Entre 5 y 15 centímetros de altura, maceta aparte: esa es la horquilla en la que se mueve un mame. Cabe en la palma de la mano, pesa menos que un móvil y, aun así, tiene que parecer un árbol adulto con tronco cónico, corteza agrietada y ramas que se van afinando hacia la punta. Ahí está toda la dificultad del formato, y también la razón de que muchos de los que se venden como mame no lo sean: son esquejes enraizados en una maceta pequeña, que es otra cosa muy distinta.

La palabra japonesa mame significa literalmente "judía", "legumbre", y se usa como sinónimo de diminuto. No designa una especie ni una variedad enana, sino un tamaño dentro de la escala tradicional del bonsái. Un olmo chino mame y un olmo chino de un metro son exactamente la misma planta con la misma genética; lo único que cambia es el manejo.

Bonsái mame de pequeño tamaño sobre una maceta poco profunda

Dónde termina el shohin y empieza el mame

La clasificación japonesa por tamaños no es única ni está normalizada al milímetro, y encontrarás pequeñas variaciones según la escuela o el catálogo. Las categorías pequeñas suelen ordenarse así:

Keshitsubo, los más diminutos de todos, por debajo de unos 5 cm; se comparan con una semilla de amapola y se sostienen entre dos dedos. Shito y mame, entre 5 y 15 cm aproximadamente, que es el grueso de lo que se conoce popularmente como mini bonsái. Shohin, hasta unos 20-25 cm, el formato que se sostiene con una mano y que en Europa es el más cultivado de los pequeños. A partir de ahí ya entramos en komono y katade-mochi, tamaños de mesa normales.

La confusión habitual está en la frontera entre mame y shohin. Si el árbol supera claramente el palmo, ya no es un mame por mucho que la maceta sea pequeña. Y a la inversa: un árbol de ocho centímetros con un tronco del grosor de un lápiz y tres hojas no es un mame, es un plantón.

Un mame no se consigue con hambre

Circula la idea de que el enanismo se logra manteniendo la planta al límite: poco riego, poco abono, raíz estrangulada. Es falso y además es la vía más rápida a un árbol muerto. Un mame necesita crecer con vigor para poder ramificar; lo que hace pequeño al árbol no es la debilidad, sino la repetición del ciclo crecer-cortar. Se deja alargar un brote hasta que engrosa, se corta dejando uno o dos nudos, y esa cicatriz obliga a brotar dos yemas donde había una. Repetido durante años, ese proceso acorta entrenudos, reduce el tamaño de la hoja y densifica la copa.

El material de partida importa más que en cualquier otro tamaño. Un mame convincente sale casi siempre de:

Esqueje enraizado y cortado bajo, que permite decidir desde el primer día dónde estará la base del tronco. Acodo aéreo de una rama con curvas ya hechas, técnica muy rentable porque te ahorra diez años de engorde. Plantón cortado en verde (la llamada estaca de semillero: se siega el hipocótilo de una plántula recién germinada para forzar un anillo de raíces radiales, que es lo que da el ensanchamiento en la base o nebari). Y yamadori muy pequeño, arbustos recolectados en grietas de roca donde el sustrato escaso ya ha hecho medio trabajo.

El nebari es, de hecho, el detalle que separa un mame bueno de uno mediocre. A esa escala, unas raíces que salen radialmente y ensanchan el pie del tronco engañan al ojo y transmiten edad; un tronco que entra en la tierra como un palo clavado no lo consigue por muchas ramas que tenga.

Especies que aguantan la miniatura

La condición práctica es que la hoja se reduzca al pinzarla o que ya sea naturalmente pequeña. Con hojas grandes no hay escala posible: un Acer palmatum de hoja ancha o un castaño quedan ridículos a diez centímetros.

Funcionan bien en clima peninsular el olmo chino (Ulmus parvifolia), probablemente el mejor punto de partida por lo rápido que ramifica y lo mucho que perdona; la zelkova (Zelkova serrata); el arce tridente (Acer buergerianum), que reduce hoja mucho mejor que el palmatum; el boj (Buxus sempervirens y Buxus harlandii); el enebro rastrero (Juniperus procumbens 'Nana'); el acebuche (Olea europaea subsp. sylvestris), que en el sur es material silvestre habitual y reduce la hoja con facilidad; el piracanta (Pyracantha spp.) y el cotoneaster (Cotoneaster horizontalis, C. dammeri); el granado enano (Punica granatum var. nana), muy agradecido en Levante y Andalucía; el membrillero de flor (Chaenomeles japonica); y entre los tropicales de interior, el Ficus retusa y la Sageretia theezans.

