Un tomate con el culo negro no tiene ninguna enfermedad, y rara vez crece sobre un suelo sin calcio: lo que le falta es calcio dentro del fruto, que es un problema muy distinto. Entender esa diferencia es entender casi todo lo que hay que saber sobre el calcio y el magnesio, dos nutrientes que se agrupan bajo la etiqueta de "secundarios" y que causan más disgustos que el nitrógeno, el fósforo y el potasio juntos.

Ambos se llaman secundarios solo porque la planta los consume en cantidades intermedias: más que el hierro o el boro, menos que el nitrógeno o el potasio. En importancia funcional no tienen nada de secundario. Sin calcio no hay pared celular que aguante; sin magnesio no hay clorofila y, por tanto, no hay fotosíntesis.

Hojas verdes sanas gracias a un buen equilibrio de calcio y magnesio

Qué hace el calcio dentro de la planta

El calcio es, sobre todo, un material de construcción. En forma de pectatos cálcicos forma la lámina media, esa capa de cemento que pega una célula con la siguiente. Cuando falta, los tejidos jóvenes se vuelven blandos, las paredes ceden y aparecen zonas que se desmoronan y ennegrecen.

Tiene además dos papeles menos visibles pero igual de importantes. Estabiliza las membranas celulares, manteniendo su permeabilidad selectiva, y actúa como mensajero interno: los cambios rápidos de concentración de calcio en el citoplasma, mediados por proteínas como la calmodulina, son la señal con la que la planta responde al frío, a la sequía o al ataque de un patógeno. Una planta bien nutrida de calcio tiene tejidos más duros y resiste mejor las podredumbres de conservación.

La clave de casi todos sus problemas está en cómo se mueve. El calcio viaja por el xilema arrastrado por la corriente de transpiración y prácticamente no se redistribuye por el floema. Es decir: llega donde llega el agua que se evapora por las hojas. Los órganos que transpiran poco (un fruto joven cubierto de cutícula, el cogollo cerrado de una lechuga, el meristemo de un ápice, un bulbo) reciben poquísimo calcio aunque la savia vaya cargada de él. Y una vez depositado, ahí se queda: la planta no puede desmontarlo de una hoja vieja para socorrer a una hoja nueva.

De ahí que las carencias de calcio se manifiesten siempre en tejidos jóvenes y en frutos, nunca en las hojas viejas:

  • Podredumbre apical (necrosis apical, "culo negro") en tomate, pimiento, berenjena y sandía: mancha deprimida, parda y correosa en el extremo opuesto al pedúnculo.
  • Tipburn o quemado de bordes en lechuga, escarola y col: los márgenes de las hojas interiores se necrosan en marrón.
  • Bitter pit en manzana: manchitas corchosas hundidas bajo la piel, que a menudo salen ya en la cámara.
  • Corazón negro del apio y de la remolacha; ápices muertos y hojas nuevas deformadas o en forma de gancho en muchas ornamentales.
  • Puntas de raíz que se detienen y se pardean, con el consiguiente frenazo de todo el sistema radicular.

Qué hace el magnesio

El magnesio es el átomo central de la molécula de clorofila. Aproximadamente una quinta parte del magnesio de la planta está ocupado en ese trabajo, y el resto no está ocioso: es cofactor de decenas de enzimas que manejan ATP, participa en la activación de la RuBisCO (la enzima que fija el CO2) y en la formación de los ribosomas. También gobierna el reparto de azúcares desde la hoja hacia el fruto, la raíz y los órganos de reserva.

Su movilidad es la opuesta a la del calcio: el magnesio circula bien por el floema y la planta lo recicla. Cuando escasea, lo retira de las hojas viejas para mandarlo a las jóvenes. Por eso la carencia siempre empieza abajo, con el cuadro más reconocible de la nutrición vegetal: clorosis internervial, la lámina amarillea (o enrojece, en vid y frutales de hueso) entre los nervios mientras los nervios y una franja a su alrededor siguen verdes. Con el tiempo esas zonas amarillas se secan en manchas pardas y la hoja cae prematuramente.

Cultivos especialmente sensibles en España: Vitis vinifera, patata, tomate, cítricos, rosal, hortensia, camelia, azalea y todo lo que se cultive en sustrato de fibra de coco o en suelos arenosos y ácidos del oeste peninsular, donde el magnesio se lava con facilidad.

