El tronco de una palmera no engorda con los años. El diámetro que ves hoy en la base es, salvo pequeñas variaciones, el que tenía cuando la planta empezó a levantar tronco, y ese único dato explica la mitad de lo que le pasa a una palmera a lo largo de su vida: por qué no cicatriza una herida, por qué no se puede podar como un árbol, por qué una lata de gasoil derramada en su base la mata y por qué un ejemplar adulto se puede arrancar y replantar con una facilidad que sería impensable en una encina.

Las palmeras forman la familia Arecaceae, con unas 2.600 especies repartidas por los trópicos y por algunas zonas templadas cálidas. Reconocerlas de un vistazo es fácil; entender cómo funcionan es lo que separa a quien planta una palmera y la ve prosperar de quien la ve languidecer durante diez años sin saber por qué.

Ejemplar adulto de Phoenix dactylifera, la palmera datilera

Una palmera no es un árbol

Puede medir treinta metros y vivir dos siglos, pero botánicamente una palmera está mucho más cerca de una espiga de trigo o de un lirio que de un roble. Son monocotiledóneas: la semilla germina con un solo cotiledón, las hojas tienen nervadura paralela y, sobre todo, carecen de cámbium vascular, el tejido que en árboles y arbustos añade cada año un anillo nuevo de madera y de corteza.

Sin cámbium no hay crecimiento en grosor. Los haces conductores están dispersos por dentro del tronco como cables sueltos dentro de una columna de tejido fibroso, no ordenados en anillos concéntricos. De ahí que a ese falso tronco se le llame estípite y no tronco a secas, y de ahí también estas consecuencias muy prácticas:

  • Una palmera no cierra las heridas. Un golpe de desbrozadora, un corte mal dado o una perforación quedan ahí para siempre; como mucho se sellan superficialmente con resinas, pero el tejido dañado no se regenera.
  • No tiene sentido anillar, injertar ni hacer podas de formación sobre el estípite.
  • El grosor se decide en la juventud. Si una palmera joven pasa sus primeros años a media luz, mal regada o en maceta pequeña, hará un estípite fino y ese estrechamiento la acompañará el resto de su vida, aunque después la trates como a una reina. En jardinería se ve mucho en Washingtonia y en Phoenix canariensis: estípites con cintura, con una zona estrecha que delata un año malo.

Una sola yema de crecimiento

Aquí está el punto más importante de todos. En la mayor parte de las palmeras el crecimiento depende de un único meristemo apical, el llamado cogollo o palmito, escondido en el centro de la corona de hojas. Todo sale de ahí: las hojas nuevas, la altura, las inflorescencias.

Si ese cogollo muere, la palmera muere. No hay yemas de reserva en el estípite, no hay rebrote posible, no hay poda de rescate. Es la razón por la que el picudo rojo mata ejemplares centenarios en pocos meses y por la que una helada que queme el cogollo es sentencia, aunque las hojas sigan verdes semanas después.

La excepción son las especies cespitosas o multicaules, que emiten hijuelos desde la base y funcionan como una colonia: el palmito (Chamaerops humilis), la palmera areca (Dypsis lutescens), Rhapis excelsa o el datilero cuando se le dejan los rebrotes. En estas, perder un pie no significa perder la planta, y además se multiplican fácilmente separando hijuelos con raíz.

Las hojas: pinnadas, palmeadas y algo intermedio

Las hojas de las palmeras se llaman frondes y son enormes en comparación con las de casi cualquier otra planta. Nacen plegadas como un abanico cerrado y se despliegan al crecer. Hay dos patrones básicos:

  • Pinnadas, en forma de pluma, con foliolos a ambos lados de un raquis central: Phoenix (datilera y canaria), Dypsis lutescens, Syagrus romanzoffiana, Cocos nucifera, Butia.
  • Palmeadas o flabeladas, en abanico, con los segmentos saliendo de un mismo punto: Chamaerops humilis, Trachycarpus fortunei, Washingtonia, Brahea armata.

