En una maceta de bonsái de cuatro o cinco centímetros de fondo, el agua no se comporta como en un tiesto normal. Por mucho agujero que tenga la base, siempre queda retenida una franja saturada en el fondo, y cuanto más plano es el recipiente, mayor proporción del volumen total ocupa esa franja. Ahí está la razón de que el sustrato de bonsái no se parezca a la tierra de macetas y de que sea, con diferencia, el factor que más determina si el árbol vive bien o se arrastra durante años.

Un bonsái vive en menos de dos litros de sustrato con una masa de raíces muy densa. No hay margen para que el medio se compacte, se encharque o se agote: cualquier fallo se traduce en pudrición de raíz en invierno o en asfixia y deshidratación simultáneas en agosto.

Qué le pedimos exactamente al sustrato

Un sustrato hace cuatro trabajos a la vez, y en bonsái van en este orden de importancia.

Airear. Las raíces respiran. Necesitan oxígeno en los poros grandes, y lo necesitan también en las horas siguientes al riego. Un medio que tarda dos días en volver a tener aire mata raíz fina cada vez que se riega.

Retener agua sin retenerla toda. El punto de equilibrio está en un medio que se moje bien, escurra rápido y quede húmedo, no empapado. Traducido a números aproximados, buscamos algo del orden de un 25-35 % de porosidad de aire tras el drenaje libre, cifras que un buen granulado alcanza sin dificultad y que una turba compactada no roza ni de lejos.

Anclar. Un árbol sin raíz suficiente se mueve en la maceta y no cicatriza; por eso se ata con alambre a la maceta al trasplantar, y no se confía la sujeción al peso del sustrato.

Sostener nutrientes. Es el trabajo menos crítico, porque abonamos nosotros, pero conviene que el medio tenga algo de capacidad de intercambio catiónico para que el abono no se vaya entero por el agujero de drenaje al primer riego.

¿Tiene que ser fértil?

No. Esta es la creencia que más daño hace. El sustrato de bonsái es fundamentalmente mineral e inerte, y la fertilidad la aporta el abonado, que así se controla al detalle. Un medio rico en materia orgánica se descompone, pierde estructura, se compacta y termina asfixiando el cepellón justo cuando el árbol más lo necesita.

Dicho de otro modo: se puede cultivar un excelente Acer palmatum en pómice pura y abonando bien, y es imposible cultivarlo en mantillo por mucho que el mantillo sea nutritivo.

La granulometría manda más que la marca

Si solo puedes controlar una variable, que sea el tamaño de grano. La aireación de un sustrato depende del tamaño de los poros entre partículas, y ese tamaño lo fija el grano.

Como referencia de trabajo:

Shohin y macetas pequeñas (hasta unos 15 cm): grano de 1 a 3 mm.
Tamaño medio, el de la mayor parte de los árboles de aficionado: grano de 2 a 6 mm.
Ejemplares grandes y macetas de cultivo: grano de 5 a 10 mm.

Y una regla que vale para todos: fuera los finos. El polvo y las partículas por debajo de 1-2 mm rellenan los huecos entre los granos grandes y anulan la aireación del conjunto. Se eliminan tamizando en seco y, si el material viene muy sucio, dando además un agua con manguera sobre el tamiz. Media hora de tamizado hace más por el árbol que elegir entre dos marcas de akadama.

El mito de la capa de drenaje

La costumbre de poner una capa de grava gruesa en el fondo tiene una explicación física incómoda: una capa gruesa bajo un medio fino no mejora el drenaje, lo empeora. El agua no pasa de un material fino a uno grueso hasta que el fino está saturado, así que la franja encharcada sube en lugar de bajar.

En bonsái la capa gruesa sigue teniendo sentido en un caso concreto: cuando el resto de la mezcla ya es granulado y grueso, y lo que se busca es evitar que el sustrato se escape por los grandes agujeros de la maceta y facilitar la entrada de aire por debajo. Con una malla plástica bien puesta y una mezcla de grano uniforme, esa capa es prescindible. Lo que nunca funciona es grava gruesa debajo y turba encima.

Los componentes, uno a uno

Akadama

Arcilla volcánica granulada procedente de la región japonesa de Kanto, de color pardo rojizo por su contenido en hierro. Es el material de referencia porque combina algo que pocos consiguen: retiene bastante agua, tiene capacidad de intercambio catiónico apreciable, mantiene forma de grano y —detalle importante— cambia de color al secarse, lo que permite ver de un vistazo cuándo toca regar. Su pH ronda la neutralidad ligeramente ácida.

