Falta una rama justo donde el diseño la pide, y en veinte centímetros de tronco no queda una sola yema latente que podamos despertar con poda. Ese es el momento en que un cultivador de bonsái deja de pensar en tijeras y empieza a pensar en injertos. Injertar no es aquí una técnica de vivero para multiplicar variedades: es la herramienta que permite poner tejido vivo donde el árbol ya no lo va a producir por sí solo, cambiar la calidad del follaje de un ejemplar recolectado o rehacer una base de raíces mediocre.
Este artículo repasa los injertos que de verdad se usan en bonsái, cuándo se hacen en clima peninsular, qué especies los toleran mejor y por dónde fallan los intentos que no prenden.
Para qué se injerta un bonsái
Conviene separar los cuatro motivos, porque cada uno pide una técnica distinta:
Añadir una rama que no existe. Es el caso más frecuente. Un yamadori de sabina o un arce con el tronco recorrido pero sin ramificación en la cara frontal necesita madera nueva en un punto concreto. Aquí funcionan el injerto por aproximación y el injerto en hilo.
Cambiar el follaje. Un Pinus thunbergii tiene una base espectacular y una corteza que tarda décadas en formarse, pero acículas largas. Injertar sobre él Pinus parviflora (pino blanco japonés) da acícula corta manteniendo el tronco. En azaleas satsuki (Rhododendron indicum) se injertan varias floraciones sobre un mismo pie.
Rehacer el nebari. Una base con tres raíces gruesas y un hueco de 180 grados no se arregla con paciencia. Se arregla insertando plántulas de dos años alrededor del cuello y dejándolas soldar.
Reconstruir una copa tras un corte drástico. Cuando se decapita un tronco grueso y la especie rebrota mal desde madera vieja, el injerto de corona sobre el tocón es la vía rápida.
El principio que hay que entender antes de coger la cuchilla
Un injerto suelda porque dos cámbiums entran en contacto y generan callo común. El cámbium es una capa de células de un espesor casi microscópico, situada justo bajo la corteza, entre esta y la madera. Todo lo demás (la forma del corte, la atadura, la masilla) existe únicamente para mantener esas dos láminas en contacto, húmedas y quietas durante unas semanas.
De ahí se deducen tres reglas prácticas que se incumplen constantemente:
No hace falta centrar la púa. Es un error muy extendido intentar que la púa quede en mitad del patrón. Si la púa es más fina que el patrón, hay que arrimarla a un lado para que los cámbiums coincidan en ese borde. Una sola línea de contacto bien alineada suelda; una púa centrada con los cámbiums a distinta profundidad no suelda nada.
El corte tiene que ser limpio y de una pasada. Una cuchilla de injertar afilada o un bisturí desechable. Las superficies rasgadas o repasadas dos veces dejan células machacadas que se oxidan y hacen de barrera.
La deshidratación mata más injertos que la incompatibilidad. Una púa sin raíces pierde agua desde el minuto uno. Sellar todo el injerto (masilla, parafilm o cinta de injertar) y en muchos casos embolsar la púa entera es lo que marca la diferencia.
Injerto por aproximación: el más seguro
Es el injerto con el que debería empezar cualquiera. La rama que se va a injertar sigue unida a su propia planta madre, en una maceta aparte, y por tanto sigue recibiendo agua y savia mientras suelda. Si el injerto falla, no se pierde nada.
El procedimiento: se coloca una planta joven de la misma especie (o una rama larga del propio árbol) junto al punto elegido. Se rebaja una tira de corteza de un par de centímetros en el patrón, hasta ver la madera, y otra equivalente en el tallo que se va a injertar. Se encajan las dos caras, se sujetan con una grapa, un tornillo fino o rafia bien apretada, y se sella el conjunto.
Época: arranque de la primavera, cuando la savia se mueve pero antes del calor. En el interior peninsular, de mediados de marzo a finales de abril; en la costa mediterránea puede adelantarse a marzo.
Separación: nunca a los pocos meses. Se comprueba a final de verano si la unión está hinchada y soldada, y lo prudente es cortar el aporte de la planta madre en dos fases, primero un anillado parcial y en la primavera siguiente el corte definitivo. Cortar de golpe un injerto que solo tiene callo superficial es la forma habitual de perderlo.
Especies: excelente en arces (Acer palmatum, Acer buergerianum), olmos, Ficus, sabinas y enebros (Juniperus). En sabinas es prácticamente el método estándar para poner follaje nuevo sobre madera vieja recolectada.
