«Bonsái» no nombra ninguna especie botánica. No existe la semilla de bonsái, ni un árbol enano genéticamente destinado a vivir en bandeja: la palabra japonesa significa literalmente «plantado en maceta» y describe una técnica de cultivo, no una planta. Un olmo de campo, un pino carrasco y un ficus tropical pueden ser bonsáis; el mismo olmo plantado en el jardín será un árbol de doce metros. Por eso, cuando se habla de tipos de bonsái, se está clasificando en realidad tres cosas distintas y superpuestas: el tamaño del ejemplar, el estilo que se le ha dado y la especie con la que se trabaja.
Clasificación según el tamaño
La medida se toma desde el borde superior de la maceta hasta el ápice del árbol, y las categorías japonesas tienen un origen práctico: cuántas manos hacen falta para levantar el conjunto. Los límites bailan según la fuente, así que conviene tomarlos como franjas orientativas y no como fronteras exactas.
Keshitsubo (hasta unos 5 cm) y shito (5-10 cm) son las miniaturas extremas, del tamaño de un dedal. Mame abarca aproximadamente de 10 a 15 cm y es el formato diminuto más cultivado. Shohin llega hasta unos 20-25 cm y se sostiene con una mano. Kifu o komono cubre la franja de 20 a 40 cm, que es donde entra la mayor parte del material comercial. Chumono o chuhin va de 40 a 60 cm; omono o dai, de 60 cm a algo más de un metro, y ya requiere dos personas para moverlo. Por encima quedan los formatos de jardín, a veces llamados hachi-uye o imperiales, que superan holgadamente el metro y viven sobre soportes fijos.
El tamaño no es un detalle estético: condiciona el cultivo entero. Un mame en una maceta de 60 mililitros puede secarse en cuatro horas un día de agosto en Sevilla, lo que obliga a dos o tres riegos diarios y hace inviable irse el fin de semana sin sistema automático. Cuanto más pequeño el árbol, menos margen de error. Quien empieza tiene muchas más probabilidades de éxito con un kifu de 30 centímetros que con un shohin, aunque el shohin parezca más fácil por ser pequeño.
También cambia la proporción exigible. En un mame no caben la ramificación fina ni la hoja reducida de un árbol grande: se trabaja con siluetas sintéticas, tres o cuatro masas de vegetación y poco más. Y determina la elección de especie, porque hay hojas que no reducen lo suficiente. Un castaño de Indias nunca hará un mame decente; un boj, una cotoneaster o un olmo chino (Ulmus parvifolia) sí.
Clasificación según el estilo
Los estilos describen la relación entre el tronco, las raíces y el eje vertical. No son moldes a los que forzar un árbol, sino nombres para situaciones que ya se dan en la naturaleza: el que se elige debe salir del material, mirando el movimiento del tronco y el nebari (el arranque radicular) antes de cortar nada.
Chokkan, vertical formal: tronco recto, perfectamente cónico de la base al ápice, ramas alternas y decrecientes. Es el estilo más difícil de ejecutar bien porque cualquier defecto queda a la vista. Funciona con coníferas de porte erguido.
Moyogi, vertical informal: el tronco sube con curvas suaves pero el ápice queda sobre la línea de la base. Es el estilo más frecuente y el más agradecido, porque tolera imperfecciones y admite casi cualquier especie.
Shakan, inclinado: el tronco crece con una inclinación marcada, entre 20 y 70 grados, imitando a un árbol empujado por el viento dominante o desplazado hacia la luz. Pide un nebari fuerte en el lado contrario a la inclinación, que es el que aguanta la tensión.
Kengai, cascada: el ápice desciende por debajo de la base de la maceta, como un árbol de cantil. Exige maceta alta y estrecha y cuidado extra con el vigor, porque el árbol tiende a concentrar fuerza en la parte alta y a debilitar la punta colgante. Han-kengai, semicascada, hace lo mismo pero el ápice se queda entre el borde y la base de la maceta.
Fukinagashi, azotado por el viento: tronco y ramas orientados todos hacia el mismo lado, con madera muerta y follaje peinado. Es la traducción de un árbol de costa o de alta montaña. Muy natural en pinos y sabinas.
Bunjingi o literati: tronco alto, fino, sinuoso y desnudo, con la vegetación reducida a lo mínimo en el tercio superior. Nace de la pintura letrada china y es el estilo que menos reglas obedece; también el que peor tolera un tronco grueso.
Hokidachi, escoba: tronco recto que se abre en un abanico de ramas cada vez más finas hasta formar una copa hemisférica. El estilo canónico de la zelkova japonesa (Zelkova serrata) y del olmo. Se aprecia en invierno, sin hoja, cuando se ve la ramificación entera.
Neagari, raíces expuestas: el árbol se eleva sobre raíces aéreas visibles, como si el suelo se hubiera erosionado. Se consigue plantando cada año un poco más alto. Sekijoju tiene las raíces abrazando una roca hasta llegar al sustrato, e ishitsuki planta el árbol directamente en una oquedad de la piedra, con muy poca tierra y riegos constantes.