El error de diagnóstico más repetido

Conviene decirlo claro: en el grueso del territorio peninsular el suelo es calizo, con pH de 7,5 a 8,5 y carbonato cálcico de sobra. En esos suelos, un déficit real de calcio en el suelo es rarísimo. Cuando aparece podredumbre apical en el tomate, el culpable casi nunca es la falta de calcio disponible sino uno de estos factores, que impiden que el poco calcio necesario llegue al fruto:

  • Riego irregular. Alternar sequía y encharcamiento es la causa número uno. En julio, un tomate que pasa sed dos días y luego recibe un riego copioso hace exactamente eso.
  • Exceso de nitrógeno, sobre todo en forma amoniacal. El amonio compite directamente con el calcio en la absorción radicular, y además fuerza un crecimiento vegetativo rápido que diluye el calcio disponible.
  • Salinidad y conductividad alta en la solución del suelo: la planta absorbe menos agua y, con ella, menos calcio.
  • Humedad ambiental muy alta o muy baja y falta de ventilación en invernadero, que alteran la transpiración.
  • Raíces dañadas por nematodos, asfixia o un trasplante mal hecho.

Corolario práctico: echar cal, dolomita o "abono de calcio" a un suelo calizo no arregla la podredumbre apical y sí puede empeorar la clorosis férrica. Y la cáscara de huevo triturada, remedio casero repetido hasta la saciedad, es carbonato cálcico prácticamente insoluble: puede tardar años en liberar algo de calcio y no salva la cosecha de este verano.

El segundo error de diagnóstico frecuente es confundir carencia de magnesio con clorosis férrica. Son fáciles de distinguir si se mira dónde ocurre: la férrica ataca a las hojas nuevas, con la lámina amarilla o casi blanca y una retícula de nervios finos que resalta en verde, y es típica de suelos calizos y de riego con agua dura. La de magnesio ataca a las hojas viejas, con manchas amarillas más difusas entre nervios gruesos, y es típica de suelos ácidos, arenosos o de abonados muy potásicos.

Antagonismos: el calcio, el magnesio y el potasio se estorban

Los tres son cationes y compiten por los mismos sitios de intercambio del complejo arcillo-húmico y por los mismos transportadores de la raíz. Un exceso de uno induce carencia de otro aunque el suelo tenga cantidades correctas en el análisis.

El caso más habitual en huerto y jardín: abonar con mucho potasio (esos abonos "de floración y fruto" con K muy alto, o dosis generosas de sulfato potásico) provoca clorosis de magnesio en las hojas bajas a las pocas semanas. En un análisis de suelo, como orientación, una relación Ca/Mg de en torno a 3:1 a 5:1 en el complejo de cambio y una relación K/Mg que no supere aproximadamente 1:1 suelen dar pocos problemas. Cuando el potasio dispara esa relación, el remedio no es añadir más magnesio indefinidamente sino bajar el potasio.

En sentido contrario, un exceso de magnesio (suelos serpentínicos, dolomitas mal dosificadas) degrada la estructura del suelo y dificulta la absorción de calcio y potasio.

El agua de riego y el sustrato también cuentan

En buena parte de España el agua de red es dura: aporta calcio y magnesio en cantidades nada despreciables, y en macetas regadas con agua del grifo rara vez hay que preocuparse por ellos. El problema ahí es el contrario, la acumulación de carbonatos que sube el pH del sustrato.

La situación se invierte con agua de lluvia, agua descalcificada o agua de ósmosis inversa. Quien riega con ósmosis y usa un fertilizante que no lleva calcio ni magnesio en la formulación acaba viendo carencias de libro en pocas semanas. Con ósmosis hay que reponer, típicamente, en torno a 100-150 ppm de calcio y 40-60 ppm de magnesio en la solución nutritiva. Nota importante: el agua descalcificada por resinas de intercambio no es agua sin sales, es agua a la que se le han cambiado el calcio y el magnesio por sodio, y regar con ella de forma continuada es mala idea.

Sobre sustratos: la turba rubia es muy pobre en ambos elementos y por eso los fabricantes le añaden dolomita en el proceso, tanto para corregir el pH como para aportar calcio y magnesio. La fibra de coco sin tratar es rica en potasio y sodio y pobre en calcio, y su complejo de intercambio los suelta y captura calcio y magnesio de la solución de riego; por eso conviene comprarla ya tamponada o lavarla y "bufferizarla" con una solución de nitrato cálcico antes de plantar. Es una causa muy común de carencias inexplicables en cultivos en coco.