Hay un detalle contraintuitivo que conviene tener presente: la flor y el fruto no se reducen. El pinzado y la restricción radicular reducen la lámina foliar, pero una baya de piracanta seguirá midiendo lo que mide y una flor de membrillero será enorme en relación con el árbol. Unos lo consideran un defecto de escala y otros lo buscan precisamente por su efecto llamativo en la exposición otoñal. Lo que no se puede es esperar frutos en miniatura.

La maceta es el problema y también la solución

Una maceta de mame contiene con frecuencia menos de 50 ml de sustrato, a veces bastante menos, con dos o tres centímetros de profundidad. Ese volumen ridículo es lo que fuerza la escala y, al mismo tiempo, lo que convierte el cultivo en algo exigente: sin reserva de agua, sin inercia térmica y sin capacidad de tamponar un exceso de abono, cualquier error se paga en horas.

Dos consecuencias prácticas. La primera, que el árbol hay que atarlo siempre a la maceta con alambre por los agujeros de drenaje: con esa base tan pequeña, una ráfaga de viento o un roce lo tumban, y una caída con la raíz recién trasplantada suele ser mortal. La segunda, que conviene elegir maceta de barro cocido sin esmaltar solo cuando quieras acelerar el secado; la esmaltada retiene algo más de humedad, cosa que en un verano de meseta se agradece.

Riego: dos o tres veces al día en verano

Este es el punto en el que se pierden los mame. En julio y agosto, en Madrid, Zaragoza o Sevilla, un mame al aire libre puede secarse por completo entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde. Un solo secado total con el árbol a pleno sol quema las raíces finas y, en coníferas, el daño no se manifiesta hasta semanas después.

Lo que funciona en la práctica: agrupar los mame en una bandeja con arena de sílice o grava húmeda de dos o tres centímetros, hundiendo ligeramente la maceta. La bandeja no sirve para "dar humedad ambiental" —eso es un mito, se disipa de inmediato al aire libre— sino para amortiguar la temperatura del cepellón y aportar agua por capilaridad desde abajo. Regar por inmersión, metiendo la maceta en un recipiente con agua hasta que dejen de salir burbujas, es más seguro que la regadera, que a esa escala descoloca el sustrato y moja poco. Y en olas de calor, malla de sombreo del 40-50 % durante las horas centrales.

Al segundo error se llega por el lado opuesto: tener un mame en un plato con agua permanente. Con dos centímetros de sustrato, eso es asfixia radicular garantizada.

Sustrato y trasplante

El sustrato debe ser de grano fino, entre 1 y 3 mm. Con granulometría gruesa quedan huecos enormes en relación con el volumen total y el cepellón no se sostiene. La mezcla habitual es akadama de calidad shohin con pómice y, en coníferas, algo de kiryuzuna o grava volcánica; para caducifolios se puede subir la proporción de akadama para retener más agua. Lo que hay que evitar es la turba pura de los mini bonsáis de supermercado: se compacta, se seca formando una pastilla que repele el agua y no se rehidrata ni por inmersión.

El trasplante en un mame es anual o cada dos años, mucho más frecuente que en un árbol grande, sencillamente porque el cepellón se llena de raíz en una temporada. La época en clima peninsular es el final del invierno, entre febrero y principios de marzo para caducifolios, cuando la yema se hincha pero todavía no ha abierto; en coníferas se puede estirar hasta marzo-abril. Se recorta alrededor de un tercio de la masa radicular y se rellena con palillo, sin dejar bolsas de aire.

Abonado: diluido y constante

Las bolas de abono orgánico sólido, tan cómodas en un bonsái mediano, no encajan aquí: una sola bola puede ocupar media superficie de la maceta y liberar una dosis desproporcionada para ese volumen de sustrato. Es preferible abono líquido muy diluido, en torno a un cuarto o un tercio de la dosis de etiqueta, aplicado cada 7-10 días sobre el sustrato ya húmedo durante la primavera y de nuevo a partir de septiembre. En pleno verano, con el árbol parado por calor, se suspende. Abonar en sustrato seco quema raíces, y en un mame las raíces finas están todas a un centímetro de la superficie.

