Sacude una piña de pino ya abierta y los piñones caen sueltos: estaban apoyados sobre la escama, a la vista, sin nada que los envolviera. Haz lo mismo con un melocotón y tendrás que romper la carne y partir el hueso antes de llegar a la semilla. Esa diferencia —semilla desnuda o semilla encerrada— es exactamente la que separa a los dos grandes grupos de plantas con semilla, y es la que está detrás de sus nombres: gymnos + sperma, semilla desnuda; angeion + sperma, semilla en un recipiente.
El asunto no es solo terminológico. De esa diferencia se derivan cosas muy prácticas para quien tiene un jardín: por qué un ciprés no rebrota si lo cortas demasiado, por qué las semillas de conífera casi nunca germinan si las siembras recién recogidas, o por qué en enero hay polinosis en media España aunque no se vea una flor por ninguna parte.
La frontera real entre los dos grupos
Las dos son espermatofitas: plantas que se reproducen por semilla. Eso ya las separa de helechos, colas de caballo y musgos, que se reproducen por esporas y no tienen semilla ninguna. Conviene fijarlo desde el principio porque la clasificación popular en «plantas con flor» y «plantas sin flor» mete a los helechos en el mismo saco que a los pinos, y no tienen nada que ver.
Dentro de las plantas con semilla, la diferencia clave está en si el óvulo está protegido o no:
En las gimnospermas el óvulo se asienta desnudo sobre una escama, normalmente agrupada con otras en un cono o estróbilo. El grano de polen llega directamente hasta el óvulo, sin intermediarios. Al madurar, la semilla sigue estando sobre la escama: no hay fruto verdadero en ningún momento del proceso.
En las angiospermas el óvulo está encerrado dentro de un ovario, formado por una o varias hojas modificadas llamadas carpelos. El polen no llega al óvulo: se queda en el estigma y desde allí emite un tubo polínico que recorre el estilo. Después de la fecundación, ese ovario engorda y se convierte en fruto. Todo lo que llamamos fruto —una manzana, una vaina de judía, una bellota, un grano de trigo— procede de un ovario de angiosperma.
Hay una segunda diferencia menos visible pero igual de importante: la doble fecundación. En las angiospermas entran dos núcleos espermáticos por tubo polínico; uno fecunda la ovocélula y forma el embrión, y el otro origina el endospermo, el tejido nutricio de la semilla. Ese endospermo se fabrica solo si ha habido fecundación, lo que evita gastar reservas en semillas que no van a cuajar. Las gimnospermas nutren la semilla con tejido del gametófito femenino, producido antes y con independencia de que la fecundación llegue a ocurrir. Es una diferencia de eficiencia energética que ayuda a entender por qué las angiospermas han acabado dominando casi todos los ecosistemas terrestres.
Gimnospermas: pocas especies, mucho paisaje
El grupo es pequeño en número: rondan las mil especies vivas en todo el planeta. Pero cubren superficies enormes, sobre todo en las latitudes frías y en los suelos pobres, y en la Península forman buena parte de nuestros montes.
Rasgos que comparten casi todas:
Todas son leñosas. No existe ninguna gimnosperma herbácea: árboles, arbustos y, como mucho, matas leñosas rastreras. Si tienes delante una planta herbácea, no es una gimnosperma.
Polinización por viento en la práctica totalidad de los casos. De ahí que produzcan polen en cantidades absurdas y que no tengan pétalos, néctar ni aroma: no hay nadie a quien atraer. Las cupresáceas polinizan en pleno invierno, entre enero y marzo, y el polen de Cupressus arizonica y Cupressus sempervirens es hoy una de las causas principales de alergia respiratoria invernal en Madrid y el interior peninsular. Muchos pacientes están convencidos de que «en invierno no hay polen»; lo hay, y en cantidades altísimas.
Madera sin vasos. El agua sube por traqueidas, células más estrechas y menos eficientes que los vasos de las angiospermas, pero mucho más resistentes a la embolia por congelación. Es una de las razones por las que las coníferas ganan la partida en clima frío y en suelos secos.
Ciclos reproductivos largos. En Pinus pinea, el pino piñonero, pasan cerca de tres años desde que el polen llega al cono hasta que la piña suelta el piñón maduro. Quien recolecta piñas debe tener en cuenta que en el mismo árbol conviven conos de tres cosechas distintas.
Los cuatro linajes que quedan
Coníferas. Con diferencia el grupo mayor. En España: Pinus halepensis (carrasco), Pinus pinaster (resinero), Pinus sylvestris (albar), Pinus nigra (laricio), Juniperus thurifera (sabina albar), Cupressus sempervirens, Taxus baccata (tejo) y el Abies pinsapo, el pinsapo, endemismo de las sierras de Grazalema, las Nieves y Bermeja. En jardinería se usan mucho también Sequoia sempervirens, Cedrus atlantica, Thuja y Chamaecyparis.