Plantas de huerto bien nutridas en un suelo equilibrado

Cómo aportar calcio

Primero, medir. Un análisis de suelo con pH, caliza activa y bases de cambio cuesta poco y evita gastos y errores. A partir de ahí:

  • Suelo ácido (pH por debajo de 6, frecuente en Galicia, cornisa cantábrica, oeste de Castilla y León, Extremadura): enmienda caliza. Si además hay poco magnesio, caliza dolomítica, que aporta los dos. Se aplica en otoño o invierno, incorporada y con tiempo para que reaccione, y las dosis dependen del pH de partida y de la textura; en huerto doméstico se suele trabajar en el orden de 100-300 g/m², repartidos y sin pasarse. Encalar de golpe es peor que quedarse corto.
  • Suelo neutro o calizo donde no se quiere subir el pH: yeso (sulfato cálcico dihidratado). Aporta calcio y azufre sin alcalinizar, y en suelos sódicos o de estructura degradada mejora además la floculación de las arcillas.
  • Fertirrigación y macetas: nitrato cálcico, muy soluble y de efecto rápido, aunque hay que contar el nitrógeno que lleva. No se mezcla nunca en el mismo bidón concentrado con sulfatos ni con fosfatos, porque precipita; de ahí que los fertilizantes hidropónicos vengan en dos botes A y B.
  • Vía foliar, con matices. Como el calcio no se redistribuye, pulverizarlo sobre las hojas no lo lleva al fruto. Solo funciona si se moja directamente el órgano que se quiere proteger: en manzano, aplicaciones repetidas de cloruro cálcico sobre el fruto desde el cuajado y a lo largo del verano reducen el bitter pit de forma demostrada. En tomate, mojar los ramilletes jóvenes puede ayudar algo, pero corregir el riego ayuda mucho más.

Cómo aportar magnesio

El magnesio es más fácil y más barato de corregir:

  • Sulfato de magnesio heptahidratado (sal de Epsom, kieserita en su forma monohidratada). Al suelo, del orden de 20-40 g/m² incorporados con un riego; en fertirrigación, unos 0,3-0,5 g/L en el agua de riego durante el periodo de crecimiento activo. No modifica el pH.
  • Vía foliar, para cortar una clorosis en marcha: sulfato de magnesio al 1-2 % (10-20 g por litro de agua), dos o tres aplicaciones separadas de una semana, a primera hora o al atardecer y nunca con sol fuerte, que quema. La mejora se ve en las hojas nuevas y en el reverdecimiento parcial de las afectadas, pero es un parche: la corrección de fondo va al suelo.
  • Caliza dolomítica cuando el suelo es ácido y hay que subir el pH de todos modos. Es la opción más económica y de efecto duradero, pero lenta y solo apta para suelos ácidos.
  • En suelos calizos con carencia de magnesio (ocurre, sobre todo con abonados potásicos altos), sulfato de magnesio, nunca dolomita.

Los quelatos de magnesio existen, pero salvo en casos muy concretos de suelos con pH extremo no compensan su precio: el sulfato se disuelve y se absorbe bien.

Prevención: lo que de verdad evita problemas

Media docena de hábitos resuelven casi todo:

  • Riego regular y sin altibajos, mejor por goteo y con acolchado. Es la medida más eficaz contra la podredumbre apical y el tipburn, muy por delante de cualquier abono.
  • Materia orgánica. Un suelo con buen contenido de humus retiene los cationes, amortigua las oscilaciones de humedad y libera calcio y magnesio poco a poco.
  • No pasarse con el nitrógeno, y evitar los picos de amonio en primavera fría, cuando la nitrificación es lenta y el amonio se acumula.
  • Vigilar el potasio. Los abonos de floración muy potásicos, aplicados a discreción, son la causa de un buen número de clorosis magnésicas.
  • Controlar el pH del sustrato en maceta, idealmente entre 6 y 6,5. Por encima de 7,5 se bloquean el hierro y el manganeso; por debajo de 5,5 el calcio y el magnesio se lavan y el aluminio empieza a estorbar.
  • Diagnosticar antes de tratar. Mirar si el síntoma está en hojas viejas o nuevas cuesta diez segundos y descarta la mitad de las hipótesis.

En resumen

El calcio construye y sella las paredes celulares, estabiliza las membranas y sirve de señal interna, pero es inmóvil: solo llega donde llega el agua de transpiración, así que sus carencias salen en frutos y brotes tiernos y casi siempre son un problema de riego, salinidad o exceso de nitrógeno, no de suelo pobre; en la España caliza, añadir más calcio rara vez es la solución. El magnesio es el corazón de la clorofila y sí se mueve, de modo que su carencia se lee en las hojas viejas como clorosis entre nervios, aparece sobre todo en suelos ácidos y arenosos, en fibra de coco sin tamponar, con riego de ósmosis o tras abonados muy potásicos, y se corrige rápido con sulfato de magnesio, foliar para urgencias y al suelo para el fondo. Riego constante, materia orgánica, moderación con el nitrógeno y el potasio, un análisis de suelo antes de encalar y la costumbre de fijarse en si el síntoma está arriba o abajo bastan para dejar atrás la inmensa mayoría de los problemas con estos dos elementos.


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