Akadama, arcilla volcánica granulada japonesa

Su punto débil es que se degrada. El grano se ablanda con los ciclos de humectación y, sobre todo, con los de hielo y deshielo; en dos o tres años se ha convertido en parte en barro. Por eso conviene distinguir la akadama blanda de la calidad dura (la que se vende como "doble línea roja" o de alta cocción), que aguanta bastante más y cuesta lo suyo.

Consecuencia práctica para España: en el interior peninsular, con heladas repetidas, la akadama pura se degrada más rápido, y en el litoral mediterráneo dura más. Nunca la uses sola por debajo de un 40-50 % si no puedes trasplantar cada dos o tres años, y no reutilices akadama que se deshace al apretarla entre los dedos.

Kiryuzuna

Grava volcánica japonesa de la zona de Kiryu, más dura y más arenosa que la akadama, con contenido en hierro y algo de azufre. Drena mejor, retiene menos y se degrada mucho más despacio. Es la elección clásica para pinos y enebros, mezclada al 40-50 % con akadama. Si tu problema es el exceso de humedad y no la falta, sustituye parte de la akadama por kiryu.

Kanuma

Granulado japonés de color amarillo pálido, muy ligero, muy retentivo y claramente ácido (en torno a pH 5). Es el sustrato de las azaleas satsuki (Rhododendron indicum) y sirve igual para el resto de plantas calcífugas. Puede usarse puro o con un 20-30 % de pómice si buscas más drenaje.

Kanuma, sustrato ácido para azaleas

Es un material blando: no lo compactes con los dedos ni claves el palillo de asentar con fuerza, porque el grano se rompe. Y su ventaja de acidez se pierde si lo riegas con agua caliza, cosa habitual en buena parte de España; en azaleas, agua de lluvia o agua acidificada.

Pómice

Piedra volcánica muy porosa y ligera. Es prácticamente inerte, no se degrada, aporta aireación excelente y retiene agua en su porosidad interna sin encharcar. En España se consigue con facilidad, y el picón volcánico canario o el lapilli de otras zonas volcánicas cumplen una función muy parecida a un precio bastante menor que el de los materiales importados.

Es el mejor aliado del clima peninsular: mezclas con mucha pómice aguantan los veranos, no se apelmazan y perdonan el riego. Su límite es la baja capacidad de intercambio: con pómice pura hay que abonar de forma más constante y en dosis más bajas.

Lava volcánica triturada

Escoria basáltica, más pesada y de poros más cerrados que la pómice. Aporta estructura, peso (útil en árboles altos y macetas ligeras) y drenaje. Retiene menos agua que la pómice. Suele entrar en las mezclas en proporciones del 20-30 %.

Keto

Turba arcillosa japonesa, negra y pegajosa, con la consistencia de la plastilina. No es un sustrato de cultivo: es un adhesivo vegetal. Se usa amasada con algo de akadama para sujetar tierra sobre una roca en las plantaciones sobre piedra, para retener el sustrato en los bordes de una losa en los bosques y para fijar musgo. En su interior el agua se estanca, así que se emplea en la capa externa y en cantidad mínima.

Turba y fibra de coco

La turba rubia retiene mucha agua, se descompone, se compacta y —el fallo más traicionero— se vuelve hidrófoba cuando se seca del todo: el agua resbala por los laterales y el cepellón queda seco por dentro aunque salga agua por el drenaje. Si la usas, que sea como componente minoritario, por debajo del 20 %, y en árboles jóvenes en maceta de cultivo, no en ejemplares presentados.

La fibra de coco tiene mejor estructura y se degrada algo más despacio, pero conviene lavarla bien antes de usarla porque suele venir con sales, y bloquea el calcio y el magnesio si es de mala calidad. Ninguna de las dos es imprescindible.

Zeolita, sepiolita y diatomita

Silicatos porosos con buena capacidad de intercambio catiónico, disponibles en España a precios razonables. La zeolita (chabasita) es dura, no se degrada y retiene nutrientes muy bien; funciona en proporciones del 20-30 %. Las diatomitas calcinadas y la sepiolita granuladas retienen bastante más agua de lo que aparenta su aspecto, y ese es su principal riesgo: el árbol se riega igual que siempre y el sustrato tarda el doble en secar.