Sharimiki y sabamiki trabajan la madera muerta: el primero con franjas de albura descortezada a lo largo del tronco, el segundo con troncos huecos o partidos. Son recursos propios de coníferas, que conservan la madera muerta durante décadas; en un caducifolio se pudre.
Aparte van los estilos por número de troncos. Sokan tiene dos troncos que salen de la misma base, uno claramente más grueso y alto que el otro. Sankan, tres. Kabudachi, varios troncos de un mismo pie, siempre en número impar por convención estética. Ikadabuki, el estilo balsa, reproduce un tronco caído del que han brotado ramas verticales convertidas en árboles. Netsuranari es su variante con los troncos unidos por una raíz superficial serpenteante. Y yose-ue es el bosque: varios árboles independientes, normalmente de la misma especie y en número impar, plantados en una bandeja plana con distinta altura y grosor para crear profundidad.
Clasificación según la especie
Es la que más importa a la hora de comprar, porque define el cultivo. Con criterio práctico, cuatro grupos.
Coníferas. Enebros y sabinas (Juniperus), pinos (Pinus), tejo (Taxus baccata), ciprés. Muy longevas, tolerantes a la sequía puntual y las únicas que permiten trabajar madera muerta con garantías. Son de exterior estricto y necesitan sol directo abundante; un junípero en el salón muere, aunque tarde tres meses en manifestarlo.
Caducifolios. Olmo común (Ulmus minor), olmo chino, zelkova, arce japonés (Acer palmatum), arce tridente (Acer buergerianum), haya, carpe. Dan la ramificación fina más espectacular y cambian de aspecto cuatro veces al año. Aviso para el clima español: el arce japonés sufre mucho el sol de tarde y el aire seco del interior peninsular, y quema hojas por encima de 33-35 °C; en Madrid o Zaragoza necesita sombreo del 50 % en verano, mientras que en la cornisa cantábrica va solo.
Perennes de hoja ancha y mediterráneos. Olivo y acebuche (Olea europaea), granado (Punica granatum), boj (Buxus sempervirens), encina, mirto, romero, pyracantha, cotoneaster. Es el grupo más sensato para gran parte de España: aguantan el verano, brotan de madera vieja y se consiguen baratos. El acebuche recolectado o de vivero es, probablemente, el mejor material para empezar en la mitad sur.
Tropicales y subtropicales. Ficus retusa y Ficus microcarpa, Carmona retusa, Serissa foetida, Schefflera, Portulacaria afra. Son los que se venden como «bonsái de interior», etiqueta que conviene matizar: no son plantas de interior por naturaleza, sino árboles tropicales que no soportan nuestro invierno a la intemperie y que dentro de casa sobreviven si reciben mucha luz. El ficus es el único realmente indulgente del grupo; la serissa y la carmona tienen fama merecida de morirse a la primera.
Mención aparte para los de flor y fruto: azalea satsuki (Rhododendron indicum), glicinia (Wisteria sinensis), ciruelo japonés (Prunus mume), membrillero de flor, manzano de flor. Añaden una temporada de espectáculo y, a cambio, un calendario de poda estricto: podar en el momento equivocado elimina las yemas florales del año siguiente.
Dónde conseguir cada tipo
El bonsái de supermercado o de centro de jardinería genérico suele ser un ficus o una carmona de importación, plantado en turba compactada, con alambre clavado en la corteza y sin trabajo de ramificación. Sirve para aprender a regar; no sirve para aprender a diseñar.
Los viveros especializados son la vía razonable: venden material aclimatado, en sustrato adecuado, y pueden decir qué especie es y cómo se cultiva. Las asociaciones y clubes de bonsái, presentes en casi todas las provincias, organizan exposiciones y ventas de socios donde aparece material trabajado a precios sensatos, y además resuelven dudas gratis.
La opción más formativa es el prebonsái: una planta de vivero ornamental corriente —una cotoneaster, un junípero, un olivo de dos euros— con tronco interesante, sobre la que se empieza de cero. Sale barato y enseña más que cualquier árbol ya hecho.
Y una advertencia legal sobre el yamadori, la recolección de árboles silvestres: en España no se puede arrancar un árbol del monte porque sí. Hace falta permiso del propietario del terreno y, en montes públicos o espacios protegidos, autorización de la administración autonómica competente. Hay especies protegidas cuya extracción está directamente prohibida. Al margen de la ley, un ejemplar mal recolectado en la época equivocada tiene pocas posibilidades de sobrevivir.
En resumen
Los tipos de bonsái se ordenan por tamaño (de los mame de pocos centímetros a los ejemplares de jardín de más de un metro), por estilo (chokkan, moyogi, shakan, kengai, bunjingi, hokidachi, bosques, multitroncos y demás) y por especie, que es la clasificación que determina el cultivo diario. Para empezar en España, con especie mediterránea o caducifolio local, en formato de 25 a 40 centímetros, estilo moyogi y sitio en el exterior. Los estilos se aprenden mirando árboles reales, y ninguno vale nada si el árbol no está sano: primero se cultiva, después se diseña.