No existen. Ni una sola. Lo que se vende en esos sobres decorados con la silueta de un arbolito retorcido son semillas corrientes de árboles corrientes: arce japonés, pino negro, flamboyán, glicinia, olmo. Las mismas que recogería cualquiera del suelo bajo el árbol madre. Si las siembras y las dejas a su aire en un jardín, al cabo de treinta años tendrás un árbol de tamaño completo, no un ejemplar de veinticinco centímetros.

La explicación es sencilla y ya la habrás intuido: bonsái no es una especie, es una técnica de cultivo. Un árbol se mantiene pequeño porque se le confina la raíz en una maceta poco profunda, se le poda la parte aérea, se le recorta el sistema radicular cada pocos años y se le controla el abonado. Nada de eso está escrito en la semilla. La etiqueta "semillas de bonsái" es, en el mejor de los casos, una simplificación comercial; en el peor, un cobro de cinco o diez euros por veinte semillas que valen céntimos.

Qué llevan realmente esos sobres

Si miras la letra pequeña, casi siempre aparece el nombre científico de la especie. Los surtidos que circulan por internet repiten un puñado de nombres: Delonix regia (flamboyán), Jacaranda mimosifolia, Wisteria sinensis, Acer palmatum, Pinus thunbergii, Albizia julibrissin, Sequoiadendron giganteum y, con frecuencia, mezclas sin identificar.

Dos problemas de fondo con esos lotes. El primero es climático: el flamboyán y la jacarandá son tropicales o subtropicales, y en la Península solo aguantan en el litoral mediterráneo cálido, Canarias o el valle del Guadalquivir; en Burgos o en Lugo no pasan del primer invierno. El segundo es de viabilidad: la semilla de arce japonés y la de muchas coníferas pierde poder germinativo con rapidez y depende de un tratamiento de frío previo que el sobre rara vez explica. Un lote almacenado dos años en un expositor a temperatura ambiente germina poco o nada, y el comprador concluye que ha hecho algo mal.

Hay una tercera cuestión, más sutil, con las especies de jardinería: una semilla de Acer palmatum recogida de un cultivar de hoja roja, tipo 'Atropurpureum' o 'Bloodgood', no reproduce fielmente al padre. Las variedades seleccionadas se propagan por injerto o esqueje precisamente porque su descendencia sale variable. De semilla obtendrás un arce japonés, sí, pero no ese arce japonés.

Bonsái de Acer palmatum con hoja otoñal

Entonces, ¿tiene sentido sembrar?

Tiene mucho sentido, siempre que sepas lo que estás comprando y con qué plazo trabajas. Partir de semilla se llama en la afición misho, y es la vía que da más control sobre la base del árbol: puedes intervenir sobre la raíz desde el primer año y conseguir un nebari, el ensanchamiento radial de raíces en la base del tronco, mucho mejor que el de casi cualquier planta de vivero. También evitas los defectos típicos del material comercial: injertos visibles, conicidad invertida, cicatrices mal cerradas.

A cambio, el plazo es largo. Con especies rápidas y cultivo intensivo en suelo o contenedor grande, un árbol de semilla empieza a parecer algo a los ocho o diez años. Con pinos, hablamos de quince o veinte. Quien siembre esperando tener un bonsái presentable en dos temporadas va a abandonar el proyecto.

Cómo germinar de verdad cada tipo de semilla

Los fracasos rara vez vienen del riego o del sustrato: vienen de saltarse el tratamiento previo que cada semilla necesita para romper su latencia.

Estratificación en frío. Es lo que necesitan las especies de clima templado que en la naturaleza pasan el invierno en el suelo: arces, hayas, carpes, muchos pinos, manzanos y perales silvestres, Berberis. Se hidratan las semillas 24 horas en agua, se mezclan con vermiculita o turba apenas húmeda dentro de una bolsa de plástico perforada y se guardan en la parte baja de la nevera, entre 3 y 5 °C, durante un periodo que va de 30 días en las más fáciles a 90 o 120 en el arce japonés. Se revisan cada semana para retirar las que enmohezcan. Alternativa sin nevera y más natural: sembrar en bandeja en noviembre o diciembre y dejarla a la intemperie, protegida de pájaros y de lluvia torrencial, para que el invierno haga el trabajo. En el interior peninsular funciona perfectamente; en el litoral cálido, donde el invierno es suave, la nevera da resultados más fiables.

Escarificación. Las leguminosas de cubierta dura, como Wisteria, Albizia, Delonix, Ceratonia o Cercis siliquastrum, no necesitan frío sino que el agua consiga entrar. Se sumergen en agua muy caliente, no hirviendo, unos 70-80 °C, y se dejan enfriar dentro 24 horas; las que se hinchan al doble están listas. Las que no, se liman con cuidado en un lateral, lejos del embrión, y se repite el remojo.