Formación: más tijera que alambre

A esta escala el alambrado tiene un recorrido corto. Sirve para dar el movimiento inicial del tronco cuando la planta es muy joven y para colocar alguna rama principal, siempre con calibres finos (0,8 a 1,5 mm) y vigilando cada dos semanas, porque en primavera un olmo puede marcar la corteza en menos de un mes. El grueso del trabajo se hace con pinzado y corte: dejar correr el brote, cortar a uno o dos nudos, repetir. La defoliación parcial en caducifolios vigorosos, a principios de verano, ayuda a reducir hoja, pero no debe hacerse el mismo año del trasplante ni en árboles debilitados.

Otra diferencia respecto al bonsái grande: aquí una cicatriz de corte no se disimula. Un muñón de tres milímetros es enorme en un tronco de ocho. Conviene cortar pronto y limpio, con tenaza cóncava pequeña, antes de que la rama engrose.

El invierno también mata

Los mame de especies templadas necesitan pasar frío, así que su sitio es el exterior todo el año. El problema es que un cepellón de 50 ml se congela entero en una noche, mientras que uno de dos litros solo se hiela por fuera. En el interior peninsular, con heladas de -5 °C o más severas, un mame sin protección puede perder toda la raíz fina en una madrugada.

La solución tradicional es sencilla: enterrar las macetas hasta el borde en un cajón con arena o corteza, en el suelo y al abrigo de un muro orientado al norte, o guardarlas en un invernadero frío sin calefacción. La idea no es evitar el frío —eso sería contraproducente, porque necesitan las horas de frío para brotar bien en primavera— sino evitar que el cepellón se congele en bloque y que el viento seco lo deshidrate. En la costa mediterránea y en Canarias el riesgo es el contrario: falta de frío invernal, que en especies como el arce o el membrillero se traduce en brotación irregular.

Cómo se exponen

Un mame aislado sobre una mesa se pierde. En Japón se muestran en grupo sobre un kazaridana, una estantería escalonada de madera con varios huecos a distintas alturas, combinando tres o cinco árboles de carácter distinto: una conífera, un caducifolio, un ejemplar con fruto y, con frecuencia, una hierba de acompañamiento (kusamono) que aporta la nota estacional. La composición se lee en conjunto, y ese es buena parte del atractivo del formato para quien tiene un balcón de dos metros: en el espacio que ocupa un solo bonsái mediano caben ocho o diez mame con especies, épocas de floración y colores de otoño distintos.

Errores frecuentes

Comprarlo como planta de interior. Salvo el ficus y poco más, los mame son árboles de exterior. Dentro de casa duran una temporada.

Empezar por aquí. El mame es de los formatos más difíciles de mantener vivo, no el más fácil por ser pequeño. Si es tu primer bonsái, un shohin de olmo chino te enseñará lo mismo con la mitad de riesgo.

Regar por calendario. Con este volumen de sustrato hay que comprobar cada día, y en verano dos veces. La diferencia entre un día nublado de mayo y un día de poniente en agosto es de tres riegos.

Saltarse el trasplante porque el árbol "no ha crecido". Precisamente si no crece suele ser porque el cepellón está saturado de raíz y ya no admite agua.

Buscar la escala en la maceta y no en el árbol. Meter un arbolito desproporcionado en un tiesto minúsculo no produce un mame; produce una planta estresada que sigue teniendo entrenudos de diez centímetros.

En resumen

Mame es una categoría de tamaño —grosso modo de 5 a 15 cm— dentro del bonsái, no una especie enana ni un truco genético. Se consigue con material de partida bien elegido, un nebari potente y años de ciclos de crecer y cortar, no privando de agua ni de alimento. Su cultivo se resume en un puñado de exigencias muy concretas: sustrato fino de 1 a 3 mm, trasplante anual o bienal a finales de invierno, abono líquido diluido cada 7-10 días en primavera y otoño, riego revisado a diario y dos o tres veces al día en verano, sombreo en las horas centrales, protección del cepellón frente a la helada y el árbol atado siempre a la maceta. Con especies de hoja pequeña y buena respuesta al pinzado —olmo chino, zelkova, arce tridente, boj, acebuche, cotoneaster, granado enano— el formato funciona bien en España y permite reunir una colección variada en un balcón estrecho. Lo que no admite es despiste: en 50 ml de sustrato, un olvido de un día se nota.


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