Cícadas. Unas 350 especies tropicales y subtropicales, dioicas, con aspecto de palmera enana. La más vendida es Cycas revoluta. No es una palmera ni tiene el menor parentesco con ellas: las palmeras son angiospermas monocotiledóneas y las cícadas son gimnospermas de un linaje anterior a los dinosaurios.
Ginkgo. Una única especie superviviente, Ginkgo biloba, con hojas en abanico de nerviación dicótoma. Es dioico, y las semillas de los pies femeninos tienen una cubierta carnosa que al pudrirse huele a mantequilla rancia. Por eso en calles y parques se plantan casi siempre clones masculinos injertados; comprar un ginkgo de semilla es jugar a la lotería y descubrir el sexo diez o quince años después.
Gnetales. El grupo raro: Ephedra, presente en matorrales áridos peninsulares, Gnetum y la Welwitschia mirabilis del desierto del Namib. Curiosamente son las únicas gimnospermas que sí tienen vasos en la madera.
Los falsos frutos de las gimnospermas
Aquí es donde más se confunde la gente, y con motivo, porque varias gimnospermas han desarrollado estructuras carnosas que parecen frutos sin serlo.
El «fruto» del enebro y la sabina no es una baya: es un gálbulo, un cono cuyas escamas se han vuelto carnosas y se han soldado. Se nota si lo abres, porque conserva las líneas de sutura entre escamas. Es lo que aromatiza la ginebra.
El arilo rojo del tejo tampoco es un fruto: es una excrecencia carnosa que envuelve parcialmente la semilla y la deja asomando por el extremo. Detalle nada trivial para quien tenga niños: la pulpa del arilo es la única parte no tóxica del tejo, mientras que la semilla, las hojas y la corteza contienen taxinas cardiotóxicas en cantidad suficiente para matar. Un tejo en un jardín con niños pequeños obliga a vigilancia real.
Y el piñón no es un fruto seco en sentido botánico, sino una semilla desnuda con su cubierta leñosa. Lo mismo vale para el «piñón» del pino carrasco y las semillas aladas de abetos y cedros.
Angiospermas: la explosión
Frente a las mil escasas gimnospermas, las angiospermas superan las 300.000 especies descritas. Aparecen en el registro fósil en el Cretácico inferior y en unos pocos millones de años pasan a dominar la vegetación mundial, un fenómeno que a Darwin le resultaba tan incómodo que lo llamó «el abominable misterio».
Lo que las define es la flor, y conviene ser preciso con qué significa eso. Una flor completa tiene cuatro verticilos: sépalos (cáliz), pétalos (corola), estambres y carpelos. Pero muchísimas flores son incompletas y siguen siendo flores. Las del olivo son diminutas y verdosas; las del roble, colgantes en amentos y polinizadas por el viento; las del plátano de sombra, tan poco vistosas que rara vez se reconocen como flores aunque provoquen alergia cada marzo. «Angiosperma» no equivale a «planta vistosa».
Y al revés: hay estructuras que llamamos flor y no lo son. El «flor» de una gazania, una margarita o un girasol es un capítulo, una inflorescencia con decenas o cientos de flores diminutas apretadas en un receptáculo común, con las del borde provistas de una lígula que hace de pétalo falso. Lo mismo pasa con la buganvilla, donde lo coloreado son brácteas, y con la flor de pascua.
Otros rasgos del grupo:
Vasos conductores en la madera, más anchos y eficientes, lo que permite tasas de transpiración y crecimiento mucho mayores.
Coevolución con animales. Néctar, aroma, color y forma de la flor están ajustados a un polinizador concreto, y el fruto carnoso es un soborno para que alguien disperse la semilla lejos. Las gimnospermas nunca desarrollaron esa relación.
Diversidad de formas de vida. Hierbas anuales, bulbosas, gramíneas, trepadoras, epífitas, acuáticas, parásitas sin clorofila, suculentas. Toda la agricultura mundial se sostiene sobre angiospermas.
Dentro del grupo, la división clásica es entre monocotiledóneas (un cotiledón, hojas de nervadura paralela, haces vasculares dispersos, sin crecimiento secundario verdadero: gramíneas, palmeras, orquídeas, liliáceas, bulbosas) y el conjunto de las dicotiledóneas, hoy reordenado en eudicotiledóneas y algunos linajes basales (rosáceas, leguminosas, compuestas, labiadas, cactáceas y prácticamente todos los árboles de hoja ancha).
Ejemplos que se ven en jardines españoles: Delonix regia, el flamboyán, espectacular pero limitado a Canarias y a rincones muy resguardados del litoral sur porque no aguanta helada; Rhododendron del grupo de las azaleas, que exige sustrato ácido de pH 4,5-5,5 y agua sin cal; Gazania rigens, sudafricana, ideal para taludes secos y suelos pobres del Mediterráneo; y las Copiapoa y demás cactáceas, que son angiospermas de pleno derecho aunque hayan perdido las hojas.