Siembra inmediata. Algunas semillas no soportan desecarse y hay que sembrarlas recién recogidas: bellotas de encina o alcornoque, castañas, semillas de Ginkgo biloba. Se recogen en octubre y noviembre y van directas a la bandeja. Una bellota guardada en un cajón hasta la primavera está muerta.

Sin tratamiento. Olmo (Ulmus minor), que además tiene una semilla efímera de primavera; higuera; especies tropicales de interior como Ficus, que germinan con calor y humedad y poco más.

La siembra, paso a paso

Bandeja o maceta con buen drenaje y una mezcla ligera: mitad turba o fibra de coco, mitad perlita o arena silícea gruesa lavada. La semilla se cubre con una capa de sustrato de aproximadamente su propio grosor; las muy finas, apenas espolvoreadas. Se riega por inmersión o con pulverizador para no desenterrarlas y se coloca en semisombra luminosa, no a pleno sol de mediodía.

El enemigo de esta fase tiene nombre: damping off, la caída de plántulas causada por hongos del suelo (Pythium, Rhizoctonia, Fusarium). Se manifiesta como un estrangulamiento del tallito a ras de sustrato y arrasa una bandeja entera en dos días. Se previene con sustrato nuevo, buena ventilación, evitando el encharcamiento y sin sembrar demasiado denso. Si aparece, retira las afectadas, deja secar más entre riegos y trata con un fungicida a base de cobre o con propamocarb.

Época: para las especies estratificadas, la siembra natural es otoño, con germinación en marzo o abril; para las escarificadas y las de calor, abril y mayo, cuando el sustrato ya se mantiene por encima de 15-18 °C.

Del brote al prebonsái: los primeros años

Aquí está la parte que casi nadie explica y donde se decide la calidad futura del árbol.

La plántula desarrolla una raíz principal vertical, pivotante, que a un árbol de monte le sirve para buscar agua en profundidad y a un futuro bonsái le estorba. La intervención clásica es cortar esa raíz pivotante en el primer trasplante, al final del primer invierno o en el segundo, dejando un muñón corto y repartiendo las raíces laterales en radio alrededor del tronco. Algunos cultivadores lo hacen incluso antes, en la fase de plantón recién germinado, cortando la radícula por debajo de los cotiledones y replantando. El resultado, años después, es una base ancha y estable en lugar de un tronco que sale de la tierra como un palo clavado.

Después de esa operación, la consigna es la contraria a la que uno esperaría: no metas el árbol en una maceta de bonsái. Durante los primeros ocho o diez años el objetivo es engordar el tronco, y un tronco solo engorda si la planta crece con libertad. Plántalo en el suelo del jardín, o en un contenedor grande o una caja de cultivo, déjalo crecer, abónalo con generosidad y limítate a controlar la dirección de las ramas. La maceta pequeña frena el engrosamiento de forma casi total.

Cuando el tronco tenga el grosor que buscas, se corta drásticamente a la altura deseada y empieza la construcción de la copa a partir de brotes nuevos. Ese corte, hecho a tiempo, es lo que crea la conicidad natural del tronco. Si nunca se hace, queda un tronco recto y cilíndrico que ya no hay manera de arreglar.

Bonsái de azalea en flor

Vías más rápidas que la semilla

Si lo que te apetece es tener un árbol en formación pronto, hay caminos mucho más cortos y ninguno es hacer trampa:

Esqueje. Muchas especies enraízan con facilidad y te ahorran tres o cuatro años. Los enebros y el Ficus enraízan casi solos; la Serissa, el granado, el olmo y el sauce, también. Esqueje semileñoso en junio o julio, con hormona de enraizamiento y bajo plástico.

Acodo aéreo. Permite obtener en una sola temporada un árbol ya grueso a partir de una rama interesante de otro ejemplar. Se hace de mayo a julio, anillando la corteza y envolviendo la zona con esfagno húmedo.

Planta de vivero. Un enebro, un olivo, un piracanta o un cotoneaster de contenedor de tres litros cuesta poco y aporta madera hecha. Es la entrada más eficiente para empezar a podar y alambrar de verdad.

Yamadori. La recolección de ejemplares silvestres da el material más espectacular, pero exige permiso del propietario del terreno y, en montes públicos o espacios protegidos, autorización administrativa. Arrancar árboles del monte por tu cuenta es ilegal y, además, la tasa de supervivencia sin técnica es baja.

En resumen

Las semillas de bonsái no existen porque el bonsái no se hereda: se hace. Lo que compras son semillas de una especie concreta, y lo que determina si funcionarán es que esa especie viva bien en tu clima y que le des el tratamiento de latencia que le corresponde: frío para arces, hayas y pinos; agua caliente para glicinias y albizias; siembra inmediata para bellotas y ginkgos. Sembrar merece la pena por el control que da sobre la base del árbol, siempre que aceptes un plazo de diez o quince años y que los primeros de ellos el árbol crezca suelto y sin maceta. Y si lo que quieres es empezar a modelar este mismo año, un esqueje o una planta de vivero te llevan al mismo sitio bastante antes.


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