Un bonsái adulto vive en dos o tres litros de sustrato mineral que en julio se riega dos veces al día. Cada riego arrastra sales fuera de la maceta por los agujeros de drenaje, y el sustrato —akadama, puzolana, kiryu, pómice— no tiene prácticamente reserva nutritiva propia: no es tierra, es un soporte poroso. De ahí que el abonado en bonsái no sea un extra que se añade cuando el árbol "se ve flojo", sino la única fuente de alimento que ese árbol va a tener. Elegir bien el tipo de abono, y sobre todo el momento y la dosis, pesa más que la marca.
Qué necesita realmente un árbol en maceta
Los tres números grandes de cualquier envase son N-P-K: nitrógeno, fósforo y potasio, expresados en porcentaje sobre el peso del producto. El nitrógeno mueve el crecimiento de hojas y brotes; el fósforo interviene en raíces, floración y fructificación; el potasio en la lignificación, la resistencia al frío y la regulación hídrica.
Junto a ellos hacen falta calcio, magnesio y azufre en cantidades medias, y micronutrientes en cantidades diminutas pero imprescindibles: hierro, manganeso, zinc, boro, cobre, molibdeno. En un jardín estos últimos los aporta el suelo; en una maceta con sustrato inerte, si el abono no los lleva, no están. Por eso conviene mirar la etiqueta más allá del NPK y comprobar que el producto declara microelementos, preferiblemente quelatados (EDTA o, para hierro en aguas duras, EDDHA).
Una precisión que se pasa por alto en España: buena parte del agua de red peninsular es calcárea, con pH por encima de 7,5 y bicarbonatos altos. Ese agua va alcalinizando el sustrato riego a riego y bloquea el hierro y el manganeso aunque estén presentes. El síntoma es la clorosis férrica: hoja amarilla con los nervios todavía verdes, empezando por los brotes nuevos. No se corrige echando más abono completo, sino acidificando el riego y usando quelato de hierro EDDHA, el único que se mantiene estable por encima de pH 8.
Abonos químicos o minerales
Son sales solubles de origen industrial. Su ventaja es la precisión: se sabe exactamente cuánto se aporta de cada elemento y el árbol lo absorbe casi de inmediato. Su desventaja, la misma moneda por la otra cara: un error de dosis se paga en días, no en meses.
Líquidos. Se diluyen en el agua de riego, típicamente entre 1 y 2 ml por litro, y se aplican cada 7-15 días durante la temporada de crecimiento. Es el formato más manejable para quien empieza porque permite bajar la concentración a la mitad sin complicaciones y porque, si hay un problema, se corta de un día para otro. Los hay formulados como universales (equilibrados, del tipo 6-6-6 o 7-5-6), de crecimiento (más nitrógeno, 12-6-6) y de floración (más fósforo y potasio, 4-8-10 o similares).
Sólidos de liberación lenta. Gránulos recubiertos de resina que van soltando nutrientes con la temperatura y la humedad durante tres, cuatro o seis meses. Se mezclan con el sustrato al trasplantar o se espolvorean en superficie. Cómodos, pero con dos pegas reales: la liberación se acelera con el calor, justo cuando el árbol menos lo necesita, y no se pueden retirar si al árbol le pasa algo. En clima de verano seco y caluroso —Extremadura, valle del Ebro, interior andaluz— es fácil que un producto de "seis meses" se vacíe en tres.
Solubles en polvo. Los cristalinos de invernadero (tipo 20-20-20 o 15-5-30) son baratos y muy versátiles, pero exigen báscula de precisión y agua de calidad conocida. Para una colección pequeña rara vez compensan.
Con abono mineral hay que vigilar la conductividad del sustrato. Las sales que no absorbe la planta se acumulan, y en macetas poco profundas aparece la costra blanquecina del borde. Un riego abundante y a fondo cada dos o tres semanas, hasta que salga agua limpia por el drenaje, lava ese exceso.
Abonos orgánicos
Aquí los nutrientes están en forma de moléculas complejas que los microorganismos del sustrato deben descomponer antes de que la raíz pueda tomarlos. Eso hace que actúen despacio, de forma sostenida y con muchísimo menos riesgo de quemadura radicular. También aportan materia orgánica y alimentan la microbiota, lo que en un sustrato mineral tiene un valor añadido: mejora la agregación superficial y favorece la micorrización, decisiva en pinos y encinas.
Tortas de colza fermentada. El abono orgánico sólido clásico del bonsái japonés, y también el más práctico. Son pastillas o bolitas prensadas a partir del residuo de prensar semilla de colza, con NPK bajo y bastante desequilibrado hacia el nitrógeno —del orden de 5-4-1 según la formulación— y se colocan sobre el sustrato, nunca enterradas, sujetas con una cestita de plástico para que no las tiren los mirlos ni las arrastre el riego. Cada riego disuelve un poco. Se reponen cada cuatro o seis semanas, cuando se han deshecho.
Harina de huesos y fosforita. Aporte de fósforo y calcio de liberación muy lenta. Interesante en frutales de bonsái y en especies de flor, mezclado en pequeña proporción al trasplantar.
Harina de pescado, guano, estiércoles compostados. Ricos y eficaces, con el inconveniente del olor —relevante si el árbol vive en un balcón— y de que atraen mosca del mantillo si se aplican en exceso o sobre sustrato que se mantiene encharcado.
Humus de lombriz y extractos de algas. Su valor no es tanto nutricional como bioestimulante. Los extractos de Ascophyllum nodosum aportan citoquininas y betaínas que ayudan en la recuperación tras un trasplante o una defoliación, y se pueden usar cuando todavía no procede abonar.