Corteza de pino compostada

Es la materia orgánica más razonable para bonsái: estructura estable, se degrada despacio y aporta algo de retención y de acidez. Tamizada a 3-6 mm, un 10-20 % en mezclas para árboles de interior o para material en formación es perfectamente defendible. Que sea corteza compostada, no virutas ni mantillo.

Los "sustratos para bonsái" del garden center

Los sacos genéricos etiquetados como tierra o sustrato para bonsái suelen ser turba con algo de arena y compost, con textura fina y muy poco poro grande. En una maceta plana se encharcan, se compactan en una temporada y explican una buena parte de los bonsáis de regalo que mueren en tres meses. Hay excepciones —mezclas comerciales realmente granuladas y minerales—, y se reconocen al abrir el saco: si al apretar un puñado queda una bola compacta, no sirve.

Mezclas que funcionan

No hay una fórmula única, pero estos puntos de partida son sólidos y admiten ajuste según tu clima y tu ritmo de riego. Las proporciones son en volumen.

Coníferas (Pinus halepensis, Pinus thunbergii, Juniperus): 40 % akadama, 40 % pómice o kiryu, 20 % lava. Los pinos agradecen el medio seco y el micelio de micorrizas, que en un sustrato demasiado húmedo no prospera.

Caducifolios de hoja fina (Acer palmatum, Zelkova serrata, Ulmus minor, Carpinus betulus): 60 % akadama, 30 % pómice, 10 % lava. Piden más humedad constante, pero el arce muere antes por raíz encharcada que por seca puntual.

Mediterráneos (Olea europaea var. sylvestris, Pistacia lentiscus, Quercus ilex, Punica granatum, Myrtus communis): 50 % pómice, 30 % akadama, 20 % lava. Son las especies que peor llevan el sustrato retentivo; en el sur peninsular se puede subir la pómice al 60 %.

Azaleas y calcífugas: 100 % kanuma, o 70 % kanuma y 30 % pómice.

Tropicales de interior (Ficus microcarpa, Carmona retusa, Serissa japonica, Schefflera arboricola): 50 % pómice, 30 % akadama, 20 % corteza de pino. Dentro de casa el sustrato seca mucho más despacio, así que una pizca de orgánico no penaliza y evita que la planta pase sed entre riegos espaciados.

Material en formación, macetas de cultivo y engorde: 50 % pómice o picón, 30 % corteza de pino, 20 % akadama o zeolita. Aquí manda el crecimiento y el bolsillo; la akadama cara no aporta nada.

El agua de riego cambia toda la ecuación

En amplias zonas de España el agua de red es dura, con bicarbonatos y conductividad alta. Regar durante meses con esa agua sube el pH del sustrato y deja depósitos de cal, y ningún componente ácido resiste indefinidamente ese empuje.

Señales de que el agua te está jugando una mala pasada: costra blanquecina en la superficie y en el borde de la maceta, clorosis internerval (hoja amarilla con nervios verdes) en arces, azaleas y cítricos, y crecimiento cada vez más pobre en árboles que llevan años sin trasplantar.

Soluciones por orden de facilidad: recoger agua de lluvia para las especies sensibles; acidificar el agua de riego hasta pH 6-6,5 con unas gotas de ácido cítrico o vinagre bien medidas; usar quelatos de hierro en primavera si ya hay clorosis; y acortar los intervalos de trasplante en las especies delicadas. Con agua de más de 400-500 microsiemens conviene además regar generosamente cada vez, hasta que salga bastante agua por abajo, para arrastrar sales en lugar de acumularlas.

¿Sirve la arena de gato?

Sirve, con condiciones estrictas. Es una alternativa barata que muchos aficionados usan en material de formación y algunos incluso en árboles acabados.

Vale la arena mineral no aglomerante a base de sepiolita, atapulgita o diatomita calcinada, sin perfumes, sin aditivos antibacterianos, sin sales colorantes ni "cristales". Antes de usarla, dos comprobaciones: tamízala para quitar polvo y grano fino, y mete un puñado en un vaso de agua 24 horas; si al apretar los granos hinchados se deshacen en pasta, descártala.

No vale la arena aglomerante de bentonita, que es precisamente la que se compacta al mojarse: convierte el cepellón en un bloque de barro. Tampoco valen las de gel de sílice ni las vegetales de madera o maíz, que se pudren.

