La floración del melocotonero es uno de los primeros avisos de que el invierno se acaba. Antes de que el árbol tenga una sola hoja, las ramas se cubren de flores rosas pegadas a la madera, y esa imagen —los campos de Cieza, del Bajo Aragón o de la vega del Ebro teñidos de rosa entre febrero y marzo— resume bastante bien cómo funciona esta especie: florece pronto, florece muchísimo y se juega la cosecha entera en tres semanas.

Vamos a ver cómo es esa flor por dentro, qué la diferencia de la del almendro o el cerezo, cómo se poliniza y por qué el hecho de que un melocotonero florezca a lo bestia no significa que vaya a dar mucha fruta.

Flores rosas del melocotonero abiertas sobre la rama

Qué árbol es el melocotonero

El melocotonero es Prunus persica, de la familia de las rosáceas, la misma del manzano, el peral, el ciruelo, el almendro y la propia rosa. El epíteto persica despistó durante siglos: el árbol no procede de Persia, sino del norte de China, donde lleva cultivándose milenios; llegó a Europa por la ruta persa y de ahí el nombre.

Es un árbol pequeño, de 4 a 6 metros si se le deja, con hojas lanceoladas, largas y estrechas, de borde finamente aserrado. En cultivo comercial rara vez pasa de los 3 metros por la poda. Su fruto es una drupa: una capa carnosa que rodea un hueso leñoso muy rugoso y surcado, dentro del cual está la semilla. La nectarina, o paraguayo y el resto de variedades planas, no son otra especie: son la misma Prunus persica. La nectarina es simplemente la forma de piel lampiña (var. nucipersica), resultado de una mutación en un solo gen recesivo, y su flor es indistinguible de la del melocotonero de toda la vida.

Anatomía de la flor

La flor del melocotonero es hermafrodita —tiene los órganos masculinos y femeninos en la misma flor— y actinomorfa, es decir, con simetría radial: se puede partir por muchos planos y las dos mitades salen iguales. Sigue el patrón pentámero típico de las rosáceas.

El cáliz lo forman 5 sépalos, verdosos por fuera y con frecuencia rojizos o purpúreos por dentro, cubiertos de una pelusa fina.

La corola son 5 pétalos libres, de un rosa que va del casi blanco al fucsia intenso según la variedad, con la base más oscura. Miden entre 1 y 2 cm.

El androceo está formado por un número alto de estambres, en torno a 20-30, dispuestos en varios verticilos, con anteras que suelen ser rojizas antes de abrirse y amarillentas cuando sueltan el polen.

El gineceo es lo más característico y lo que separa a los Prunus de manzanos y perales: hay un solo carpelo. Un único pistilo, con un ovario recubierto de pelos, un estilo largo y un estigma en la punta. Ese ovario contiene dos primordios seminales, pero salvo rarísimas excepciones solo uno prospera, y por eso el melocotón tiene un solo hueso.

Todo ello se apoya en un hipanto, un receptáculo en forma de copa o campanita del que salen sépalos, pétalos y estambres, y en cuyo interior está el nectario que atrae a los insectos. El pistilo queda en el fondo de esa copa sin fusionarse con ella: es lo que en botánica se llama flor perígina, con ovario súpero. Por eso, cuando la flor cae, el hipanto se desprende entero como un anillo seco y deja el ovarito verde ya visible en la rama.

Las flores nacen solitarias o en parejas, sobre madera del año anterior, con un pedúnculo cortísimo, casi sentadas sobre la rama. Se disponen en yemas de flor a lo largo de los brotes del año pasado, muchas veces flanqueando una yema de madera central. Y aparecen antes que las hojas —son precoces—, lo que explica el efecto visual tan limpio de la floración.

Dos tipos de flor: rosácea y campanulácea

No todas las variedades de melocotonero tienen la misma flor, y esta es una distinción real que se usa en fruticultura para describir cultivares:

Flor rosácea. Grande, de 3 a 5 cm de diámetro, con los pétalos amplios, bien separados y extendidos en plano, de color rosa pálido. Es la flor vistosa, la de las fotos.