Injerto en hilo, el hermano fino de la aproximación
Aunque no aparece en los manuales clásicos de fruticultura, en bonsái es una de las técnicas más útiles. Consiste en taladrar el tronco o una rama gruesa de lado a lado con una broca ligeramente más ancha que el brote que se va a pasar, y hacer pasar por el agujero una ramita larga y flexible del propio árbol, sin cortarla de su origen.
El brote sigue vivo porque sigue conectado. Al engrosar dentro del taladro, la madera lo aprisiona y acaba soldando. Cuando la parte que sale por delante ha engrosado y tiene su propio vigor, se corta la parte de atrás.
Época: final del invierno, con el árbol sin hojas y la ramita todavía flexible, justo antes de que hinchen las yemas. Febrero es buena fecha en gran parte de España.
Detalle que decide el resultado: el agujero debe atravesar el tronco entero y salir por la cara trasera, y hay que sellar la boca de entrada. Si el brote queda holgado y baila, no suelda. Si se pasa a la fuerza y se descorteza al empujarlo, tampoco.
Funciona muy bien en arces, olmos, carpes y hayas. En coníferas es poco práctico.
Injerto de yema o de escudete
Aquí ya trabajamos con material separado del árbol madre, y el nivel de exigencia sube. Se toma una única yema con un pequeño escudo de corteza y algo de madera, y se inserta bajo la corteza del patrón por una incisión en forma de T.
Época: finales de verano, cuando la corteza del patrón "corre", es decir, se despega con facilidad del leño porque el cámbium está en plena actividad. En la Península, de mediados de agosto a mediados de septiembre según la zona y siempre con el árbol bien regado los días previos. Si la corteza no se levanta limpiamente al abrir la T, no es momento: hay que cerrar y esperar.
Ejecución: incisión vertical de un par de centímetros y otra horizontal arriba, se levantan las dos solapas con el dorso de la cuchilla, se desliza el escudete hacia dentro hasta que la yema quede a la vista, y se ata con cinta elástica de injertar por encima y por debajo, dejando la yema libre. Sellar la yema es un error clásico que la asfixia.
Después: la yema no debe brotar en otoño. Permanece dormida y arranca en la primavera siguiente. En ese momento se corta el patrón por encima del injerto y se elimina todo brote que salga por debajo, o el pie ahoga al injerto en pocas semanas.
Es la técnica clásica en rosáceas: manzanos y perales de flor, ciruelos, Prunus mume. En bonsái se usa sobre todo para poner una rama en un punto concreto de un tronco liso.
Injerto lateral o de púa lateral
El injerto por excelencia de las coníferas y el más usado en el mundo del pino. Se hace una incisión rebajando una lengüeta de corteza en el lateral del patrón, sin decapitarlo, y se inserta una púa de dos o tres años cortada en cuña asimétrica: una cara larga y otra corta.
Época: finales de invierno, de enero a principios de marzo, con el patrón empezando a moverse y la púa todavía en reposo profundo. Esa asimetría es intencionada.
Las púas se recogen antes. En pleno reposo (diciembre), de madera bien lignificada del año anterior, y se guardan en el frigorífico entre 2 y 5 °C envueltas en papel de cocina húmedo dentro de una bolsa. Nunca en el congelador. Una púa que ya ha hinchado sus yemas cuando se injerta tiene muy pocas posibilidades.
Alineación: se apoya la cara larga de la cuña contra la madera expuesta del patrón, arrimando la púa a un borde para que coincidan los cámbiums, y se ata con cinta elástica desde abajo hacia arriba. En coníferas conviene embolsar la púa o mantener el árbol en invernadero frío, con humedad ambiental alta, hasta que se vea crecimiento.
Combinaciones habituales: Pinus parviflora sobre Pinus thunbergii, que es el injerto que sostiene buena parte de los pinos blancos japoneses del mercado; Juniperus chinensis "Itoigawa" sobre sabina común de tronco viejo; cultivares de Acer palmatum sobre patrón de arce palmado de semilla.
Advertencia sobre el resultado estético: el injerto lateral suele delatarse con los años, no por el bulto, sino por la diferencia de corteza entre patrón y variedad. En un pino blanco injertado sobre negro se ve una línea donde cambia el aspecto del tronco. Por eso se injerta lo más bajo posible, a menudo por debajo de la línea del sustrato, o en la cara trasera del árbol.