Por qué esto cambia cómo cuidas el jardín
La poda. Es la consecuencia práctica más importante y la que más setos arruina cada año. La mayor parte de las coníferas —pinos, cipreses, Chamaecyparis, Thuja, enebros, abetos, cedros, píceas— no rebrota de madera vieja sin hojas verdes. Si al recortar un seto de ciprés entras en la zona marrón interior, el hueco no se cierra jamás. Con setos de conífera hay que recortar todos los años, sin dejar que engorden, y quedarse siempre en brote del año. Las excepciones que sí rebrotan de madera vieja son pocas y merece la pena memorizarlas: el tejo (Taxus baccata), la secuoya roja (Sequoia sempervirens) y, con reservas, Cryptomeria y Cunninghamia. Por eso los setos formales ingleses son de tejo y no de ciprés. Un seto de arbustos angiospermas —aligustre, laurel, Photinia, boj, mirto— sí admite un rejuvenecimiento drástico, porque conserva yemas latentes bajo la corteza.
La siembra. Las semillas de muchas gimnospermas de clima frío llevan latencia fisiológica y necesitan estratificación fría: entre tres y ocho semanas a 3-5 °C en sustrato húmedo, en la nevera o a la intemperie durante el invierno. Sembrar semilla de abeto o de pino silvestre en primavera sin estratificar acaba casi siempre en fracaso, y el jardinero concluye que la semilla era mala. Las de procedencia mediterránea cálida, como Pinus halepensis o Pinus pinea, son mucho menos exigentes y germinan con un simple remojo de 24-48 horas.
El suelo y los hongos. Las pináceas dependen de ectomicorrizas para explorar suelos pobres. Un pino plantado en tierra estéril, muy fertilizada o sustituida por completo arranca mal. Es preferible plantar con un poco de tierra del lugar de origen o con sustrato micorrizado que forzar un abonado alto en nitrógeno.
El trasplante. Las coníferas mueven mal la raíz y no toleran la raíz desnuda salvo de muy jóvenes; se plantan con cepellón intacto, preferentemente en otoño. Muchas angiospermas caducifolias, en cambio, se trasplantan a raíz desnuda sin problema durante el reposo invernal, de noviembre a febrero según zona.
Errores frecuentes que conviene desmontar
«Las gimnospermas son las plantas sin flor». Es la definición que circula por medio internet y es doblemente inexacta: hay angiospermas de flores insignificantes y, sobre todo, hay muchísimas plantas sin flor que no son gimnospermas. Los helechos arborescentes como Dicksonia antarctica —que en viveros aún encontrarás etiquetado con su sinónimo Balantium antarcticum— no tienen flor ni semilla: se reproducen por esporas y pertenecen a un grupo mucho más antiguo. Los musgos y las hepáticas, igual.
«Gimnosperma es sinónimo de conífera». Las coníferas son el grupo más numeroso, pero cícadas, ginkgo y gnetales también son gimnospermas y no son coníferas.
«La cícada es una palmera». Se vende como «palmera de sagú» o «falsa palmera», y esa confusión lleva a regarla y abonarla como a una palmera. Cycas revoluta crece muchísimo más despacio, tolera peor el exceso de agua y le basta con una fracción del abonado.
«Las coníferas son siempre de hoja perenne». El alerce (Larix decidua), la metasecuoya (Metasequoia glyptostroboides) y el ciprés calvo (Taxodium distichum) pierden la hoja en otoño. Cada invierno alguien tala un taxodio perfectamente sano creyendo que se ha secado.
«Un cono es siempre leñoso y una baya siempre angiosperma». Ya lo hemos visto con el gálbulo del enebro y el arilo del tejo. Y hay bayas verdaderas que no parecen bayas: el tomate y el plátano lo son, y la fresa no, porque su parte carnosa es el receptáculo y los frutos reales son los aquenios de la superficie.
En resumen
Gimnospermas y angiospermas se separan por dónde va la semilla: apoyada sobre una escama, a la intemperie, o encerrada dentro de un ovario que después se convierte en fruto. De ahí se derivan la ausencia de flor verdadera y de fruto en las primeras, la doble fecundación y la coevolución con polinizadores y dispersores en las segundas.
Para el jardín, lo que hay que llevarse es corto: si estás delante de una conífera, poda cada año y no entres nunca en madera sin hojas; estratifica en frío las semillas de procedencia fría; trasplanta con cepellón y no te pases con el nitrógeno. Si estás delante de una angiosperma leñosa, tienes margen para rejuvenecer a fondo, y la flor te dirá cuándo y cómo podar sin sacrificar la floración. Y si la planta no tiene ni flor ni semilla, revisa el envés de las hojas: probablemente estés ante un helecho y no ante ninguno de los dos grupos.