Aun con el producto correcto, ten en cuenta dos cosas. La primera es que estos materiales retienen bastante agua y la sueltan despacio, así que hay que regar menos de lo que dicta la costumbre. La segunda es que su pH tiende a ser neutro o ligeramente alcalino, con lo que no es un buen material para azaleas ni para especies acidófilas. Como componente al 30-50 % junto a pómice y algo de corteza, funciona sin problemas.

Preparar y colocar el sustrato

El trabajo previo cuenta tanto como la elección de los materiales.

Tamiza y quita el polvo de cada componente por separado, y mézclalos después. Guarda los finos: sirven para tapar la superficie o para semilleros, no para la maceta.

Coloca malla plástica sobre los agujeros de drenaje, sujeta con grapas de alambre, y pasa por otros dos agujeros el alambre de anclaje con el que atarás el árbol. Un bonsái recién trasplantado que se mueve no emite raíz nueva.

Trabaja el sustrato entre las raíces con un palillo de madera o de bambú, sin apretar y sin dejar huecos de aire, especialmente bajo el nebari. Los bolsones vacíos matan raíz.

Riega hasta que el agua salga limpia por el drenaje. Con eso arrastras los finos que hayan quedado y asientas la mezcla.

Después del trasplante, sombra parcial y protección del viento durante dos o tres semanas, sin abonar hasta que se vea crecimiento nuevo (unas cuatro semanas, según especie y temperatura).

Cuándo trasplantar en España

El sustrato hay que renovarlo cuando pierde estructura, no cuando toca por calendario. Como referencia: caducifolios cada 2-3 años, coníferas cada 3-5, árboles viejos en maceta definitiva cada 5 o más.

Las épocas, adaptadas al clima peninsular:

Caducifolios: al hinchar la yema, antes de que abra. En el litoral mediterráneo y el sur, de finales de enero a febrero; en el interior y el norte, a lo largo de marzo.

Coníferas: finales de invierno y principios de primavera, o bien una segunda ventana a comienzos de otoño (septiembre), cuando aún queda calor para que emitan raíz antes del frío.

Azaleas: justo después de la floración, entre mayo y junio.

Tropicales de interior: a finales de primavera o en verano, con temperaturas por encima de 20 °C de forma sostenida; son los únicos que se trasplantan con calor.

Evita trasplantar con heladas anunciadas en los diez días siguientes y evita hacerlo en pleno julio o agosto en el interior peninsular, salvo urgencia por asfixia radicular.

Errores frecuentes

Añadir tierra de jardín "para que agarre mejor". Los limos y arcillas del jardín se compactan en una maceta plana y sellan la aireación. No hay ninguna ventaja que compense eso.

Usar arena fina de construcción. Rellena los poros entre los granos y hace de cemento. Si quieres arena, que sea grava silícea lavada de 2-4 mm.

Regar por calendario. Con sustrato granulado el riego se decide mirando y tocando: en verano, en Madrid o Sevilla, puede hacer falta regar dos veces al día; en marzo, una vez cada tres días. La akadama, que oscurece al mojarse, ayuda mucho a leerlo.

Creer que la akadama es obligatoria. Se cultivan bonsáis excelentes con pómice, lava y algo de corteza. La akadama facilita, no obra milagros, y en climas de heladas fuertes su vida útil es corta.

Reutilizar sustrato degradado. El material viejo se puede cribar y aprovechar la fracción que conserve grano, pero lo que sale hecho polvo va fuera.

Abonar poco por miedo a "quemar". Un medio mineral retiene poco: el árbol necesita abonado regular de marzo a octubre, en dosis moderadas, con pausa en el pico de calor. Abonar sobre sustrato seco sí quema; riega antes.

En resumen

El sustrato de bonsái es mineral, granulado y de grano uniforme, sin finos, y su misión principal es garantizar aire en la raíz mientras retiene la humedad justa. La granulometría —de 1 a 3 mm en shohin, de 2 a 6 mm en tamaño medio— pesa más que la marca del saco.

Akadama, kiryuzuna, kanuma, pómice y lava son las piezas del juego; el keto es un adhesivo para plantaciones sobre roca y la turba, un componente minoritario del que se puede prescindir. Las mezclas se ajustan a la especie y al clima: más pómice en el sur y en mediterráneas, más akadama en caducifolios de hoja fina, kanuma puro en azaleas. La arena de gato mineral no aglomerante es una alternativa válida si se tamiza y se comprueba que no se deshace.

Y dos ideas que ahorran árboles: el sustrato no tiene que ser fértil, porque para eso está el abono; y una capa de grava gruesa bajo un medio fino no drena mejor, sino peor.


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