Flor campanulácea. Más pequeña, de 1,5 a 2,5 cm, con los pétalos estrechos, incurvados y solapados formando una campanita que apenas se abre. Suele ser de un rosa más intenso, casi carmín.

Ninguna de las dos es mejor: son caracteres varietales sin relación directa con la calidad del fruto. Eso sí, las campanuláceas se autopolinizan con más facilidad, porque la flor cerrada mantiene el polen dentro.

Aparte están los melocotoneros de flor ornamental, seleccionados solo por la floración, con flores dobles —muchos pétalos, a costa de estambres transformados— en blanco, rosa o rojo, y a veces con más de un color en el mismo árbol. Dan frutos pequeños y sin interés gastronómico, pero como árbol de jardín en floración son difíciles de superar.

Cuándo florece en España

Para florecer, el melocotonero necesita antes haber pasado frío. Durante el invierno la yema está en dormancia, y no puede brotar hasta acumular un número determinado de horas de frío (horas por debajo de 7 °C). Ese número depende de la variedad y va de las 150-300 horas de los cultivares extratempranos a las 800-1.000 horas de los tardíos. Es el dato clave a la hora de elegir un árbol: una variedad de alta necesidad de frío plantada en la costa mediterránea o en el Guadalquivir florecerá de forma irregular, escalonada y pobre, porque nunca llega a saciar su requerimiento. Y al revés, una variedad de bajo requerimiento plantada en el interior florecerá demasiado pronto y se helará casi todos los años.

Cumplido el frío, la yema entra en ecodormancia y solo espera calor. El calendario aproximado en la Península:

Murcia, Alicante, valle del Guadalquivir y costa andaluza: de mediados de febrero a primeros de marzo, y en variedades extratempranas incluso a finales de enero.

Extremadura y Valencia: primera quincena de marzo.

Valle del Ebro, Lleida, Aragón y Cataluña interior: de mediados a finales de marzo.

Meseta norte, zonas de montaña y cornisa cantábrica: finales de marzo y primera quincena de abril.

La floración completa de un árbol dura entre una y tres semanas, y se acorta mucho si en esos días llegan temperaturas altas.

Cómo se poliniza

Aquí está la creencia que más conviene corregir. Mucha gente planta un segundo melocotonero convencida de que hace falta un polinizador. En la inmensa mayoría de los casos no lo es.

El melocotonero es autocompatible y autógamo. Su propio polen fecunda sus propios óvulos, y además la mayor parte de la polinización ocurre dentro de la misma flor: las anteras sueltan el polen justo cuando la flor se abre o incluso poco antes, el estigma queda a la altura de las anteras y basta un roce, una vibración o la gravedad para que el polen llegue donde tiene que llegar. En este punto se diferencia claramente del almendro y del cerezo, que son en general autoincompatibles y sí necesitan una variedad compañera. Un melocotonero solo en un jardín da fruta perfectamente.

Las excepciones existen y son puntuales: unos pocos cultivares tienen androesterilidad, es decir, producen anteras que no dan polen viable —el caso clásico es 'J. H. Hale'— y entonces sí requieren otra variedad que florezca a la vez y les ceda polen.

Que no necesite polinizador cruzado no significa que las abejas sobren. Su trabajo mejora el reparto del polen dentro del árbol, aumenta el porcentaje de flores cuajadas y, sobre todo, hace que la fecundación sea más uniforme, lo que se traduce en frutos más homogéneos. El nectario del hipanto está ahí precisamente para atraerlas. En parcelas comerciales se introducen colmenas al inicio de la floración, aunque a dosis menores que en almendro o cerezo.

El estigma es receptivo unos 3 a 6 días desde la apertura de la flor, y ese plazo se acorta con calor. Si durante esos días llueve sin parar o sopla viento frío, las abejas no vuelan, el polen se apelmaza y el cuajado baja aunque no haya habido ninguna helada.