Conviene desmontar un tópico: el abono orgánico también quema. Una torta puesta directamente sobre el nebari o un guano mal dosificado dañan raíces igual que un mineral. Lo que ocurre es que el margen de error es más ancho, no que sea inocuo.
Cómo combinarlos a lo largo del año
El calendario que sigue está pensado para clima peninsular; en la costa mediterránea y en Canarias todo se adelanta y se alarga, y en la meseta norte se acorta por los dos extremos.
Marzo y abril. Cuando el árbol ha brotado y las primeras hojas han endurecido —no antes—, empieza el abonado fuerte. Nitrógeno alto para empujar la brotación. Es el momento de colocar las tortas orgánicas y, si se quiere, reforzar con líquido cada dos semanas.
Mayo y junio. Se mantiene el ritmo, bajando el nitrógeno en los árboles ya formados para no alargar entrenudos ni engordar la hoja. En un árbol en formación, en cambio, interesa lo contrario: crecimiento libre y abonado generoso, porque el tronco solo engorda si hay follaje que lo alimente.
Julio y agosto. Con temperaturas sostenidas por encima de 32-35 °C el árbol frena y la raíz absorbe mal. Abonar en pleno golpe de calor no acelera nada y sí concentra sales en un sustrato que se seca cada pocas horas. Lo razonable es suspender el abonado mineral y dejar solo las tortas orgánicas, o suspender también estas en las zonas más duras.
Septiembre y octubre. Segundo empujón, el más importante del año para la salud del árbol, y a la vez el más olvidado. Se pasa a formulaciones con poco nitrógeno y potasio alto (tipo 3-10-10 o 4-6-8): se busca que la madera lignifique, que las yemas de flor se diferencien y que el árbol acumule reservas para el invierno y para la brotación siguiente.
Noviembre a febrero. Árbol de exterior en reposo, sin abono. La excepción son las especies tropicales de interior —Ficus retusa, Carmona retusa, Schefflera—, que si están en casa con luz y calor siguen creciendo y agradecen una dosis muy diluida cada tres o cuatro semanas.
Ajustes por especie
Coníferas. Juniperus, Pinus y Picea toleran bien el abonado orgánico continuado. En pino negro japonés y pino silvestre, si se practica el despunte de velas en junio, se retira el abono unas semanas antes para reducir el vigor y conseguir que la segunda brotación salga con acículas más cortas; se reanuda con fuerza a finales de verano.
Caducifolios de hoja pequeña. Olmo, zelkova y arce responden rápido al nitrógeno, demasiado rápido: sobreabonar en junio produce entrenudos largos y hojas grandes que arruinan la ramificación fina. Mejor dosis moderada y constante.
Acidófilas. La azalea satsuki (Rhododendron indicum) vive en kanuma y necesita abono para plantas acidófilas, sin cal, con nitrógeno preferentemente amoniacal. Se abona después de la floración, nunca durante, y con concentraciones bajas: su raíz es finísima y quema con nada.
Mediterráneas. Olivo, acebuche, granado y romero vienen de suelos pobres y aguantan mucho, pero en maceta se comportan como cualquier otro árbol: agradecen abonado regular en primavera y otoño. En el olivo, un exceso de nitrógeno da brotes largos y blandos que después el frío quema.
Frutales y de flor. Membrillero de flor, pyracantha, cotoneaster y ciruelo japonés (Prunus mume) necesitan fósforo y potasio suficientes en verano y otoño, que es cuando diferencian las yemas florales del año siguiente. Abonarlos solo en primavera es la razón habitual de que un árbol sano no llegue a florecer nunca.
Errores que se repiten
Abonar recién trasplantado. Tras un trasplante con poda de raíz hay cortes abiertos y capacidad de absorción reducida. Hay que esperar de tres a cinco semanas, hasta ver movimiento claro de yemas. Bioestimulantes sí; abono, no.
Abonar un árbol enfermo. La idea de que un abono va a "recuperar" un ejemplar decaído es al revés: si la raíz está podrida o el árbol tiene plaga, el abono añade estrés osmótico a un sistema que ya no funciona. Primero se diagnostica y se corrige la causa.
Doblar la dosis para acelerar. Ningún árbol crece el doble con el doble de abono. Lo que se consigue es acumulación de sales, puntas de hoja quemadas y raíces dañadas. Si algo hay que ajustar, es la frecuencia, no la concentración.
Abonar sobre sustrato seco. El abono líquido en una maceta seca concentra sales sobre raíces deshidratadas. Se riega primero con agua limpia y, cuando el sustrato está húmedo, se aplica la solución.
Creer que el abono engorda el tronco. El tronco engorda por acumulación de madera nueva, y esa madera la produce el follaje en crecimiento libre. Un árbol podado corto todos los meses no engordará por mucho que se abone.
En resumen
Los abonos minerales dan control y rapidez; los orgánicos, seguridad y continuidad. La combinación que mejor funciona en la práctica es tortas de colza fermentada sobre el sustrato como base de la temporada, reforzadas con un líquido equilibrado cada quince días en primavera, pausa en el pico del verano y un abonado otoñal bajo en nitrógeno y alto en potasio. Sobre eso, tres reglas: nunca sobre sustrato seco, nunca sobre árbol recién trasplantado o enfermo, y siempre con la dosis que indica el fabricante o menos. Con agua calcárea, añadir quelato de hierro EDDHA al primer amarilleo entre nervios y no esperar a que la hoja esté blanca.