Injerto de corona o de hendidura
Es el injerto de recambio, el que se hace sobre un tocón grueso. Se corta el tronco limpio y horizontal, se hace una hendidura vertical con una cuña o se levantan solapas de corteza en el borde, y se insertan dos, tres o cuatro púas repartidas por el perímetro, siempre pegadas al borde exterior, que es donde está el cámbium.
Época: final del invierno, antes de la brotación, con las púas recogidas en reposo como en el caso anterior.
Cuántas púas: se ponen varias por seguridad, pero el objetivo suele ser quedarse solo con una. Si prenden todas y se dejan crecer, el tocón engorda de forma desigual y aparece un cuello monstruoso. Se elige la mejor situada al año siguiente y se van suprimiendo las demás poco a poco, no de golpe.
Sellado: toda la superficie de corte del tocón debe quedar cubierta con masilla, incluida la hendidura. Es una herida enorme y una puerta abierta a hongos de pudrición.
En bonsái es un recurso más de rescate que de diseño, porque la unión resultante es gruesa y difícil de disimular. Tiene sentido en frutales y en especies que rebrotan mal desde madera vieja, como muchos Prunus. En olmos, arces o granados normalmente no hace falta: rebrotan solos del tocón.
Injerto de raíz para mejorar el nebari
Menos conocido y muy eficaz. Durante un trasplante de primavera se practican cortes en cuña o incisiones en la base del tronco, en los huecos donde no hay raíces, y se inserta en cada uno una plántula de la misma especie de uno o dos años, con su sistema radicular intacto, con el extremo superior rebajado por un lado para exponer el cámbium. Se clava, se sujeta con una grapa o un clavo fino de acero y se sella.
La plántula sigue viva porque tiene sus propias raíces. En dos o tres temporadas la parte aérea se elimina y la raíz queda incorporada al nebari. Es el método con el que se corrigen bases asimétricas en arces tridentes y olmos.
Época: el trasplante de finales de invierno o inicio de primavera, aprovechando que el árbol ya está fuera de la maceta y la base accesible.
Errores frecuentes
No retirar la atadura a tiempo. En especies vigorosas, una rafia o cinta que sigue puesta al año siguiente estrangula la zona y deja una cicatriz permanente mucho peor que el propio injerto. Revisar a los dos o tres meses y aflojar en cuanto se vea presión.
Injertar con la púa ya brotada. Todo el sistema depende de que la púa gaste sus reservas en soldar antes que en abrir hojas. Púa dormida, patrón despierto.
Mezclar géneros distintos. Se puede injertar un Pinus sobre otro Pinus, pero no un pino sobre un enebro. Dentro del mismo género tampoco todo vale: hay incompatibilidades conocidas entre arce palmado y arce tridente. La regla segura es misma especie o especies muy próximas.
Dejar chupones del patrón. Debajo del punto de injerto el patrón brotará con fuerza. Si esos brotes se dejan, se llevan la savia y el injerto se para. Hay que eliminarlos en cuanto asoman, durante años.
Injertar un árbol débil. Un ejemplar recién trasplantado, con plagas o mal enraizado no tiene energía para generar callo. El injerto se hace sobre árboles sanos y bien establecidos, con al menos una temporada completa en la maceta actual.
Manipular el injerto para "ver si ha prendido". Tocar, mover o desatar antes de tiempo rompe el callo, que es tejido blando durante semanas. La señal fiable es el crecimiento de la púa, no la inspección manual.
En resumen
Injertar un bonsái sirve para colocar ramas donde no hay yemas, cambiar el tipo de follaje, rehacer una base de raíces o reconstruir una copa tras un corte fuerte. Todo injerto funciona por el mismo mecanismo, el contacto entre cámbiums, y todo lo demás son variantes de cómo mantener ese contacto.
Para empezar, el injerto por aproximación en primavera es el de menor riesgo, porque la rama injertada conserva su propia fuente de savia. El injerto en hilo, a finales de invierno, es el más elegante para arces y olmos. El injerto de yema se hace a finales de verano, cuando la corteza se despega. El lateral y el de corona son de finales de invierno, con púas recogidas en diciembre y guardadas en frío. El de raíz aprovecha el trasplante.
Lo que separa a quien consigue prendimientos altos de quien acumula fracasos no es la habilidad con la cuchilla: es alinear el cámbium en un borde en vez de centrar la púa, sellar contra la deshidratación, respetar el desfase entre púa dormida y patrón activo, y quitar la atadura antes de que estrangule.