Melocotonero en plena floración

El gran riesgo: las heladas tardías

Florecer en febrero o marzo en la Península es una apuesta arriesgada. La resistencia al frío de la yema cae en picado a medida que avanza su desarrollo. A grandes rasgos y con todas las cautelas, una yema todavía cerrada en pleno invierno aguanta temperaturas muy bajas, del orden de -15 °C o menos; una yema ya hinchada y con color rosa asomando resiste en torno a -5 °C; una flor abierta empieza a sufrir daños a partir de -2 °C aproximadamente, y el fruto recién cuajado, del tamaño de un guisante, es aún más frágil: en torno a -1 °C ya hay pérdidas.

La forma de comprobarlo es sencilla: se abre la flor o el frutito por la mitad y se mira el pistilo. Si el ovario y la base del estilo están verdes y turgentes, la flor está viva; si el interior se ha vuelto marrón o negro, esa flor ya no dará fruto aunque los pétalos sigan puestos y de aspecto normal. Esto último engaña mucho: un árbol precioso en flor puede tener ya el 80 % de los pistilos muertos.

Contra las heladas, en jardín, lo más eficaz es preventivo: no plantar en una hondonada donde se acumule el aire frío, elegir variedades de floración media o tardía si estás en zona de interior, y evitar orientaciones a mediodía muy soleadas que adelanten la brotación en pleno invierno.

De la flor al fruto: por qué florecer mucho no es dar mucho

Un melocotonero adulto produce muchísimas flores, decenas de miles en un árbol grande. Y aquí llega el segundo malentendido habitual: se da por hecho que una floración espectacular anuncia una cosecha espectacular.

Ocurre lo contrario. Al melocotonero le basta con que cuaje alrededor del 10 % de sus flores —a veces menos— para llenar el árbol de fruta. Si cuajan muchas más, el resultado es una carga excesiva: frutos pequeños, poco azucarados, mal coloreados, ramas que se rompen por el peso y un árbol agotado que al año siguiente florece menos, lo que se conoce como vecería.

Por eso el aclareo es una operación obligada, no opcional. Después de la caída natural de junio —una purga fisiológica en la que el árbol suelta por su cuenta parte de los frutos mal fecundados—, cuando el melocotón tiene el tamaño de una nuez, se retiran a mano los sobrantes hasta dejar uno cada 15 a 20 cm de rama. Cuesta hacerlo, porque parece que estás tirando cosecha. En realidad estás cambiando muchos frutos malos por menos frutos buenos, y en peso total la diferencia es pequeña.

Cómo distinguirla de otras flores parecidas

En primavera es fácil confundir los frutales de hueso. Tres claves rápidas:

Almendro (Prunus dulcis). Florece antes, con flores mayores y de color blanco o rosa muy pálido, con un pedúnculo también muy corto pero un aire más abierto. Es la primera floración del año en casi toda España, en enero o febrero.

Cerezo (Prunus avium). Flores blancas agrupadas en ramilletes de varias unidades sobre un pedúnculo largo, que cuelgan. Nada que ver con la flor rosa sentada y solitaria del melocotonero.

Ciruelo (Prunus domestica). Flores blancas, más pequeñas, con pedúnculo evidente, y con frecuencia acompañadas ya de las primeras hojas.

La regla más simple: si es rosa, está pegada a la rama y no hay ni una hoja en el árbol, es un melocotonero.

En resumen

La flor del melocotonero (Prunus persica) es hermafrodita, actinomorfa y pentámera: 5 sépalos, 5 pétalos rosas, unos 20-30 estambres y un único carpelo con ovario velloso, todo insertado sobre un hipanto acampanado que aloja el nectario. Nace solitaria o en parejas sobre madera del año anterior, casi sin pedúnculo, y se abre antes que las hojas, entre febrero y abril según la zona. Se autopoliniza dentro de la propia flor —no necesita otra variedad salvo en cultivares androestériles como 'J. H. Hale'—, aunque las abejas mejoran el cuajado. Su punto débil es la helada tardía, que a partir de unos -2 °C mata el pistilo sin que la flor lo aparente. Y conviene recordar que una floración abundante no equivale a una buena cosecha: con que cuaje una de cada diez flores basta, y el resto hay que aclararlo si se quiere fruta grande y con sabor.


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