Existe además un tipo intermedio, la hoja costapalmada, con un pequeño raquis que prolonga el peciolo dentro del abanico y hace que la hoja se arquee: es el caso de Livistona, Sabal o Bismarckia. Y una rareza absoluta, las hojas bipinnadas de Caryota, con foliolos en forma de cola de pez, únicas dentro de la familia.

La base de la hoja envuelve el estípite y al secarse deja una cicatriz anular, o bien una vaina fibrosa que persiste durante años. Esas cicatrices son el equivalente al calendario de la planta: en muchas especies cada anillo corresponde aproximadamente a una hoja emitida, y sabiendo cuántas hojas produce una especie al año se puede estimar la edad de un ejemplar con bastante aproximación.

Ojo con dos detalles que producen heridas todos los veranos: los peciolos espinosos de Phoenix, que causan pinchazos muy inflamatorios y a veces infecciones profundas, y los dientes en sierra del peciolo de Washingtonia. Guantes de cuero y gafas, siempre.

Raíces adventicias, todas del mismo grosor

El sistema radicular es otra cosa que se aparta por completo del modelo arbóreo. No hay raíz principal ni raíces que engorden: la palmera emite continuamente raíces adventicias desde una zona de la base del estípite llamada bulbo o zona de iniciación radicular, y todas nacen ya con su diámetro definitivo, normalmente de menos de un centímetro.

De ahí se derivan dos hechos muy útiles:

  • Las palmeras adultas se trasplantan bien. Se puede cortar el cepellón bastante justo, incluso a 40-60 cm del estípite en ejemplares grandes, porque la planta responde emitiendo raíces nuevas desde el bulbo en lugar de depender de las cortadas. Un roble de ese tamaño no sobreviviría a semejante amputación. El trasplante se hace mejor en primavera avanzada o principios de verano, con el suelo ya caliente, que es cuando emiten raíz con energía.
  • No se debe enterrar el estípite. Es el error más repetido en jardinería: plantar la palmera más honda de lo que estaba para que quede "bien asentada". El bulbo radicular enterrado en suelo húmedo se pudre, y la palmera entra en un declive lento que aparece meses después y que nadie relaciona con la plantación. La marca del sustrato anterior debe quedar al mismo nivel que el suelo definitivo.

Flores, frutos y sexos

Las flores de palmera son pequeñas, poco vistosas y se agrupan por miles en una inflorescencia ramificada llamada espádice, protegida antes de abrirse por una bráctea leñosa, la espata, que se raja con un chasquido cuando llega el momento.

Hay especies monoicas, con flores masculinas y femeninas en el mismo pie (el cocotero, Washingtonia, Trachycarpus en parte), y especies claramente dioicas, con pies macho y pies hembra separados: es el caso de Phoenix. Por eso una datilera puede llevar veinte años en un jardín sin dar un solo dátil comestible: o es un macho, o es una hembra sin polen cerca. En los palmerales productivos la polinización se hace a mano, colocando ramilletes de flores masculinas dentro de las inflorescencias femeninas.

El fruto típico es una drupa con una sola semilla: el dátil, el coco, los frutos anaranjados del Butia, las bolitas negras del palmito. La semilla germina con lentitud desesperante en muchas especies, de uno a seis meses, y necesita calor sostenido, entre 25 y 30 °C, para hacerlo con regularidad.

Un caso aparte son las palmeras hapaxánticas, que florecen una sola vez y mueren después. Caryota urens o Corypha pasan décadas creciendo, emiten una floración descomunal desde arriba hacia abajo y se agotan. No es una enfermedad, es su ciclo.

Palmera areca, Dypsis lutescens, cultivada como planta de interior

Cuánto frío aguantan realmente

La idea de que la palmera es una planta tropical que solo va bien en la costa es falsa a medias. Hay especies que soportan heladas fuertes y otras que no pasan del primer invierno en el interior peninsular. Estos son órdenes de magnitud razonables para daños graves, no para quemaduras leves de hoja:

  • Trachycarpus fortunei (palmera de Fortune o excelsa): en torno a -13/-15 °C. Es la opción más segura para Castilla, Aragón o el norte, y además prefiere el clima fresco y húmedo al calor seco.
  • Chamaerops humilis (palmito), la única palmera silvestre de la Península: alrededor de -10/-12 °C. Rústica, lenta y muy resistente a la sequía.
  • Butia odorata y Jubaea chilensis: en torno a -10/-12 °C, con hoja pinnada. Son la manera de tener aspecto de palmera plumosa en zonas frías.
  • Washingtonia filifera: unos -10 °C; Washingtonia robusta, bastante menos, sobre -6/-7 °C, aunque es la más plantada de las dos por lo rápido que crece.
  • Phoenix dactylifera: hasta -8/-9 °C, pero necesita veranos largos y muy calurosos para madurar fruta. Phoenix canariensis aguanta algo menos, sobre -6/-8 °C, y sufre daño foliar antes.
  • Syagrus romanzoffiana (pindó): alrededor de -6 °C. Costa mediterránea y suroeste.
  • Archontophoenix, Dypsis lutescens, Cocos nucifera: no toleran heladas. La areca es planta de interior en toda España peninsular, y el cocotero necesita mínimas por encima de 12-15 °C todo el año, algo que aquí solo se acerca a darse en el sur de Canarias.

Y una precisión sobre humedad: muchas palmeras aguantan mejor el frío seco que el frío húmedo. Una helada de -8 °C con el cogollo empapado provoca pudriciones que la misma temperatura con tiempo seco no causa.

Los errores que más palmeras matan

La poda excesiva. Se ha extendido la costumbre de dejar solo las hojas que apuntan hacia arriba, en forma de plumero o de cohete. Es un error grave. La palmera no tiene reservas leñosas como un árbol; vive de lo que fabrican sus hojas y de los nutrientes que reabsorbe de las que se van secando. Quitar hojas verdes la debilita, retrasa su crecimiento y le da un aspecto artificial. La regla es cortar solo lo seco, y ni siquiera todo: las hojas que aún tienen verde en la base están devolviendo potasio a la planta.

Podar en la época equivocada. El corte fresco desprende olores que atraen al picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), que devastó los palmerales de Phoenix canariensis desde su llegada a España, y al barrenador Paysandisia archon, que prefiere Trachycarpus y Chamaerops. Conviene podar en los meses fríos, cuando el vuelo de los adultos es mínimo, y sellar o tratar los cortes. Una palmera sin podar es una palmera menos atractiva para el picudo.

Confundir carencias con falta de agua. Tres cuadros muy típicos y muy mal diagnosticados:

  • Puntas y bordes de las hojas viejas secos y moteados de amarillo-naranja: casi siempre falta de potasio, la carencia más frecuente en palmeras ornamentales. Se corrige con sulfato potásico de liberación lenta y tarda meses en verse, porque solo mejoran las hojas nuevas.
  • Hoja nueva pequeña, rizada y con aspecto quemado desde que sale: carencia de manganeso, típica en suelos calizos y de riego con agua dura, que es buena parte de España. Se trata con sulfato de manganeso.
  • Amarilleo general entre nervios en las hojas jóvenes: clorosis férrica, otra vez cuestión de pH alto. Quelato de hierro EDDHA.

Regar mal por creer que son plantas de desierto. Ni una cosa ni la otra. Las palmeras de jardín proceden en su inmensa mayoría de lugares con agua freática cercana, incluidos los oasis de datilera. Un ejemplar recién plantado necesita riegos abundantes y espaciados durante al menos dos veranos; uno ya establecido, riegos profundos en verano y prácticamente ninguno en invierno. Lo que no perdonan es el encharcamiento permanente en suelo frío.

En resumen

Una palmera es una monocotiledónea gigante sin crecimiento secundario: estípite que no engorda ni cicatriza, una única yema apical de la que depende toda la planta, raíces adventicias finas que se renuevan desde la base, hojas pinnadas o palmeadas de vida larga, flores agrupadas en espádice y frutos en drupa. Todo lo que hay que hacer o evitar en su cultivo sale de ahí: no enterrar el estípite, no podar en verde, proteger el cogollo, elegir la especie por la mínima invernal real de tu zona y vigilar el potasio y el manganeso antes que el riego. Hecho eso, son plantas de mantenimiento bajísimo y de vida muy larga.


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