no engorda con el tiempo, no se ramifica al podarlo y no cicatriza. La «palmera bonsái» no existe. La Beaucarnea recurvata, que se vende a veces como tal, es otra cosa.

Suculentas y cactus. El Portulacaria afra o la Crassula ovata se trabajan y quedan agradables, pero su tejido no es madera y las técnicas de alambrado y poda no se comportan igual. Se admiten como curiosidad; no como aprendizaje de la disciplina.

Especies de hoja muy grande que no reduce: castaño de Indias, catalpa, paulonia, ailanto, higuera común. Algunas producen resultados aceptables en tamaño grande, pero no en un árbol de mesa.

Y una advertencia sobre el «bonsái de interior». Salvo el grupo tropical (ficus, carmona, serissa, Sageretia, Schefflera), todas las especies de este artículo son árboles de exterior. Un arce, un olmo o un pino metidos en un salón durante todo el año mueren, con más o menos lentitud, porque necesitan el frío invernal para entrar en reposo. Ese periodo de dormancia no es un capricho estético: sin él, las yemas no completan su ciclo y el árbol se agota. Cuando un bonsái comprado en un centro comercial muere en tres meses, la causa casi siempre es esa, y no la falta de riego.

Cómo elegir el primero

Un criterio práctico: empieza por una especie que crezca de forma natural en tu zona. Si el árbol vive silvestre a pocos kilómetros de casa, se adapta al clima sin ayuda y perdona los fallos de riego, de ubicación y de calendario, que son los que se cometen al principio.

Segundo criterio: que sea barato. Los primeros años se cometen errores, y es mejor cometerlos sobre un cotoneaster de vivero de nueve euros que sobre un pino japonés de cuatrocientos. Un olmo, una Lonicera nitida, una piracanta o un ligustro (Ligustrum ovalifolium) enseñan exactamente lo mismo sobre poda, alambrado y trasplante.

Tercero: compra planta de vivero ordinario, no bonsái ya hecho. Una planta de contenedor de tres o cinco litros tiene tronco, raíces sanas y margen para trabajar. Un «bonsái» de importación barato suele llevar años en una maceta minúscula con sustrato compactado y sin más recorrido que mantenerse vivo.

En resumen

Sirve para bonsái cualquier especie leñosa con hoja pequeña o reducible, entrenudos cortos, buena brotación tras la poda y raíces que toleren el recorte periódico. Para empezar en clima peninsular, los más agradecidos son el olmo, el cotoneaster, la piracanta, la Lonicera nitida y el ligustro; entre los mediterráneos, el olivo, el acebuche, el granado y el lentisco; entre las coníferas, el enebro y los pinos autóctonos.

El arce japonés y el haya son magníficos, pero sufren con el calor seco del interior: en su lugar, arce tridente y carpe oriental. Las trepadoras como la buganvilla o la glicinia dan resultados llamativos a cambio de tutor y paciencia. Y quedan fuera las herbáceas, las palmeras y todo lo que no forme madera.

Lo importante no es la lista, sino el criterio: el árbol que sobrevive es el que está adaptado al sitio donde vas a tenerlo, y ese sitio, casi siempre, está fuera de casa.


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